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sábado, 9 de abril de 2011

UNA HORA DE MUSICA

Esta semana estoy visitando Praga, en abril y con Abril. Aquí estamos disfrutando durante unos días de la belleza de la ciudad y de la indulgencia de su clima, por lo general bastante más severo. No les voy a contar todos los placeres que estamos teniendo ocasión de disfrutar. Son muchos. Sólo les digo que estas líneas las estoy escribiendo desde mi habitación del hotel, situado en la falda del Castillo, divisando todos los tejados, torres y cúpulas de la ciudad y oyendo tañer las campanas de sus iglesias.

No voy a contarles más que nuestra visita al Palacio de la familia Lobkovitch, que fue una de las más poderosas de Praga durante siglos. Emparentados con los Habsburgo y los Borbones, estuvieron siempre de parte de los emperadores católicos y, tras la caída del Impero Austro-Húngaro, se pusieron a favor de la republica Checoslovaca. Pero los nazis, en la segunda guerra mundial, les desposeyeron de todos sus palacios, castillos, industrias y propiedades. Nada más acabada la guerra las recuperaron, pero solo para que, tres años más tarde, en 1948, los comunistas las nacionalizaran de nuevo. La familia vivió exiliada durante décadas. Su patrimonio y su antigua vida se fueron convirtiendo en vagos recuerdos de infancia de alguno de los supervivientes de la dinastía. Cuando habían renunciado a recuperar nada, se encontraron con que la caída del muro de Berlín, la Revolución de Terciopelo y Vaklv Havel, les devolvieron todo lo que había sido suyo, también sus impresionantes colecciones de arte y sus joyas, que estos mecenas habían acumulado durante siglos.

Una de esas maravillas es el Palacio Lobkovitch, situado dentro del recinto del Castillo de Praga, que hemos visitado (¡ese Brueghel!, los grabados de Piranesi…). Alli hay una sala llena de instrumentos musicales y partituras manuscritas de algunos de los músicos más grandes de la historia (Gluck, Haydn, Mozart, Beethoven…), que compusieron obras para ellos o estuvieron trabajando en su corte (Beethoven les dedicó tres de sus sinfonías). Ellos eran grandes melómanos.

Y qué mejor sitio, hemos pensado, para ir a una matinée musical. Un pequeño grupo de cámara tocó obras muy variadas, alegres, románticas, graves o nostálgicas. La mayoría de compositores checos. Y allí, en un salón barroco con frescos en el techo y con los antepasados de la familia como testigos, escuchando música, he sentido muchas cosas. Alegría por estar aquí con Abril; placer por poder disfrutar de tanta belleza; he sentido cuánto ha costado llegar hasta aquí, después de sufrir mucho, y lo maravillosa que es la vida y poder seguir en la lucha; también me he sentido orgulloso pensando en los Lobkovitch, que recuperaron lo que creían irremisiblemente perdido y que siguen luchando por lo que aman, puesto que, al igual que ellos, nosotros también podemos decir: "¡Henos aquí, disfrutando de una hora de música!"

lunes, 3 de enero de 2011

PROVENZA

He de confesar a ustedes que acabo de volver de la Provincia de Francia, donde hemos pasado unos días despidiendo el año 2010 y conjurando a los espíritus de 2011, para que nos sean propicios. Hemos estado instalados en una residencia inmejorable, gracias a la tenacidad y sabiduría de alguien querido. Le petite bastide está rodeada de viñedos y olivos, equipada con un hogar acogedor, con el macizo del Luberon al fondo y el río Dordoñe a nuestros pies.

Muchas son las cosas que se podrían decir de aquellos valles y bosques, agraciados por la naturaleza, de su situación inmejorable y de la sabiduría de sus habitantes, que saben cocinar, cultivar y adornar su vida. Y de unos cultivos muy especiales quería hablarles ahora, pues he sentido cómo, a lo largo de los siglos, se ha cultivado el espíritu en esa tierra.

Los griegos y romanos colonizaron toda la región intensamente, dejando calzadas, puentes, foros, teatros, arcos, monumentos, templos, acueductos y ciudades (inmejorable la visita a Glanum, en St. Remy de Provence). Ellos demostraron cómo se podía dominar la naturaleza con estética y sabiduría. Después, cuando la barbarie medieval dominaba en Europa, los señores provenzales dejaron reinar a sus damas, que inventaron las cortes de amor y el amor cortés. En sus castillos (sobre todo en Les Baux) los trovadores componían y declamaban la poesía y la música provenzal. Aquellas damas, inventando un nuevo lenguaje para el amor, avanzaron el Renacimiento, elevaron la sensibilidad del espíritu medieval, tosco a más no poder en las lides románticas, pues hasta entonces el hombre, olvidada la cultura clásica, sólo se dedicaba a la caza y a la guerra. Y allí siguieron estableciéndose pintores y escritores en los siglos barrocos y modernos: desde Petrarca a Van Gogh, de Durrell a Cezanne, de Gaugin a Camus, sin olvidar al Marqués de Sade. Muchos han sido los que han elegido esta tierra para vivir, incluso los Papas.
El resultado es que hoy sus habitantes parecen haber inventado el arte de vivir. Allí, paseando por aquellas ciudades y pueblitos encantadores, se ven por doquier abadías, palacios, iglesias y castillos de nobles y clérigos que amaron la belleza; se pueden visitar lugares donde se honra la memoria de artistas propios y extraños, que han vivido y cantado la alegría y la hermosura de la Provenza. A cada paso se encuentra uno librerías apetecibles donde te sirven un café o una copa de vino. Se pueden visitar las casas y las tumbas de los escritores. Sus habitantes conservan los mismos paisajes que pintaron los artistas que allí vivieron. Pueblos minúsculos tienen espacios reservados para el teatro y los conciertos. Nadie descuida, cada día, la belleza de las granjas y los campos, de las casas y los paisajes, de las calles, de los objetos y los escaparates en las tiendas. Dedican su tiempo al placer de la buena comida, el buen vino y la conversación. Les gustan los perfumes, las flores, las plantas, los aromas. Levantan museos a las cosas que les gustan, da igual que sea un pintor mundialmente famoso, la flor de la lavanda o los sacacorchos. Practican el arte de pasear, la caza, la cetrería. Incluso hemos visto como trabajaba un agricultor en un invernadero escuchando ópera. Allí hasta las chimeneas humeantes, las cunetas de los caminos, las estrellas del cielo o la niebla de la mañana tienen un aire refinado.

Hemos visto en aquellas tierras, en cambio, pocos jóvenes, que sin duda preferirán otras diversiones menos sutiles. Me resisto a creer que los provenzales sólo promocionen la cultura para los turistas, y que todo esto sólo sean digresiones de un iluso a principios de año. Puestos a hacerme ilusiones, me ha dado por imaginar que todavía hay una esperanza, en estos tiempos en que parece que nos vemos arrollados por corrientes poderosas que no nos dejan sosiego para pensar, sino confusión y miedo a la catástrofe. Frente a ello propongo no caer en la melancolía. Todavía quedan valles en que crece esa planta, cada vez más extraña, que es la cultura que eleva y ennoblece el espíritu..., y que además alimenta el cuerpo, porque lo que no son ilusorios son los kilos que he ganado en tan sólo una semana, aunque de eso no les quiero hablar por no ser prosaico, ni tampoco de las aves, foie-gras, ostras, vinos y quesos trasegados, ni de las sublimes burbujas del champagne que ascienden por la copa con la misma suavidad que la Virgen a los cielos.

martes, 9 de noviembre de 2010

ENTREACTO EN BABEL


Para Blanca y Lucas

Comedia. Pieza breve especialmente idónea para ser representada entre dos actos de cualquier drama.

EscenarioInterior de una posada en Babel. Un enorme ventanal deja ver un prado y las montañas al fondo. Otoño. Lluvia del norte. Los árboles tapizan las verdísimas praderas con sus hojas de colores dorados, ocres, rojos..., que el viento esparce. Las nubes pasan raudas por el cielo. En el salón, repleto de libros, crepita la chimenea. Decoración: paredes de colores, muebles antiguos y modernos, un piano, juegos en el rincón.

Personajes
Un grupo de once amigos
El posadero
La posadera

Argumento
Unos cuantos amigos pasan juntos el fin de semana en una posada mágica. Todos ellos, de alguna manera, están curtidos en el andar y desandar caminos. No son jóvenes ni viejos. Todos se unieron fortuitamente algún día y llevan ya unos cuantos años divirtiéndose juntos, acompañándose en sus tribulaciones. Saben de la importancia de su amistad, que les proporciona alegría, distracción y calor.

Igual que ellos, en la Posada de Babel muchos son los que han encontrado un lugar donde jugar y conversar juntos, donde disfrutar y pasear la naturaleza, donde huir a descansar y a reír. Los posaderos ofician siempre discretamente sus rituales para hacer agradable la estancia a sus huéspedes. Cuentan que por esa posada han pasado cientos de personas; algunas conocidas, como escritores y poetas, directores de cine y actores; otras muchas interesantes y desconocidas. Nada desagradable parece haber ocurrido nunca en aquel lugar. Allí también se respira la felicidad de la familia de los posaderos.

Los amigos entran y salen cada día. A la vuelta en la posada, hablan de excursiones y paisajes maravillosos, ríen las bromas de la jornada, que la lluvia no consigue chafar. Ese fin de semana los posaderos sienten que algo más está pasando. Hacía mucho tiempo que no sentían tan intensamente la necesidad de agradar, de dar cariño. Aíslan al grupo del resto de huéspedes. Les hacen sentirse especiales. Ella les sirve la comida y la bebida, va a por leña y por limones, enciende cada tarde la chimenea, asa castañas. El posadero les aconseja excursiones y lugares, les cuenta historias, les prepara las cenas, pide a una vecina que prepare un dulce especial. Son mil detalles. Pero él no está satisfecho, quiere algo más: en la última noche reúne a todos e intenta oficiar de mago y pronunciar su conjuro de la felicidad. No le salen las palabras por la emoción, pero llegan igual al corazón de los amigos que quedan en silencio, sonrientes. Al día siguiente todos marcharán agradecidos. Cae el telón.

viernes, 29 de octubre de 2010

BOLAS DE OTOÑO


Para David y Sara

El emperador de los romanos Marco Aurelio, que además era filósofo y estoico, escribió en sus Meditaciones que los seres humanos desean con el más vivo anhelo la tranquilidad y el descanso; pero añadía que denotan vulgaridad cuando buscan para ello el campo, la playa o la montaña, pues tiene cada uno en su mano, a cualquier hora, retirarse en sí mismos, al interior de su alma y encontrar allí, con sus pensamientos, la paz y la libertad de espíritu.

Yo no sé si seré vulgar, pero he decidido que buscaré este fin de semana huir de mis tribulaciones y marchar al Valle de Iruelas. La invitación me la ha enviado quien bien me quiere, en una caja llena de piñas, hojas, frutos y aromas otoñales del bosque. Me dicen que este año el bosque tiene subidos los colores de oro, que da gusto respirar el olor a hojas secas y a musgo, que los castaños están viciosos de frutos y que se oye la música de sus arroyos y de los árboles mecidos por el viento suave. Asaremos castañas en la chimenea de una encantadora casa en la dehesa. También me prometen, pues no todo va a ser sosiego y laxitud, una excursión extrema por los montes.

La cosa es que con la ilusión me he comprado unas botas para andar. En un rincón me esperan, para patear con ellas los caminos, saltar regatos, pisar charcos, coger setas, ver animales esquivos. Paseando con mis botas miraré también al cielo, para ver de día las aves migrar a África y de noche las mágicas estrellas que nos observan. Algunos creen que las constelaciones son dioses que determinan nuestra suerte. Si yo no fuera ateo, les pediría que cambiasen la mía. En vez de eso, disfrutaré de su belleza.

No sé si ustedes conocen mi afición, poco frecuentada la verdad, por las cosas chinas y orientales. Álvaro Cunqueiro contó un día en la radio que los jesuitas que se fueron en el siglo XVIII a la China, entre las graciosas novedades de aquellas gentes, encontraron con que los mandarines de pulidas manos y largas uñas, usaban pasar gozosas horas sentándose al sol de primavera con unas bolas de cristal en la mano, como las que en Europa se hacen de nieve, solamente que ellos metían dentro finísimas hojillas secas, doradas, rojas, ocre, que un volante que iba en el pie de la bola aireaba y hacía volar dentro del cristal amarillento. Bolas de otoño en primavera. Cuando todo nace, florece y nuevas sangres alientan en el mundo, aquellas gentes se ponían a recordar el tiempo en que todo se marchita, se desnudan los bosques y las sangres de la tierra huyen hacia las cavernas del invierno.

Yo nunca he estado en el valle de Iruelas. Lo imagino como un paisaje donde uno puede sentirse feliz, rodeado de gente buena. Imagino también que tiene la medida de la acuidad visual del hombre, la medida del ojo humano. Allí donde la humana visión se detiene, el valle mismo termina... Cerrado de cumbres y de cielo pálido, será como una grande y hermosísima bola de otoño. El viento del sur aventará las hojas secas en los bosques y caminos de oro. Igual que si el valle tuviese, en sus entrañas, un volante, como las bolas chinas.

Y de manera inversa a como lo hacían los mandarines chinos, allí estaré contemplando la hermosa vejez y ocaso de la naturaleza. En medio de tanta maravilla otoñal tendré cogida en la mano a Abril (¿alguien lo dudaba?), como una bola encantada y poderosa, que siempre aleja la tristeza y me recuerda que todo vuelve a nacer y a florecer.

sábado, 9 de octubre de 2010

BÓSFORO


Robert Burton –sedentario y erudito rector de Oxford del siglo XVII– consagró muchísimo tiempo y estudio a demostrar que el viaje no era una maldición, como se creía en su tiempo, sino un remedio para la melancolía, o sea, para las depresiones que causaba la vida sedentaria. En su libro Anatomía de la melancolía, escribió: “Los mismos cielos giran continuamente, el sol se levanta y se pone, la luna crece, las estrellas y los planetas mantienen sus movimientos constantes, los vientos siguen removiendo el aire, las aguas refluyen, sin duda para conservarse, para enseñarnos que debemos estar permanentemente en movimiento. Para esta dolencia (la melancolía) no hay nada mejor que cambiar de aire, que vagabundear en una u otra dirección, como los nómadas que viven en grupos y que aprovechan la oportunidad de disfrutar de tiempos, lugares, estaciones”.

Y les cuento esto porque, huyendo de calamidades, aburrimientos y de nuestro sedentarismo de biblioteca y mesa camilla, estos días he estado en la ciudad de Estambul, que no conocía. El viaje ha sido un regalo de Abril en este otoño que acaba de comenzar, para celebrar los cincuenta cumpleaños que acabo de dejar atrás. Y doy fe de que el remedio funciona. La belleza de esa ciudad nos ha proporcionado gran alegría, el hotel descanso y lujo, y el viaje recuerdos que alimentarán el alma y los sueños.

Les cuento esto también, porque desde que leí el libro La caída de Constantinopla, de sir Steven Runciman (el libro que a mí me hubiera gustado escribir), yo sabía que cualquier viaje que hiciera a esta ciudad, sería irremediablemente un viaje al pasado.

A mediados del siglo XIX, Estambul era la fiel imagen de la decadencia del Imperio Otomano, que había atemorizado durante siglos al occidente europeo. La pobreza, la podredumbre, la sensación de derrota, el incremento explosivo de la población y las guerras perdidas una por una comenzaron a maltratar y aplastar de manera evidente el centro antiguo de la ciudad, la península histórica, así como los grandes edificios del alto funcionariado occidentalizado. Los más adinerados y los bajás crearon una cultura cerrada al exterior alrededor de los palacetes construidos a orillas del Bósforo, a los que huían para alejarse de la ciudad en verano. Aquellas mansiones, encerradas en sus jardines, no tenían acceso por caminos y, a pesar de los transbordadores de pasajeros y de los muelles, todavía no eran del todo una parte de Estambul. Constituían una cultura cerrada, que alguno de sus descendientes han rememorado con nostalgia, ya en el siglo XX. Allí, con la luna iluminando sus aguas, esos seres privilegiados organizaban fiestas amenizadas por música que sonaba desde alguna barca en el estrecho, vivían su lujo, sus amores y sus hábitos, pero también vivían los odios, los silencios, las debilidades humanas, los juegos de poder. Esa cultura otomana decadente acabó, y los palacios fueron abandonados y sustituidos muchos por casas modernas. Muchos otros se mantienen en pie. Orhan Pamuck en su libro Estambul, cuya lectura recomiendo, evoca la nostalgia de una cultura y un mundo irremediablemente perdidos. Su lectura me ha evocado estas ideas.

Y esto viene a cuento, porque en lugar de alojarnos en la ciudad vieja, a la santa sombra de la Mezquita Azul y Santa Sofía, nos aposentamos en el Bósforo y hemos podido contemplar, no sin nostalgia, los hermosos restos de aquella civilización otomana, creada en torno al estrecho en plena decadencia de la ciudad.

Sepan los que quieran seguir leyendo, que no voy a hablar de una ciudad sobre la que no tengo nada nuevo que decir. Sólo cómo nos encontramos el primer día del viaje. Amanecimos contemplando el mar. La mañana era soleada. Tras el desayuno al borde del estrecho, montamos en un bote en dirección a la ciudad vieja, entre Asia y Europa. Durante la travesía contemplamos maravillados, a un lado y a otro, cuanto había al borde del mar: casas, palacios, pueblos, mezquitas, embarcaderos, jardines, puentes, árboles, pueblecitos, fortalezas y paseos. Detrás, más arriba, estaba el marasmo de la urbe inmensa, con sus rascacielos, bloques y barrios, miles de coches atascados en sus autopistas, y millones de turcos afanados que se movían sin parar: la mundialmente conocida foule de Estambul.

A medida que avanzábamos, aumentaba la escala del palacio de Dolmabace, la torre Gálata, la muralla, Santa Sofía, Topcapi y sus jardines, la Mezquita Azul, el mercado de las especias, Suleimaniye Camii... Después pasamos bajo el puente Gálata y entramos al Cuerno de Oro, desembarcando en un muelle lleno de puestos de pescado. Tras esto, nos sumergimos en una ciudad viva, cutre y sublime, llena de mezquitas, de tranvías, de coches, gente, de puestos callejeros, de anuncios, de olores..., de vida. Yo ya estaba atrapado.

Hemos atravesado y recorrido el Bósforo una docena de veces estos días, en mar o por las carreteras que lo bordean, por los puentes o en barca. También en esos trasbordadores que recogen a la gente en Europa, deshaciendo el camino de la mañana, y los llevan agotados de vuelta a su casa en Asia al atardecer, mientras se escuchan los cantos de los muecines que, desde mil mezquitas, les llaman a la oración.

Como todos, estoy lleno de deseos de felicidad, de diversión y de comprender el mundo que nos rodea. Pero nada puede callar esa voz interior que me previene de que no debo exagerar la belleza de la ciudad, para no ocultarme las carencias de la vida que llevo. Pamuk dice en su libro “si una ciudad nos parece hermosa y mágica, así debe ser nuestra vida”. Ante los restos de las civilizaciones bizantina y otomana, viendo la ciudad vieja y descuidada de hoy, que crece sin parar, me sentía igual que cuando me veo envejecer cada mañana ante el espejo. Ahora este espejo es el Bósforo, cuya corriente profunda y poderosa no me deja apartar la mirada y me recuerda que los años (cincuenta o cinco mil) han pasado. Y definitivamente digo que sí, que mi vida, igual que Estambul, es hermosa, aunque no perfecta; es mágica, como las Mil y una noches, pues la he poblado de historias leídas e imaginadas, con las que me he explicado la realidad y me he divertido; entre los destrozos y ruinas del tiempo pasado, tengo recuerdos allá por donde paso, que me hacen amarla más; pero sobre todo, estamos juntos, como el Bósforo y Estambul, lo que me hace feliz y me ayuda a saber mejor quien soy. Gracias Abril.

miércoles, 16 de junio de 2010

16 DE JUNIO: BLOOMSDAY

Como todos ustedes sabrán, hoy se celebra en las calles de Dublín el “Bloomsday”, o día de Bloom. Es un evento anual que se celebra en honor a Leopold Bloom, personaje principal de la novela Ulises de James Joyce. Se celebra todos los días 16 de junio desde 1954, porque es el día en el que transcurre la acción -ficticia- del Ulises. Joyce eligió esa fecha porque fue la de su primera cita con la que sería su mujer, Nora Balance. Este día los celebrantes procuran comer y cenar lo mismo que los protagonistas de la obra, o realizar distintos actos que tengan su paralelismo en la novela. Especialmente se realizan encuentros en Dublín para seguir el itinerario exacto de la acción, se realizan lecturas del texto y algunos van disfrazados de personajes de la época.
Últimamente el evento se está poniendo más de moda en nuestro país, por varias razones, pero sobre todo por la última novela de Enrique Vila-Matas Dublinesca, que he leído esta primavera y por el club que él ha creado con sus amigos, para festejar anualmente la efeméride en Dublín, pero a su manera, y que se denomina “La Orden del Finnegans” y de lo que hoy hablan unos cuantos periódicos. Los miembros han aprovechado estos fastos joyceanos para editar un libro de relatos con el mismo nombre.


En Madrid hemos copiado la idea y celebramos “La noche de Max Estrella”, rememorando el itinerario golfo del personaje de la obra de Valle Inclán Luces de Bohemia. Nunca he asistido a ninguno de ambos eventos, pues me temo que no soy amigo de actividades gregarias, por atractivas que puedan parecer.

Dublín me evoca sin querer mis estancias estivales en aquella ciudad cuando era un adolescente. Yo entonces no sabía el nombre de ninguno de los espléndidos escritores que habían nacido en ese país (como Wilde, Keats, Joyce o Becket); no conocía la música céltica, ni a los Chifteins, ni a Van Morrison, no había visto La hija de Ryan ni Barry Lindon, ni tantas otras cosas. Por supuesto, tampoco tenía noticia de la existencia de tan famosísima novela, que yacía ignorada en la biblioteca de casa de mis padres. A esa edad, si hubiera leído el Ulises, habría sido un adolescente de una precocidad y pedantería insoportables. Pero tiendo a cultivar cierta nostalgia por las ocasiones perdidas en mis primeros viajes, como aquel otro de fin de curso que hicimos por Europa cuando tenía diecisiete, y del que tampoco pude exprimir todo su jugo, por falta de formación y de interés.

En cualquier caso, mis veranos irlandeses no fueron tiempo perdido. En Dublín fue la primera vez en que dispuse de tiempo, libertad y dinero. Aquellos tres veranos, que en teoría debían servirme para aprender inglés, me sirvieron, sobre todo, de “primera vez” para muchas cosas: comer sopa de avena, desayunar unos extraños cereales, bailar en una discoteca, besar a una chica, robar en las tiendas, cantar el porompompero en la calle, jugar al tenis, beber cerveza negra, escaparme por las noches a los bosques de la cuidad y cosas así. No he vuelto a Dublín, ni a hacer casi nada de todo eso (¡ojo!, he dicho casi), aunque no me importaría volver. Años después leí el Ulises, pero creo que repetir semejante hazaña me iba a costar más trabajo.

sábado, 12 de junio de 2010

VALENCIA REVISITADA

He estado estos días en Valencia. La ciudad ha cambiado mucho y a mejor. Los paseos y jardines del cauce antiguo del río, que eran ilusorios proyectos hace unos años, hoy son agradables realidades. Los palacios de las artes, la música, el ocio y las ciencias han desplazado solares e industrias que afeaban la ciudad. Los coches no han asaltado el centro de la urbe, que ya tiene metro y trenes. El casco viejo, con sus museos y sus casas rehabilitadas, hacen olvidar la imagen de decadencia y pobreza del antiguo barrio del Carmen. El paseo marítimo de la Malvarrosa y el puerto están muy mejorados, probablemente debido a los fastos deportivos de la fórmula 1, la copa América y al afán de embellecer la ciudad que tienen sus habitantes. Los valencianos de cierta edad, a poco que no les falle la memoria, deben estar contentos.

Todo viaje es un peregrinaje al pasado. Allá donde voy procuro informarme de la historia del lugar, para explicarme mejor lo que veo con el concurso de la cultura: su arte, sus cuentos, sus personas y su carácter. He de reconocer que últimamente tengo un cierto recelo a la historia, porque a muchos sirve para fines espúreos, y cada vez estoy más de acuerdo con quien dijo aquello de que la historia no existe, que sólo existe la bibliografía. Pero volviendo al tema, este viaje a Valencia no ha sido un viaje al pasado histórico, sino más bien, un retorno a mi juventud.

Esa ciudad, una día de agosto de 1985, recibió a un joven madrileño de veintipocos que llegó para trabajar en su primer empleo. Allí ganó y gastó su primer sueldo, compró su primer coche que después le robaron. Aquel joven aprendió en Valencia a convivir con una mujer maravillosa, tiempo después la conoció mejor, pronto descubrió que no la merecía, y aún siguen juntos; entre los dos decoraron su primera casa en la calle Salamanca. Valencia contempló cómo ese joven engordaba y empezaba a saber lo que significaba ser padre, pues allí sintió la enorme ternura de sostener a su hija en los brazos por primera vez. Fue la ciudad de su primera biblioteca, de las visitas al encuadernador Chuliá de la calle de la Nave, de la búsqueda infatigable de libros en la librería París-Valencia, del asombro que le produjo la colección de ex libris de Agustín Arrojo Muñoz en el Museo Nacional de Cerámica, de las cenas en el restaurante Gargantúa, de las tardes de primavera en la playa, de los petardos y la pólvora, de la cremá de las fallas, de La Ceramo, del mercadillo de los domingos, de una extraña visita al Colegio del Arte Mayor de la Seda, de los almuerzos pantagruélicos a media mañana, de las terrazas donde se podía tomar copas de noche en invierno sin pasar frío, de los abrigos innecesarios, de los arroces en el campo..., y de tantos y tantos recuerdos.

Aquel joven era yo. Para mí Valencia, ahora me doy cuenta con nostalgia, será siempre la ciudad de mi juventud pavorosamente perdida, de aquellas personas a las que ya no trato pero que me depararon, durante unos años, hermosos momentos de amistad. Una ciudad donde fui feliz y donde tuve alegres ilusiones que no he perdido y que no pienso perder.

jueves, 21 de enero de 2010

SAN SEBASTIÁN

Me llega una carta de mi amiga Regenta, que vive en el valle del Tiétar (Ávila). Me recuerda que estos días pasados se ha celebrado en diversas localidades de aquella tierra la festividad de San Sebastián. Destaca entre todas las que celebran en Poyales del Hoyo. Es uno de los pueblos más pequeños del valle, rodeado de arroyos de aguas transparentes y una naturaleza, que llaman virgen, y que a mí, acostumbrado al humo y al ruido, me parecería incómoda a poco que permaneciera a la intemperie, expuesto al frío o al calor, a la lluvia o al sol, a los mosquitos, a los cardos o al viento serrano: quizá fuera sólo capaz de disfrutar de la belleza de las estaciones suaves, el otoño y la primavera, y no en grades dosis. Me manda, decía, el Almanaque de la fiesta que editaron allá por 2003, lleno de coplas, versos y textos que celebran la fiesta, recuerdan al santo y disertan sobre su imagen, además de diversas curiosidades locales. Lo más sonado de la fiesta es un auto sacramental en el que, hacen descender a un San Sebastián de carne y hueso, del campanario de la iglesia y tras representar su martirio lo exhiben en procesión y en paños menores, por las calles del pueblo.
Ustedes saben que la historia de San Sebastián, como la de tantos otros santos, nos la contó Santiago de la Vorágine, en la “Leyenda Dorada”, allá por el siglo XIII. Sebastián era oriundo de Narbona y estaba avecindado en Milán, que ambas localidades todavía se disputan el origen del santo. Fue un general del imperio romano durante el mandato de los emperadores Diocleciano y Maximiano, que lo distinguieron con su amistad y, tal era la confianza que le tenían, lo pusieron al frente de la primera cohorte que daba escolta a los emperadores, la llamada guardia pretoriana. Estos emperadores pasaron a la historia como grandes perseguidores y matachines de cristianos. A la sazón, Sebastián lo era muy devoto y creyente. Se alistó en la milicia buscando únicamente confortar a los cristianos, expuestos a desfallecer en su fe en medio de las persecuciones a los que se veían sometidos. Descubierto al fin, después de muchas prédicas y milagros, el prefecto lo denunció al emperador Diocleciano, que le llamó a su presencia.
“-¡De modo que te has aprovechado del alto puesto que ocupabas en mi corte y de los honores que te he otorgado, y de la deferencia con que siempre te traté, para trabajar clandestinamente contra mí y contra los dioses del Imperio!
-Eso no es cierto, -replicó Sebastián. –Es verdad que soy cristiano y que adoro al Dios verdadero, pero siempre he deseado y procurado para ti y para el Imperio lo mejor.
De nada sirvieron los razonamientos del acusado. El emperador mandó que lo sacaran al campo, que lo ataran a un árbol y que un pelotón de soldados dispararan sus arcos contra él y lo mataran a flechazos. Los encargados de cumplir esta orden se ensañaron con el santo, clavando en su cuerpo tal cantidad de dardos que lo dejaron convertido en una especie de erizo, y, creyendo que ya había muerto, se marcharon. Pero Sebastián, pese a la gravedad del tormento a que fue sometido, no llegó a fallecer, después de que los soldados se ausentaron, alguien lo desató del árbol y lo liberó.”
Volvió a predicar y a ser apresado por Diocleciano, que ordenó que lo volvieran a torturar hasta la muerte y, esta vez sí, murió y fue arrojado a una cloaca, de donde fue sacado por los fieles, con la intercesión de Santa Lucía, y enterrado junto con los Apóstoles.

Actualmente, San Sebastián es muy conocido por el interés con que numerosos artistas a lo largo de la historia lo han utilizado como motivo de sus cuadros, pues fue el único caso en que la Iglesia toleró que se pintaran hombres desnudos. Nunca le he visto en ningún cuadro ensartado como un erizo o puercoespín, sino que desfallece atado a una columna o un árbol sufriendo las heridas de algunas fechas esparcidas por su cuerpo, al igual que la imagen, también sumamente erótica, del martirio de Santa Teresa de Bernini. Esa actitud de dolor sublime, ese cuerpo musculoso herido y ensangrentado, las posturas con que suele ser representado, que realzan el atractivo del cuerpo humano, lo han convertido, si no lo fue desde el principio, en un icono homosexual.
Hoy se pueden ver varios San Sebastián en la exposición, “Las lágrimas de Eros”, que siguiendo la estela de George Bataille, ha expuesto en Madrid la Fundación Thyssen. Pero son cientos, por no decir miles, las representaciones del santo que hay esparcidas por toda la cristiandad, colecciones, museos, iglesias, ermitas y demás lugares santos o profanos.
A mí personalmente siempre me ha atraído la fotografía que le hicieron al escritor, japonés y suicida, Yukio Mishima, que en una ocasión se hizo retratar disfrazado del santo. Su homosexualidad se ve claramente en toda su obra y en, especial, en “Confesiones de una máscara”, novela en la que cuenta el descubrimiento de su atracción homosexual ante una ilustración de San Sebastián, de Guido Reni, en un libro de arte, estremecido de pagano goce.

Y viendo las imágenes de las fiestas de Poyales y el gentío que acude al Auto sacramental, yo me pregunto –y que nadie se ofenda por mi prosa pagana–, si su éxito se debe al fervor a su santo patrón, a las ganas de celebrar que tienen sus habitantes, o a una oculta atracción para contemplar el cuerpo casi desnudo del joven que representa al santo. De todo habrá, imagino yo, en la viña del señor, y en las villas del Tiétar, y con los más diversos propósitos acudirán unos y otros. Por mi parte, este año no he podido asistir al Auto Sacramental debido a mis tribulaciones, pero del próximo año no pasa, allí estaré -es curiosidad lo que me atrae- y les contaré lo que allí vea, oiga y sienta. Luego dejaré aquel paraíso campestre y aldeano, y me volveré, en coche y feliz, a los horrores de la ciudad.

lunes, 11 de enero de 2010

VESTIDOS DE VENECIA

Cuando, en el año 1981 leí por primera vez, "A la sombra de las muchachas en flor" de Marcel Proust, tuve la primera noticia del modisto español Fortuny, y de la fascinación que causaron en París los vestidos que fabricaba en Venecia, inspirados en los antiguos vestidos y tejidos representados por los pintores venecianos, especialmente Carpaccio. El protagonista de la novela, al pasar una tarde con su amada Albertine en el estudio del pintor Elstir, escuchan del artista, lo siguiente:

Su comparación es tanto más exacta, me dijo Elstir, cuanto que, debido a la ciudad donde pintaban, esas fiestas eran en parte náuticas. Sólo que la belleza de las embarcaciones de aquel tiempo residía la mayoría de las veces en su pesantez, en su complicación. Había torneos sobre el agua, como aquí, dados por lo general en honor de alguna embajada parecida a la que Carpaccio presentó en “La Leyenda de Santa Úrsula”. Los barcos eran macizos, estaban construidos como arquitecturas, y parecían casi anfibios como Venecias menores en medio de la otra, cuando amarrados con la ayuda de puentes volantes, cubiertos de raso carmesí y de alfombras persas, llevaban mujeres con brocados color cereza o con damasco verde, muy cerca de los balcones incrustados de mármoles multicolores a los que otras mujeres se asomaban para mirar, con sus vestidos de mangas negras con cuchilladas blancas rodeadas de perlas o adornadas con guipures. No se sabía ya dónde acababa la tierra, donde empezaba el agua, qué seguía siendo palacio o era ya navío, carabela, galeaza o Bucentauro.”
Albertine escuchaba con apasionada atención aquellos pormenores de vestimenta, aquellas imágenes de lujo que nos describía Elstir.
– ¡Oh, cómo me gustaría ver los guipures de que habla, es tan bonito el punto de Venecia!, exclamaba; además, ¡me gustaría tanto ir a Venecia!
– Tal vez pronto pueda contemplar, le dijo Elstir, las maravillosas telas que allí se llevaban. Hasta ahora sólo se veían en los cuadros de los pintores venecianos, o también aunque muy raramente en los tesoros de las iglesias, a veces, hasta salía alguna en una subasta. Pero dicen que un artista de Venecia, Fortuny, ha dado con el secreto de su fabricación y que antes de algunos años las mujeres podrán pasear, y sobre todo estar en casa, con brocados tan magníficos como los que Venecia adornaba, para sus patricias, con dibujos de Oriente. Pero no sé si eso me gustará mucho, si no resultará una vestimenta demasiado anacrónica para mujeres de hoy, incluso para las que se pavonean en las regatas, porque volviendo a nuestras modernas embarcaciones de recreo, son todo lo contrario de los tiempos de Venecia, “Reina del Adriático”.

No sería esta la única referencia al leitmotiv Fortuny, que hicera el escritor a lo largo de su monumental "A la busca del tiempo perdido". En "la fugitiva" y en "la prisionera", también nos cuenta cómo la Duquesa de Guermantes llevaba aquellos lujosos atuendos del artista para andar por casa o "robe de chambre", y cómo el celoso protagonista le encarga esos vestidos, capas y telas costosísimos para intentar, inútilmente, conquistar y retener a su amada Albertine. Tales modelos los encargaba en la casa que en aquellos años Fortuny había abierto en París para vender los modelos que fabricaba en Venecia, primero en sus talleres del Palacio degli Orfei, y más tarde en su fábrica en la Giudecca, donde había conseguido el secreto para reproducir aquellas maravillosas telas y tejidos, tanto en su textura como en su color y en sus dibujos.

Nos sigue contando Proust, en "La fugitiva", lo siguiente:

Carpaccio era el pintor al que con mayor gusto íbamos a visitar, cuando un día estuvo a punto de reanimar mi amor por Albertine. Veía yo por primera vez “El patriarca de Grado exorcizando a un poseso”. Contemplaba el admirable cielo encarnado y violeta sobre el que se destacan esas altas chimeneas incrustadas, cuya forma acampanada y la roja floración de tulipanes hace pensar en tantas Venecias de Whistler. Después mis ojos iban del viejo Rialto de madera, en aquel Ponte Veccio del siglo XV, a los palacios de mármol adornados de capiteles dorados, retornaban al Canal donde las barcas son guiadas por adolescentes de casacas rosa, con gorros rematados por aigrettes.... Por último, antes de abandonar el cuadro mis ojos volvieron a la ribera donde pululan las escenas de la vida veneciana de la época. Contemplaba al barbero secar su navaja, al negro llevando su tonel, las conversaciones de los musulmanes, de los nobles señores venecianos con anchos brocados, con damascos, con gorros de terciopelo color cereza, cuando de repente sentí en el corazón una especie de leve mordisco. En la espalda de uno de los compañeros de la Calza, reconocible por los bordados de oro y perlas que inscriben en su mangan o en su cuello el emblema de la jovial cofradía a la que estaban afiliados, acababa de reconocer la capa que Albertine tenía para ir conmigo en coche descubierto a Versalles, la noche en que tan lejos estaba yo de imaginar que apenas una quincena de horas me separaban del momento en que se marcharía de mi casa. Siempre dispuesta a todo, cuando yo le había pedido que se fuera, ..., se había echado sobre sus hombros una capa de Fortuny que al día siguiente se había llevado consigo y que luego nunca había vuelto a ver yo en mis recuerdos. Y era de aquel cuadro de Carpaccio de donde lo había tomado el genial hijo de Venecia, era de los hombros de aquel compañero de la Calza de donde lo había cogido para echarlo sobre los de tantas parisienses que desde luego ignoraban, como yo había hecho hasta entonces, que el modelo existía en un grupo de caballeros, en el primer plano del “Patriarca de Grado”, en una sala de la Academia de Venecia.

Proust tenía noticia de las Compañías de la Calza (compagnie di calze), a través de una biografía de Carpaccio, escrita en 1906 por Grabrielle y León Rosenthal. Desde mediado el siglo XV hasta finales del XVI, la organización de las fiestas del famoso carnaval Veneciano, estuvo en manos de las Compañías de la Calza. Eran asociaciones de jovenes nobles venecianos, que se distinguían por los variados colores que tenían en sus mangas, en el cuelo o en sus calzas, de ahí el nombre. Desde 1487 hasta 1565 existieron veintitres grupos diferentes por todo Venecia. Cada grupo se ponía un nombre inspirado por una virtud que pretendían reflejar o por un oficio: de las flores, de la unidad, de la concordia, hortelanos, cortesanos, sempiterni... Sus símbolos los llevaban bordados en oro y perlas. El cometido de estos caballeros del placer era crear y preparar las diversiones y espectáculos durante el carnaval, aunque también se les encuentra en las coronaciones de los dogos, en las festividades nupciales o en las recepciones de embajadores.









No podemos hablar mucho aquí de Mariano Fortuny y Madrazo (1871-1949), que fué pintor, decorador, fotógrafo, diseñador y modisto. Tan sólo cabe decir que fue un artista que partía de los objetos realizados con su procedimiento u oficio característicos, al que sin pender su función y utilidad, añadía los logros técnicos modernos. Así, con agudeza, creatividad e imaginación, creó auténticas obras de arte. En este país es un auténtico desconocido del gran público, apesar de estar su obra textil expuesta en el Museo del Traje de Madrid. Por una parte, los "cultos" que gustan del arte no les resulta lo suficientemente intelectual, pues se dedicó a confeccionar telas y diseñar vestidos, decorar escenarios de teatro por todo el mundo, especialmente representaciones de Wagner, o a fabricar lámparas, y estuvo alejado de los movimientos de vanguardia, que es lo único que parece haberse hecho en el siglo XX. Por otra parte, los pocos aficionados a la moda que conocen su obra, que no suelen ser muy estudiosos, no tienen curiosidad por saber la historia que había detrás de sus maravillosos diseños y creaciones. Quizá algún día en este país se honre su legado como se hace en la ciudad de Venecia donde le llaman el mago degli Orfei.
Cuando murió su padre, Mariano era muy niño, y tras pasar su infancia en París en un ambiente intelectual y artístico, su familia se fue a vivir a Venecia. Se instaló en el Palazzo Pesaro degli Orfei, en Campo de San Beneto, y allí montó su taller. Antiguamente el palacio sirvió también para espectáculos. De ello da fe Marino Sanuto, contando que en la noche del 19 de febrero de 1514 se representó allí por la compañía de la Calza “Los inmortales”, la comedia de Plauto titulada "Miles gloriosus", con intermezzos bufos. Magnífico fue el aparato, especialmente el cielo sobre el patio. Entre la concurrencia vióse al orador de Francia, al general de los infantes, a los hijos del dux y a muchos gentiles hombres y damas ricamente ataviadas, entre las que descollaba la mujer de Zuano Emo, que vestía un traje enteramente de brocatela de oro. El espectáculo acabó a las siete de la noche, y luego se cenó y se bailó hasta la madrugada. El mismo Sanuto cuenta que en este palacio, en 9 de enero de 1520, la compañía de la Calza, llamada de "los Hortelanos", dio otra fiesta con la representación de una comedia de Ruzante en honor del príncipe de Bisignano y costeada por el conde Antonio Martiengo , y otra el 30 de junio en honor de Pedro Pesaro, elegido procurador de San Marcos.

Curioso lugar, que contempló trajes lujosos de los notables venecianos, la celebración de representaciones teatrales y las fiestas la compañía de la Calza... Pueden ser coincidencias, pero también pudiera ser un ejemplo más de que hay lugares que transmiten una magia especial a quienes los habitan o visitan en soledad y con amor. Esos lugares se diría que poseen genius loci, el duende que lo llamaría Lorca. En ese lugar todavía puede percibirse, pues hoy el Palazzo alberga el Museo Fortuny. Allí puede contemplarse en un ambiente mágico, su obra, sus talleres, su estudio y su biblioteca, sus telas y cuadros, lámparas, sus fotorafías y la luz que tanto le inspiró. Y allí fueron Abril y Antipático hace más de veinte años y volvieron en 2009 los PLAM, y en ambas ocasiones pudieron pasear a solas por las salas del palacio, impregnándose del aura del lugar, en una visita que ya ha sido descrita por Abril en su blog.
Si se acercan por Venecia, no dejen de visitar el lugar.
Pincha la foto para ver entrada de Un abril encantado

jueves, 7 de enero de 2010

DIARIO DE CHINA

Un vaso de metal y una toallita. No se necesita más para viajar por China.

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Los chinos sacan a la calle sus sillas y sus tiestos, pasean con las jaulas de sus pájaros.

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He tenido que venir hasta aquí para conocer a la gente más antipática del mundo: los chinos de Pekín. Su brusquedad natural se ensaña con el extranjero... Viéndoles tratarse entre ellos, un extranjero se pregunta siempre por qué están tan ofendidos. La cobradora del autobús te devuelve el cambio arrojándote los billetes a la cara, la camarera te arrebata la carta de las manos y elige ella, impaciente por tus vacilaciones. A cualquiera que viaje a este país, lo primero que tienen que advertirle es como se dice no hay, pero tampoco sirve de mucho. A veces dicen que hay, y no es así, o te dan otra cosa. Entonces puedes enfurecerte, gritarles hasta se te vea la campanilla. De inmediato, lucirán una sonrisa beatífica. Eso quiere decir que estás perdido. Atrincherados en ella, irán desapareciendo cada vez más dentro de sí mismos, y acabarás increpando a una efigie. Si puedes, no llegues nunca a ese extremo.

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El China Daily, en todo caso, termina por servir para saber qué pasa. Como el mismo lenguaje: sirve para comunicar, finalmente, porque miente demasiado. Este periódico, fundado para disimular, no puede por menos dar bulto a lo que esconde. El método para descubrirlo consiste en conservar una docena de ejemplares: se registran los temas repetidos, las negaciones terminantes, las omisiones. Y con ello puedes configurar una especie de reverso de lo dicho: el mundo en que habitamos: aproximadamente.

Alguien ve cada cosa del mundo bajo la luz de la belleza, a la sombra de un significado. Pero no soy yo.

Lo diré de nuevo: la verdad, si es que existe, está del otro lado. Del silencio, de lo que no tiene previsión, modo, permiso de expresarse. En el reverso del lenguaje aguarda su significado. Al otro lado. Donde Roma es Amor y Eva es un Ave.

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El alma china ama lo irregular; asimetrías, arritmias, torcimientos. Desde los canales en zigzag a las ventanas, todas diferentes, que se abren en un muro. Uno podría pensar que se trata de integrar lo construido en la naturaleza circundante... Pero no. Lo cierto es que a los chinos, lo digo cuanto antes, no les gusta lo natural. Lo que les apasiona es lo artificioso. No verás nunca a un paisajista chino colocando su lienzo ante las montañas. Las pinta en su casa, después de meditar, de encender incienso y al lado de una de esas preciosas montañas de escritorio que yo no tengo dinero para comprar. Ni fuerzas: no me voy a llevar una montaña a la espalda. Un jardín chino no es nunca un pedazo de naturaleza, sino la naturaleza hecha pedazos.

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Es un tópico decir que los chinos tienen treinta formas distintas de reír, y que ninguna de ellas quiere decir que estén pasando un buen rato.

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De Lu Ch´ai se dice que fue el mejor calígrafo chino. Cuentan que fabricaba una tinta tan negra que dieron en llamarla “pupila de viuda”. Cuentan, también, que manejaba el pincel con tanta destreza y convicción que cuando pintaba la palabra alondra, la caña entre sus dedos imitaba su grito. Y cuando pintaba la palabra casa, a ella iban a cobijarse las palabras hombre, mujer y resentimiento.

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Un verdadero artista necesita diez días para pintar una flor, y un instante para pintar el océano. ¿Por qué? Porque conoce la majestad de lo pequeño y posee la intuición de lo grande.
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Si el artista insiste en hacer lo de ayer, no podrá lograrlo. ¿Por qué? Porque cuando un artista insiste en lograr algo, está obstruyendo el flujo del espíritu. Hyan Hsi-chih escribió la mejor caligrafía de su vida cuando narró el Lang-tíng-hsü. Trató de hacerlo de nuevo docenas de veces, pero no pudo igualar el primer esfuerzo, debido a que estaba insistiendo.

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De Shanghai a Güilin, de la costa a la jungla, hay treinta y seis horas de tren y aproximadamente dos mil kilómetros. Vivir día y medio con una familia china puede llevarte a odiar a la humanidad, o al menos a mil doscientos millones de humanos... El viaje comienza a las ocho de la tarde –aquí hora de acostarse, prácticamente-. Después de casi una hora de ordenar, buscar, recolocar, mover, cambiar, verificar, acomodar, palpar y sostener en las manos sus zapatillas y sus gafas, el viejo se ha tumbado. Parece dormido: ha dejado de moverse. Comienza a gemir, a susurrar. Extrovertido en sueños, se muestra de repente tan íntimo en sus efusiones que siento pudor de estar oyéndole. Enseguida entra en crisis de tos estruendosa que finalmente le obliga a levantarse y escupir el pulmón por la ventanilla. Así estará toda la noche.

A la mañana siguiente, la revisora viene a despertarnos a las seis. Es imposible hacerle entrar en razón, o al menos sacarla del compartimento. Se queda ahí hasta que nos ve a todos sentados y con la ropa de cama recogida. Esa sensación de estar en un internado la he tenido muchas veces.

Si la sintaxis de los ruidos corporales te interesa, deberías venir aquí. Y si puedes soportarlo. Dejemos de lado pedos y eructos, que el viejo escancia con primor. Los chinos son famosos por sus escupitajos. Merecidamente, diría yo. Se han organizado campañas nacionales contra el lapo, que favorece la expansión de enfermedades respiratorias. En todo caso, para mí, ese no es el problema. Si escupiesen calladamente, no se lo tomaría en cuenta. Pero no. A la hora del despertar, todos se ponen de acuerdo en la necesidad de despejar de inmediato narices y tráqueas hasta dejarlas como patenas. Y lo consiguen gracias a una riqueza incomparable de recursos, que abarca carraspeos, estertores, gruñidos, regurgitaciones y otros ruidos que no sé titular. Los oigo en el pasillo y en el lavabo.

En una de las estaciones descubro un insólito cartel: “Prohibido besarse”. Muy propio de los chinos, en todo caso. Por ejemplo, sus retretes públicos no tienen separaciones entre una fila de agujeros contiguos, y una docena de chinos es capaz de reunirse a cagar así. Sin embargo, si les regalas algo nunca lo abrirán delante de ti, para evitar que veas si realmente les gusta. Les horroriza mostrar en público sus sentimientos.

Llevar un vaso es esencial en estos viajes, en que el único entretenimiento consiste en elegir entre café, té o manzanilla, bajo el grifo del termo. La toallita, para enjugar la incesante marea de sudor.

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Salí de China por la puerta de atrás....He gastado mi salud y mi fortuna en recorrer el mundo antes de averiguarlo: “En el campo de una pulgada, en la casa erigida sobre ambos pies, puedes ordenar la vida”.
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Todas estas citas son del libro Viajes de un antipático, de José María Parreño (Ediciones Árdora, Madrid, 1999). Es cortito y muy recomendable. Además del Diario de China, que es la primera parte del libro, contiene una no menos suculenta segunda parte, llamada Cuaderno Americano, pues el autor no sólo va sobrado en 125 paginitas para protestar de oriente sino también de occidente. Dos compañeras mías de trabajo, hartas de oírme protestar también a cada rato, me lo regalaron hace ya más diez años ("¡a ver si se calla de una vez!", supongo que pensarían). Desde entonces adopté el alias de antipático, que no suele gustar, ¡qué le vamos a hacer! Y ya saben ustedes de dónde viene , que esto no se lo había dicho a casi nadie.