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jueves, 9 de junio de 2011

LA NAVE DE LOS LOCOS

Nos contaba Michel Foucoult, en su obra Historia de la locura en la época clásica, que durante la Edad Media expulsaban a los locos de las ciudades y los encomendaban a los barqueros que se los llevaban lejos en sus barcas que recorrían los ríos del centro y del norte de Europa. De esta manera mataban dos pájaros de un tiro: se libraban de los pobres dementes y los recluían a la vez.

Debió ser una imagen de gran impacto ver navegar aquellas barcas llenas de seres dementes, aunque en realidad la mayoría serían minusválidos, epilépticos, alcohólicos o simplemente inadaptados, degenerados o antisociales. Sebastián Brandt, en el siglo XV, escribió su famosa obra La nave de los locos, que no era sino una alegoría crítica de los vicios y necedades de su tiempo, por la que pasaban diversos cuadros sociales mostrando las locuras de sus semejantes. La obra tuvo otras secuelas (como el ilustre Elogio de la locura, de Erasmo de Rótterdam), y muchos famosos pintores se inspiraron en dicha obra para pintar cuadros tan famosos como el de El Bosco, que encabeza esta entrada.

Las sociedades de todos los tiempos han tenido siempre miedo a los locos y han buscado la mejor manera de librarse de ellos, pero sin eliminarlos, pues muchos consideraban que estaban tocados por un espíritu divino o diabólico. Pero los tiempos fueron cambiando y empezaron, poco a poco, a ser considerados como enfermos.

Los hospitales, que antaño estuvieron ocupados por apestados o leprosos, quedaron casi vacíos cuando se superaron aquellas epidemias y fueron llenándose de pacientes con enfermedades mentales o venéreas. Allí enseñaban a los locos a aceptar la conciencia social y a reprimir su comportamiento. Los considerados incurables eran recluidos de por vida.


A todos nos ha dado horror conocer las terribles condiciones en las que, desde el siglo XVIII eran encerrados aquellos seres miserables. Espanto y escalofríos producen las cárceles de locos que pintara Goya. Durante el siglo XIX las cosas no mejoraron demasiado. Los tratamientos eran torturas auténticas. En aquel pandemónium predominaban los aspectos represivos y de control social sobre los enfermos mentales, los manicomios eran la auténtica sede del poder médico. Al mismo tiempo, allí se generó el saber que acabaría siendo la ciencia psiquiátrica. El manicomio se convirtió en un espacio de normalización integradora para los sujetos que se adaptaran e interiorizaran la norma moral y social que se les imponía, y en un lugar de encierro permanente para los refractarios a dicho tratamiento. También era un laboratorio de experimentación de nuevas formas de control y de higiene social.

Gracias a los avances del psicoanálisis, la situación empezó a cambiar en el siglo XX pues empezaron a encontrarse tratamientos para enfermos que antes eran considerados casos perdidos. Se descubrió que los traumas eran el origen de muchas enfermedades mentales. Empezaron a humanizarse las condiciones de internamiento cuando se constató que aquellos encierros en celdas oscuras, con cadenas y tratos inhumanos eran contraproducentes para el estado mental de los enfermos. Hoy prácticamente han desaparecido los manicomios de antaño, donde se encerraba a la fuerza a los enfermos psiquiátricos.

Pero, ¿han desaparecido en realidad? Topo esto días con la noticia de que nuestras cárceles están llenas de enfermos mentales, no tan graves como para que no se les puedan imponer las penas de cárcel, pero con unas dolencias que se acentúan sin remedio en un ambiente tan hostil. El número de presos con problemas mentales es tan elevado (42,2% de la población reclusa en España) que el gobierno se ha visto obligado a poner en marcha Programa Marco de Atención Integral a Enfermos Mentales (PAIEM). Los centros penitenciarios no tienen recursos para tratarlos, ni son precisamente el mejor lugar para curarlos. Probablemente muchos han llegado allí porque la sociedad, a la que no se han podido adaptar, ha encontrado en sus delitos una buena excusa para su internamiento, para su control y para protegerse de ellos. Al final resulta que nuestro progreso en este tema, como en tantos otros casos, no ha hecho más que girar en redondo, para volver donde estábamos al principio.

Pienso yo que igual que volvemos a encerrar en cárceles a los enfermos mentales, sería bueno desenterrar el mito de la nave de los locos de nuevo. Recluiría yo en una barca, no a esos pobres enfermos desgraciados, sino a aquellos otros dementes que no son más que seres necios y malos, invadidos por la codicia, la crueldad y la lujuria. Los expulsaría lejos. Me refiero a los políticos corruptos que nos gobiernan y que se embolsan o despilfarran el dinero de nuestros impuestos, a los directivos que estafan a los ciudadanos desde los bancos y las multinacionales, a los vividores y burócratas de prestigiosas instituciones internacionales, a los científicos que ponen su sabiduría al servicio del poder, a los escritores, artistas, periodistas y directores de los medios que se dedican a fabricar ideologías para mejor control social, a cuantos utilizan su autoridad para abusar, incluso sexualmente, de sus inferiores...

Pensándolo bien, esa barca debería ser una inmensa nave, una nave espacial que se lanzara, repleta de seres despreciables, al espacio exterior, a una galaxia muy, pero que muy lejana.

viernes, 20 de mayo de 2011

LA EDAD DE ORO

«Después que Don Quijote hubo bien satisfecho su estómago, tomó un puño de bellotas en la mano, y mirándolas atentamente, soltó la voz a semejantes razones:

Manifestación  de indignados y amantes de la utopía, en la Puerta del Sol de Madrid.

–Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos el oro (que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima) se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de “tuyo” y “mío”. Eran en aquella santa edad todas las cosas comunes, a nadie le era necesario para alcanzar su ordinario sustento tomar otro trabajo que alzar la mano, y alcanzarle de las robustas encinas que liberalmente les estaban convidando con su dulce y sazonado fruto. Las claras fuentes y corrientes ríos, en magnífica abundancia sabrosas y transparentes aguas les ofrecían. En las quiebras de las peñas y en lo hueco de los árboles forman su república las solícitas y discretas abejas, ofreciendo a cualquier mano, sin interés alguno, la fértil cosecha de su dulcísimo trabajo. Los valientes alcornoques despedían de sí, sin otro artificio que el de su cortesía, sus anchas y livianas cortezas, con que se comenzaron a cubrir las casas sobre rústicas estacas sustentadas, no más que para defensa de las inclemencias del cielo.


«Todo era paz entonces, todo amistad, todo concordia; aun no se había atrevido la pesada reja del corvo arado a abrir ni visitar las entrañas piadosas de nuestra primera madre, que ella sin ser forzada ofrecía por todas las partes de su fértil y espacioso seno lo que pudiese hartar, sustentar y deleitar a los hijos que entonces la poseían. Entonces sí que andaban las simples y hermosas zagalejas de valle en valle y de otero en otero, en trenza y en cabello, sin más vestidos de aquellos que eran menester....  No había fraude, el engaño ni la malicia mezclándose con la verdad y llaneza. La justicia se estaba en sus propios términos, sin que la osasen turbar ni ofender los del favor y los del interés, que tanto ahora la menoscaban, turban y persiguen. La Ley del encaje aun no se había sentado en el entendimiento del juez, porque entonces no había qué juzgar ni quién fuese juzgado.

Strauss-Khan. Presidente del FMI.
Acusado de intento de violación
«Las doncellas y la honestidad andaban, como tengo dicho, por donde quiera, solas y señeras, sin temor que la ajena desenvoltura y lascivo intento le menoscabasen, y su perdición nacía de su gusto y su propia voluntad. Y ahora en estos nuestros detestables siglos no está segura ninguna, aunque la oculte y cierre otro nuevo laberinto como el de Creta... Para cuya seguridad, andando más los tiempos y creciendo más la malicia, se instituyó la Orden la de los caballeros andantes, para defender las doncellas, amparar las viudas y socorrer a los huérfanos y menesterosos. Desta orden soy yo, hermanos...».
Miguel de Cervantes
Don Quijote de la Mancha
Primera Parte. Capítulo XI.

 
Manuel Chaves. Era Presidente de la Comunidad Andaluza,
cuando se produjeron, en su seno, fraudes a la Seguridad Social.
 
Francisco Camps. Presidente de la Comunidad Valenciana. Imputado en casos de corrupción.


domingo, 3 de abril de 2011

EL EFECTO POTEMKIN


Muchos de ustedes sabrán que la lujuriosa Catalina II, zarina de todas las Rusias, más conocida como Catalina la Grande (1729-1796) tuvo muchos amantes. Pero a los cuarenta y cinco años, tuvo uno que le hizo sentir la sensación de haber descubierto el amor por primera vez. Cayó rendida ante un oscuro militar llamado Gregorio Potemkin. Él era rudo, desgreñado, desgarbado, torpe y maloliente. No era atractivo, pero algunas mujeres reconocieron haber caído presas de su crudo magnetismo animal. A la vez era sumamente inteligente y podía ser entretenido cuando tenía ganas de serlo. Al principio parecía genuinamente enamorado de Catalina y, desde luego, sabía como llegar a su corazón y hacerle sentirse querida. Catalina le confirmó en su puesto de ayudante general, lo instaló a él y a una serie de sus parientes en el Palacio de Invierno y lo recompensó con honores y órdenes. Pronto fue conocido como el Príncipe Potemkin. Aquel fue un momento crucial en el reinado de Catalina.

Años después, en plena guerra contra los turcos, la flota rusa naufragó en el Mar Negro sin entrar en combate (como nuestra Armada Invencible), comprometiendo la suerte de la guerra con Turquía. Las malas cosechas llevaron a la escasez de comida y a la subida de los precios. Una epidemia de peste amenaza a las tropas. Los gastos de la guerra aumentaban la deuda del gobierno. Los detractores y enemigos de Potemkin, que comandaba la flota y que había entrado en una fuerte depresión, acuciaban a Catalina para destituirlo.

En aquella tesitura, y para ocultar el fracaso de su política y la miseria del país, se dijo que en el camino por donde pasaba la zarina en sus viajes, su valido levantaba aldeas falsas, con fachadas esplendorosas edificadas con cartón y pegamento –denominadas supuestamente aldeas Potemkin–. Sus enemigos decían que llevaba a la fuerza a los campesinos de Crimea o contrataba actores de Moscú, para que saludaran simulando alegría al paso del cortejo imperial, y así ocultar la terrible hambruna y el fracaso de sus políticas. Así lo recogieron los informes de la prensa europea, basados en afirmaciones del embajador sajón. La verdad es que la costumbre barroca de aparentar y embellecer las ciudades en las grandes ocasiones con arquitectura efímera (fuentes, carrozas, arcos de triunfo, fachadas...), estaba extendida en toda la Europa de aquel tiempo.

Pero volvamos a la España actual, a ninguno de ustedes le dejarán olvidar que se acerca el día de las elecciones. Y estos días previos, estamos presenciando un alarde de inauguraciones de nuestros políticos. Después de la faena hecha durante la legislatura, parecen satisfechos. No sé por qué, la verdad, porque estos años han sido difíciles. Hemos sufrido la crisis económica y, con ella, han venido bajadas (de sueldos, de pensiones), subidas (de impuestos, de precios, del dinero y de la deuda), pérdidas (de puestos de trabajo, de clientes, de la propia vivienda, de dinero por los impagos y morosos, de muchas ilusiones), despilfarros (ayudas públicas a los bancos que siguen repartiendo beneficios, coches oficiales, televisiones públicas, subvenciones y gastos inexplicables...) y corrupción a raudales. Para colmo iremos a la guerra y con el poco dinero que quede les pagaremos a los partidos políticos la campaña electoral.

Pero nuestros políticos necesitan que les renovemos su contrato y aparecen en la televisión y en los medios con noticias de todos los lugares de este país, inaugurando nuevas infraestructuras: teatros, bibliotecas, líneas de metro, rotondas, palacios de no sé qué, polideportivos, paseos, parques y un sin fin de obras que parecía que íbamos a estar sufriendo durante años y que se acaban de pronto, precisamente ahora. En realidad, muchas de las inauguraciones son de obras o proyectos no terminados; algunos casi no iniciados; muchas inútiles o de dudosa utilidad social..., pero a los políticos les da igual. Incluso inauguran proyectos privados como centros comerciales, parques de atracciones, hoteles o fábricas.

Todo vale para ocultar nuestros problemas tras decorados de cartón piedra. Con eso, y con un poco de demagogia halagadora, para que no se despierte el más mínimo sentido de la responsabilidad personal, y con otro poco de griterío partidista, para no dejar pensar ni debatir sobre los problemas reales, será suficiente, sin duda, para hacernos cerrar los ojos, o deslumbrarnos si los teníamos abiertos. Y así, engañados y contentos, nos pastorearán hasta las urnas, una vez más, con ese efecto grosero, el efecto Potemkin. Igual que aquel príncipe ruso, ellos sí que saben hacer que nos sintamos queridos. Imposible no caer en sus brazos.

jueves, 10 de febrero de 2011

LA DUQUESA DE ALBA

Estamos siendo bombardeados estos días, una vez más, por los muchos dimes y diretes con que se andan los periodistas trompeteros de este país, acerca del noviazgo y futura boda de la XVIII Duquesa de Alba, llamada Cayetana. Es una de las mayores fortunas de este país. Unos se escandalizan con la relación de esta duquesa octogenaria, de nobilísima cuna, con un funcionario de Hacienda, que tampoco es precisamente una criatura. Otros dudan de la sinceridad del pretendiente.

A ninguno de estos reporteros dicharacheros oigo una reflexión, medianamente pensada, acerca de si la mujer en general, o esta en particular, debe retirarse cuando envejece, sin pretender el amor y sin recurrir a las zarandajas de la cirugía estética, dejando al hombre la imagen de la hermosa y alegre juventud. Los dioses, es indudable, no son amigos de la vejez. Todos sabemos que envejecer es una cosa bastante desagradable, por mucho que lo queramos embellecer con la supuesta elegancia de las canas o la triste hermosura de las arrugas. Es igual que reconocer que lo decadente tiene su belleza..., sí, pero no tiene ninguna gracia.

Por eso mismo, porque bastante malo es en sí hacerse viejo, no hace falta mortificarse en la desgracia que a todos llega, renunciando a placeres de los que todavía se puede disfrutar, aparte de los recuerdos. En cualquier caso, se estire uno las carnes y pellejos o los deje caer, se haga extraer grasas, bolsas y forúnculos o no, se tinte el pelo uno, o se replante el ya caído, eso de que los amantes no hayan de serlo porque son viejos creo que carece de sentido, por lo menos del sentido del amor que yo tengo.

Lo que es indiscutible es que la actual duquesa ha decidido militar, desde hace años, en el bando de los no resignados frente a la vejez. Por eso se ha sometido a tantas operaciones como le ha permitido su anatomía. Sigue luchando contra la soledad, compartiendo con otros hombres su alegría de vivir y ahuyentando el miedo a una muerte cada vez más cercana. Se quiere volver a casar por tercera vez. Se divierte cuanto puede, y no es poco: viaja, va a los toros, acude a fiestas, se viste de colores, se disimula, arregla y maquilla, se rodea de la gente que le gusta, disfruta del fabuloso patrimonio inmobiliario, cultural y artístico que ha heredado de su ilustre familia, y gasta en placeres su fortuna. Yo no puedo sino sentir una profunda simpatía por una persona así, por muy esperpéntica que pueda parecer y, pardiez que en ocasiones, lo parece. Pero lo que para algunos es locura chocha, extraviada y decrépita, a mí me parece una opción razonable, aunque no la única, es verdad.

Y sobre los rumores y maledicencias que corren sobre unos y otros, o sobre las miserias y codicias de herederos y allegados, prefiero no opinar, porque nada sé de sus asuntos, y si los conociera, con más motivo. Si alguna vez tuviera soluciones a tales problemas, las aplicaré a mi caso, pues dice el refrán que “en todas partes cuecen habas y en mi casa a calderadas”.

A mí, todo esto me trae a la memoria la suerte de una anterior Duquesa de Alba, la número XIII (1762-1802), que protagonizó otro supuesto escándalo hace más de doscientos años, del que todavía se escribe. La pequeña Cayetana, que también se llamaba así su antecesora en el título, vivió una infancia triste y dura, marcada principalmente por el desapego de sus padres, dados más a la vida licenciosa que a la familiar. Su padre murió cuando ella tenía ocho años, y su madre contrajo después varios matrimonios hasta que murió. Su abuelo la casó en 1775 con su primo, cuando ella tenía sólo doce años, y cuando cumplió los catorce, heredó todos los títulos de nobleza. Su vida fue breve pero intensa. Fue una de las mujeres más bellas de su época, esbelta, de ojos chispeantes y rostro delicado. Todos la admiraban. Tenía una espesa melena de rizos oscuros. Se movía con gracia y era una magnífica bailadora, sobre todo de seguidillas y fandangos. Le encantaba la moda de las majas y tenía gran gusto en el vestir. La decoración de su palacio, el de Buenavista, en la plaza de la Cibeles, era considerado una obra maestra de la decoración neoclásica, incluso por los visitantes franceses más snobs.

En 1796 ella enviudó sin descendencia. Murió con cuarenta años, consumida por una terrible enfermedad, el dengue, que se le complicó con tuberculosis. Desde entonces la descendencia de la casa de Alba pasó a los Fitz-James, que todavía la conservan, y su casa madre en Madrid pasó a ser el palacio de Liria.

El episodio más conocido de su vida fue un supuesto romance con Francisco de Goya. Se conocieron en 1780, cuando ella estaba en la flor de la juventud y el pintor en la cumbre de su fama. Parece que sintió una fuerte atracción por ella. Eran amigos. Pintó de ella varios retratos y se alojó como invitado en una de las fincas de los Alba, en Sanlúcar de Barrameda, unos meses después de enviudar la duquesa. En líneas generales eso es todo lo puede decirse de la relación que mantuvieron, a pesar de que le atribuyeron todo tipo de especulaciones: que si mantuvieron un romance en aquella visita a Sanlúcar, de lo que no hay constancia, o que si ella fue La maja desnuda, del famoso cuadro del pintor, lo que se ha demostrado que era falso. En realidad nada da pie a imaginar que esta gran belleza se acostara con el genio sordo que le doblaba la edad. Es probable que la verdad sea decepcionante y no hubiera roce sexual entre los dos. Todavía los historiadores especulan sobre el caso.

Quizá la memoria de la corta vida de aquella Duquesa del Alba haya espoleado las ganas de vivir de la actual. La pena del caso es que del asunto de antaño, si lo hubo, nos quedan los magníficos retratos de Goya, y del escándalo de hogaño, sólo quedarán lamentables retratos de los paparazzi. No habrá historiadores que se preocupen por ello, pues no habrá nada hermoso ni perdurable en el recuerdo. Sólo la eterna lucha de una mujer rica y vieja para sentirse viva.

martes, 14 de diciembre de 2010

MALSINES Y SICOFANTES. VENECIANOS Y MODERNOS


Muchos de ustedes, como yo, supongo que habrán tenido noticias del escándalo que está generando en todo el mundo WikiLeaks (WikiFiltraciones o WikiFugas en español). Parece que los dueños de esa organización están fomentando que surja una nueva casta mundial de malsines, delatores, soplones o incluso sicofantes, que de todo debe haber en ese mundo incierto, que en vez de dar sus informes al poder, o custodiar los papeles que tienen a su cargo, los airea por Internet.
Ante todo hay que recordar que la cosa de los espías y soplones no viene de ahora. El fenómeno de los malsines y sicofantes tiene antecedentes remotos. La novedad hoy radica en que estas filtraciones, estos nuevos soplones, no están teóricamente al servicio del poder, sino que muestran beatíficamente a los ciudadanos las vergüenzas, las indiscreciones, los asesinatos y las corrupciones de los gobiernos y los poderosos.
“No me gustaba cavar, y mi abuelo ya vivió de la soplonería”, dirá en Las Aves de Aristófanes, un chivato que servía además de testigo falso en los procesos. Burckhardt, en su Historia de la cultura griega decía que el funcionamiento del sistema griego requería “un tropel invisible de sicofantes”.

Y tanto o más importancia que en Atenas, tuvo la soplonería en la República de Venecia. Una vez consolidado su régimen oligárquico, y para salvaguardar ese poder de los estamentos patricios de la ciudad, instituyó el Consejo de los Diez, especie de servicio de inteligencia que utilizaba métodos sumarísimos, que estaban incluso por encima del gobierno de la república, y que abortaba todo intento de subvertir el orden establecido. Estas conspiraciones eran muy frecuentes en Venecia. El período de un Dogo Corriera fue considerado como banal, porque no hubo en él ninguna conjura. El Consejo de los Diez se alimentaba de los informes de los espías, los confidenti y de las denuncias, con frecuencia anónimas, que se depositaban en la célebre Bocca del Leone. Lo contaba Carlos Diehl en su libro Una república de patricios. Venecia. Allí, los primeros días de septiembre, hacían una suelta de espías. Pero Cunqueiro amplía la noticia. Al parecer, había espías de tres clases: alertas, relatores y quietos.

Primero estaban los alertas o vigiles, que se deslizaban en la sombra, dominaban ingenios de espejos para ver lo que pasaba dentro de las casas, conocían el lenguaje del heliógrafo y eran sicofantes patentados. Goldoni en una de sus comedias saca a uno de estos alertas venecianos que mientras estuvo en activo no pudo tener hijos, pues toda su energía la ponía en la vista, tanto que queriendo ver una vez una moneda que un desconocido daba a un piloto que salía para Chipre, y por la moneda saber la nación del forastero, puso tanta fuerza en mirar, que se rompieron los cristales de la ventana a través de los cuales fisgoneaba. Un alerta veneciano llamado Posapiano –es decir, Andaquedo–, fue destituido porque soplaba sospechas de parientes, los cuales pasaban unos meses en la cárcel y al salir repartían el premio del chivatazo.
Un tipo diferente, eran los relatores, también conocidos como rumores. Tenían que saber “Historia de las conspiraciones” y actuaban como agentes provocadores de conspiraciones antiguas. Don Francisco de Quevedo, para la suya, había comprado, según probó Astrana, siete relatores, y pagando España por su duque de Osuna, Visorrey de Nápoles, la conjura, Quevedo quería hacer creer a los venecianos que eran los franceses, pagados por los turcos, los que querían meter unos suizos portadores de la peste en la ciudad. Don Francisco se las vio y deseó para escapar, pero no hallaron ni rastro de él cuando le buscaron.

La última clase de espías eran los llamados quietos, como los agentes de las grandes potencias de hoy, se dedicaban a vigilarse unos a otros. Estos eran unos espías tan secretos que no sabían si lo eran o no. Guasti ha dicho que estos agentes tenían por objeto inmovilizar la imaginación de los conspiradores venecianos, quienes gastaban mucho tiempo en averiguar si entre ellos había un quieto, y si lo había tras qué conjura andaba. Unos que se reunían en Verona fueron muy sospechosos. Pero durante ochenta y siete años no se dio con ellos.

Al fin, un día cualquiera, un alerta encontró en un baño de sal para la carne de cerdo, el cadáver de un anciano desconocido. Se consideró que aquel era el último de los conspiradores de Verona y se cerró el asunto. En el expediente se escribió: “conjura perpetua de unos desconocidos para derribar por sorpresa el Gobierno de la Serenísima e imponer el monopolio de la cebolla de Dalmacia”. Se corrió por Venecia que abierto el cuerpo del anciano por el cabo sangrador de las Lanzas de San Marcos, estaba lleno de cebollas rojas de Dalmacia.

Con los soplones anónimos e impunes nunca se fue a ninguna parte. No hacen bien a nadie: ni a los ciudadanos a los que espían, para que los gobiernos los dominaran, ni a los gobiernos que los pagaban y a los que acaban traicionando.

Y habrá que ir buscando un nombre para estos nuevos soplones, quizá también calumniadores, a los que todavía no han encontrado nombre apropiado. La primera reacción ante las noticias que se filtran es sonreír, porque todos, pensemos como pensemos, vemos con el culo al aire a los políticos o países rivales, y nos dan argumentos para criticarlos, pues hay para todos.

O si lo pienso un poco más, no me fío de estos tíos, algo me huele mal. Filtran esas noticias quienes se valieron de ellas un día. Me pregunto ahora, ¿quiénes son?, ¿por qué ahora?, ¿qué poder o riqueza no consiguieron con sus secretos que ahora quieren venganza?, ¿quién les paga?

No quiero acabar sin proponer otro juego barroco, que el anterior ha sido muy breve. Averigüen donde está el mensaje cifrado en esta entrada, en cuyo texto está mi opinión de lo que está pasando. Antipático de plata para el primero.

viernes, 15 de octubre de 2010

OVNIS MADRILEÑOS EN NUEVA YORK

Como ustedes saben, no suelo prodigarme sobre las noticias que aparecen en los periódicos y en la televisión. Hace tiempo que pienso que todos deberíamos leer más libros y menos periódicos, que los medios de comunicación no informan, sino que manipulan, y que la única manera de armarnos frente al bombardeo contaminante de esos medios es formar nuestra opinión hablando directamente con los demás, observando lo que pasa en la calle, y leyendo buena literatura e historia. Y precisamente de lo que ha pasado en la calle quiero hablarles hoy. La noticia que ha publicado la prensa es la siguiente:

Al parecer, el consistorio madrileño, para promocionar el turismo a nuestra ciudad, ha organizado el lanzamiento de globos amarillos en la plaza de Times Square, por el Centenario de la Gran Vía madrileña. Y varios ciudadanos de Nueva York, al contemplar aquellos globos que brillaban extrañamente, los confundieron con ovnis, según el New York Post y Fox TV. También la policía y las autoridades de aviación recibieron numerosas llamadas de gente "preocupada" que "decían haber visto ovnis volando por encima de Manhattan". Desbordante es, en verdad, la imaginación de los ciudadanos de Manhatan.

No quiero ni pensar, si el alcalde de Madrid, haciendo gala a su apellido “Gallardón”, hubiera él mismo ascendido gallardo a los cielos, como hizo Alejandro Magno. Según cuenta el poema épico medieval llamado El Libro de Alexandre, el rey mandó capturar dos aves fantásticas, dos grifos, a los que acostumbró a comer carne. Ordenó preparar luego una bolsa de cuero bien cosida, que se ató a los grifos mediante un arnés. En esa bolsa se metió, con cuidado de no cubrirse la cabeza, para ver mejor, después de tener a los grifos sin comer durante tres días, a fin de que estuvieran hambrientos. Una vez dispuesto así todo, puso pedazos de carne en el extremo de una larga pértiga, que levantaba o bajaba para dirigir el vuelo de los monstruos que le llevaban por los aires. Así subió a las nubes, cuenta el poeta. Y contempló valles y montañas, ríos y mares, puertos y ciudades, y la faz entera del mundo, incluyendo África. Así, nuestro Alberto el grande, apodado por sus enemigos como el faraón, hubiera sobrevolado las tierras americanas, y no solo la ciudad de Nueva York, contemplando las maravillas de tan admirable país, provocando el asombro de todos y, de paso, dando a conocer la ciudad de Madrid que le enviaba.

Esa imagen impactante, hubiera dado la vuelta al mundo. Pero quizá, el Pentágono de Washington, hubiera confundido semejante aparición con un artefacto hostil. Acaso hubiera cerrado todo el espacio aéreo del país y, con el ánimo belicoso que les da su poder militar y su miedo a terrorismos e invasiones, hubiera mandado sus aviones de combate para desintegrar con sus armas tamaño portento. E incluso, una vez identificado su origen, hubieran bombardeado la Gran Vía madrileña para escarmiento de todos.

En fin, no desvarío más. Alguien le tenía que haber dicho al alcalde madrileño, que el mundo real, la calle, no es el mejor sitio para promocionar nada, sino que sólo a través de los medios de comunicación se puede invadir la mente de los ciudadanos, perdón, quería decir de los consumidores. Pensándolo mejor, pienso que eso ya lo sabía, y tan modesta campaña se debe a que las arcas madrileñas se encuentran vacías, y decidieron hacer “algo”, aunque fuera tirando a cutre. En definitiva, lanzando unos globitos al cielo se consiguió llamar la atención, sin gastar un euro y sin que Madrid fuera bombardeada. A eso se llama hacer de la necesidad virtud. Lástima que nadie se haya enterado en Nueva York de a santo de qué se lanzaron los globitos, ni qué sea eso de la Gran Vía, ni dónde está Madrid. O quizá sí, y entonces tendremos que empezar a aprender a hablar inglés los madrileños, para atender a los millones de neoyorquinos que, después de tan magnífica campaña, invadirán nuestras calles mirando al cielo y buscando ovnis.

jueves, 13 de mayo de 2010

EN EL ÚLTIMO MINUTO

El pasado sábado, en una fiesta a la que acudí, uno de los asistentes presumía de ser socio del Real Madrid, de disfrutar de abono en su estadio desde que era pequeño y de llevar muchos años viendo todos los partidos de su equipo desde el mismo asiento. Parecía estar satisfecho de ello. No obstante, confesaba que seguía sin entender porqué, cuando el equipo atacaba y se creaba una situación de peligro, la gente se empeñaba en levantarse del asiento, cuando no estaba demostrado en ningún modo que eso ayudara a meter el gol. Yo, un poco irreflexivamente, le hice una observación que me parecía obvia:

–La gente no va al fútbol con la misma actitud que a escuchar a la Filarmonía de Viena, y eso lo entiende cualquiera.

Con esto corté sin querer la conversación de modo un tanto tajante. El esnobismo es algo que me espanta, se trate de afectar distinción por tener dinero, ser guapo, culto, famoso, ir a la moda, comer cosas exquisitas, o cualquier trivialidad similar. Con lo bueno que es disfrutar de todo eso sin necesidad de sentirse superior. Pero parece que muchos esnobs piensan que manifestar las emociones es algo excesivamente natural, y por lo tanto quien lo hace demuestra maneras poco distinguidas.

Todo esto lo cuento porque soy del Atlético de Madrid y ayer estaba en la cama con faringitis y mucha fiebre viendo el partido contra el Fulham (simpático equipo). A cada jugada de peligro, a favor o en contra, sufría, me echaba para adelante, me destapaba, pataleaba, saltaba en la cama. Aunque no soy socio del club, sufrí como un auténtico atlético, apenas pude gritar los goles debido a mi afonía y sudé como nunca. Si alguien piensa que debilidades así debo ocultarlas, "porque no me pegan nada", que no cuenten con ello. Finalmente ganamos la copa de la liga Europa (antigua copa de la UEFA), ¡en los últimos minutos de la prórroga! De tanto sudar me bajó la fiebre: hoy me he levantado curado y feliz. Gracias chicos.

De todos modos, lo del último minuto no está probado que sea tan bueno, pues a unos les provoca infartos y a otros la locura. Sí, loquitos de remate se han vuelto algunos esta noche por las calles de Madrid por el gol de última hora de Forlán. Juana Reina también estaba desequilibrada, sin duda, al cantar la canción "En el último minuto", o al menos eso parece en esta interpretación delirante (lo único que le faltan son unas maracas). ¿Sería del Atleti? Sea como fuere esto eran mujeres desesperadas y no lo de ahora.

domingo, 4 de abril de 2010

GRAN VÍA INSÓLITA... Y ATLÉTICA

Hoy se cumplen cien años desde que el rey Alfonso XIII inaugurara las obras de apertura de la Gran Vía madrileña. Nuestro consistorio ha tenido a bien conmemorar tamaño acontecimiento con una serie de actos y ceremonias que no voy a recomendar a nadie, aunque sí la lectura del precioso libro llamado “Gran Vía 100 años”, editado por el Ayuntamiento, en el que se cuenta e ilustra la historia de esta calle.

Su apertura respondía a un programa urbanístico que desde el siglo XIX defendía abrir una arteria amplia, higiénica y moderna, que comunicara los nuevos barrios de Madrid, en sentido este-oeste, al igual que había un eje que vertebraba la ciudad de norte a sur como eran los paseos del Prado, de Recoletos y de la Castellana. Con esta vía se quería dotar a la ciudad de una calle moderna, en la que se ubicaran los servicios terciarios que tanto necesitaba. De paso se derribaba un barrio insalubre, pobre y conventual, de callejones estrechos y oscuros, de casas pobres, típicas de la ciudad antigua, que se consideraban insalubres. Para ello hubo que expropiar y derribar cientos de edificios. Más de treinta años se tardó en construir la Gran Vía, en tres tramos: el primero (1910-1916) comienza en la calle Alcalá hasta la red de San Luis, el segundo (1917-1929) llega hasta la plaza del Callao, y el tercero, que se terminó después de la guerra, termina en la plaza de España.

Allí se levantaron edificios que en aquel tiempo fueron los más altos de Europa: los primeros grandes almacenes de Madrid, edificios de comunicaciones, como el de Unión Radio y de la Telefónica, cines, teatros, hoteles y clubs de elite, salas de conciertos, edificios de oficinas, tiendas lujosas y modernas, apartamentos, cafeterías a la americana... Fue el centro comercial, de ocio y de negocio, que estuvo de moda durante décadas. Desde allí Hemingway y John Dos Pasos escribieron sus crónicas sobre la guerra civil, y en la posguerra allí se hospedaron las grandes estrellas de cine como Ava Gadner o Sofía Loren, se organizaban tertulias literarias, Chicote hacía sus oscuros negocios en su bar, se recibió al presidente de Estados Unidos, etc. Yo no conocí la Gran Vía en su esplendor, la que había sido signo de la modernidad de la capital, donde se mezclaban todo tipo de arquitecturas, con su pretendido carácter cosmopolita.
Quien quiera conocer y ver más cosas sobre esta calle, no tiene más que pinchar aquí:

Cuando paseaba de niño por esa calle, en los años 60 y 70, siempre tuve la sensación de que esa especie de Nueva York a la española, mezcla castiza de Broadway y Quinta Avenida, convivía con la tiña y la mugre de sus calles aledañas, aquellas que fueron quebrantadas para su apertura y que ahora desembocaban en ella. Desde su aparente esplendor se atisbaban esas callejas oscuras y a los pobres, vagabundos, rateros y prostitutas que las habitaban, aunque no se atrevieran a frecuentar tan lujosa calle, llena de gente rica y bien vestida.
Los centros de poder y modernidad de la ciudad se desplazaron hace tiempo a otros lares. El bar de Chicote es hoy un museo. Se han cerrado casi todos sus cines y los centros comerciales sufren para sobrevivir. Y aunque todos los edificios que se construyeron siguen en pie, y la Gran Vía está atestada de transeúntes, la “gente guapa” se marchó hace tiempo. “En los nidos de antaño no hay pájaros hogaño”, que diría nuestro famoso hidalgo. Parece como si aquellos barrios desgarrados hace un siglo, quisieran ahora tomar venganza. Los drogadictos, marginados, desesperados y buscavidas, a la vista de que el dinero y el poder le han dado la espalda, han tomado de nuevo esa calle, sobre todo a partir del anochecer. Los turistas y curiosos han de prevenirse de esa fauna.
A pesar de su actual decadencia, que se quiere revitalizar, hay que reconocer que en todos estos años la Gran Vía nos ha dejado todavía infinitas anécdotas e historias que se pueden rescatar del olvido, pues contienen el espíritu del XX en nuestra ciudad, y también imágenes insólitas, que son las que ahora traigo.
Las primeras que me llaman la atención son aquellas en que la han filmado, pintado o fotografiado totalmente desierta, como en el cuadro de Antonio López que encabeza la entrada, o la película “Abre los ojos” de Alejandro Abenamar.
Insólita es la secuencia del edificio Capitol, en la película “el día de la Bestia", igual que la de Edgar Neville, que hizo montar a caballo a Fernando Fernán Gómez en la película “El último caballo”...

Ignacio Goitia la llenó de jirafas... Incluso el Atlético de Madrid, cuando subió del infierno de la segunda división, consideró que el mejor sitio para salir era por una alcantarilla de la Gran Vía.
Sí..., soy del Atlético. Algunos vecinos míos en esta ciudad prefieren el monocultivo del Real Madrid y no entienden la disidencia atlética. Pero los del Atléti somos como esos barrios pobres que algunos creían destruidos para siempre, que tenemos nuestro corazoncito y pensamos que nos asiste el derecho a salir del subsuelo y ocupar un pequeño sitio bajo el sol. ¡Faltaría más! Y ¿qué mejor sitio que en la Gran Vía? Un sitio perfecto para recordar a algunos prepotentes que todo esplendor tiene su fin.