Mostrando entradas con la etiqueta egolatría y textículos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta egolatría y textículos. Mostrar todas las entradas

martes, 24 de enero de 2012

ÚLTIMAS PALABRAS


Empecé a leer en mi adolescencia para huir de la soledad a que me había conducido mi timidez. Me puse a escribir porque necesitaba expresar lo que sentía y no he parado en todos estos años. Nunca he sabido transmitir de otra manera mis sentimientos sino a través de las palabras. También escribí cartas y las sigo escribiendo. Con ellas enamoré a Abril.

Cuando conocí a Abril descubrí que era fantástica. Desarmó mi egoísmo con su generosidad. Su alegría y vitalidad ahuyentaron los temores con que yo afrontaba la vida. Me dio una seguridad que desconocía. Me enseñó que amar es la única forma de alcanzar la felicidad y el conocimiento. Con ella descubrí que la infancia es una inmensa reserva de sentimientos que nunca nos abandonan y también que uno sólo tiene aquello que da. Tuvimos dos hijas buenísimas que son una dicha constante, a las que quiero con toda mi alma. He pasado los últimos veintiocho años de mi vida con ella. Una vez ella me dijo: "creo que he hecho una buena labor contigo". La verdad es que me transformó en un hombre nuevo, pero ahora, que ella se ha ido, me siento un hombre viejo, pero lleno de gratitud.

Abrí este blog para escribir palabras para Abril, con ocasión de una de sus recaídas del cáncer que padecía desde hacía tiempo. El año anterior ella había abierto un blog, Un abril encantado, con el que había conectado con cientos de visitantes y amigos. Escribí espoleado por su éxito, pero sobre todo para que ella conociera mis pensamientos y sentimientos y para que me sintiera más cerca de ella; escribí para que supiera lo que yo hacía y leía encerrado en mi torreón, refugio que ella siempre respetó; escribí para que se olvidara, aunque solo fuera por un momento, de sus dolores y sufrimientos; escribí para animarla en su lucha denodada con la enfermedad, aunque en realidad ella era la que nos daba fuerza a todos; escribí porque la amaba y necesitaba decírselo y no quería perderla; escribí bien y mal, triste y alegre, despacio y apresuradamente; escribí desesperado y lleno de ilusión. En los últimos meses, las palabras dejaron de ser útiles, cuando su enfermedad avanzaba y la vencía. Dejé de escribir, salí de mi torreón y permanecí en silencio junto a ella, durante muchas horas al día de muchas semanas. Pero ni todas mis palabras ni todos mis silencios bastaron para salvarla.

Si yo fuera una persona religiosa, me consolaría en la esperanza de que nos espera una vida mejor tras la muerte, pero sólo creo en lo que hay antes de ella, eso que llamamos vida. Si yo fuera filósofo encontraría la sabiduría que me permitiera vivir sin temores, aceptando los infortunios como un estoico, pero soy más bien hedonista y creo en los placeres, en el amor y en la amistad. Si yo fuera nacionalista, existencialista, vegetariano, nihilista, indignado, resignado, ecologista, rico, comunista, artista..., o qué sé yo, quizá encontraría en tales creencias, posturas o vocaciones, explicación a este mundo injusto y extraño. Pero para mí nada de todo eso da sentido al sufrimiento, ni a los golpes que nos atizan la vida y el azar. Como dijo Cervantes, la fortuna es una vieja borracha y medio ciega que no sabe lo que hace.

Me siento como si me hubiera perdido en un bosque oscuro y tuviera recorrer solo el camino de vuelta a casa, porque la vida seguirá exigiéndome. Pero de una cosa estoy seguro, seguiré buscando la felicidad, porque he vivido un gran amor, y desde ese hermoso recuerdo y con el cariño de nuestras hijas encontraré mi dios, mi sabiduría y mi hogar. Deséenme suerte, amigos.

Ella, al final me miró con sus ojos llenos de amor, sonriendo y me dijo: “a ti no tengo que decirte nada”. Tenía razón, ya no son necesarias más palabras. Por eso, el acordeón no volverá a sonar en esta fiesta, pues con esta entrada (más bien salida) doy fin a esta bitácora. Si con ella en estos dos años no logré cuanto pretendía, al menos me ayudó a entretener mis desdichas. Solo me resta agradecer de todo corazón su compañía, amigos, siempre satisfactoria. También quisiera en nombre de Abril dar las gracias a quienes la visitaron en Un abril encantado, por sus mensajes, correos y comentarios. Para ella supusieron una gran ayuda. Gracias y hasta siempre.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

AÑO NUEVO

Ya se va el año 2011. Para los celtas, los años son como liebres y toman figura de éstas cuando las contempla un humano. Por eso los años se van tan rápidos, como liebres veloces en campo llano. Los años se van rápido. No se sabe si devoramos los años o si los años nos devoran a nosotros, no se sabe quién come a quien, si el hombre al tiempo o el tiempo al hombre. Pero digamos adiós a este año, que ha sido confuso y fatal.

Yo les deseo a todos los que me leen un muy feliz 2012, o al menos que sea algo mejor que el año que se va. Hay coincidencia en que será un año oscuro y que a todos nos traerá la ruina. Así lo predicen las listas de la cábala, el repertorio ceremonial chino, las profecías de Nostradamus, los secretos de Fátima, los calendarios de los incas y, sobre todo, los pronósticos de los economistas y políticos. A eso se dedican esos seres agoreros y catastrofistas, que antes llamábamos brujos y magos, y ahora denominados expertos. Nos asustan, pues, los adivinos, desde la oscuridad de los siglos y hoy desde la omnipresencia tecnológica de los medios de comunicación. Pero no les tomen demasiado en serio. Todo lo que hace el hombre con el tiempo es medirlo. El pasado lo recuerda mal y luego lo olvida para poder contarlo como se le antoja. El futuro nunca lo adivina, pero insiste en predecirlo. A algunos eso les da buenos réditos.

Por eso no dejen que nadie les quite ahora, cuando llega un Nuevo Año, la esperanza de Vida Nueva. Y si, finalmente, resulta ser 2012 un año tan malo como predicen, también se irá corriendo como liebre camino del mar, a encontrarse con sus compañeros, los años pasados. Mientras tanto, yo espero el nuevo año, junto a mi amada, escuchando buenos villancicos.

jueves, 13 de octubre de 2011

YO SINCERAMENTE

Así se titula un artículo del no bien ponderado Javier Gomá Lanzón, a quien leo desde hace algunos años, publicado en el último Babelia. En él defiende la necesidad de la mediación de la cultura, la buena educación y la cortesía, con sus pequeñas claudicaciones, sus piadosas insinceridades, sus balsámicas hipocresías, que hacen la vida amable porque crean la ilusión de una mutua benevolencia. Esas mediaciones reales y simbólicas de la cultura quedaron arrasadas por los supuestos valores de la sinceridad, en la edad moderna. Frente a la misantropía del sincero, que no duda en endilgar a los demás su fastidiosa verdad, el autor prefiere la filantropía del mentiroso.

Y tanto me ha gustado lo que dice, que me estoy planteando dejar de ser tan antipático y no publicar aquí esas crudas opiniones que periódicamente les suelto, probablemente con juicio errado, y endulzarles la vida con historias más amables, menos reales, y sonreír más. Pero mejor, lean el artículo.

sábado, 24 de septiembre de 2011

LA ORACIÓN DE LOS AMANTES

Hoy les quiero contar una historia conmovedora que he escuchado en la radio.

Un hombre de cincuenta y tantos, tenía una mujer que estaba enferma de cáncer. Un día ella, desesperada por el avance de su enfermedad, lloraba llena de angustia. Le gustaba su vida y no quería dejar de vivir. Él no sabía cómo consolarla. Se metió con ella en la cama y propuso a su mujer escuchar, para distraerse, alguno de los programas de Mundo Babel, que Juan Pablo Silvestre emitía cada sábado en la radio. Abrazados escucharon las palabras, las canciones, los sonidos y los pensamientos de Juan Pablo, que obró un milagro: les trasportó a aquel “mundo” suyo tan personal. Les permitió alejarse de ellos mismos y de su ansiedad. Se olvidaron, durante dos horas, de sus sufrimientos. Pronto se convirtió en el programa favorito de ambos y se descargaron otros muchos programas de la página Web de la radio para escucharlos.

La impotencia que siente quien está al lado de un enfermo incurable es difícil de describir. Pero cuando aparece alguien que consigue traer al enfermo un poco de distracción y de consuelo, siente por él un inmenso agradecimiento. Y como aquel hombre era amigo de escribir cartas le escribió una de agradecimiento a Juan Pablo.

La respuesta tardó en llegar, como todas las cosas que merecen la pena, pero al cabo de unos meses recibió esta carta:

“Gracias en primer lugar por ese AGRADECIMIENTO en mayúsculas que me enviaste, ya hace unos meses, junto a tu historia de amor maravillosa, dolorosa, fieramente humana, pero que habla de dos personas grandes en el dolor que es donde se miden las cosas ciertas.
“A pesar del tiempo transcurrido, lo cierto es que me llegaste al alma. El próximo sábado 27 de agosto, intentaré agradecértelo mínimamente y el programa os estará dedicado (sin citar nombres). Será una oración, una declaración de AMOR, con mayúsculas, esa energía que transforma la cruda realidad.
“Lo escribí yo y lo escribirá la música pero vosotros lo encarnáis de la mejor y más heroica manera.
“No sé cómo os habrá tratado la enfermedad en este espacio, ojalá el milagro exista, pero ya sois un milagro en vosotros mismos y en vuestra relación. Mi felicitación cariñosa y un fuerte, fuerte abrazo”.

Aquel sábado (27 de agosto de 2011) el programa pudo escucharse en la radio. Juan Pablo Silvestre lo llamó La Oración, y ahora ustedes lo pueden escuchar aquí. Espero que les guste tanto como me gustó a mí.
Escuchar programa
(2 horas)

viernes, 16 de septiembre de 2011

DEVORAR A LOS HIJOS

La familia debería ser siempre un reducto de intimidad, de protección y de amor, y a menudo lo es. Pero por desgracia, al ser un recinto cerrado, cualquier cosa es posible: lo mejor y lo peor. Las relaciones tiránicas, crueles, violentas y espeluznantes que a veces tienen los seres humanos(?) cuando viven en familia pueden llegar a ser un verdadero tormento para sus víctimas.

En estos tiempos son frecuentes las noticias que nos llegan sobre mujeres maltratadas por sus crueles maridos o parejas. Parecen noticias llegadas del infierno. Son, sin embargo, mucho menos frecuentes las denuncias y noticias sobre los hijos que también pueblan ese infierno. Los maltratos y abusos a que son sometidos muchos niños por sus padres suelen ser silenciados por sus parejas, sin duda atemorizadas por la bestia. A todos nos llenó de horror y angustia la historia de aquel austriaco, Joseph Fritzl, el llamado “el monstruo de Amstetten”, que tuvo encerrada durante años a su hija de la que abusaba sexualmente y con la que tuvo varios hijos-nietos, que nunca habían salido del cubículo oscuro y subterráneo donde los encerraba.

Esto me trae a la mente la genealogía de los Dioses griegos, que nos cuenta Hesíodo en su Teogonía. Cuenta que Urano, el Cielo, tuvo con Gea, la Tierra, varios hijos: los Cíclopes, los Hecatonquiros, las Titánides y los Titanes; los nombres de estos últimos eran Océano, Crío, Jápeto, Hiparión y Crono.

Cuando Urano sepultó en el Tártaro –el infierno– a sus hijos los Cíclopes y a los Hecatonquiros, Gea incitó a los Titanes a que lucharan contra su padre. Los dirigió el más joven de ellos, Crono, que, armado con una hoz, sorprendió a Urano mientras dormía y lo castró. Los Titanes entonces dejaron el mando de la tierra a Crono, que volvió a encerrar en el Tártaro a los Cíclopes y a los Hecatonquiros.

Crono se casó con su hermana Rea, una de las Titánides. Como sus padres le habían predicho que sería destronado por uno de sus hijos, Crono devoraba a los vástagos que iba teniendo con Rea: Hestia, Deméter, Hera, Hades y Posidón. Cuando Rea dio a luz a Zeus, lo escondió en Creta y entregó a Crono una piedra envuelta en pañales para que la devorara como a sus anteriores hijos. Zeus se crió con los Curetes, que golpeaban sus escudos para que Crono no oyera los llantos del niño. Logró hacerse más tarde copero de Crono y, con ayuda de Metis, hizo que su padre tomara su dulce bebida mezclada con mostaza y sal, lo que hizo que vomitara, primeramente la piedra, después a sus hermanos y hermanas aún vivos.

Entonces Zeus y sus hermanos declararon la guerra a los Titanes, que estaban dirigidos por el gigante Atlante. La guerra duró diez años, hasta que Gea profetizó que Zeus vencería si se aliaba con los Cíclopes y los Hecatonquiros, encadenados por Crono en el Tártaro.

Zeus liberó a todos ellos y les dijo:

– Escuchadme, hijos de Urano y Gea, para que diga lo que el corazón me manda. Luchamos a diario desde hace tiempo, nosotros los hijos de Crono, contra los Titanes, por la victoria y el poder. Mostrad vuestra fuerza contra los Titanes, en esta lucha, recordando nuestra vieja amistad y cuánto habéis sufrido en vuestro cautiverio.

Ellos, agradecidos, les regalaron las armas con que vencieron. Hades desarmó a Crono con ayuda del casco que lo hacía invisible, Posidón lo inmovilizó con su tridente y Zeus lo derribó con su rayo. Crono y los Titanes, derrotados, fueron confinados en el Tártaro o desterrados.

Al Dios Crono, los romanos le llamaron Saturno. No sé cuántos “saturnos” hay sueltos por ahí, que hacen sufrir lo indecible a sus propios hijos, que viven encerrados en un infierno atormentado de crueldad, violencia, desprecio, miedo, insultos, abusos, complejos y culpa. Hay muchas maneras de devorar a los propios hijos y no todas son tan impactantes o manifiestas. Un padre tiene un enorme poder, sus hijos son débiles y les necesitan para sobrevivir y, sobre todo, necesitan que su padre les quiera. Pero ese poder sobre los hijos es peligroso. Algunos padres sienten amenazada su autoridad o celos de sus hijos, y entonces ejercen su poder, maltratándolos, insultándolos, minando poco a poco su autoestima, su capacidad de amar y pueden convertirles así en los padres crueles del futuro. De ese Tártaro algunos hijos no salen jamás y son destruidos. Todos quedan marcados de por vida.

A nuestro alrededor puede haber padres terribles que maltratan a sus hijos, eso si no hemos sido nosotros mismos una de esas víctimas. Quizá esos pobres hijos y esas pobres madres estén esperando que mostremos un poco de piedad, de ayuda, como la que recibieron Zeus y sus hermanos de la tiranía de su padre. No podremos regalarles un casco que les proporcione la invisibilidad, un tridente que inmovilice al maltratador o un rayo que lo destruya, pero quizá la ayuda que podamos dar a las víctimas sea llamando a la policía o a los servicios sociales; aislando al salvaje para que sienta su maldad; pronunciando algunas palabras de amistad, que les digan que no tienen la culpa, que son las víctimas, que no tienen la culpa, que no tienen la culpa...; quizá así les proporcionaremos consuelo y ánimo para la lucha contra esos titanes, que no son invencibles. A los demás, nuestro silencio sí que nos hace culpables.

jueves, 14 de julio de 2011

VISITAS


¡Sí señores!, esta bitácora ha llegado a la cifra redonda de 30.000 visitas. En buena medida esto se debe a las enormes ventajas de las visitas virtuales. Los que vienen a este sitio lo hacen por gusto, sin ningún compromiso, pues no son mis deudos. No tienen que desplazarse. Vienen a la hora que quieren. Echan un vistazo, si quieren dejan su tarjeta de visita, o escriben su comentario en el libro de visitas, cogen o copian lo que les interesa y se van. Todo gratis. Aquí no se compra ni se vende nada. Muchos vuelven. Siempre son bienvenidos. No molestan.

Hay muchos tipos de visitas. Las visitas de compromiso, como a las que, de niños, nos llevaban nuestros padres para ver a los abuelos, a los tíos o a algún familiar más lejano. Las visitas de compromiso suelen ser un tostón tanto para quienes las hacen como para quienes las reciben.

Luego están las visitas que dan miedo. Algunos visitantes son tan espantosos, que se han hecho docenas de películas de terror sobre ellos, como las de extraterrestres.

De las visitas a los enfermos, que también dan pánico, ya he hablado en otra entrada, pues son capítulo aparte.

También están las visitas inoportunas o inesperadas. Rara vez son gratas. Muchas veces son de desconocidos: vendedores, repartidores de propaganda, encuestadores o testigos de Jehová que nos preguntan cosas como “¿quiere que recemos por usted?", como la de este video. 

A pesar de lo engorroso de esta invasión, peores son las visitas inoportunas de nuestros conocidos, pues hay que ponerles buena cara, recibir con un mínimo de cortesía, ofrecer un refrigerio y demás. Los peor educados se presentan sin avisar, pero incluso cuando te llaman antes, no puedes impedir que vengan a verte, salvo que les mientas con alguna excusa o te proclames antipático..., y seas sincero con ellos, cosa que no suelen agradecer. Algunas de estas visitas se hacen costumbres, incluso diarias, y ya nadie analiza ni su sentido, ni su oportunidad.

En el siglo XIX, esta costumbre social de visitarse, sobre todo entre las damas de la burguesía y la alta sociedad, estaba muy extendida. Las señoras abrían sus salones a sus conocidos y amigos un día fijo a la semana o al mes. Y allí se presentaban, sin tener que avisar, cuantos querían verlas. Se hacía aquellas visitas con asiduidad para coincidir con alguna de sus amistades, cumplir con un compromiso, o por el verdadero placer de una grata compañía o de una velada agradable. Si se tenía prisa se podía dejar tan solo una tarjeta de visita. Era de cumplido devolver esas visitas cuando se tuviera ocasión y en el día de visita correspondiente.

Cuentan una anécdota sobre Oscar Wilde, que recibió una tarjeta de una dama de la alta sociedad que, intentado conseguir que el escritor acudiera a su salón, le escribió una nota que decía: “Lady XXX estará en su casa el jueves a partir de las cinco”. Wilde escribió debajo, a modo de contestación, “Oscar Wilde, no”.

Se podrá objetar que este sistema social era protocolario y hasta burocrático, similar a los días de visitas que se fijan para visitar un museo o un monumento, y que hacían perder toda espontaneidad a quien deseaba ver a un amigo en un momento dado, porque le apetecía, porque lo necesitaba o porque simplemente quería estar con él. Pero yo diría que aquel sistema era insuperable, puesto no impedía el contacto personal con los amigos, sino que organizaba la costumbre social de visitarse, sin tener que sufrir los inconvenientes de tal actividad.

A lo mejor sea ahora tiempo de plantearse cuánto tiempo hace que alguien lleva esperando una visita nuestra, una visita real. Son personas con la que acaso tenemos o hemos tenido vínculos importantes, que les importamos más que a esos desconocidos en Internet, a los que revelamos confidencias que no osamos contar a quienes tenemos al lado. Quizá sea tiempo de preguntarse por qué no le llaman a uno cuando se siente solo y desea la visita de otra persona, de esa persona a la que llevamos tiempo esperando.

La mayoría de las veces se agradecen las visitas cuando uno está en un asilo de ancianos, internado en un manicomio o encerrado en la cárcel. Son una alegría indiscutible cuando tienes ganas de ver a la persona que viene a verte. Hoy que se ha desorganizado la asiduidad de la costumbre de la visita, la gente ya rara vez hace visitas engorrosas y menos sin avisar, pero hace muchas visitas virtuales. Muchos, cuando están sin nada mejor que hacer que hablar con los que tienen al lado, entran en Internet, visitan sus sitios favoritos, saludan, se entretienen..., o escriben un blog esperando que les lean. Es la soledad la que llena los sitios como este en Internet.

Confío que ustedes, que hacen visitas virtuales, no hayan olvidado que el mundo real está ahí fuera, lleno de personas interesantes. Algunas les quieren y quizá no entienden que ustedes estén sentados al ordenador. No las descuiden. En mi caso, muchos de los que me conocen personalmente también han participado en este juego. Pero si tienen un ratito no dejen de hacerme compañía, pues estas 30.000 visitas han entretenido mis momentos de soledad y espero que también los suyos. Ninguna ha sido inoportuna, terrorífica o molesta, y muchas geniales, cariñosas, emocionantes, interesantes, absurdas, divertidas, eruditas, inocentes o maliciosas. Yo estoy enormemente agradecido por su compañía. Ha sido un placer que pienso prolongar.

domingo, 10 de julio de 2011

BARTLEBY QUIZÁ DIGA SÍ

“Todos conocemos a los bartlebys, son esos seres en los que habita una profunda negación del mundo. Toman su nombre del escribiente Bartleby, ese oficinista de un relato de Herman Melville que jamás ha sido visto leyendo, ni siquiera un periódico; que, durante prolongados lapsos, se queda de pie mirando hacia fuera por la pálida ventana que hay tras un biombo, en dirección a un muro de ladrillo de Wall Street; que nunca bebe cerveza, ni té, ni café como los demás; que jamás ha ido a ninguna parte, pues vive en la oficina, incluso pasa en ella los domingos; que nunca ha dicho quién es, ni de dónde viene, ni si tiene parientes en este mundo; que, cuando se le pregunta dónde nació o se le encarga un trabajo o se le pide que cuente algo sobre él, responde siempre diciendo:

–Preferiría no hacerlo.”

Estas palabras que copio de la primera página de la novela Bartleby y compañía, de Enrique Vila Matas, me dieron pie hace unos años, a ponerle cariñosamente este apodo a una pintora amiga nuestra, cuando dijo NO a la pintura. Hace años que vivía en una larga crisis, que derivó en otras pequeñas crisis –como la que quizá le hizo renunciar a la pintura–, que desembocaron en una crisis de terrible sufrimiento. Todos esperamos que sea la definitiva. Hace unos días ha venido a hacernos una visita a casa. Estaba tranquila, guapa, mejor...

Hablamos de arte, de pintores, algunos admirados, otros amigos. Nos dijo que estaba recuperando el placer y el deseo de la pintura. Que quizá volviera a pintar, que había comprado, después de muchos años, cuadernos, pinceles, pinturas y aperos, que visitaba exposiciones...

Pensé, contento y un poco emocionado, que el mundo de la belleza y el arte, al que un día ella había renunciado, había venido a salvarla, que no la había olvidado. Ese mundo no es tan potente como el amor, ni tiene sus efectos miríficos, ya lo sabemos. No puede solucionar los problemas que uno tiene consigo mismo y con las personas que quiere. En la mayoría de los casos ni siquiera proporciona ingresos, aunque sean escasos. El arte, sin embargo, nos regala jornadas de enorme placer, una mirada nueva sobre las cosas y las personas, un poco de sentido a nuestra vida. La pintura puede ser un manantial de alegría, de equilibrio y de energía. Les anuncio que es posible que consiga que Bartleby diga SÍ.

Sé que lees este blog, Bartleby. ¡Un abrazo muy fuerte!

sábado, 14 de mayo de 2011

LA PLATA

El matrimonio Alnolfini. Jean van Eyck


Para recorrer los días de su existencia, las personas tienen, como los automóviles, diferentes marchas. Hay días montuosos y difíciles, y días en pendiente que se dejan bajar a toda marcha y cantando. Tener un viaje mejor o peor, depende de cómo se manejen esas marchas, porque a todos nos toca subir y bajar, tarde o temprano.

Cuando uno lleva años viajando aprende muchas cosas. Una de ellas es que al subir una de esas cuestas montañosas y antes de emprender el descenso, hay que parar y admirar el paisaje que con tanto esfuerzo se ha podido dominar. En esos momentos y a pesar de la fatiga, se aprende a disfrutar del valor de todo lo que se ha sabido conservar, aunque sean cosas simples. Gracias a la buena perspectiva y a los ojos de la memoria, se reviven los buenos momentos, en el pasado se reconoce quién es uno, se llenan de aire los pulmones y de combustible el coche, y se reemprende el viaje.

Hoy es uno de esos días para mí. Veinticinco años de viaje con la misma compañera, la única, Abril. Dice la tradición que hemos ganado la plata.

Veo el camino recorrido, parado aquí en este alto. Todo me gusta más que el primer día. Ahora sé que el primer enamoramiento fue fruto del deseo, de la ilusión y de una imaginación que todo lo iluminaba. Desde aquí veo los primeros besos y abrazos, los años de convivencia en Valencia, el amor primero y salvaje que sentí cuando nacieron nuestras hijas, desde aquí las veo crecer y siento que las quiero todavía más (¡qué mayores!), veo todas nuestras casas que decoramos y habitamos, las noches en la cama, los viajes, los amigos y familiares que nos quisieron y nos quieren, los buenos momentos en torno a la mesa, las lecturas compartidas, las canciones sentidas juntos, los trabajos y los años de toda nuestra vida, los placeres y los días que hemos disfrutado. Con ella he aprendido a amar y a ser feliz. Ahora ya no quiero nada más.

Sí, después de tantos años no me ha abandonado ese estado de enamoramiento, que la mayoría opinan que es pasajero. Además, ahora sé que ese amor no era una ilusión juvenil, sino que es la evidencia de lo que dos personas pueden llegar a construir. Y desde ese edificio, me asomo orgulloso al balcón del porvenir y nada temo. Montados en este automóvil, juntos y felices, cambiando las marchas, bajaremos después alegres y cantando, subiremos sufriendo cuando toque, incluso nos bajaremos a empujar si hace falta. Sabemos de sobra que de todas esas cosas se ha alimentado nuestra felicidad. Y ahora conducimos mejor. ¡Felicidades Abril!

sábado, 16 de abril de 2011

ESCALERAS Y SERPIENTES


Los jugadores deben colocar sus fichas en el punto de partida, y por turno tirarán un dado que marcará el número de casillas que cada uno debe avanzar. Si se cae en el pie de una escalera, significa que ha encontrado una ayuda en la dura subida, y la ficha del afortunado subirá directamente hasta la casilla superior donde la escalera termina. Si, por el contrario, la ficha del desafortunado cae en la cabeza de una serpiente, significa que ha sido picado por el venenoso animal y bajará de inmediato a la casilla situada en el extremo de su cola, para continuar el ascenso desde ese punto. Existe el mismo número de escaleras que de serpientes. Gana quien llega antes a la casilla superior.

Este juego estaba en la caja de Juegos reunidos JEYPER a los que solía jugar con mis hermanos cuando era niño. Unas veces se caía inesperadamente en alguna escalera que te ayudaba a subir, otras, en alguna serpiente venenosa del recorrido que te hacía bajar. Aunque era fácil desesperarse o lamentarse, lo más recomendable era volver a lanzar el dado y no perder la esperanza de alcanzar la meta.

¡Quién iba a decirme de niño que el azar estaría echando mis dados constantemente, en este jueguecito que llamamos vida! El entrenamiento fue útil, aunque en este juego ni se aburre uno, ni se puede dejar de jugar. Me mordieron algunas serpientes, es verdad, pero me encuentro con muchas más escaleras que me ayudan a seguir subiendo. Gracias a todas las escaleras que subí y perdonen que las pisara.

miércoles, 6 de abril de 2011

BASURA

De todos ustedes es conocido que la sociedad de consumo es una enorme fábrica de basura y que los residuos ingentes que producen nuestros hábitos opulentos y desarrollados amenazan con colapsar la naturaleza, el paisaje y nuestra cultura.

Antes sólo había basura física. Los desperdicios orgánicos de los restos de comida poco a poco fueron convirtiéndose en envoltorios plásticos, vidrios, papeles. A ese arsenal añadimos excedentes más voluminosos, como muebles viejos, trastos rotos, bibelots feos, juguetes casi sin estrenar, electrodomésticos anticuados, o cosas simplemente sin usar pues no lo pensamos bien al comprarlas compulsivamente. Y así seguimos con los vertidos industriales, la basura del fondo de los océanos, la basura tecnológica, los residuos radiactivos y hasta la basura espacial.

Cuando nuestra sociedad estaba menos desarrollada era infinitamente más eficiente. Antaño la gente aprovechaba lo usado por otros, se reutilizaban las botellas de vidrio, cuyo precio se descontaba al devolverlas, se remendaba y se daba vuelta a la ropa, se volvía a coger los puntos de las medias, se arreglaban los objetos estropeados, el chamarilero pasaba por las casas comprando los papeles de periódico, se ahorraba más, se despilfarraba menos. Hoy todas esas actividades, propias de sociedades más pobres, se han sustituido por el “reciclaje” y la “gestión de residuos”, que no es sino una nueva actividad industrial, tan próspera, que en Italia es controlada por la mafia. Para ello nos imponen –y que conste que me parece bien– sistemas de clasificación por colores de nuestra basura doméstica: gris para la basura orgánica, azul para el papel y el cartón, amarillo para los envases plásticos y metálicos y el verde para el vidrio. Se nos acaban los colores para los “puntos limpios” en los que podemos tirar pilas, bombillas, metales, electrodomésticos, aceites, etc. Ojalá que algún día, si nos concienciamos, consigamos separar, depurar y reciclar toda esa materia inservible.
Pero nuestra producción de excrementos no finaliza aquí. También empezamos a denominar basura a los productos intangibles que generamos y desechamos cada día. No son objetos, son más bien subproductos inmateriales, costumbres degeneradas en las que nos desenvolvemos como peces en el agua (contaminada). Como ejemplos de lo que me estoy refiriendo, he aquí una de mis listas:

- La comida basura: grasas saturadas, excedentes de la comida de “gourmet”, alimentos prefabricados, ganadería industrial,...
- La telebasura: deshechos humanos que exhiben en la televisión sus miserias, con las que pueden compararse las de los espectadores, para su regocijo.
- Los contratos basura: nueva forma de esclavitud a la que se somete a inmigrantes, jóvenes y becarios, y a los que se vende como una gran oportunidad de futuro (¡menudo futuro que les espera!).
- El pensamiento basura: frases recicladas de filósofos que un día iluminaron con su pensamiento profundo y que hoy se utilizan para deslumbrar un instante con su brillantez, en cualquier “demo”, anuncio publicitario o discurso político. La palma se la llevan esos manuales de autoayuda con una filosofía que parece comprada en una tienda de todo a zen.
- Literatura basura: pseudo novelas históricas, llenas de esoterismo y misterios espirituales sacados de arsenal inverosímil de personajes del mundo antiguo. Novelas falsamente románticas, etc. Tienen la cara dura de llamarlos a todos esos libros “best sellers”, aunque la mayoría tienen unas ventas muy discretitas.
- El correo basura: es la propaganda y anuncios indeseables, con los que llenan los buzones de nuestras casas, y ahora también, los del correo electrónico.
- La basura artística: que se nos ofrece habitualmente en los museos y ferias, como el colmo de lo moderno. Otros lo llaman arte líquido. Muchos artistas utilizan en sus obras objetos de la basura.
- Noticias basura: la práctica totalidad de la información con la que todos los medios de comunicación nos inundan cada día, torturando nuestra mente con sus opiniones sesgadas, y con supuestas nuevas, que son las viejas de siempre.

No quiero aburrirles con más ejemplos, sigan ustedes con la lista. Esa basura inmaterial es la más contaminante. El objetivo es no dejarnos pensar, meternos miedo, para ver si nos hacemos caca y generamos así más basura. Se trata de entretenernos, esclavizarnos, atontarnos y sacarnos el poco dinero del que disponemos. Tienen que ser productos altamente perecederos, pues se trata de usar y tirar. Nada de todo eso tiene que permanecer en la memoria, para que queramos volver a comprarlo, ya saben. Su reciclaje tiene la ventaja de que es menos costoso, eso es parte de su esencia: el pastiche y el deshecho. Pero, ¿quién depurará toda la suciedad que queda en nuestro cerebro? ¿La reciclarán para volvérnosla a meter de nuevo? ¿Con qué color la separamos? ¿Con el marrón o con el gris? Me temo que la única solución es dejar de generarla, pues no existen incineradoras y depuradoras para ella. Sin embargo, cada vez utilizamos más el término basura para denominar la vulgaridad y la pobreza espiritual de todo lo que nos rodea. Es una manera de trivializar este lamentable fenómeno y quitarle importancia, para no tener que afrontarlo.
Me temo que si no dejamos de producir basura, el próximo paso serán las personas. Me refiero a esas que ya no producen, que no proporcionan ni siquiera un momentáneo placer o utilidad, y que ya podemos descartar de nuestra vida. No sé si lo saben, pero ya las tenemos entre nosotros estorbando: son esas personas mayores a las que tenemos que cuidar. Sí, esos seres que un día llamamos padres o abuelos; son los vecinos indeseables que no sabemos como se llaman; los enfermos incurables; los parados que cobran subsidio sin pegar golpe; los presidiarios que tan buena vida llevan en las cárceles a nuestra costa, los compañeros de trabajo molestos a quienes el jefe no se decide nunca a despedir; los forasteros de otras razas que vienen a nuestro país para poder comer. Algunos de estos miserables, de países miserables, ya se han trasladado a vivir a los vertederos y a comer basura, ¿a qué esperan los demás? ¿Por qué no los podemos tirar a la basura con el resto de los desperdicios? ¿Qué nos impide llamarles por su auténtico nombre: personas basura?

Quizá nos lo impide el recuerdo de un mundo pasado, en que no había tanta basura, que nos trae un lejano rumor de la conciencia. Quizá sea el miedo al futuro y a que alguien, un día, también nos considere basura indigna. Aunque, bien pensado, eso de la dignidad se encuentre en el presente, y empiece por no rodearnos de tanta basura, generada por el despilfarro, por el abandono, por la falta de amor a lo que nos rodea y por el desprecio a los objetos y a las personas que nos sirvieron un día. Todo esto no es más que una forma de desprecio a nosotros mismos, que nos hemos acostumbrado a vivir en el basurero.

domingo, 20 de marzo de 2011

ELOGIO DE LA MEMORIA

Cuando yo era un niño nos enseñaban en la escuela a memorizar las tablas de multiplicar, las capitales del mundo o algunos poemas clásicos. Mis padres opinaban que aquella educación había degenerado una barbaridad, que no aprendíamos nada. A ellos les obligaban a recitar “de carrerilla” –como se decía entonces– muchas más cosas, como los afluentes de los ríos o la lista de los reyes godos. Era cierto que las cosas estaban cambiando. En realidad, nunca dejan de hacerlo. Empezaba a hablarse entonces de que era mucho más importante el desarrollo de la capacidad de raciocinio y el acceso a los recursos de conocimiento disponibles, que saberse de memoria infinidad de datos, la mayoría inútiles. Era mejor saber consultar y buscar, que memorizar.

Una de las primeras elecciones que tuve que tomar en vida fue la de elegir un bachillerato de “ciencias” o de “letras –como se llamaba entonces–. Elegí letras. Así tuve que aprender el vocabulario, las declinaciones y los verbos del latín y del griego, el nombre de multitud de autores y obras literarias, de reyes y héroes, de batallas y lugares.... Los alumnos que se decidieron por estudiar ciencias, tampoco se libraron de aprenderse de memoria la tabla de los elementos y sus símbolos, las reglas de la formulación química, mil teoremas matemáticos y otras tantas leyes de la física.

Ya noté entonces que los alumnos de ciencias nos miraban con desprecio a los que cursábamos letras, alegando que sólo teníamos que aprender “de memoria” las cosas, sin aprender a razonar y a pensar. Me hubiera gustado verles traducir algunos textos latinos o griegos, y desentrañar su verdadero sentido, sin leyes de la lógica que les guiaran por ese proceloso piélago. En fin, aquello parecía otra crítica más al uso de la memoria, que consideraban contraria a la inteligencia o la razón.

Cuando elegí estudiar Derecho muchos consideraban aquello como aberración a la inteligencia, pues pensaban que sólo consistía en aprenderse de memoria artículos y leyes. Cmo si ellos solitos hubieran descubierto, sin necesidad de memorizarlas, las leyes de la física o de la lógica –éstas, por cierto, eran materia de la filosofía que se estudiaba en letras–. En fin..., ya ni les cuento lo que escuché sobre mi decisión de presentarme a unas oposiciones, en las que tuve que recitar un amplio temario en un tiempo cronometrado delante de un tribunal, para poder aprobar e iniciar una carrera como funcionario. Es evidente que he vivivo en un ambiente en que predominaba el descrédito de la memoria. Por ella quiero ahora romper una lanza.

Saber de memoria –en algunas lenguas se dice “saber de corazón”–, supone tomar posesión de algo, ser poseídos por el contenido del saber de que se trata, y así puede florecer en nuestro interior, enriqueciendo y modificando nuestro mundo y nuestra existencia. El gran arte mnemotécnico ha caído en el olvido. La educación moderna se asemeja cada vez más a una amnesia institucionalizada. Aligera el espíritu del niño de todo el peso de la referencia vivida. Sustituye el saber de memoria, “que es también un saber del corazón, por un caleidoscopio transitorio de saberes siempre efímeros. Yo pienso que todo lo que no aprendamos ni sepamos de memoria, dentro de los límites de nuestras facultades, siempre aproximadas, no lo amamos verdadramente. Los libros sólo ponen el sello.

Pero la memoria es mucho más. Es conocer con el recuerdo de nuestra biografía, quiénes somos y qué hacemos en este mundo. Cuando alguien nos pregunta ¿quién eres?, pregunta por lo que hemos hecho, lo que hemos gozado o sufrido, lo que hemos querido, lo que hemos logrado o perdido. Sólo desde la memoria, con nuestras propias palabras, podemos reinar sobre el imperio del olvido, y recobrar el presente con las armas de una existencia pasada que nos alienta hoy, y que nos permite saber quienes somos, lo que valemos y lo que podemos hacer. Las personas que conviven con quienes padecen amnesia, por mil causas (alzeimer, demencia senil, lesiones cerebrales...), saben bien de su tragedia.

Para la filosofía y la estética antiguas, la madre del conocimiento era la memoria. Platón nos cuenta, en Fedro, la siguiente leyenda: El dios egipcio Theuth era descubridor del número y el cálculo, la geometría y la astronomía, del juego de las damas y los datos y, sobre todo, de las letras. Un día el sabio mostró a Thamus, rey de Egipto, aquellas artes exponiendo minuciosamente su utilidad. El rey las aprobaba o desaprobaba, según le pareciesen bien o mal. Cuando llegaron a las letras, dijo Theuth: “Este conocimiento, oh rey, hará más sabios a los egipcios y más memoriosos, pues se ha inventado como un fármaco de la memoria y de la sabiduría”. Pero él le dijo: “¡Oh artificiosísimo Theuth! A unos les es dado crear arte, a otros juzgar qué daño o provecho aporta para los que pretenden hacer uso de él. Y ahora tú, precisamente, padre que eres de las letras, por apego a ellas, les atribuyes poderes
contrarios a los que tienen. Porque es olvido lo que producirán en las almas de quienes las aprendan, al descuidar la memoria, ya que, fiándose de lo escrito, llegarán al recuerdo desde fuera, a través de caracteres ajenos, no desde dentro, desde ellos mismos y por sí mismos. No es, pues, un fármaco de la memoria lo que has hallado, sino un simple recordatorio. Apariencia de sabiduría es lo que proporcionas a tus alumnos, que no verdad. Porque, habiendo oído muchas cosas sin aprenderlas, parecerá que tienen muchos conocimientos, siendo, al contrario, en la mayoría de los casos, totalmente ignorantes, y además difíciles de tratar, porque han acabado por convertirse en sabios aparentes en lugar de sabios de verdad”.

Platón concluye en su diálogo, que el recurso a la escritura merma la capacidad de memoria, que considera esencial, pues todo conocimiento es el recuerdo del mundo de las ideas en el que estuvieron nuestras almas, y que toda conciencia es reminiscencia. Yo no sé si el filósofo tenía razón, pero hay que reconocer que lo que está escrito, almacenado, en una agenda por ejemplo, no necesita ser confiado a la memoria. Parece ser, pues, que eso de las letras no siempre va unido a la defensa de la memoria.

En la antigüedad el mundo del conocimiento escrito era casi inexistente, toda la tradición de conocimiento y de arte no podía venir más que de su trasmisión oral. Los libros eran escasos y caros, y la mayoría de las personas eran analfabetas. Así, la tradición oral como método de trasmitir el conocimiento, no obstante el descubrimiento de las letras, se mantuvo en la cultura occidental durante siglos. Las mitologías, los textos sagrados, los cantos épicos, y la transmisión del conocimiento se producía de forma oral, lo aprendido se confiaba al potencial de la memoria. Todo sabio, artístico o científico, tenía sus discípulos a los que trasmitir su sabiduría, y vivían con él durante años en su estudio o en su taller. Para la filosofía y la estética antiguas, la madre de las musas era en verdad la memoria. En la Edad Media los escasos libros eran custodiados y copiados en monasterios y universidades.

Por eso, desde la antigüedad se desarrollaron técnicas nemotécnicas. Lo llamaban el arte de la memoria. Dialexis recomendaba para ello prestar atención, repetir lo que oyes o ves, y ordenar lo aprendido. Cicerón recomendaba crear lugares de la memoria. Y así se siguieron ingeniando todo tipo de artificios intelectuales para fomentarla: la imaginería medieval, los teatros de la memoria, y hasta fórmulas esotéricas que convirtieron el arte de la memoria en un conocimiento oculto..., y finalmente perdido.

Gutemberg había cambiado las cosas. El renacimiento y la ilustración las precipitaron. Los libros menudearon y empezó el declinar de la memoria como bandera de la sabiduría. Platón iba a tener razón. No siendo la memoria tan necesaria, aumentó su descrédito. Poco a poco dejó de utlizarse como método de aprendizaje. Hoy tenemos por seres faltos de inteligencia a quienes hacen alarde de saberse cosas de memoria. Hoy sabemos, gracias a los neurólogos y psicólogos, que el subjetivismo de nuestro conocimiento, tiende trampas y celadas a nuestros recuerdos, que inconscientemente manipulan la realidad vivida y no son de fiar. En los testimonios judiciales se da más crédito a una prueba de ADN o un documento gráfico, que a la palabra jurada de un testigo.

La revolución electrónica, el advenimiento planetario del tratamiento de textos, del cáculo electrónico de las computadoras, las inmensas bases de datos accesibles por Internet y mil artilugios más, están reemplazando los laberintos incontrolados de nuestras bibliotecas por un conjunto integrado de circuitos. La realidad virtual y los documentos multimedia reemplazarán más eficazmente el conocimiento de la realidad y también nuestros recuerdos. Entonces ¿para qué recurrir a la memoria? Eso piensan muchos desde hace años. Basta mirar en torno para descubrir, día a día y bajo sutiles formas, esta creciente invitación a la desmemoria.

Perdonen ustedes, pero para quien está levemente preocupado por eso que llaman ideas y que pretende ejercer, humildemente, el natural y estimulante sentido crítico, la cosa no está tan clara. ¿Dónde está el conocimiento que supuestamente facilita la acumulación de tantos recursos tecnológicos? Hay mucha información, es verdad. La proliferación de títulos publicados es tal que no caben en las librerías, y como consecuencia sólo encontramos en ellas un tipo muy determinado de literatura, que no fomenta precisamente la crítica y el conocimiento, sino distraer el aburrimiento. La historia está perfectamente manipulada, y se la cita constantemente como argumento para cualquier cosa, pero nadie invita a su estudio. Los medios de comunicación nos cuentan siempre las últimas noticias como si fueran las primeras, como si no tuvieran precedente; será que tiene mejor venta lo único y lo excepcional, aunque sea lo de siempre. Hoy, en esta aldea global, los aldeanos apenas tienen cosas que contarse, pues ya les cuentan otros más eficazmente su vida, convertida en la de espectadores desmemoriados. Con el descrédito de la memoria se produce, a la vez, el envilecimiento de la conciencia, se confunde la realidad con sus esperpentos, y se traslada la posible busca de la verdad, de la armonía y de la justicia al territorio de la utilidad avariciosa. La memoria estorba, porque para todo eso no hay que mirar atrás, sino olvidar de donde venimos, quiénes somos.

Para mí es muy importante la memoria. El recuerdo de los buenos momentos me ayuda a superar los malos. Ella me dice que superé muchas dificultades cuando otras nuevas se presentan, o que las superaron otros. Cuando no puedo disfrutar de los placeres pasados, disfruto volviéndolos a vivir en el recuerdo. Las catástrofes y los peligros que nos acechan, otros los sufrieron, y sobrevivieron. ¿Dónde está su ejemplo sino en la memoria colectiva? Eso que llaman memoria, no es ni más ni menos que la herramienta esencial de la conciencia y la cultura, individual y colectiva. No me gusta el interés que hay en despreciarla, en decir que es inútil ejercitarla, me parece sospechoso.

¿No han sentido nunca el placer inesperado de vivir un momento especialmente feliz, porque en un viaje, en un encuentro con alguien, en una lectura, viendo una película, contemplando un cuadro, disfrutando un paisaje, o saboreando una comida, la memoria les ha traído una cara, una historia, una anécdota, un lugar, un aroma o algo aprendido en la niñez, que les ha permitido enriquecer y revivir con más intensidad su presente? Yo por nada del mundo me perdería esa sensación.

Cada día alguien intenta olvidar alguna cosa, un mal recuerdo, una tristeza, un error... olvidamos continuamente pequeñas cosas cotidianas que nuestra memoria selectiva rechaza por no considerar  importantes, porque eran desagradables, olvidamos nombres, caras, a veces nos olvidamos de nosotros mismos. Mi memoria ha enterrado muchas de esas cosas que nunca recuperaré, algunas dolorosas. Ella misma se encarga de enterrar y deformar, no hace falta que nos anestesien más.

En el viaje de vuelta a Ítaca, los compañeros de Ulises fueron a parar a la tierra de los Lotófagos. Allí les dieron de comer loto, que era un dulce alimento que les provocaba el olvido, y con ello su deseo de regresar a casa. Ulises tuvo que rescatarlos por la fuerza, atándolos en su nave. Si no se hubiesen perdido para siempre en una tierra desconocida. No lo olviden.

miércoles, 9 de marzo de 2011

MARCEL DUCHAMP Y EL DECRECIMIENTO

Marcel Duchamp (1887-1968), fue un artista y ajedrecista francés, grabador de profesión. Tenía las cejas rubias, los ojos grises, la nariz mediana, el mentón redondo, el rostro oval y medía 1,68 metros de altura. No solicitaba nada, vivió siempre con presupuesto limitado, carecía de propiedades (fincas, automóviles, etc.), y ni siguiera poseyó una biblioteca personal. Nunca formó una familia en sentido escricto. Cuando se casó en 1954 con Alexina Sattler, ex mujer de Pierre Matisse, era demasiado tarde (eso dijo al menos) para “producir” descendencia biológica.

Viajó mucho, siempre con poco equipaje, y a veces sólo con lo puesto. Toda su existencia estuvo presidida por el ahorro, aunque entendido éste en un sentido opuesto al de la acumulación previsora de la ética burguesa. Consumir y producir lo mínimo posible era para él una manera elegante de preservar su libertad. Duchamp no se dejaba atrapar ni por una mujer en concreto ni por ningún movimiento artístico o literario (aunque transitó por buena parte de las vanguardias del arte de principios de siglo: dadá, el cubismo o el surrealismo, y fue uno de los artistas que más influyó en el arte moderno). No se sabe bien de qué vivió a lo largo de su vida, y ni siquiera él mismo fue capaz de dar al respecto explicaciones satisfactorias. Es obvio que él no tenía un gran interés por los asuntos económicos.

Un personaje así podría ser un modelo existencial, y no solo filosófico o intelectual, de otra corriente de pensamiento que últimamente está de moda: el decrecimiento, que tiene revistas y todo (en Francia e Italia), y que tiene bastantes intelectuales detrás (Serge Latouche, Nicolas Georgescu-Roeger, Karl Dolangi, Baudrillard y una pléyade de intelectuales más, muchos hispanoamericanos).

Constatan que la sociedad contemporánea, arrastrada por el imperio de lo económico y del crecimiento, está hiperacelerada, insaciablemente ávida de noticias y novedades, sometida a una avalancha de información, anuncios, estímulos y distracciones, que aturde la capaciad de atención, inocula el afán de consumir y tener más cada vez con creciente adicción, frustración e infelicidad.

Esas tendencias buscan el sentido de la vida en otros valores y modos de vida ajenos a la acumulación. No se trata de ascetismo, sino de encontrar la alegría de vivir que obviamente el actual sistema no la proporciona. Se quiere subir el nivel de vida concebido de otro modo, con iniciativas como “el buen uso de la lentitud” (Pierre Sansot), el “slow food” (Carlo Petrini), “la simplicidad radical (Jim Merkel), etc.... Se trata de fomentar el placer de vivir y convivir, desarrollarnos en el sentido de dejar de arrollarnos unos a otros, de tener más tiempo libre, crecer en creatividad, y ser ciudadanos responsables con un mundo bello y frágil, en el que todavía se pueda disfrutar de la naturaleza sin estar rodeado de basura.

Antecedentes históricos no faltan, desde que el oráculo de Delfos dijera “de nada demasiado”, la historia nos ha ido recordando filosofías de moderación, como el confucianismo que enseña “tanto el exceso como la carencia son nocivos”, o el clásico taoista Lao Tsi que dice: “Quien sabe contestarse es rico”; también la Biblia nos dice “no me des pobreza ni riqueza” (Proverbios), o la metáfora del camello y el ojo de la aguja cuando el evangelio de Mateo nos habla de los ricos. En fin, hasta Benjamín Franklin escribió que “el dinero nunca hizo feliz a nadie, ni lo hará... Cuanto más tienes más quieres. En vez de llenar un vaso vacío, lo crea...”.

Supongo que siempre ha habido utopías e ilusos, pero el pensamiento ecologista y su crítica están haciendo mella, y los desastres naturales que nos rodean y se aceleran, están poniendo nerviosos a los políticos y a los poderosos, el planeta se calienta, la energía escasea y los recursos naturales desaparecen, mientras cada vez hay más pobres y son menos pacíficos. A algunos no les salen las cuentas, empiezan a pensar, casi seguro que demasiado tarde, que las teorías del crecimiento son insostenibles. Algunos países desarrollados intentar razonar y paliar  su despilfarro, pero los países emergentes, con economías sin escrúpulos, los invaden y colonizan, con más destrucción y más pobreza y desigualdad, gracias al “invento” de la globalización. No parece haber salida.

A estas alturas, desde luego, nos reímos de todo eso. La gente ha aceptado la idea de su propia muerte individual, así que ¿por qué debería perturbar su paz mental la muerte de su civilización? A mí también, como a los demás, debería darme igual todo eso. Coherentemente dejo a los ecologistas la tarea de impulsar proyectos colectivos de decrecimento y de crítica del capitalismo.

Lo único que pretendo es vivir mejor. Me pondré manos a la obra a mi modo: haciendo una lista más. Esta vez la lista será de las cosas que debería hacer para decrecer, ¿la cumpliré?.

- Hacer uso de la lentitud deliberada y liberarse de la velocidad y la prisa.
- Comprar cada día una cosa menos.
- Pasear y charlar con los amigos.
- No coger el coche a menos que sea imprescindible.
- Practicar la siesta.
- Vivir en el campo y, si no puedo, estar más al campo.
- Aburrirme.
- Defender los tranquilos placeres materiales y sensuales, que proporcionen un goce lento y prolongado.
- Escribir y leer.
- Comprar menos alimentos envasados, menos en plásticos, tetabricks, etc...
- Reciclar toda mi basura.
- No escuchar, leer, ver noticias o novedades, ni en la radio, ni en la tele ni en los periódicos, sino hablar con la gente.
- Crear tiempo libre para la creatividad: música, pintura, artesanía, cocina, jardinería, conversación...
- Trabajar lo menos posible, reduciendo mis necesidades.



Fuente: suplemento Culturas. La Vanguardia
 Dibujos de Andy Singer

viernes, 25 de febrero de 2011

EL OJO DEL HURACÁN


El ojo del huracán es un área de relativa calma en su centro, que se extiende desde el nivel del mar hasta la parte superior y esta rodeado por una pared de nubes espesas cargadas de lluvia. En el interior del ojo, sin embargo, debido a la alta temperatura y la presencia de viento caliente, el agua evaporada es arrastrada rápidamente hacia arriba, originándose un aire seco, incapaz de condensarse, y por ende sin nubes. Esto es lo que más llama la atención al observar el huracán desde un satélite.

Cuando uno está en alta mar, metido en el ojo de un huracán, disfrutando de esa calma sólo aparente, amenazado por las olas, sin poder salir, viendo el peligro; cuando uno permanece durante un tiempo así, atrapado por las tormentas temibles, sólo entonces comprende el verdadero valor de las cosas simples y efímeras que a uno le es dado disfrutar de manera transitoria y provisional.

domingo, 13 de febrero de 2011

EGO



Imaginen ustedes una araña que ha decidido vivir en la red. Estaba la pobre, sola y harta de que intentasen comérsela o aplastarla. La araña empezó un día a tejer sus propios hilos, hechos con lo que salía de sus tripas, para ver cuántos inocentes caían en su red. Ese soy yo, tejiendo mi red en la red.

Me pregunto yo, si alguno de ustedes no se habrá preguntado alguna vez a qué viene el nombre con el que he bautizado este rincón. La respuesta es obvia, a poco que uno quede atrapado un poco en sus hilos: todo son círculos concéntricos en torno a mi persona, al yo, eso que los romanos llamaban ego. Lo que leo, lo que veo, lo que siento, lo que pienso, lo que copio, lo que escribo, lo que escucho.... No sé cómo lo aguantan. Desconozco exactamente cuál es la plabra adecuada para mi actitud, hay muchas: egoismo, egotismo, egolatría, egocentrismo... Creí, y sigo creyendo, que egoteca es un nombre adecuado para nombrar este lugar, donde acumulo vanidad, donde guardo los objetos del culto que practico, del que soy sumo sacerdote, y donde los fieles pueden encontrarme cada semana. “En cada tela de araña espera un templo”, decía Andrés Trapiello, y aquí está el mío.

Claro que tan sabio escritor también dijo que “en el monte ego mueren hasta los mejores alpinistas”. Al final esta egoteca acaba siendo como una cartilla de ahorros en la que me paso la vida metiendo los caudales, y que cuando necesito algo la encuentro vacía. El ser egotista, la araña tejedora, acaba siendo un ser fatalmente desdichado y antipático, pues nada cansa tanto como hablar de uno mismo.

Por eso acabo hablando de los demás. Procuro, eso sí, que sean personas de algún mérito o curiosidad (no como yo). Algunos son bichos raros que van cayendo en mi tela. Disculpen si alguno se les indigesta. Y hablando de bichos raros, acabo recomendándoles la lectura de un libro reciente que ha caído en mis manos. Se llama Diccionario de Literatura para Esnobs y (sobre todo) para los que no lo son.

Su lectura es divertida, pero creo que hay que cuidarse de los esnobs. Son personas que imitan con afectación a aquellos que consideran distiguidos o de clase social más alta para aparentar ser como ellos. En el ámbito intelectual, para distinguirse de los demás, sólo manifiestan gusto por los autores raros y desconocidos. Cuando alguno de estos se hace famoso, los esnobs se sienten usurpados por el público y expulsan al autor de su olimpo para los escasos elegidos (happy few). En este diccionario hay unos cuantos de esos escritores. Si alguna vez se cruzan con un esnob intelectual, presuntamente culto, que por ello pretende ser superior a ustedes con su erudición majadera, pueden soltarle cualquiera de los nombres “de culto” que están en este diccionario y quedar bien.

Al fin y al cabo, esto de la cultura, no debe ser otra cosa que placer. Cualquier obra de arte, literaria, musical y demás, debería ser como comerse una croqueta, que si a uno le gusta, muy bien, y si no, no pasa nada, hay otras cosas que probar y disfrutar. Y cuanto más conoce uno y más prueba, mejor. Todas las arañas somos voraces y a muchas nos gusta el refinamiento y, si además de comer con esplendor y abundancia, lo hacemos con elegancia y originalidad, mejor.

viernes, 4 de febrero de 2011

SONRISA


Existe la sonrisa ambigua y enigmática, como la que pintó Leonardo en aquel rostro misterioso y andrógino, del que todavía los sabios y doctores elucubran sobre su origen e intención. Hay otra sonrisa falsa y forzada, que no responde sino a una hipocresía mal o bien disimulada, a un encubrimiento oriental. Hay una sonrisa maliciosa, que se alimenta de la envidia y de la satisfacción por el mal ajeno. Está la sonrisa de triunfo o de alivio. Está la de alegría o de satisfacción. Hay una sonrisa del durmiente feliz y otra desesperada, como pidiendo clemencia...

Hay infinitas sonrisas, es verdad.

Pero, sobre todas las demás, se alza la sonrisa de quien ama. Esa sonrisa puede reconciliar a cualquier ser con el mundo. Ilumina con su luz lo oscuro, como una lámpara maravillosa. Dice a los demás: “he vuelto, no tengo miedo”, o “sigo a tu lado, no te preocupes”, o “¡qué bien que estás aquí!”. Quien sonríe así a los demás, les dice que no teman el dolor, la injusticia, el odio, la indigencia o  lo absurdo, todo eso que simplificamos, llamándolo el mal. A quien sonríe así le es indiferente si hace frío o calor, si es momento de contento o de desgracia.

Es esa una sonrisa poderosa, que maravilla, irradia felicidad, transmite confianza, le da sentido a todo y es capaz de sacar lo mejor de los demás, pequeños diamantes que ni siquiera saben que tienen. Es una sonrisa que aparece lentamente en el rostro, como si fuera consciente poco a poco de su fuerza. Es una sonrisa silenciosa que hace que se incline ligeramente la cara. Cuando alguien encuentra una estrella así se siente, sin duda, un ser afortunado.

Grocio Thuv.
El hombre que ríe