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jueves, 8 de diciembre de 2011

ALL THE WORLD IS GREEN


I fell into the ocean
When you became my wife
I risked it all aganist the sea
To have a better life.
Marie you're the wild blue sky
And men do foolish things
You turn kings into beggars
And beggars into kings.
Pretend that you owe me nothing
And all the world is green
We can bring back the old days again
And all the world is green.
The fase forgives the mirror
The worm forgives the plow
The questions begs the answer
Can you forgive me somehow?
Maybe when our story's over
We'll go where it's always spring
The band is playing our song again
And all the world is green.
Pretend that you owe me nothing
And all the world is green
We can bring back the old days again
And all the world is green.
The moon is yellow silver
Oh the things that summer brings!
It's a love you'd kill for
And all the world is green.
He is balancing a diamond
On a blade of grass
The dew will settle on our grave(s)
When all the world is green.
Tom Waits

domingo, 6 de marzo de 2011

ORDENANDO LA BIBLIOTECA


Sí, yo también soy de esos que ordenan y reaordenan sus libros constantemente. Hoy le toca el turno a los de cocina de Abril. Sí ¡ha vuelto! (a cocinar). Por cierto, si les gustan las dos cosas, los libros y la cocina, no se pierdan la exposición "La cocina en su tinta" de la Biblioteca Nacional.

jueves, 17 de febrero de 2011

LA MUERTE DE MOLIÈRE

No sé si se sabrán ustedes, pues los periódicos no se ocupan de estos temas, que tal día como hoy, hace 248 años, murió Jean-Baptiste Poquelin, llamado Molière, el más grande dramaturgo francés de todos los tiempos (1622-1673). Desde el inicio de su carrera como actor y luego como autor, había ido satirizando en sus comedias la sociedad de su tiempo, pues no en vano era un temperamento genial, creativo, polémico, irritable, batallador y tenaz.

En 1665 Molière sufrió la primera manifestación de una grave enfermedad pulmonar, pero apenas si duró su convalencia, pues pronto volvió al trabajo. Amaba la fama, la gloria, los honores, el lujo y aceptaba la lucha como justo precio de todo ello. También sufrió los celos por su mujer, frívola y mucho más joven que él, que le engañaba. 

A lo largo de su carrera, y a medida que aumentaban sus admiradores se le acumulaban igualmente los enemigos y detractores. Eran las víctimas de sus sátiras: marqueses, damas ridículas y el clero. En vano le hicieron críticas invectivas y acusaciones calumniosas, pues entre los que le admiraban y protegían se encontraba el mismísimo rey sol, Luis XIV, que le cedió un teatro para sus representaciones.

Luis XIV invita a Molière a compartir su cena.
Gérôme (1863).
Dicen que todo escritor huye de la soledad. No sabemos cómo se sentiría Molière ante tan gran éxito mundano, con tantos enemigos, sin amor. El hecho es que se volcó en su obra. Y fue precisamente en sus últimos diez años de vida, cuando su talento dio los mejores frutos. Fustigaba cuanto vicio e hipocresía encontraba, con obras y personajes como el inquieto y escéptico Don Juan, el amargo Misántropo, el hilarante Anfitrión, el sombrío triunfo del vicio en Jorge Dandin, la miseria de El Avaro, la hipocresía de Tartufo, la risa de El médico a palos o El Burgués gentilhombre, y el ataque a la vana ciencia en El enfermo imaginario.

Poco a poco se daba cuenta de que le acechaba la muerte. Eso le hacía reflexionar. “La muerte es el remedio de todos los males -decía- pero no debemos echar mano de éste hasta última hora”. Y seguía luchando, escribiendo y actuando. Sabía que la batalla sería larga: “morimos sólo una vez, pero durante mucho tiempo”. Fue precisamente en plena representación de El enfermo imaginario, cuando se derrumbó en el escenario. Su enfermedad sí era real. Pero no, no estaba solo. Los actores de la compañía y sus amigos le trasladaron corriendo a su casa llenos de angustia. Él estaba sangrando, agonizante, mientras le pasaban por su mente las escenas de su vida ambulante por los caminos, de su infancia, de sus amores...

Moría pocas horas después, sin renegar de su profesión de actor. Los médicos, a los que tanto había fustigado, no le salvaron. Desde entonces, los actores de todo el mundo conservan la supestición de no vestir de amarillo en los escenarios, pues ese era el color de la túnica que llevaba Molière cuando sufrió su último ataque mortal.

Bajo la ley francesa de aquel tiempo, no estaba permitido que los actores fueran enterrados en el terreno sagrado de un cementerio, pues la Iglesia considerada su profesión inmoral. Ni siquiera la muerte lo había reconciliado con los doctrinarios, las convenciones hipócritas, las reglas, convencido como estaba, por ser hombre y artista, de que la vida social se desarrolla libremente como una fuerza mediadora entre la naturaleza y la razón. Hasta la noche del día 21 no se permitió, contra la prohibición, su reposo en tierra sagrada, dentro de los muros del cementerio de San José, gracias a la intervención del Rey.

Parece que, al menos en este país, nadie vaya a recordarle hoy. Se prefiere hablar de gentecillas ordianarias y sin mérito. Yo leeré esta noche su última comedia. Ustedes pueden ver este impresionante video sobre su muerte. Es un fragmento de la magnífica película sobre su vida que rodó Ariane Mnouchkine.

sábado, 25 de diciembre de 2010

ADIÓS NONINO

Hace un año, cuando comenzaba este blog, utilicé la metáfora del acordeón, que fue una premonición. Decía entonces que el acordeón era dueño de su propia estrategia para sobrevivir. Cuando le dan espacio toma aire, se expande y, al tiempo que hincha sus pulmones, canta. Si es presionado no se resiste, se pliega blandamente, suelta el aire, pero sigue cantando. Cuando el agobio se alivia, vuelve a tomar aire, incansable, incesante, y nos regala su música otra vez. Y cuando lo cierran, calla hasta que unas manos amigas le reclaman de nuevo.

Digo que fue una premonición porque efectivamente este año que se nos va unas veces nos apretó mucho y otras aflojó algo. Ha sido duro como pocos, pero feliz lo acabo. Entre presión y distensión, como el acordeón, seguí cantando: escribí aquí mis “textículos”. Disculpen la tristeza de algunos de ellos, pero momentos hubo en que temí perderlo todo. Pasó el tiempo y aquí estamos, disfrutando de los placeres y del amor. Manos amigas nos ayudaron, algunas nuevas, incluso sin cara o sin nombre, y sumaron cariño y amistad al amor. Gracias a todos, sobre todo a los que sufren, a los que aman...

Este bloguero es un ocioso atareadísimo, como dice Andrés Neuman. A pesar de ello seguirá el año que viene contando sus ocurrencias y, si la autoridad lo permite, las de otros. Mientras tanto quiero desearles FELIZ AÑO 2011.

Sólo resta decir al año que se va, ¡adiós Nonino!, con música de acordeón (bandoneón y orquesta) por supuesto, pues nunca es tarde para redimir la ofensa con que tildé a este instrumento al empezar este blog.



sábado, 11 de diciembre de 2010

martes, 7 de diciembre de 2010

domingo, 28 de noviembre de 2010

SECRETOS Y MENTIRAS

Una chica negra, cuyos padres adoptivos han muerto, decide averiguar quién fue su madre natural. Tras investigar en el registro civil y en los servicios sociales, se entera de que es una mujer soltera, blanca, trabajadora en una fábrica, que vive en una humilde vivienda alquilada. También se entera de que tiene una hermana barrendera, a la que su madre tuvo y crió soltera.
Después de llamarla varias veces, tienen un dramático encuentro en un bar.
A partir de ese momento, aunque su madre parece una mujer desquiciada que se siente sola, decide conocerla mejor. Empiezan a verse y a salir juntas. A medida que se van conociendo ambas, se van estrechando los lazos entre la madre y su nueva hija. Y se va enterando de su vida.
Su hermana y su madre se llevan fatal, tienen una relación destructiva. El hermano de su madre, su tío, es un fotógrafo y muy buena persona. Ambos hermanos quedaron huérfanos muy jóvenes y se cuidaron mutuamente, hasta que él se casó. Se quieren mucho, pero la madre tiene la sensación de que su cuñada le ha despojado del amor de su hermano, y además intenta acaparar el cariño de su hija, a la que sus tíos colman de atenciones. Lo que pasa en realidad es que la cuñada no puede tener hijos, y añoran uno; por eso intentan suplir la carencia con su sobrina. Su esterilidad es un secreto para el resto de la familia.
Un día su nueva familia celebra el cumpleaños de su hermana en casa de los tíos. Acuden todos y la madre va con su hija reencontrada, a la que presenta como una compañera de trabajo. A los postres, después de haber bebido unas cuantas copas en la comida, confiesa a todos quién es su amiga. El schock familiar es terrible y todos se dicen cosas tremendas y se reprochan sus egoísmos. Entonces el hermano, que llevaba años haciendo de mediador en la familia, confiesa a todos que su mujer no puede tener hijos, que lleva quince años de tratamientos y operaciones sin decir nada a nadie y, dirigiéndose a su mujer, le dice que esa frustración ha estado a punto de destruir la relación entre ambos. Luego, dirigiéndose a todos, estalla, y les dice gritando:
- Nuestras vidas está llenas de secretos y mentiras. Todos estamos sufriendo, ¿por qué no podemos compartir nuestro dolor? Las tres personas que más quiero en mi vida, mi mujer, mi hermana y mi sobrina, se odian y yo estoy en medio. ¡Ya no puedo más!.
Entonces, la madre le cuenta a su hija, que todavía está conmocionada por la noticia de que tiene una hermana negra, quién fue su padre y cómo le conoció, que era un buen hombre y que nunca se enteró de su nacimiento. Su otra hija, también pregunta por el suyo, y su madre le pide que no le rompa el corazón. La cuñada le pide perdón y le dice que le envidia tener hijos. Todos lloran. Días después las hermanas, hasta entonces hijas únicas, empiezan a verse y a charlar con su madre, hablan de sus vidas aunque todavía se sienten algo extrañas. Al final, tras la catarsis, todo parece doler menos.
Les cuento a ustedes este argumento de la excelente película de Mike Leigh, “Secretos y Mentiras”, porque hoy siento que la vida humana es como una continua guerra, en la cual somos atacados por las cosas de fuera, por la naturaleza y por el azar, y entonces los únicos aliados que nos quedan son los hermanos, los padres, los hijos, el cónyuge, eso que llaman la familia...

viernes, 19 de noviembre de 2010

¡OH, LA ÓPERA!

Algunas personas sufren aversión a la ópera. Sólo acuden a los teatros donde se representan esos dramas musicales, cuando no han podido evitarlo, y sólo para confirmar una vez más que, para ellos, son el colmo del aburrimiento y del mal gusto. Y me refiero a personas cultas, amantes de la música, y que disfrutan de ella tranquilamente en casa escuchando discos. Mejor sería decir que “todavía” disfrutan de ellos antes de que terminen de desaparecer.

Al escuchar los discos, los melómanos hacen de la música un objeto de su propiedad, utilizándolo como les viene en gana, sin tener que aguantar las restricciones, incomodidades e impertinencias de la ejecución musical en un teatro de ópera o de una sala de conciertos: hay que ser puntualísimos, los asientos son incómodos, no se puede hablar, ni comer, ni beber, ni toser, ni parar la música, ni saltarse los fragmentos aburridos. Si aún en esas condiciones algo les gusta, solo pueden comentarlo o aplaudir al final, cuando el entusiasmo ya ha pasado. Entonces todos se ven obligados a aplaudir durante largos minutos, hasta que le escuecen a uno las manos. Si hablamos de música pop o rock, hay que aguantar violentos baños de multitudes sudorosas, esfuerzo que requiere ser muy joven, pues sólo a edad temprana se tiene el exceso de salud física y el defecto de salud mental necesarios para soportar semejante suplicio.

Ellos piensan que con los discos, igual que con muchas conservas o con el vino, se obtienen productos muy superiores a los naturales, pues gracias a la posibilidad de montar los fragmentos correctos, en el disco se eliminan los errores del intérprete. Intérprete que suele ser mejor que aquel al que solemos poder contemplar en directo. La calidad del sonido es un inconveniente que la tecnología ha mucho tiempo que superó.

Si de deleitarse con la música se trata, ellos se preguntan: ¿qué placer puede compararse al de escuchar el fragmento preferido, tumbado en el lecho, acariciando con una mano el pecho de la amada y con una buena copa en la otra? [Perdonden, me gustan las mujeres, a quienes les gusten los hombres que toquen donde quieran].

Estas ventajas son de carácter social. Pero es que ellos encuentran también razones de orden estético para preferir el disco. Consideran que el intérprete de un drama musical es un mal actor que con su actuación no hace sino empañar una audición que encomendada a gestos y palabras pierde buena parte del poder que tiene la música para transmitir sensaciones. La música en presencia del intérprete es algo parecido a la pintura en presencia del guía del museo, del que se puede prescindir, es cierto, pero a costa de un esfuerzo supletorio para evitar sus molestias.

Piensan que es en la ópera donde el colmo del esperpento puede llegar a un grado sumo. Y es ahí donde el disco presta su mejor función: conserva la interpretación y suprime al intérprete, el montaje, el escenario o, en una palabra, el drama musical. Si el intérprete es un mal actor –afirman–, el de ópera suele ser grotesco; sus gestos banales y grandilocuentes nunca se acuerdan de la sutilidad de la melodía, les gustaría que sólo moviera los miembros que requiere el instrumento. Pero no, el intérprete no puede evitar transmitir con el gesto la experiencia por la que está pasando su alma. Y ese gesto, siempre, siempre, es desafortunado. ¿Qué no tiene que hacer la música para superar el deplorable efecto inicial de una Isolde de 120 kilogramos con una túnica blanca y largas trenzas de oro hilado, o de un Pizarro de bayeta, rodeados de cartón piedra, yelmos de latón y un pueblo que corea y al unísono alza sus brazos para celebrar el triunfo de la inocencia?

De los libretos no quieren ni hablar, pues sus textos les suelen parecer muy mediocres y, cuando no es así, su servidumbre al poder de la música, acometida en tan atroz espectáculo, les parecen meros pretextos para alargar el drama. Por que sí, porque, además de todo eso, la mayoría de las óperas se les hacen larguísimas, interminablemente aburridas. Los que no les gusta la opera se preguntan: ¿existe algún artículo de la tan cacareada cultura artística europea que de peor manera responda a su fama como la ópera?

Hay personas que así piensan, con el escritor Juan Benet a la cabeza, que escribió estas reflexiones en su ensayo titulado La moviola de Eurípides.

Yo por mi parte todavía recuerdo con horror mi iniciación a tan difícil arte cuando tenía diecinueve años: Un Lohengrin interminable y una Montserrat Caballé esperpéntica bailando la danza de los siete velos en Salomé. Para que vean que no exagero, ahí les dejo con el vídeo del baile, que debería haber sido sensual y excitante, pero en el que "cometen" una interpretación de código penal, a pesar del texto de Oscar Wilde y de la música de Richard Strauss.


No soy gran aficionado a asistir a la ópera, pero he disfrutado mucho casi siempre que he ido. Conseguí superar el trauma inicial. Inténtelo, igual a ustedes les da resultado. Si no, no tenga complejos en reconocerlo. Consigan el disco o lo que lo sustituya, y escuche la ópera tranquilamente. Si aún así no lo consiguen, siempre pueden reírse pasando Una noche en la ópera.

lunes, 27 de septiembre de 2010

miércoles, 8 de septiembre de 2010

COMPAÑEROS DE TRABAJO

Cuando voy a la oficina siempre me encuentro a los mismos compañeros. Hablamos un poco del tiempo, del fútbol, de las noticias, de asuntos familiares, de la tele o de salud..., pero teniendo cuidado de no mostrar demasiado nuestra intimidad. Preferimos vivir aislados a exponernos, aburrirnos con conversaciones y anécdotas triviales a permitir que nos conozcan un poco. Pasamos muchas horas juntos, sin compartir apenas nada. Una prueba de ello es que si en el buscador de Google introducimos la búsqueda “compañeros de trabajo”, aparece una hilera de opciones nada recomendable: “envidiosos, molestos, insoportables, hipócritas, problemáticos, difíciles”. Sólo salen dos opciones diferentes: “enamorados” y “amantes”, y quizá tampoco sean las más recomendables.


Por todo eso, construimos poco a poco una burocracia a nuestro alrededor llena de silencios, que nos convierte en seres anónimos y previsibles, intercambiables. Creemos así estar más seguros, pues tenemos miedo de los otros, de su envidia, de que utilicen esa información para hablar mal de nosotros, tememos al ridículo, que no nos admitan como uno más de ellos. Hay muchas maneras de estar solo y una de las peores es vivir así entre mucha gente.
A pesar de todo, algunas veces salta alguna chispa que ilumina un poco la vida de algún compañero, de esa parte de su existencia que imaginamos pero que no compartimos, donde previsiblemente no funcionará tanta reserva y discreción, donde no está en riesgo el sustento, donde no hay competencia con los demás.
Y así a lo largo de estos años me he enterado de que mis compañeros tienen vidas, o al menos parte de ellas, interesantes, atractivas. Descubro que tienen actividades o conocimientos de lo más variopinto: amigo de alguien famoso, cantante, mago, pintor, ilustrador de libros, lector empedernido, bibliófilo, profesora de baile, actor de cine, escritor de poesía, melómano y amante de la ópera, deportista olímpico, juez de línea en torneos internacionales de tenis, fabricante de cometas, artesano, locutor de radio..., y mil cosas más. He ido descubriendo que muchos ayudan generosamente a los demás, cuidan enfermos o familiares, visitan a viejitos que viven solos, o enseñan lo que saben a quienes lo necesitan. De todo eso apenas me enteré sino de manera lejana. Los ejemplos son reales, no me los he inventado. Resulta que muchos llevan vidas ejemplares cuando desconfiaba de ellos, son divertidos cuando les imaginaba medio muertos, son amables cuando me parecieron odiosos y sensibles cuando los pensé egoístas.

Con muchos me hubiera gustado hablar de todo eso que ocultan, o hacer cosas juntos: que nos paseara alguna vez César en su barco, montar con Carlos en bicicleta, pasear por el campo con José María, encuadernar con Paco, tirarme en parapente con Félix, hablar de libros con Carmen... Con muchos ya no lo podré hacer, ya no compartimos el trabajo, perdimos el contacto. Lo lamento pero casi siempre sigo con la misma pose distante que todo lo hace opaco, como si de verdad amara la soledad...
La última sorpresa me la ha dado Guillermo Rayo. Coincidimos a menudo en el ascensor.

jueves, 12 de agosto de 2010

DIVAS DEL JAZZ

Nacieron con el mismo jazz. Llevaron vidas novelescas y trágicas. Todas visitaron el infierno. Casi todas fueron negras y pobres. Todas fueron artistas inmensas y cuando las escuchamos, su voces todavían ponen los pelos de punta. Estos días de verano, en que viajo de un lado para otro, he llenado el tocadiscos del coche con sus discos, y no paro de escucharlas. Fueron vidas de tragedia, al borde del abismo, formaron parte del tópico truculento que rodeó el jazz del pasado siglo. Altibajos tan extremos que sólo Shakespeare o Dickens se hubieran atrevido a imaginar. Parece como si todas tuvieran que sufrir pobreza, discrimación, prostitución, alcoholismo, drogadicción, prisión, persecución, soledad y desgracia para poder cantar esa música maravillosa.

Anita O´Day (1919-2006) llevó una vida trágica plagada de arrestos policiales, estancias en la cárcel, largos periodos de alcoholismo, adicción a la heroína y años en hospitales; bajadas al infierno que se alternaban sin solución de continuidad con felices retornos a la vida, en los que llegó a tocar el cielo. Inició su carrera cantando en maratones de danza a los catorce años, por lo que fue detenida al ser menor de edad. Fue chica de coro y camarera. Su cultura musical la adquirió escuchando discos y la radio. Cantó con los grandes del Jazz como Benny Goodman, Fats Waller o Count Basie, aunque rompió la imagen de florero decorativo que tenían las cantantes en esas orquestas. Su afición a las drogas la llevó a la cárcel a finales de los años 40. El alcohol amenazó con quebrantar su salud física y mental. En 1967 una sobredosis de horoína estuvo a punto de acabar con su vida. Tres años después, estaba de nuevo en escena. En 1983 publicó su autobiografía titulada High times, hard times (Buenos tiempos, tiempos duros). Poco antes de su muerte, grabó su último disco Indestructible. ¡Cuánta razón tenía!
Ella Fitzgerald (1917-1996). Abandonada por su padre, que era ferroviario, y muerta su madre, que era lavandera, en un accidente de tráfico en 1932, vivió un tiempo con su padrastro y luego con su tía, en medio de la pobreza. Tales comienzos provocaron su absentismo familiar y escolar y numerosos encuentros con la policía, hasta que acabó en un reformatorio. A los dieciséis años ganó un concurso de Jazz (el premio eran 10 dólares), y algunos músicos se fijaron en ella. Su primera actuación fue en el Savoy Ballromm, llamado el Hogar de los Pies Felices, donde acudían los negros de New York, y empezaron sus éxitos y su fama. Fue bautizada como la Primera Dama de la Canción. Se casó con un condenado por tráfico y consumo de drogas. Murió el director de su orquesta, de la que ella se hizo cargo, pero acabó disolviendo la formación totalmente agotada. Volvió a casarse. Emprendió una carrera más vanguardista en clubs de Jazz, con una pequeña formación, improvisando maravillosamente en las jam sesions, aunque su compañía discográfica la tenía encasilla en un repertorio más tradicional. Su éxito le llevó a grabar y a actuar con los más grandes: Frank Sinatra, Duke Ellington, Louis Amstrong, Basie, Granz. Pero tales éxitos no impidieron seguir con su vida personal azarosa y atribulada y llegó a comprometerse con un tal Larsen, joven sueco que fue condenado en su país a trabajos forzados. En sus años de decadencia, se rompió un pie durante una actuación, lo que le obligó a cantar sentada, y la diabetes que padecía la dejó ciega en 1991. En 1993, tuvieron que amputarle ambas piernas. Profundamente deprimida, desapareció de la escena y ya no se volvió a saber de ella hasta que murió a los 79 años.
Dinah Washinton (1924-1963), tuvo una fulgurante carrera artística, que empezó como cantante de godspel, pero su existencia nunca fue un remanso de paz, pues siempre siguió con una vida cada vez más tumultuosa y salvaje. Casada siete veces y divorciada seis, mantuvo amores extraconyugales con varios hombres, entre otros, con Quincy Jones. Entre sus allegados era conocida por sus exigencias fuera de medida y sus caprichos sin fin. Se sabe que dilapidó su fortuna comprando sin mesura cuanto se le antojaba y, muy especialmente, automóviles de primeras marcas, abrigos de pieles y zapatos caros. Pero su público lo perdonaba todo. En una ocasión, actuando en Londres, tomó el micrófono y dijo: “Sólo hay un cielo, una tierra y una reina. La reina Isabel es una impostora...”, lo que mereció una estruendosa ovación del público británico. La noche del 14 de diciembre de 1963, una fatal combinación de somníferos, píldoras adelgazantes y alcohol terminó con su vida a los 39 años. Se acaba de casar con un jugador de fútbol americano.
Billie Holiday (1915-1958). Nacida de una madre de trece años, que al poco de nacer la dejó con sus abuelos, junto con una prima, sus dos hijos pequeños y su bisabuela. Sus abuelos la maltrataban. A los diez años empezó a trabajar cuidando niños, fregando y haciendo recados en las casas de los barrios blancos, y como chica para todo en una casa de citas. Jugaba con los chicos del barrio y tenía fama de marimacho, y por eso empezaron a llamarla Bill (se llamaba en realidad Eleanora Fagan). Su madre volvió por ella y se fueron a vivir a Baltimore, donde regentaron una casa de huéspedes. Un día uno de ellos intentó abusar de ella, con el sorprendente resultado de una condena de cinco años para el agresor y la reclusión de la niña en una institución católica. Allí fue castigada, humillada y obligada a permanecer una noche entera junto al cadáver de una compañera. “Grité y golpeé la puerta constantemente hasta que se me ensangrentaron las manos. Nunca olvidaré ese lugar”. De nuevo su madre tuvo que marchar y volvió con sus abuelos, hasta que su madre la llamó de nuevo a Nueva York, donde se empleó como fregona y después como prostituta (a veinte dólares el polvo). Fue encarcelada, pues era menor, y la pusieron en libertad en plena depresión de 1929. Sin trabajo, vivía con su madre pasando hambre. Un día desesperada fue a un club para encontrar trabajo como bailarina, y aquello fue un desastre. Pero el pianista le dijo: “¿Sabes cantar, chica?”, a lo que ella respondió: “Claro que sé cantar, eso no es nada del otro mundo” (disfrutaba tanto cantando que no se le había ocurrido que se pudiera ganar dinero con ello). El club quedó en silencio mientras sonaba su voz y al acabar todos aullaban y levantaban sus vasos de cerveza. La contrataron para cantar entre las mesas y recoger las propinas. Sus compañeras decían: “Mírala, se cree una lady”. Con ese sobrenombre de Lady Day sería conocida en adelante. Así empezó su carrera musical. Conoció a Bob Hope, Judy Garland, Orson Wells, Bette Davis o Lana Turner. En una ocasión la despidieron por sentarse a la mesa con un blanco, lo que entonces estaba prohibido por la política de segregación racial. Se casó en 1941 con un músico que no tardó en engañarla y que la indujo a consumir drogas, que harían de ella una adicta compulsiva; relegada del circuito, vivió un tiempo absolutamente sola. Volvió a actuar, y cuando decidió desengancharse de la droga, tras tres semanas en un sanatorio, la policía empezó a seguirla, pues se había convertido en su objetivo prioritario: cantante de jazz, negra y drogadicta, lo tenía todo. Finalmente fue detenida en 1947 y condenada a un año de cárcel por consumo de heroína. A la salida de la cárcel su representante organizó una triunfal reentré en el Carnagie Hall. La cantante se había convertido en una extravagancia, en la que la gente esperaba que se cayera de bruces, totalmente colgada, o algo parecido. En 1949 fue arrestada de nuevo. En 1956 contrajo nuevo matrimonio. Fue nuevamente detenida. El alcoholismo le sacó de la droga, pero le hizo perder su voz. Al final el desastre se aceleró. Separada de su marido, los dos últimos años de su vida los pasó deprimida, abatida, enferma, arruinada. Murió sola en un hospital de Harlem.
Nina Simone (1933-2003). Nacida en una familia pobre. Su padre era un obrero y su madre una sirvienta. Su afición a la música se inició como cantante de godspel y aprendió música cuando un benefactor le sufragó sus primeras clases de piano y órgano. Cuando tenía diez años era una joven prodigio y dio su primer concierto en la biblioteca de su ciudad. Sus padres tuvieron que ceder los asientos de primera fila que habían ocupado para que se sentaran unos ciudadanos blancos. Aquel fue el inicio de su compromiso por la libertad y las reivindicaciones para abolir la discriminación racial. Iniciada su carrera musical, pero su raza le impidió conseguir una beca para estudiar música. Truncada su ambición de ser concertista de piano, empezó a tocar en clubs música popular, que mezclaba con improvisaciones de música clásica y jazz. Luego empezó a cantar y allí se inició una carrera que la hizo famosa, y llegó a ser musa del movimiento hippy y de la canción protesta. Se marchó de su país y vivió en diversas islas del Caribe y otros países europeos. Dejó de pagar sus impuestos en protesta por la guerra del Vietnam y fue acusada de fraude fiscal, por lo que fue arrestada en una puntual visita a su país en 1978. Se ganó mala fama entre los organizadores de conciertos, arremetía contra el negocio de la música, contra los Estados Unidos y los nuevos estilos de música. Su plan había consistido en convertirse en la primera concertista de piano de raza negra, y no se le ocurrió que terminaría tocando para audiencias que hablaban y bebían mentras ella tocada. Recobró una cierta fama su carrera en los años ochenta. Cantó en el festival del 80 aniversario de Nelson Mandela y murió, tras una larga enfermedad, en el sur de Francia.

lunes, 2 de agosto de 2010

sábado, 19 de junio de 2010

SUS SECRETOS MURIERON CON ÉL

Antonio Stradivari nació en 1641 en la ciudad de Cremona, Italia. Cuando se inició en el arte de fabricar violines, los lutieres formaban parte de una tradición cuyos modelos para el tallado de la tabla, la tabla armónica y el clavijero de los instrumentos de cuerda eran los que había establecido Andrea Amati un siglo antes. Sus discípulos se mantenían fieles a estos maestros de Cremona. Probablemente Stradivari fue desde 1667 uno de los aprendices de esa casa, regentada entonces por Niccolò Amati. Aunque existían libros sobre el tallado de estos instrumentos, el aprendizaje y la formación técnica implicaban el contacto directo con los instrumentos y la explicación oral transmitida de generación en generación.

En 1680 instaló un taller por su cuenta en la Piazza San Domenico de Cremona, en el mismo edificio que su maestro, y pronto adquirió fama como hacedor de instrumentos musicales. Comenzó a mostrar originalidad, y a hacer alteraciones a los modelos de violín de Amati. El arco fue mejorado, los espesores de la madera calculados más exactamente, el barniz más coloreado, y la construcción del mástil mejorada.

Aunque fue un innovador, el taller de Stradivari tenía también reminiscencias del pasado, con sus oficiales y aprendices, entre los que se encontraban sus hijos Omobono y Francesco, quienes no se casaron y pasaron toda su vida adulta en la casa de su padre como sus siervos-herederos.

Normalmente la tarea de los más jóvenes consistía en el trabajo preparatorio, como impregnar de agua la madera, moldearla toscamente y cortarla de manera aproximada; los oficiales de nivel superior realizaban la talla más fina de la tabla, montaban el clavijero; mientras que el maestro se hacía personalmente cargo del ajuste final de las partes y el barnizado, última capa protectora de la madera y garantía final de su sonido. Pero Stradivari estaba presente en todas las fases de su producción. El maestro andaba en constante movimiento por el taller, y se ocupaba en persona de los detalles más insignificantes de la producción de sus violines. Son conocidas sus espectaculares rabietas, sin parar de dar instrucciones y lanzar broncas. Ello era debido a su afán de perfección y a la pasión con que fabricaba sus instrumentos, que le llevó a decir en una ocasión: “hacer un violín por debajo de mi máxima capacidad, sería robar a Dios, pues Él no puede fabricar un violín de Antonio Stradivarius sin Antonio”. En cualquier caso, ahí está el legado de cultura material que nos transmitió. Es un ejemplo de hasta dónde puede llegar un artesano en su pasión por las cosas bien hechas, con su sabiduría y dedicación, como de si un perfecto amante se tratara.
Sus instrumentos se reconocen por la inscripción en latín: «Antonius Stradivarius anno» Además de violines, Stradivari construyó arpas, guitarras, violas y violoncelos, más de 1.000 instrumentos en total, según estimaciones recientes. Más de 500 de ellos se conservan actualmente. Se considera en general que sus mejores violines fueron construidos entre 1683 y 1715, superando en calidad a los construidos entre 1725 y 1730. Los auténticos Stradivarius se distinguen por sus finísimos acabados, su madera de extrema belleza tornasolada y su sonido inigualable.

En la decadencia económica general de la década de 1720, y a pesar de la fama que había alcanzado su taller, tuvo que reducir costes y gran parte de su producción quedó sin vender. Después de 1730, muchos violines fueron firmados «Sotto la Desciplina d'Antonio Stradivari F. in Cremona [anno]», y fueron probablemente hechos por sus hijos. Antonio Stradivari murió en Cremona el 18 de diciembre de 1737 y fue sepultado en esa ciudad. Sus hijos se esforzaron inútilmente por revivir el taller, que finalmente se fue a pique. No pudo transmitir ese arte que impregnaba los mil pequeños movimientos cotidianos, que llegaron a convertirse en hábito, y que se agregaban a la práctica de los miembros del taller, que eran controlados exhaustivamente por la individualidad y la originalidad del maestro. El conocimiento tácito de su arte se perdió. Sus secretos fueron enterrados con él.

Hoy los stradivarius son sinónimo de excelencia irrepetible. Ha habido muchos intentos de imitar la calidad del sonido de estos instrumentos. Existen muchas teorías acerca de cómo fueron construidos. Muchos creían que el barniz usado por Stradivari se hacía con una fórmula secreta que se perdió al morir su creador, pero exámenes de rayos X y análisis de espectro en la superficie de los violines revelaron que todos fueron sometidos a cambios en su estructura (especialmente el mango, el cordal y las cuerdas), y a menudo lo único que queda del trabajo original es el cuerpo mismo, que fue rebarnizado periódicamente.

Otra teoría dice que el punto clave fue el tiempo que tomó secar las maderas de arce y abeto con que están construidos; esto también fue desmentido estudiando la fibra de la madera. Las líneas fueron comparadas con modelos de árboles que vivieron en esa época y se pudo determinar el tiempo de secado simplemente tomando la diferencia entre la fecha de construcción (que era dejada por Stradivari en una etiqueta en el interior del instrumento) y el cálculo de cuándo había sido cortado el árbol. Esto reveló que la madera se había secado durante no más de 20 años, y no 60 ó 70, como se creía.

Otros piensan que el período de frío extremo que sufrió Europa en los años en que Stradivari vivió, una especie de mini-edad de hielo, pudo ocasionar que los árboles que crecieron durante esa época desarrollaran una fibra más compacta y con una mejor calidad mecánica sonora. No obstante, existen instrumentos construidos en la misma época, con madera de los mismos árboles, que no lograron la magnificencia de un Stradivarius.

Cabe mencionar también la conocida teoría del árbol de Stradivari, la cual señala que el mismo Stradivari encontró un árbol dentro de un río; del enorme tronco de este árbol creó algunos de sus más renombrados instrumentos. Esta teoría se encuentra justificada a través del concepto de vibración que adquieren los materiales con el tiempo. Se dice que la propia madera adquirió la vibración del río, lo que le da un sonido único e irrepetible. Claro está que esta teoría puede estar basada en un intento por incorporar a la historia de la fabricación de los instrumentos un aspecto mas poético.

Finalmente, otra teoría más reciente fue resultado de los mismos análisis de espectro en la superficie y en parte de la viruta residual obtenida del interior de un Stradivarius con sistema endoscópico. Estas pruebas revelaron la presencia de partículas metálicas muy pegadas a la madera, lo que podría sugerir que el gran maestro hizo un fino tratamiento a las maderas que usaba con disoluciones de sales metálicas, lo cual habría conferido a sus instrumentos la fuerza y riqueza de sonido que tanto se aprecian.

Sea como fuere, el sonido de sus instrumentos conservados es sinónimo de perfección, y definen lo que un violín o un violonchelo pueden legar a ser, qué es posible, y propone un modelo que, una vez que se ha oído, resulta imposible de olvidar, como Antipático no olvida el concierto al que le invitó José Peris, en sus años universitarios, para escuchar un concierto de cámara en el Palacio Real de Madrid, en el que se tocaba con la colección de Stradivarius más grande del mundo, conocida como Quinteto Palatino (tres violines, una viola y un violonchelo stradivarius), que se conserva en la biblioteca de palacio, y que podemos escuchar aquí.

sábado, 5 de junio de 2010

CIEN AÑOS DE SOLEDAD

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EL TEXTO DE ESTA ENTRADA HA DE LEERSE MIENTRAS SE ESCUCHA LA MÚSICA

Hace un par de semanas estuve escuchando un concierto en el auditorio de música de mi ciudad. Estrenaban una obra de un compositor español. El público, tradicional y educado, escuchó con calma y aburrimiento aquella música que no entendía. Celebraron la ejecución con unos lánguidos aplausos ante la presencia del joven compositor. Después se intepretraron unas variaciones de Liszt y la sinfonía fantástica de Berlioz. Esta vez sí, el público aplaudió a rabiar la interpretación de la música que le gustaba.

Siempre que asisto a conciertos de música moderna me asalta la misma pregunta ¿Por qué es tan aburrida y absurda la música culta que se viene componiendo en el último siglo? ¿Cómo es posible que nada me diga, que no me inspire ninguna idea ni sentimiento?

Todo empezó con Arnold Schoenberg. Nació en septiembre de 1874 en el seno de una familia pobre. Era una persona de carácter serio y formación sobre todo autodidacta. No era muy dado a sonreír. Su baja estatura, complexión nervuda y prematura calvicie le conferían un aspecto algo endiablado. Llegaron a decir que parecía un fanático. El compositor era sorprendentemente inventivo, lo cual no sólo era aplicable a su música: tallaba sus propias fichas de ajedrez, encuadernaba sus propios libros, pintaba (Kadinsky era un gran admirador suyo, los autorretratos que ilustran esta entrada son suyos) e inventó una máquina de escribir música.

Schoenberg empezó trabajando en un banco, pero no pensaba en otra cosa que en la música. A pesar de sus preferencias por Viena, donde frecuentaba el café Landtmann y el Griensteidl, y donde vivían grandes amigos, no tardó en darse cuenta de que la ciudad más beneficiosa para su formación tenía que ser Berlín. Allí conoció a Mathilde, con la que se casó en 1901.

Eligió un camino distinto al de otros compositores. Mientras que Strauss, Mahler y Debussy peregrinaron a Bayreuth para aprender la armonía cromática bajo la influencia de Wagner, él se dio cuenta de que la evolución del arte se lleva a cabo tanto a través de bruscos cambios de dirección y saltos espectaculares como mediante un crecimiento gradual. Sabía que los pintores expresionistas pretendían hacer visibles las formas deformadas y sin refinar desencadenadas por el mundo moderno, analizadas y puestas en orden por Freud. Su intención era lograr algo similar en el terreno de la música, la “emancipación de la disonancia”, como le gustaba llamarlo. Al igual que otras ideas de principios de siglo, como la abstracción o la teoría de la relatividad, empezó a explorar la disonancia y la atonalidad.

Y así, desde 1900 fue avanzando lentamente en ese camino. En 1908 se produjo una doble ruptura. En primer lugar la despedida de Mahler, que marchó a Nueva York, harto del antisemitismo de moda en Viena, tras abandonar la dirección del teatro de la Ópera. Al decir adiós desde la estación al compositor que había dado forma a la música vienesa durante una década, dijo “se acabó”. Él había sido el único compositor de cierto relieve que entendía lo que él estaba buscando. Pero sobre todo, Schoenberg tuvo que enfrentarse a una segunda crisis. Ese verano, Mathilde, su esposa, lo abandonó por un amigo. Rechazado por su mujer y privado de la compañía de Mahler, a Schoenberg no le quedaba otra cosa que su música; así que no resulta extraño el tono sombrío que caracteriza a las composiciones de su primera época atonal.

Ese año fue trascendental para la música moderna. Compuso su Segundo cuarteto de cuerda, inspirado en la poesía de Stefan George, cuyos poemas, a medio camino entre la poesía experimental y las óperas de Strauss, estaban poblados de referencias a las tinieblas, a mundos ocultos, fuegos sagrados y voces. En los movimientos tercero y cuarto apareció la atonalidad, dejando de lado los seis sostenidos de la escala, para producir «un verdadero pandemonium de sonidos, ritmos y formas». La suerte quiso que la estrofa acabase con el verso: “Ich fühle Luft von anderem Planetem” (“Puedo sentir aires de otros planetas”).

Entre el mes de julio en que acabó su cuarteto y la fecha de su estreno, el 21 de diciembre, tuvo lugar una nueva crisis personal en el hogar de Schoenberg. En noviembre se ahorcó el pintor por el que lo había abandonado su mujer, y que ya antes había intentado apuñalarse. Schoenberg llevó a casa a Mathilde y, cuando le tendió la partitura destinada a los ensayos de la orquesta, ella pudo leer la dedicatoria: “A mi esposa”.

El estreno del Segundo cuarteto de cuerda se convirtió en uno de los mayores escándalos de la historia de la música. Después de apagarse las luces, el público guardó un respetuoso silencio durante los primeros compases; pero sólo durante éstos. Muchas personas que habitaban en apartamentos en Viena llevaba en la época silbatos junto a sus llaves; de esta manera, si llegaban tarde por la noche y se encontraban con la puerta principal del edificio cerrada, sólo tenían que hacerlo sonar para llamar la atención del portero. La noche del estreno, la audiencia sacó sus silbatos y provocó un estruendo tal en el auditorio que logró ahogar la música del escenario. Un crítico se puso en pie de un salto y gritó: “¡Basta! ¡Silencio!”, aunque nadie pudo determinar si se estaba dirigiendo a la audiencia o a los músicos. La escena se hizo aún más caótica cuando los simpatizantes de Schoenberg se sumaron al alboroto, gritando en su defensa. Al día siguiente, un periódico calificó la interpretación de “reunión de gatos”, y otro, en un alarde de inventiva que habría aprobado incluso Schoenberg, imprimió la reseña en la sección de crímenes del diario.

A pesar de que Schoenberg reconoció que esa noche fue uno de los peores momentos de su vida, persistió en la atonalidad a lo largo de toda su carrera. Sus siguientes obras tampoco tuvieron tema ni melodía algunos. Como quiera que la mayoría de las formas musicales dentro de la tradición clásica emplean variaciones de temas, y puesto que la repetición es la característica más obvia de la música popular, el Segundo cuarteto de cuerda y otras de sus obras de aquella época se convirtieron en una gran ruptura en la historia de la música. Unos años después, en 1912, con motivo del estreno de su obra Pierrot, el público y la crítica se hallaban divididos, pues algunos entendieron que aquella nueva manera, haría que la música nunca volvería a ser tan “fácil” como hasta entonces, al igual que ocurría entonces en la pintura, la literatura o incluso en la arquitectura, cuyas manifestaciones eran hijas de su propio tiempo. Schoenberg había descubierto un camino nuevo diferente al de Wagner.

Después de Schoenberg vinieron otros, durante todo el siglo XX, y la música dodecafónica, la electrónica y demás música experimental. Tras él, la música “seria” empezó a perder a muchos de sus incondicionales. Los melómanos están divididos. Hoy todavía la mayoría de los mortales que acudimos a las salas de conciertos no sabemos disfrutar de la música contemporánea, a pesar de que, en otros campos de las artes, ya hemos asimilado las grandes revoluciones estéticas que propiciaron las vanguardias.

Han pasado ya cien años desde el estreno de la primera composición atonal. Como muchas otras personas, pocas son las composiciones de música culta contemporánea que soy capaz de disfrutar hoy. Básicamente me quedé en Stravinski y en Carl Orf. Pero los compositores contemporáneos no cejan, siguen en su empeño. ¿Tienen razón? Lo ignoro. Cuando se estrenan sus obras, la gente ya no las patalea, sólo bosteza. A veces pienso que viven en una especie de torre de marfil, componiendo aislados en la intimidad de sus casas. El resto de los mortales sólo parecemos capaces de disfrutar lo que componen para algunas bandas sonoras de películas. Supongo que los compositores contemporáneos, al menos algunos de ellos, deben sentirse solos y tremendamente alejados de su público. En el fondo no dejo de pensar que la música culta lleva viviendo ya cien años de soledad.

jueves, 13 de mayo de 2010

EN EL ÚLTIMO MINUTO

El pasado sábado, en una fiesta a la que acudí, uno de los asistentes presumía de ser socio del Real Madrid, de disfrutar de abono en su estadio desde que era pequeño y de llevar muchos años viendo todos los partidos de su equipo desde el mismo asiento. Parecía estar satisfecho de ello. No obstante, confesaba que seguía sin entender porqué, cuando el equipo atacaba y se creaba una situación de peligro, la gente se empeñaba en levantarse del asiento, cuando no estaba demostrado en ningún modo que eso ayudara a meter el gol. Yo, un poco irreflexivamente, le hice una observación que me parecía obvia:

–La gente no va al fútbol con la misma actitud que a escuchar a la Filarmonía de Viena, y eso lo entiende cualquiera.

Con esto corté sin querer la conversación de modo un tanto tajante. El esnobismo es algo que me espanta, se trate de afectar distinción por tener dinero, ser guapo, culto, famoso, ir a la moda, comer cosas exquisitas, o cualquier trivialidad similar. Con lo bueno que es disfrutar de todo eso sin necesidad de sentirse superior. Pero parece que muchos esnobs piensan que manifestar las emociones es algo excesivamente natural, y por lo tanto quien lo hace demuestra maneras poco distinguidas.

Todo esto lo cuento porque soy del Atlético de Madrid y ayer estaba en la cama con faringitis y mucha fiebre viendo el partido contra el Fulham (simpático equipo). A cada jugada de peligro, a favor o en contra, sufría, me echaba para adelante, me destapaba, pataleaba, saltaba en la cama. Aunque no soy socio del club, sufrí como un auténtico atlético, apenas pude gritar los goles debido a mi afonía y sudé como nunca. Si alguien piensa que debilidades así debo ocultarlas, "porque no me pegan nada", que no cuenten con ello. Finalmente ganamos la copa de la liga Europa (antigua copa de la UEFA), ¡en los últimos minutos de la prórroga! De tanto sudar me bajó la fiebre: hoy me he levantado curado y feliz. Gracias chicos.

De todos modos, lo del último minuto no está probado que sea tan bueno, pues a unos les provoca infartos y a otros la locura. Sí, loquitos de remate se han vuelto algunos esta noche por las calles de Madrid por el gol de última hora de Forlán. Juana Reina también estaba desequilibrada, sin duda, al cantar la canción "En el último minuto", o al menos eso parece en esta interpretación delirante (lo único que le faltan son unas maracas). ¿Sería del Atleti? Sea como fuere esto eran mujeres desesperadas y no lo de ahora.

domingo, 11 de abril de 2010

YO QUERÍA SER ESCRITOR

De "Gringo Viejo", película de Robert Redford basada en una novela de Carlos Fuentes.
Interpretada por Gregory Peck y Jane Fonda.

domingo, 4 de abril de 2010

GRAN VÍA INSÓLITA... Y ATLÉTICA

Hoy se cumplen cien años desde que el rey Alfonso XIII inaugurara las obras de apertura de la Gran Vía madrileña. Nuestro consistorio ha tenido a bien conmemorar tamaño acontecimiento con una serie de actos y ceremonias que no voy a recomendar a nadie, aunque sí la lectura del precioso libro llamado “Gran Vía 100 años”, editado por el Ayuntamiento, en el que se cuenta e ilustra la historia de esta calle.

Su apertura respondía a un programa urbanístico que desde el siglo XIX defendía abrir una arteria amplia, higiénica y moderna, que comunicara los nuevos barrios de Madrid, en sentido este-oeste, al igual que había un eje que vertebraba la ciudad de norte a sur como eran los paseos del Prado, de Recoletos y de la Castellana. Con esta vía se quería dotar a la ciudad de una calle moderna, en la que se ubicaran los servicios terciarios que tanto necesitaba. De paso se derribaba un barrio insalubre, pobre y conventual, de callejones estrechos y oscuros, de casas pobres, típicas de la ciudad antigua, que se consideraban insalubres. Para ello hubo que expropiar y derribar cientos de edificios. Más de treinta años se tardó en construir la Gran Vía, en tres tramos: el primero (1910-1916) comienza en la calle Alcalá hasta la red de San Luis, el segundo (1917-1929) llega hasta la plaza del Callao, y el tercero, que se terminó después de la guerra, termina en la plaza de España.

Allí se levantaron edificios que en aquel tiempo fueron los más altos de Europa: los primeros grandes almacenes de Madrid, edificios de comunicaciones, como el de Unión Radio y de la Telefónica, cines, teatros, hoteles y clubs de elite, salas de conciertos, edificios de oficinas, tiendas lujosas y modernas, apartamentos, cafeterías a la americana... Fue el centro comercial, de ocio y de negocio, que estuvo de moda durante décadas. Desde allí Hemingway y John Dos Pasos escribieron sus crónicas sobre la guerra civil, y en la posguerra allí se hospedaron las grandes estrellas de cine como Ava Gadner o Sofía Loren, se organizaban tertulias literarias, Chicote hacía sus oscuros negocios en su bar, se recibió al presidente de Estados Unidos, etc. Yo no conocí la Gran Vía en su esplendor, la que había sido signo de la modernidad de la capital, donde se mezclaban todo tipo de arquitecturas, con su pretendido carácter cosmopolita.
Quien quiera conocer y ver más cosas sobre esta calle, no tiene más que pinchar aquí:

Cuando paseaba de niño por esa calle, en los años 60 y 70, siempre tuve la sensación de que esa especie de Nueva York a la española, mezcla castiza de Broadway y Quinta Avenida, convivía con la tiña y la mugre de sus calles aledañas, aquellas que fueron quebrantadas para su apertura y que ahora desembocaban en ella. Desde su aparente esplendor se atisbaban esas callejas oscuras y a los pobres, vagabundos, rateros y prostitutas que las habitaban, aunque no se atrevieran a frecuentar tan lujosa calle, llena de gente rica y bien vestida.
Los centros de poder y modernidad de la ciudad se desplazaron hace tiempo a otros lares. El bar de Chicote es hoy un museo. Se han cerrado casi todos sus cines y los centros comerciales sufren para sobrevivir. Y aunque todos los edificios que se construyeron siguen en pie, y la Gran Vía está atestada de transeúntes, la “gente guapa” se marchó hace tiempo. “En los nidos de antaño no hay pájaros hogaño”, que diría nuestro famoso hidalgo. Parece como si aquellos barrios desgarrados hace un siglo, quisieran ahora tomar venganza. Los drogadictos, marginados, desesperados y buscavidas, a la vista de que el dinero y el poder le han dado la espalda, han tomado de nuevo esa calle, sobre todo a partir del anochecer. Los turistas y curiosos han de prevenirse de esa fauna.
A pesar de su actual decadencia, que se quiere revitalizar, hay que reconocer que en todos estos años la Gran Vía nos ha dejado todavía infinitas anécdotas e historias que se pueden rescatar del olvido, pues contienen el espíritu del XX en nuestra ciudad, y también imágenes insólitas, que son las que ahora traigo.
Las primeras que me llaman la atención son aquellas en que la han filmado, pintado o fotografiado totalmente desierta, como en el cuadro de Antonio López que encabeza la entrada, o la película “Abre los ojos” de Alejandro Abenamar.
Insólita es la secuencia del edificio Capitol, en la película “el día de la Bestia", igual que la de Edgar Neville, que hizo montar a caballo a Fernando Fernán Gómez en la película “El último caballo”...

Ignacio Goitia la llenó de jirafas... Incluso el Atlético de Madrid, cuando subió del infierno de la segunda división, consideró que el mejor sitio para salir era por una alcantarilla de la Gran Vía.
Sí..., soy del Atlético. Algunos vecinos míos en esta ciudad prefieren el monocultivo del Real Madrid y no entienden la disidencia atlética. Pero los del Atléti somos como esos barrios pobres que algunos creían destruidos para siempre, que tenemos nuestro corazoncito y pensamos que nos asiste el derecho a salir del subsuelo y ocupar un pequeño sitio bajo el sol. ¡Faltaría más! Y ¿qué mejor sitio que en la Gran Vía? Un sitio perfecto para recordar a algunos prepotentes que todo esplendor tiene su fin.

sábado, 13 de marzo de 2010

¿IMPROVISA CHARLOT?

Rara vez salen las cosas como uno tiene previsto. Muchas veces salimos del paso frustrados y otras triunfamos improvisando de cualquier manera, como este episodio de Charlot en "Tiempos Modernos". La historia que cuenta Charlot cantando y bailando hace reir y aplaudir al público que lo contempla en el café. A los que vemos la película hoy, también nos hace gracia el triunfo del buen humor sobre la mala suerte, del genio sobre la dificultad, del valor frente al temor, aunque, claro, cuando dudó, tenía a la chica animándole detrás.
Pero no nos engañemos, la improvisación no fue el caso de esta canción. Chaplin tardó semanas en escribir su letra, preparar la coreografía y el ensayar su ejecución; ¡sólo para una secuencia de tres minutos en un largometraje mudo! Con mucho trabajo consiguió transmitir la divertida sensación de sorpresa, improvisación y genio con que un pobre diablo sale de esta situación apurada.
Su trabajo infatigable le llevó a hacer películas geniales y a ser mundialmente famoso. Tanto que Geroge Bernard Shaw dijo en cierta ocasión, tal vez con una pizca de cinismo: "si alguna vez se nos recuerda, será porque fuimos contemporáneos de Charles Chaplin". En realidad estaba equivocado, porque hoy la mayoría de los jóvenes no saben quien fue ninguno de los dos, y escasos deben ser los que han visto alguna de sus películas o leído alguna de sus obras.
Pero a lo que iba, la prueba de que improvisar no era el fuerte de Charles Chaplin es, que en una ocasión se presentó a un concurso de dobles de Charlot celebrado en Montecarlo, y quedó en tercer lugar.
Por si alguien no se ha enterado, ahí va la letra:
Se Bella ciu satore
Je notre so cafore
Je notre si cavore
Je latu, la ti, la tua

La spinsah o la busho
Cigaretto porta bello
Ce rakish spagaletto
Si la tu, la ti, la tua

Señora Pilasina
Voulez vou le taximeter
Le zionta sous la sita
Tu la u, la tu, la wa

Se muntya si la moora
La sontya so gravora
Le zontya comme sora
Je la poose a ti la tua

Je notre so la myna
Je notre so cosina
Je le se tro savita
Je la tussa vi la tua

Se motra so la sonta
Chi vossa la travonta
Les zosha si Katonta
Tra la la la, la la la….

Música: Leó Daniderff
Letra: Charles Chaplin