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martes, 18 de octubre de 2011

CUNQUEIROMANÍA (6)

Álvaro Cunqueiro amó todas las pequeñas cosas y honestas satisfacciones que proporcionaba la vida: leer un libro, ver un paisaje, viajar, narrar una historia, oír una canción, departir con los amigos... Por ello gustó también de los regalos del gusto y el olfato. Gozó de los vinos y de las viandas con una total inteligencia, con una actitud espiritual, constructiva y creyó que estas pequeñas cosas podían ser muy grandes y satisfactorias si se habían de usar de ellas noblemente, con mesura y deleite.

Tenía una amplia cultura gastronómica, y no sólo teórica. Quienes viajaron con él, como Nestor Luján a quien sigo en esta entrada, nos cuentan que comió reno y gallina de las nieves en Estocolmo, delicados hortelanos en Provenza, sabrosas perdices en su Galicia natal, cercetas en Barcelona, un suntuoso corzo a la austriaca en Madrid.

Degustaba de la comida con callado placer (“el silencio es de absoluta necesidad a la hora del almuerzo y el alma pacificante hace que la memoria olvide iras y agravios” –dejó escrito don Álvaro) y bebía con devota mesura –el sosiego grave y reflexivo de los maestros– los densos y perfumados vinos venatorios. Su memoria era inmensa en este campo, y recordaba en Les Baux de Provenza un vino que sólo había bebido una vez o en Palermo el sabor inédito, casi olvidado para su paladar atlántico, de la genuina langosta mediterránea. En la mesa era el más delicioso de los conversadores y el más inteligente de los paladares. Nuestro escritor fue un gastrónomo delicado, un paladar infalible y, sobremanera, un gran amante de la cocida de caza.

Y con este sentido cristiano y mesurado de las sensaciones físicas, escribió de una forma peculiar y respetuosa sobre gastronomía. A sus dones como gastrónomo, innatos y adquiridos, añadió su maestría de escritor. Escribió en gallego y castellano, y en ambas lenguas trató de manjares y vinos con una imaginación barroca y un conocimiento seguro. Fue maestro de escritores gastronómicos. Dignificó los términos y la literatura del paladar.

Además de infinidad de artículos y referencias gastronómicas en todas sus obras, nos dejó sus libros: La cocina cristiana de Occidente, lleno de erudición y fantasía, con una estupenda memoria inventiva; A cociña galega, que es un ensayo profundo y riguroso sobre la gastronomía del Finisterre; y Teatro Venatorio y coquinario gallego, que publicó con su amigo José María Castroviejo, y cuya edición facsímil puedo hoy disfrutar por obra y regalo de mi hermano. Años después se publicó con el nombre de Viaje por los montes y chimeneas de Galicia. Les recomiendo saborear cualquier de ellos. Son un auténtico placer.

Por si no se animan, aquí les dejo una pequeña loa sobre la cocina tradicional.

Siempre me pareció, señores cazadores, que en el Nuevo Testamento faltaba una epístola de Pablo, Juan o Pedro, o Santiago el Mayor, a los cocineros y cocineras. Y se me puso en el magín suplir yo tal pliego, buscando boca santa en la que fuese muy propio el discurso autorizado... No os voy a fatigar con él, que ya veo venir las fuentes de ostras a la mesa y oigo descorchar el albariño, pero hay un punto que no me resigno a callar, y es el de la santidad de las grandes y famosas recetas. Tiempos vivimos tan insurrectos, que aun aquí acontece haber alteración, trampa y desorden, y se oye a los bárbaros en la frontera de la cocina decir que no hay reglas, o que de gustos nada se escribió, y que para cada boca su dulce

Todo lo borra el tiempo, hasta el amor. Que lo borre, pero no permitáis que los años confundan en la memoria vuestra las canónicas porciones, las felices partecillas de especies que entran al guisado para darse sazón y punto. Mejor es que se pierda la memoria de Babilonia, al fin ciudad impura y perfumada por el pecado, que la lección que ordena quitar el ajo ya frito cuando los menudos del pato entran a la sartén, para el salteo previo, ilustrando el cocinero su fogón con la salsa que llaman entre lucenses la salsa Ramona. Más vale que caiga en olvido toda la ciencia gramatical que aprendemos en el Donato, antes que el cocinero traspapele el capítulo que dispone que el lomo de jabalí ha de ser puesto envuelto en manteca de cerdo en la tartera, y no echado de sopetón en la grasa caliente... Y toda la silogística que se sigue en las escuelas, ¿darías acaso el saber que creó el punto de las grandes salsas? ¿No es la mayonesa, por ventura, un éxito de la humana imaginación, comparable a un poema, a un cuadro, a un concierto para flauta y órgano de los más famosos y estimados? No innovéis, hermanos, en cocina porque corréis el riesgo de mezclar. Mixto y pisto en cocina son pecados mortales. Ateneos a la Patrística, y así como no mezcláis los vinos, respetad la pureza del hallazgo antiguo, y si en vuestro fogón, un dichoso día se produjese el milagro, antes de publicar la nueva receta, provocad proceso de canonización, y que el de más fino y difícil paladar entre vosotros sea el abogado del Diablo. Y vaya y venga siete veces el tomo del caño al coro y del coro al caño sin error, antes de que se pueda decir a los huéspedes: Esta es la flor.

Después de leer esto, no quiero ni imaginar lo que opinaría mi admirado escritor sobre la actual cocina del catalán Ferrán Adriá, y de su laboratorio de innovaciones efímeras, que a todos maravillan y deslumbran. A mí incluido, pues he tenido la suerte de haber visitado su fonda El Bulli dos veces, con Abril y unos amigos, hace ya más de diez años, cuando a la sazón semejante hazaña era posible, pues no era el rey de todos los cocineros del mundo, hoy ya destronado, por cierto.

Por mi parte opino que esto de la mente es como un paracaídas, que si no se abre no sirve para nada. Y en esto de los placeres no hay que tener prejuicio y disfrutar de todos aquellos que la vida nos quiera brindar, sean tradicionales platos de caza, unos huevos fritos con patatas o sofisticadas espumas de colores sorprendentes y aromas sutiles.

lunes, 16 de mayo de 2011

CUNQUEIROMANÍA (5)

Dibujo de Álvaro Cunqueiro

¡Otra vez! Imagino que eso es lo que habrán exclamado al ver el título de esta entrada, y habrán pensado que, además de antipático, soy un pesado y un rarito, con esa manía que tengo por Álvaro Cunqueiro, al que casi nadie ha leído nunca. No deben pensar eso por el simple hecho de que ustedes no lo hayan hecho.

Como lector que gusta de su literatura, me siendo en la obligación de recordarles que este año se cumple el centenario de su nacimiento. Además he de decirles que no estoy sólo. Le reeditan, le estudian, le filman y, lo más importante, le siguen leyendo y le recuerdan. Sin lugar a dudas se celebrará el centenario y oirán hablar ustedes del escritor gallego este año más veces. Para botón de muestra he aquí enlaces a  alguna de las noticias publicadas en los últimos días (hay muchas más).

ÁLVARO CUNQUEIRO: BEBEDOR DE SUEÑOS






Por mi parte, yo sólo puedo recomendarles que lo lean, y para quien se apunte, un juego: Los personajes de Cunqueiro. Propondré la descripción de un personaje. Los improbables lectores de este blog y del escritor, deben averiguar su nombre. Quien acierte su identidad propondrá otro personaje, hasta que alguien adivine, que será a su vez quien proponga el siguiente personaje, y así sucesivamente. Empezaré con el más fácil:

"El señor XXX, según se sabe por las historias, era hijo de soltera y de ajena nación, y vino heredado para Miranda por una tía segunda por parte de madre; pero hacía de esto tanto tiempo que nadie recordaba bien el suceso. Solamente una vieja de Quintás hacía algo de memoria de que siendo niña la llevaron al entierro de una señora de Miranda, y detrás del cura de Reigosa, que cantaba muy bien, iba XXX vestido de negro, con una gran bufanda colorada, y ya entonces tenía mi amo la barba blanca. Por XXX no pasaban años, y de esto se quejaba como de un maleficio, pero pocas veces, que el ser de él era aparentar muy franco y abierto, contento del mundo y hablador, y sonreía muy fácil; le ayudaban a ser franco los ojos claros, y aquella su frente levantada y señora, y hasta aquel gesto que tenía de acariciarla con la mano derecha cuando te hablaba. Era de pocas carnes, pero muy puesto en sus anchos y gentil, y muy andador..."

¿De quién se trata en esta descripción, que inicia uno de sus libros más famosos?

viernes, 15 de abril de 2011

jueves, 17 de marzo de 2011

LOS GOZOS DE LA SOLEDAD


Érase una vez, en la lejana China, durante la dinastía Tang, un letrado taoista que se llamaba Wang Wei (699-759). Era pintor, en blanco y negro, y un famoso poeta. Vivió la covulsa época de la insurrección promovida por An Lushan contra el emperador Xuan Zong, de cuyos desastres quiso escapar, refugiándose en un remoto rincón a orillas del Río Wang, que dio nombre a un famoso ciclo de poemas (Poemas de Río Wang), que compuso en unión de Pei Di. Éste también era letrado, también escrior, también adicto a la soledad del bosque de bambús regados por la plácida corriente.

Allí Wang Wei pudo recitarle a su amigo estos versos:

Sentado entre los bambúes,
en el bosque solitario,
silbo una canción
y toco el laúd.
En lo hondo de la espesura
con nadie trato,
sólo acude a iluminarme
la clara luz de la luna.

Pei Di, quizá pudo replicarle con estos otros versos:

El cielo azul se oscurece, 
el sol se oculta, 
el susurro de los pájaros 
se une al del arroyo, 
la verde senda del agua 
en la espesura se pierde.
Gozo de la soledad,
¿tendrá fin algún día?

jueves, 17 de febrero de 2011

LA MUERTE DE MOLIÈRE

No sé si se sabrán ustedes, pues los periódicos no se ocupan de estos temas, que tal día como hoy, hace 248 años, murió Jean-Baptiste Poquelin, llamado Molière, el más grande dramaturgo francés de todos los tiempos (1622-1673). Desde el inicio de su carrera como actor y luego como autor, había ido satirizando en sus comedias la sociedad de su tiempo, pues no en vano era un temperamento genial, creativo, polémico, irritable, batallador y tenaz.

En 1665 Molière sufrió la primera manifestación de una grave enfermedad pulmonar, pero apenas si duró su convalencia, pues pronto volvió al trabajo. Amaba la fama, la gloria, los honores, el lujo y aceptaba la lucha como justo precio de todo ello. También sufrió los celos por su mujer, frívola y mucho más joven que él, que le engañaba. 

A lo largo de su carrera, y a medida que aumentaban sus admiradores se le acumulaban igualmente los enemigos y detractores. Eran las víctimas de sus sátiras: marqueses, damas ridículas y el clero. En vano le hicieron críticas invectivas y acusaciones calumniosas, pues entre los que le admiraban y protegían se encontraba el mismísimo rey sol, Luis XIV, que le cedió un teatro para sus representaciones.

Luis XIV invita a Molière a compartir su cena.
Gérôme (1863).
Dicen que todo escritor huye de la soledad. No sabemos cómo se sentiría Molière ante tan gran éxito mundano, con tantos enemigos, sin amor. El hecho es que se volcó en su obra. Y fue precisamente en sus últimos diez años de vida, cuando su talento dio los mejores frutos. Fustigaba cuanto vicio e hipocresía encontraba, con obras y personajes como el inquieto y escéptico Don Juan, el amargo Misántropo, el hilarante Anfitrión, el sombrío triunfo del vicio en Jorge Dandin, la miseria de El Avaro, la hipocresía de Tartufo, la risa de El médico a palos o El Burgués gentilhombre, y el ataque a la vana ciencia en El enfermo imaginario.

Poco a poco se daba cuenta de que le acechaba la muerte. Eso le hacía reflexionar. “La muerte es el remedio de todos los males -decía- pero no debemos echar mano de éste hasta última hora”. Y seguía luchando, escribiendo y actuando. Sabía que la batalla sería larga: “morimos sólo una vez, pero durante mucho tiempo”. Fue precisamente en plena representación de El enfermo imaginario, cuando se derrumbó en el escenario. Su enfermedad sí era real. Pero no, no estaba solo. Los actores de la compañía y sus amigos le trasladaron corriendo a su casa llenos de angustia. Él estaba sangrando, agonizante, mientras le pasaban por su mente las escenas de su vida ambulante por los caminos, de su infancia, de sus amores...

Moría pocas horas después, sin renegar de su profesión de actor. Los médicos, a los que tanto había fustigado, no le salvaron. Desde entonces, los actores de todo el mundo conservan la supestición de no vestir de amarillo en los escenarios, pues ese era el color de la túnica que llevaba Molière cuando sufrió su último ataque mortal.

Bajo la ley francesa de aquel tiempo, no estaba permitido que los actores fueran enterrados en el terreno sagrado de un cementerio, pues la Iglesia considerada su profesión inmoral. Ni siquiera la muerte lo había reconciliado con los doctrinarios, las convenciones hipócritas, las reglas, convencido como estaba, por ser hombre y artista, de que la vida social se desarrolla libremente como una fuerza mediadora entre la naturaleza y la razón. Hasta la noche del día 21 no se permitió, contra la prohibición, su reposo en tierra sagrada, dentro de los muros del cementerio de San José, gracias a la intervención del Rey.

Parece que, al menos en este país, nadie vaya a recordarle hoy. Se prefiere hablar de gentecillas ordianarias y sin mérito. Yo leeré esta noche su última comedia. Ustedes pueden ver este impresionante video sobre su muerte. Es un fragmento de la magnífica película sobre su vida que rodó Ariane Mnouchkine.

domingo, 6 de febrero de 2011

SANATORIO DEL RETRAIDO


J.R.J. por Joaquín Sorolla
Cuando Juan Ramón Jiménez (1881-1958) tenía diecinueve años, a su vuelta de Francia, era un escritor que creía que sufría una enfermedad, y en realidad la tenía, se llamaba hipocondría. La temprana e imprevista muerte de su padre le había provocado un terrible miedo a morir prematuramente. Cuando volvió a Madrid, sus amigos, y sobre todo el doctor Luis Simarro, hicieron las gestiones para que le dejaran alojarse en el Sanatorio del Rosario, que entonces estaba en las afueras de la ciudad, y que actualmente es el número 53 de la calle del Príncipe de Vergara. En sus habitaciones, un dormitorio y una salita, se estableció como en un hotel, porque “no toleraba los ruidos de Madrid”, y llevaba una vida retirada. Lo denominó él mismo como el “Sanatorio del Retraido”, cultivando una imagen –muy a la moda del malditismo imperante– de poeta enfermo de melancolía y de idealismo que cuida los signos que lo distinguen de la vulgaridad del ambiente.

Durante aquellos dos años escribió poemas y publicó libros esenciales en su obra, como Jardines lejanos o Arias tristes y corrigió Rimas. También recibía en tertulias improvisadas a poetas y escritores (Villaespesa, Jacinto Benavente, Ramón Pérez de Ayala, Salvador Rueda, los Martínez Sierra, los Machado, o Valle Inclán). Con ellos intercambiaba ilusiones y trazaba proyectos literarios. Allí se concebirá la revista modernista Helios. También frecuentaron su refugio krausistas y colaboradores de la Institución Libre de Enseñanza, que tanto influirán en su pensamiento.

Rubén Darío le había dicho una vez “usted va por dentro”. Rafael Cansinos Assens, uno de los que le frecuentaba, le recordará años después como “el inmaculado, el poeta puro, que no se roza con la vida ni la gente en su Vaticano del Sanatorio”. Pero nunca nadie pudo estar seguro de conocer a Juan Ramón Jiménez, el raro, el maniático. Detrás de ese melancólico idealismo, había pasión carnal y alegría de vivir. Porque, además de lo dicho, pasaron más cosas en aquel sanatorio.

Jardines del sanatorio, en la actualidad
El convento estaba atendido por monjas. Ni su supuesta enfermedad ni su melancolía le impidieron frecentes galanteos con las novicias más jóvenes del sanatorio, por las que muy pronto se sintió atraído. Eran tres: Pilar Ruberte, Filomena y Amalia Murillo. “Yo les traía golosinas –cuenta el poeta en su obra Sanatorio del Retraído– que ellas, aunque les estaba prohibido, se comían conmigo alrededor de mi estufa. Cuando había tormenta, venían gritando a mi cuarto. Me vestían de monja una escoba, y me la ponían sentada en el sofá, y una fotografía que tenía yo, encima de la chimenea, de una amiga francesa, me la encontraba, puesta por ellas, (...) en mi cama sobre mi almohada. La verdad es que lo pasábamos tan bien las tres y yo. Jugábamos por los pasillos, en verano sobre todo, cuando no había enfermos”. De la hermana Pilar escribe Juan Ramón: “Desde el primer día me pareció un mármol de museo, ablandado y calentado por mi”. Y también que “con aquella mimosa dulzura, mordiéndose el lunar de su labio —¿Viene usted, Juanito, a ver nacer la luna? Dejándose tirar del velo que le ponía tirante la frente y doblando atrás la cabeza, cerraba los ojos como las muñecas al tenderse.” A ella le dedicó una parte de su libro Arias tristes.
La flecha señala a Pilar Ruberte, a la que JRJ llamó
su "Venus de Milo". Fotografía tomada en Maracaíbo en 1970.
El tiempo no perdona.

Después de unos meses de escándalo, la hermana Amalia fue trasladada a otro convento y JRJ expulsado del sanatorio por la madre superiora. En un documento inédito, encontrado en Puerto Rico a la muerte del poeta, éste dejó escrito su versión de lo que pasó: “El doctor Roldán, director del Auxilio Mutuo, dijo que, cuando yo estuve en Madrid en el Sanatorio del Rosario, cuando él con sus veintiséis años era el director y yo el enfermo melancólico, yo le hacía el amor a las hermanas. El hecho era así. La madre superiora, con gran escándalo de la comunidad, se enamoró de mí y venía constantemente a mis habitaciones. Las hermanas jóvenes, que eran las que amí me gustaban (y yo a ellas), nos burlábamos de la madre cincuentona. Entonces ella, indignada espulsó a una hermana, Amalia, de veinte años como yo (...). Y después, la Madre me espulsó a mí, sin atreverse a aparecer en mi despedida, a la que vinieron todas (...) menos ella. Y todas lloraban y yo también”.

En verdad fueron muchas las mujeres que enamoraron a Juan Ramón vivían en Moguer, Madrid, Sevilla, Francia y en el sanatorio del Rosario de Madrid. Unas fueron adolescentes como él, otras señoras casadas y otras novicias. Diez años depués preparó un libro con los poemas que hablaban de aquellos amores, de sus primeras experiencias eróticas y amorosas, a los que puso nombre y apellido, poemas que nos descubren a un poeta más alegre que meláncolico, más apasionado y carnal, aunque siempre espiritual; tan espiritual que sus versos más eróticos y explícitos los reunió bajo la rúbrica de Lo Feo. JRJ, que ya entonces lo diseñaba y programaba todo, entregó el libro a la imprenta en junio de 1913, pero no llegó a publicarse.
¿Y qué pasó, por qué no se publicó?

Al parecer, fue cosa del gran amor de Juan Ramón, Zenobia Camprubí, que ya había aparecido en la vida del poeta. A ella no le gustó nada la sensualidad y el erotismo que destilaba el poemario Laberinto que acababa de publicar Juan Ramón. Así se lo expresó Zenobia al poeta en una carta: “Anoche leí Laberinto. Lo leí porque lo había escrito Ud., conste, que si no estoy segura de que no hubiera aguantado hasta el final. Y cuando lo concluí tenía una rabia contra Ud….” ¿Resultado? Juan Ramón retiró de la imprenta el nuevo libro de sus poemas de amor, mucho más cargado de testosterona,  y postergó para siempre su publicación para asegurarse el amor de Zenobia. ¡Qué bien sabía el poeta lo que le interesaba! Aquella mujer ejemplar lo cuidó y lo amó durante toda su vida, en medio de la manía reinante de su vida y del egotismo superlativo del poeta, que decía que la adoró como la mujer más completa del mundo pero a la que no pudo hacer feliz. Pero esa ya es otra historia...

martes, 4 de enero de 2011

OFELIA


"REINA.- Inclinado a orillas de un arroyo, elévase un sauce, que refleja su plateado follaje en las ondas cristalinas. Allí se dirigió, adornada con caprichosas guirnaldas de ranúnculos, ortigas, velloritas y esas largas flores purpúreas a las cuales nuestros licenciosos pastores dan un nombre grosero, pero que nuestras castas doncellas llaman dedos de difunto. Allí trepaba por el pendiente ramaje para colgar su corona silvestre, cuando una pérfida rama se desgajó, y, junto con sus agrestes trofeos, vino a caer en el gimiente arroyo. Alrededor se extendieron sus ropas, y, como una náyade, la sostuvieron a flote durante un breve rato. Mientras, cantaba estrofas de antiguas tonadas, como inconsciente de su propia desgracia, o como una criatura dotada por la Naturaleza para vivir en el propio elemento. Mas no podía esto prolongarse mucho, y los vestidos cargados con el peso de su bebida, arrastraron pronto a la infeliz a una muerte cenagosa, en medio de dulces cantos.

"LAERTES.- ¡Ay de mí! Luego ¿ha perecido ahogada?

"REINA.- Ahogada, ahogada.

"LAERTES.- Atajemos el llanto, pues agua de sobra tienes tú, pobre Ofelia (llora). Con todo, esto no es más que una costumbre. La Naturaleza se aferra a sus hábitos, por más que diga la vergüenza. Cuando este lloro cese, no quedará en mí rastro de mujer. ¡Adiós, señor! ¡Tengo palabras de fuego, que arderían de buen grado si no las sofocara esta debilidad! (sale)."

W. Shakespeare
Hamlet. Acto IV. Escena VII.

jueves, 23 de diciembre de 2010

CUNQUEIROMANÍA (4)



“Esto pasó, ahora va hacer un año, en el “reame” de Nápoles, en una quita que llaman Prato Nuovo, y que es de una nipota del Gran Inquisidor, y en esta historia se ve que ni las grandezas humanas se libran del maligno. Parió esta señora nipota, que se llama doña Eleonora, un niño, y lo fueron a bañar en aquella bañera de cristal, que la estrenaban tal día. Y no bien echaron al niño al agua, se disolvió en ella como si fuera de sal o azúcar. Todo fue un gran grito de pasmo en la quinta, y nadie daba crédito a lo acontecido, pero que pasó pasó, y el niñito desapareciera. Hubo que echar aquella agua en el camposanto, y al botellón en que iba le hicieron un entierro a ocho, con música, responsos floreados y el Gran Inquisidor de capa magna. Hace quince días parió de segundas la nipota, y como al que nace hay que bañarlo, volvieron a poner la bañera de cristal, que es una obra antigua de mucho precio, en la cámara de la querida, y estaba el Gran Inquisidor presente, y también el exorcista de Palermo, que es quien les quita el demonio del cuerpo a los Borbones de Nápoles cuando hace falta, que es casi siempre por años bisiestos, y también estaba todo el protomedicato de las Dos Sicilias, y ya iban a bañar al recién, cuando se le pasó a la madre por la imaginación que tenía su señor tío que bendecir la bañera, y aún el Gran Inquisidor no dijera: “In nomine Patris”, ya se quebrara la bañera en mil pedazos, y saliera de ella un mal olor a azufre, y el exorcista de Palermo con el puño curvo de su paraguas tuvo tiempo de coger por el pescuezo al demonio que huía, pero éste se le pudo escurrir, y se perdió por la chimenea. Se supo que la bañera fuera comprada en una abadía muy conocida y de monjas, que llaman Fossano, y que era la bañera que tenían las abadesas para bañarse por Pascua y por San Martín, y las monjas por San Pedro, y que no era tal bañera, sino un demonio que se trocó en ella, para ver a su tiempo a las señoras monjas en cueros vivos.”

Álvaro Cunqueiro
La bañera del diablo. Merlín y Familia

lunes, 20 de diciembre de 2010

CUNQUEIROMANÍA (3)


Algunos de los que murieron, ya temprano
fueron llamados a la ribera donde llueve polvo de oro.
Otros están sentados en la arena
abrazando sus rodillas,
aguardando que les den una sed de agua.
Están tristes, no imaginan nada,
no tienen ideas, se olvidaron de soñar.
En la arena semejan otra arena más oscura.

Pero en un cercado hay uno que hace por erguirse,
que ensaya cuánto viento cabe en el fuelle de su pecho,
que quiere mirar hacia atrás,
hacia lo que dejó: los bosques del mundo,
las altas torres, música en una feria,
una muchacha que olía a abril,
un libro viejo que comenzaba Arma virumque cano...,
y el perro que le lamía la mano derecha.
Ese, cuando llegue la hora del trago de agua,
estará en pie y le preguntará a la Muerte
si no hay un sorbo de vino para un hombre
que quiere seguir soñando con sus tiempos.

Hay unos que de un modo caminan
y otros de otro
por la orilla de allá de la muerte.

lunes, 13 de diciembre de 2010

¿DÓNDE ESTÁN LAS DAMAS DE ANTAÑO?

Hoy he escuchado un tango de Carlos Gardel, Viejos tiempos, entristecido lamento por el tiempo pasado. El genio del tango se pregunta dónde están los muchachos de entonces y las mujeres aquellas, y recordando se pone a llorar.
Eso me ha hecho recordar los cantos y poemas en que los antiguos ya se preguntaban lo mismo, como si el ser humano no se cansara de lamentarse de la fugacidad de la vida, de la juventud y de la belleza. Desde Homero hasta Carlos Gardel, pasando por Jorge Manrique, y tantos y tantos otros. Uno de ellos fue François Villon, el bate de la Francia protorrenacentista, que se preguntaba igualmente dónde andarían las mujeres de antaño.
Cualquier tiempo pasado fue mejor, parece decir su actitud. Yo no tengo razones para disentir, pero me da la impresión de que la vida resulta más soportable si puede uno hacerse una visión más indulgente del presente.

Bueno, la cosa es que hoy no tengo ganas de lamentarme, sino de jugar. Así que doy una semana y un premio (el Antipático de Oro), a mis improbables lectores, para que descifren quiénes eran estas mujeres que Villon cita en su poema, y lo que les deparó el destino. He marcado las doce que hay que adivinar. Algunas son muy fáciles, así que empezad ¡Ya!.

Dime: ¿Dónde o en qué país
Flora está, la sin par romana?
¿Dónde Archipiada, o bien Thaís,
que pudo ser su prima hermana?
¿Y Eco, la que responde al ruido
que se hace junto al lago extraño?
¿Dónde su hermosura se ha ido?
¿Mas dónde están las nieves de antaño?


¿Y la muy discreta Eloísa,
por quien fue Abelardo castrado
y se hizo fraile en San Denís?
Por este amor fue desgraciado.
¿Dónde aquella reina que ordena
que Buridán, tras dulce engaño,
sea arrojado en un saco al Sena?
¿Mas donde están las nieves de antaño?
¿La reina Blanca como un lis?
Sirena de la voz divina,
Berta del gran Pie, Beatriz, Alís,
Eremburg, la bella angevina?...
¿Y la buena doncella Juana
que ardió en Rouán, por obra y daño
del inglés?... ¡Virgen soberana!
¿Mas donde están las nieves de antaño?


Príncipe, no inquieras dónde están,
Ni en una semana, ni en un año,
Siempre volverás a mi refrán:
¿Mas donde están las nieves de antaño?

martes, 23 de noviembre de 2010

LOS HIJOS DEL TRUENO

Patrick Brunty fue un adusto pastor irlandés de familia muy modesta. Era ambicioso, tenaz y retraído. La pasión por el arte y la literatura alimentó sus sueños juveniles. Inicialmente fue aprendiz de tejedor y más tarde maestro de escuela. Llegó en 1802 a Cambridge para estudiar Teología y allí, influido por las lecturas clásicas, rectificó el apellido familiar y lo convirtió, inspirándose en el nombre de uno de los corceles de Helios, en Brönte que significa trueno.

Fue destinado como párroco al pueblo de Hartshed, en el condado Yorkshire. Dicho condado está al norte de Inglaterra. A primera vista, al contemplar ese paisaje en un día soleado de junio, podía parecer una amable campiña inglesa, con sus prados verdes y sus suaves lomas bordeadas por riachuelos. Pero ese espectáculo era un espejismo. Siempre estaba lloviendo, las nubes bajas todo lo cubrían con su siniestro manto y la vegetación, más bien salvaje, impedía pasear si no se conocían los escasos y estrechos caminos que existían entre el barro pantanoso. A menudo soplaba un fuerte y helado viento que hacían las caminatas para aquellos parajes muy inhóspitas. En los días cortos y oscuros de tormenta, si no eran los rayos, podían ser las alimañas las que acabaran con el caminante al que la noche le cogiera desprevenido en aquellos desolados páramos.
El reverendo Patrick fue a vivir a aquel lugar con su mujer, Mary. Tuvieron cinco hijas y un hijo. Consideraba pecaminoso el placer más inocente, hasta el punto de que alimentaba a su prole a base de patatas y quemaba los zapatos de sus hijas si le parecían demasiado elegantes. Este régimen de correccional no fue compensado por la ternura materna, puesto que la madre murió de cáncer en 1821, cuando la hija menor apenas si tenía un año. Poco a poco la viudedad y quien sabe si sus frustraciones literarias fueron convirtiéndole en un ser seco, intolerante y amargado. Sus hijos eran muy pequeños, en realidad componían una prole enfermiza y muy precoz. La familia quedó confiada a los ásperos cuidados de una tía materna. Allí se criaron los niños, de cualquier manera, en medio de los silencios y en las voces de aquella naturaleza, entregados a la lectura, al dibujo y a una serie de fantasías y juegos cuyo código secreto los transportaba a países imaginarios.

Cuatro años después, en 1825, murieron de tuberculosis las dos hermanas mayores (Mary y Elisabeth), a causa del deficiente trato recibido en el instituto de Cowan Bridge para hijos de eclesiásticos, centro docente al que Patrick Brönte había mandado a estudiar a las hijas.
En 1839, Anne, la hija menor, impulsada por el afán de crearse una vida independiente, trató de emplearse como institutriz y, durante los años pasados en calidad de tal en distintas casas tuvo la triste experiencia de trabajar en la misma casa en la que su hermano Branwell era preceptor, y de donde tuvo que verle expulsado por inmoralidad. El hijo varón fue el único a quien el padre, ante sus anomalías y defectos, había tratado con excesiva condescendencia, que contrasta con la rigidez que tuvo con sus hijas, siguiendo los principios imperantes en la época, que tendían a menospreciar el talento de las mujeres y frenar en ellas cualquier conato de independencia.
En 1842, Emily la siguiente hija en edad, fue mandada a estudiar con su hermana Charlotte al Pensionado Héger de Bruselas, para aprender francés, decididas a ganarse la vida con la enseñanza. Pero pronto tuvieron que volver a su casa por la muerte de su tía. Para Emily fue una época de amargo destierro, torturada por la nostalgia de su agreste país. Charlotte sin embargo volvió un año más tarde al pensionado, encontró un empleo y se enamoró del director, aunque ese amor no pasó de platónico. En 1844 regresó a Haworth, al hogar paterno, donde falló su proyecto de fundar una escuela.

Las tres hermanas Brönte, Emily, ardiente y reconcetrada, Charlotte, serenamente romántica y sutilmente irónica, y Anne, apacible y dulce, compartían la pasión por la poesía y la literatura; todavía adolescentes las tres muchachas escribían versos y relatos fantásticos (el ciclo narrativo Legends on Angria). En 1846, gracias al interés de Charlotte, publicaron una colección de versos de las tres hermanas: Poesías de Currer, Ellis y Acton Bell, seudónimos que coincidían con las iniciales de sus nombres y apellido. Sólo se vendieron dos ejemplares del libro. Aquellos versos no buscaban sino el desahogo de sus apasionados sentimientos en el arte.

Después de aquello, siguieron escribiendo cada una por su cuenta. Escribieron novelas. Anne: Agnes Grey, y La inquilina de Wilfell Hall; Emily: Cumbres Borrascosas, novela que apenas tuvo relevancia en su día y que hoy todavía se lee con pasión y escalofrío. Charlotte escribió El profesor, y después Jane Eyre.
Las desgracias no parecían querer abandonar a aquella familia. Su hermano Branwell, que las había retratado en el cuadro que ven, cada vez estaba más embrutecido y dado al vicio, debido al abuso del alcohol y del opio. Se daba a terribles accesos de cólera. Se parecía mucho al Headcliff de Cumbres Borrascosas. En 1848 murió de “delirium tremens”. Emily fue la que mejor le había comprendido. Cogió frío en su entierro y se metió en casa, negándose a que la viera un médico, a comer y casi a hablar. A medida que se consumía, soportó durante tres meses los dolores con duro estoicismo, y sólo dos horas antes de morir, después de haberse levantado y vestido penosamente, permitió que fuera llamado un médico.
Anne murió al año siguiente, con veintinueve, también de tuberculosis. Ante la inminencia de la muerte escribió una memorable composición lírica: Espero que con los fuertes y valientes.

Charlotte había obtenido un notable éxito con su novela Jane Eyre. Se sobrepuso al dolor y a la soledad, que quedaron reflejados en su novela siguiente Shirley; el eco de su amor insatisfecho reaparece en Vilette, al decir de los críticos su obra más madura, que se publicó en 1853. Ese mismo año murió el padre y su hija se casó con el asistente parroquial de su padre, el reverendo Nicholls. Su débil constitución, empero, no resistió mucho tiempo y murió en el primer embarazo en 1855, a los treinta y ocho años.

El reverendo Patrick Brönte, el trueno, tuvo la triste experiencia de ver morir a casi todos sus hijos. Su espíritu religioso quizá le deparara consuelo en su desgracia, pero también es probable que agravara su sentimiento de culpa por el mal que les hizo, por el amor que no les dio. Sin embargo, transmitió a sus hijos la pasión por el arte y la literatura. Y gracias a esa pasión estas hermanas extraordinarias superaron todas esas circunstancias, además de las que toda mujer tenía entonces para acceder a las actividades artísticas. Para poder seguir escribieron, escribieron desesperadamente. Crearon mundos tristes y desgraciados, llenos de adversidades, donde la gente amaba con pasión y sufría trágicas calamidades. Imaginaron mundos fantásticos. Invocaron a la muerte como única salida. Inventaron la felicidad en la esperanza, pues siempre llegaba, después del drama y del dolor. Su poesía está llena de sentimiento romántico.

Conocí a las hermanas Brönte, como supongo muchos de ustedes, a través de las películas que sobre sus novelas se hicieron. He sido su lector tardío e ignorante, pues desprecié ese mundo melodramático que representaban, hasta que cayó en mis manos Cumbres Borrascosas. Quedé subyugado. Y ahora que me entero un poco sobre sus vidas, y veo los terribles paralelismos con sus personajes, me hago muchas preguntas. ¿Acaso hay en la historia de la literatura ejemplo de familia igual? ¿De dónde sacaron la fuerza y el genio literario? ¿Acaso de la soledad, la tristeza y del desamor de aquella familia? ¿O de la fiera educación recibida? ¿De los páramos borrascosos de Yorkshire? ¿Quizá de la bondad que transmitió en sus genes una madre a la que casi no conocieron? ¿Su genio salió a pesar del padre, o gracias a él? No sigo. Tanto se ha escrito, hablado y filmado sobre ellas, que nada puedo añadir. Sin embargo, el misterio continúa. Acaso una de las maneras de resolverlo sea visitando el Museo Brönte, en Haworth, que está a trasmano de todos los caminos. Algún día haré ese viaje a Inglaterra y quizá me pierda por aquellos páramos buscando respuestas.

viernes, 24 de septiembre de 2010

EL BUEN MAESTRO


Quiero contarles hoy una historia que acabo de leer. Trata de Jacques Cormery, un niño pobre, hijo de inmigrantes franceses que se habían establecido en Argel, huyendo de la miseria. A su padre lo mataron en la primera guerra mundial cuando él tenía un año. Su madre era sorda. Vivía en una vivienda muy humilde, con dos habitaciones y un retrete en la escalera común. Estaba en un barrio pobre de la ciudad. Dormía en la misma habitación con su madre y su hermano. En la otra dormía una abuela autoritaria. Durante los primeros años de vida comprendió que la pobreza, la invalidez, la estrechez elemental en que vivía toda su familia, si bien no disculpaban todo, impedían en todo caso condenar a las víctimas. Aprendió que los pobres son generosos hasta la prodigalidad, y que pocos son los siguen siendo pródigos cuando tienen medios para ello. Se dio cuenta de que entre el trabajo y la supervivencia, los pobres no tienen tiempo para el placer, pues los días se les hacen demasiado largos y la vida muy corta. Pero también sintió la deliciosa debilidad ante la belleza, que hacen que el mundo sea soportable.

Ese niño amaba la vida animalmente, y a ella se entregaba en sus juegos, en el mar, al sol y al aire, en la calle. Pero tenía siempre una desconfianza resignada frente a la vida, que pare regularmente la desgracia sin haber dado siquiera señales de estar preñada. Su cama, que compartía con su hermano, era el único refugio para el descanso, la soledad y los pesares.

Pero a ese niño, predestinado a la miseria y la infelicidad, le ocurrió una cosa extraordinaria: la escuela. Cuando creía que sería su último año de estudios, se encontró con un profesor, el señor Bernard, que amaba con pasión la enseñanza, los libros y que inculcaba a los niños, con sabiduría y amor, la pasión por la búsqueda de la verdad. Y se fijó en Jacques, por su inteligencia y capacidad, a pesar de ser bastante rebelde e inquieto. Un día, al final del curso, habían llegado al término del libro que el profesor les leía, Les Croix des bois. El señor Bernard leyó con voz más sorda la muerte del protagonista, y cuando cerró el libro en silencio, confrontado con su emoción y sus recuerdos para alzar después los ojos hacia la clase sumida en el estupor y el silencio, vio a Jacques en la primera fila, que lo miraba fijo, la cara bañada en lágrimas, sacudido por sollozos interminables, que parecían no cesar nunca.

-Vamos, vamos pequeños –dijo el señor Bernard con voz apenas perceptible, y se puso de pie para guardar el libro en el armario, de espaldas a la clase.

Aquel maestro, cuando acabó el colegio, convenció a la madre de Jacques, y sobre todo a su abuela, para que le dejaran seguir sus estudios en el liceo. Su familia quería que se pusiera a trabajar para que ganara dinero, pero gracias a su insistencia cedió. Le preparó para los exámenes de obtención de las becas. Consiguió aprobar. Ingresó en el liceo. Se apasionó por los libros. Culminó sus estudios. Salió de la pobreza.

Pasados los años, un día Jacques volvió a la escuela a visitar a su anciano profesor que ya se iba a jubilar. Estuvieron charlando un rato.

- Espera, pequeño –dijo el señor Bernard. Se levantó con esfuerzo, se acercó a un pupitre de escolar en el fondo de la habitación, cerca de la chimenea. Revolvió en un cajón, lo cerró, abrió otro, sacó algo.

- Toma –dijo-, es para ti.

Jaques recibió un libro forrado con papel de estraza y sin nada escrito en la cubierta. Aun antes de abrirlo, supo que era Les Croix de bois, el mismo ejemplar que el señor Bernard les leía en clase.

- No, no –dijo-, es... –Quiso decir: “Es demasiado bello”. No encontraba palabras.

El señor Bernard meneó su vieja cabeza.

- El último día lloraste, ¿te acuerdas? Desde ese día, el libro es tuyo. –Y se volvió para esconder sus ojos súbitamente enrojecidos.

También cuenta la novela otro encuentro posterior, entre profesor y alumno. Esta vez en Francia. Allí le contó agradecido lo que sentía por él. Le confesó cómo, cuando era muy joven, muy necio y estaba muy solo, se le acercó y sin mostrarlo le abrió las puertas de todo lo que amaba en el mundo.

- ¡Oh! Usted tiene grandes condiciones.

- Seguramente. Pero incluso los más dotados necesitan un iniciador. La persona que la vida pone un día en tu camino, ésa ha de ser por siempre amada y respetada, aunque no sea responsable. ¡En eso creo!

Esta historia, es uno de los bellos y emotivos episodios que contiene la novela de la que hablo. Se titula El primer hombre. Es totalmente autobiográfica. Jacques Cormery en realidad se llamaba Albert, Albert Camus, que en esta novela cuenta los primeros años de su infancia y adolescencia en Argel. No pudo terminarla, pues murió en un accidente de coche cuando estaba escribiéndola. El manuscrito contiene numerosas palabras ilegibles, frases sin terminar y errores. A veces cambia el nombre de los personajes y aparecen los nombres reales de su maestro, su hermano, su amigo, su madre, o incluso llega a hablar en primera persona. En esa primera redacción inacabada de la novela es donde se ve latir la vida misma del autor.

La historia del maestro que le inculcó el gusto por la literatura y le permitió salir de la miseria también es totalmente real. Su profesor en la realidad se llamaba Germain Louis. El 19 de noviembre de 1957, apenas recibido el premio Nobel, Albert Camus escribió a su maestro esta carta:

Querido señor Germain:
Esperé a que se apagara un poco el ruido que me ha rodeado todos estos días antes de hablarle de todo corazón. He recibido un honor demasiado grande, que no he buscado ni pedido. Pero cuando supe la noticia, pensé primero en mi madre y después en usted. Sin usted, sin la mano afectuosa que tendió al niño pobre que era yo, sin su enseñanza y su ejemplo, no hubiese sucedido nada de todo esto. No es que dé demasiada importancia a un honor de este tipo. Pero ofrece por lo menos la oportunidad de decirle lo que usted ha sido y sigue siendo para mí, y de corroborarle que sus esfuerzos, su trabajo y el corazón generoso que usted puso en ello continúan siempre vivos en uno de sus pequeños escolares, que, pese a los años, no ha dejado de ser su alumno agradecido.
Le abrazo con todas mis fuerzas. Albert Camus

viernes, 17 de septiembre de 2010

LOS MEDIOS SERES


Ramón Gómez de la Serna conoció a Carmen de Burgos (Colombine) en 1908 a los veinte años. Carmen, maestra de profesión, ya era viuda y tenía cuarenta y un años –aunque Ramón la creía con treinta. Era una escritora reconocida profesionalmente y polémica por sus artículos en prensa, sus traducciones y por sus posiciones combativas en temas como el divorcio o el voto femenino. Llegó a ser corresponsal de guerra. Entablaron una intensa relación que no fue sólo sentimental, sino de colaboración literaria e intelectual. Viajaron y compartieron casa. Con altibajos, separaciones y apuros económicos se mantuvieron juntos durante veinte años. La ruptura se produjo en diciembre de 1929.

A la sazón, Ramón, como muchos otros autores y críticos de su tiempo, era consciente de la crisis que estaba viviendo el teatro español en comparación con el resto de Europa, sometido al juicio y el éxito de un público anquilosado y burgués. Pero, a pesar de la lúcida conciencia que tenía de ello, Ramón, no vaciló, ni siquiera un momento, cuando le propusieron estrenar en el teatro Alcázar un proyecto de farsa que ya tenía pensada y se llamaba: Los medios seres.

La noticia del debut teatral de Ramón, que en aquellos años conoce el auge de su popularidad como literato y gran humorista, ocupó las más amplias cabeceras periodísticas de Madrid ya una semana antes del estreno, dando lugar, además, a una gran cantidad de artículos y carteleras publicitarias que aumentaron la expectación, presagiándose como el gran evento de la temporada teatral o la obra que iba a cambiar radicalmente el teatro contemporáneo.

Su argumento era sencillo. En el prólogo el apuntador, desde su concha, a la que da la vuelta mirando al público, dice un monólogo. El primer acto presentaba la vida vulgar en el aniversario de bodas de Pablo y Lucía, medios seres, es decir, personas de vidas incompletas que anhelan un complemento para existir. Pablo no acaba de ser feliz con su mujer; ella tampoco es feliz con su marido. En el acto segundo no pasa nada; lo único que pasa es el tiempo. Otros personajes, medios seres también, en parte, exhiben su ingenio o sus manías, bajo las que late su angustia vital. Margarita Robles, que ennoblece un té cursi con el recitado admirable del romance "La casada infiel" de Federico García Lorca. ¿Y en el último acto? Don Fidel, antiguo pretendiente de Lucía, un ser triste e incompleto, sugiere la posibilidad de un triángulo afectivo o amoroso como solución a la indigencia existencial de la pareja protagonista y así completa con Pablo la dicha conyugal de Lucía, mientras Pablo completa con Margarita la felicidad, que sólo a medias Lucía le daba. El sexo es nuevamente una forma de evasión.

Los personajes iban vestidos y pintados de negro por la mitad. Y para que los espectadores supieran cómo descifrar la policroma descomposición cubista de los personajes, símbolo de la eterna búsqueda de la mitad que falta y en la que residía la clave innovadora e interpretativa de la obra, Ramón describió los seres de esta forma: «No son meros arlequines. Son seres en eclipse. Seres reales y hasta vulgares que sólo nosotros, en el secreto de su verdad, vemos mediados. Ellos se creen enterizos, aunque sufren precisamente por la mitad que falta en los seres que aman».

Durante los ensayos, Ramón impuso como actriz a la hija de Carmen, Maruja, que un día había tenido alguna notoriedad. Los actores no quisieron y aquello dejó en la bella joven una herida, que él se vio obligado a restañar. En su autobiografía (Automoribundia) el autor nos cuenta que ella le había tentado de mil maneras, y que él siempre se había defendido. Pero ella era admirable recitadora y él estaba acosado por el miedo y la tensión ante el estreno, vértigo que ella supo consolar. Se consumó el idilio: Ramón enloquecido y febril, ella cocainómana. Carmen de Burgos, su madre y antigua amante de él, enterada del asunto, quiso que se retirara la obra por el feo que le habían hecho. No lo consiguió, aunque sí logró hacer un frente contra la obra.

Al tiempo, los problemas económicos, el miedo ante el fracaso del público y la presión del empresario y de los actores hicieron que suprimiera del texto de la obra algunos personajes y muchas de sus greguerías, para hacerla más comercial. Precisamente lo que él consideraba que eran los granos de originalidad y poesía que salvaban la comedia. Traicionaba en parte su idea vanguardista inicial.

Ramón, que no había querido nunca estrenar por aborrecer el juicio del público, estrenaba. Ramón, que se había mantenido fiel a su amante durante veinte años, se lió con su hija. Ramón, que quería renovar la escena teatral, había hecho una obra de vanguardia a medias. Como él mismo dijo: «Quedé convertido en un hombre con doblez».
El día del estreno fue una batalla campal. Los partidarios y amigos de Ramón, que se habían repartido estratégicamente por el teatro, se enfrentaron con sus elogios, vítores y aplausos a otro sector del público que pitaba y gritaba. Alguno aplaudía y silbaba al mismo tiempo, sin saber si la mitad que aplaudía lo hacía contra la mitad que silbaba. No entendieron la obra. Los días posteriores la obra fue consolidándose y los aplausos fueron mayoritarios. Pero no se pudo borrar la sensación de fracaso. A los críticos de teatro, algunos amigos de Ramón, tampoco les gustó la obra plenamente. Consideraron que se había quedado a mitad de camino. Uno de ellos decía «Por qué no ha triunfado ahora plenamente? O bien, ¿por qué no ha tenido un glorioso fracaso que en un escritor de su independencia evidente habría valido tanto o más que un éxito demasiado fácil por prematuro?»; él mismo se contestaba: «Porque se ha preocupado a medias, pero preocupado al fin, del público tradicional».

Tras el desaguisado, su vida estaba, si no rota, tergiversada. Cuando acabaron las representaciones huyó a París. No volvió sino pasado más de un año. Por debajo de aquella decisión había un secreto: la aventura con Maruja, que acabó rota. Pero el romance fue un espejismo, un contagio de los medios seres. Se sintió momentáneamente un hombre entero necesitado de dos medios seres (como Lucía y Pablo), y la experiencia había resultado estéril.

A pesar de la traición, la amistad con Carmen parece que se reanudó cuando Ramón regresó de un viaje a Buenos Aires, pero ya acompañado de su nueva pareja, la que luego sería su mujer, Luisa Sofovich. Según cuenta ésta, Ramón siguió visitando a Carmen cada domingo hasta su muerte el 9 de octubre 1932.

Carmen de Burgos, hoy casi olvidada del todo, fue evocada por Eduardo Zamacois en sus memorias Un hombre que se va (1964), y Rafael Cansinos-Assens le dedica bastantes páginas en La novela de un literato (1982), recordando las tertulias de los miércoles en su casa, la difícil relación entre madre e hija y, sobre todo, su personalidad vigorosa.

Ella dijo en una ocasión: «Soy independiente y libre... Jamás pensé en el ascenso personal a consta de mi libertad o de abjurar de mis condiciones». Sin duda debió costarle caro en aquella España de fin de siglo, pero esa es otra historia...

lunes, 13 de septiembre de 2010

CUNQUEIROMANÍA (2)

Hace unos meses ya hablé del escritor Álvaro Cunqueiro y de su infancia feliz que nutrió buena parte de su obra y que me llenaba de nostalgias. Pero esta vez quiero contarles la siguiente etapa de su vida por la que sus biógrafos suelen pasar de puntillas.

Corría el año 1921 cuando de muchacho se trasladó a Lugo para estudiar el bachillerato y finalmente a Santiago. En la capital compostelana entró en contacto con un grupo de intelectuales y creadores que engrosaron la vanguardia artística de Galicia. Cunqueiro era un extraña mezcla entre tradicional y vanguardista. Por esos años hace incursiones en la poesía y publica Mar ao Norde (1932), influido por el cubismo y por el creacionismo del chileno Vicente Huidobro. Después de la publicación de esos versos, sus afanes se decantarán por investigar en la tradición de los cancioneros medievales. Fruto de ese interés nace Cantiga nova que se chama ribeira.

Se afilió al Partido Galeguista, una fuerza nacionalista de sesgo conservador, aunque en su seno convivía un sector obediente al nacionalismo de izquierdas. El escritor colaboraba en el órgano de expresión del partido, A Nosa Terra, y en 1936 hacía campaña a favor del estatuto de autonomía de Galicia. La verdad es que a Cunqueiro le interesaban más la buena pitanza y el vino de Ribeiro que la política. "En la cocina es donde el hombre puso más imaginación, mucho más que en la guerra, tanta como pudo poner en el amor y, sin duda, muchísima más de la que pone en la política".

Con la sublevación militar de 1936 empieza lo que algunos llaman sus años oscuros, y de los que el escritor no le gustaba hablar. La guerra sorprendió a Cunqueiro en Mondoñedo. Al poco tiempo se entera de la muerte, a manos de los insurrectos, de algunos amigos suyos, como su impresor, Ánxel Casal. A la vista de su pasado y militancia en el Partido Galeguista, el miedo se apodera de Cunqueiro. Así que enmienda sus veleidades nacionalistas y recurre a un cura de Ortigueira que le aconseja que trabaje para la revista falangista 'Era azul' y salude a lo romano. Cunqueiro hace lo que se le dice, se afilia a la falange y de su magín salen unos versos de alabanza a Franco y José Antonio Primo de Rivera. Por si cupiera alguna duda, escribe para todo papelucho donde estuviesen estampados el yugo y las flechas. En 1939 se fue a vivir a Madrid para escribir en el periódico 'ABC', que le brindó sus páginas. Si había que levantar alguna página a causa de algún problema con la censura, allí estaba presto Cunqueiro para en poco tiempo improvisar un artículo.
Su luna de miel con Madrid dura poco. Cunqueiro, al que le gustaba la buena vida tanto como la buena mesa, pecó de manirroto y estafador. El prosista había alcanzado un acuerdo con el embajador de Francia para escribir una serie de reportajes sobre tierras galas. El diplomático, que desembolsó unas cuantas pesetas como adelanto por gastos de desplazamiento, veía cómo, semana tras semana, los artículos no aparecían. Creyendo que Cunqueiro era un hombre del régimen, el embajador se quejó a las más altas instancias, y su protesta llegó incluso al Consejo de Ministros. La Dirección General de Prensa acordó desposeer a Cunqueiro del carné de periodista. Fue expulsado de la Falange y pierde todo vínculo con el franquismo. Aunque permaneció dos años más en Madrid, casado y padre de dos hijos, regresó a Mondoñedo sumido en una profunda depresión. Muchos de sus amigos republicanos se habían exiliado y los otros le dieron la espalda por sus coqueteos franquistas. Poco a poco empieza a escribir en diarios gallegos, luego vendrían más libros, sobre todo novelas, pero eso es otra historia, que les contaré en otra ocasión.

Y ustedes me dirán que a qué viene todo esto. No viene a cuento de nada, en realidad, pero mantuve el sábado pasado una conversación cenando con unos amigos, mientras reíamos y gritábamos en amigable y caótica tertulia, antes de caer rendidos por los efectos del vino. Hablábamos de arte, de libros, de política, proyectamos montar una empresa de funerales laicos, preferíamos las buenas personas a las brillantes y despotricamos del pasado juvenil y nazi de un personaje muy importante, hoy admirado por muchos.

Y esto último me ha hecho reflexionar sobre mi admiración a Cunqueiro: ¿estoy admirando a un nacionalista gallego?, ¿a un fascista converso?, ¿a un cobarde?, o ¿a un magnífico e imaginativo escritor?, pues todas esas cosas fue Don Álvaro. La respuesta está clara: las historias sobre su vida fueron ajenas al inicio de mi afición a Cunqueiro y no voy a renunciar a ella por no sé qué complejo de "déficit de compromiso democrático" o una estupidez similar. Sí, yo me puedo abstraer de todo lo demás y sólo cultivar el placer de leer sus fascinantes historias sin entrar en otras consideraciones. Uno tiene que elegir entre ser perfecto o ser feliz, entre la coherencia o el placer. A mí, como a Cunqueiro, me gusta más el vino, las buenas viandas y las historias gustosas y antiguas, que el compromiso político de nadie. Si los valores morales y políticos de los artistas fueran la vara con que hemos de medirles, ¿a cuántos salvaríamos? No todos en la tertulia eran de la misma opinión.

Indro Montanelli, en su Historia de la Edad Media, detalla las guerras que mantuvieron güelfos y gibelinos en Italia. Al final del libro el autor reflexiona sobre toda la sangre derramada, para que al final, nadie sepa hoy en día, salvo los especialistas, quiénes eran partidarios del Papa o del Emperador, por qué luchaban aquellos condotieros, reyes y nobles, de los que nadie se acuerda. De toda aquella época sólo han perdurado la belleza de su arte, su arquitectura y su literatura. Ahora sólo conocemos a alguna de las víctimas de la disputa, porque Dante Alighieri escribió su Divina Comedia en la que citaba a muchos protagonistas de aquellas guerras. También nos quedan las maravillosas obras de otros artistas (palacios, iglesias, pinturas, esculturas y joyas sublimes). Entonces, ¿a qué escandalizarse tanto sobre la ideología política de la época, si sólo quedó de ella la belleza que preludiaba el Renacimiento italiano? Ese Renacimiento, por cierto, que tanto admiraba Cunqueiro y que cantó magníficamente en su Vida y fugas de Fanto Fantini della Gherardesca, notable condottiero.

viernes, 16 de julio de 2010

CUANDO EL FINAL SE ACERCA

«Antes, cuando bebía, Riba no distinguía entre emociones fuertes y débiles, tampoco entre amigos y enemigos. Pero la lucidez de los últimos tiempos le ha ido devolviendo lentamente la capacidad de aburrirse, aunque también la de emocionarse. Y el mar de Irlanda...., le parece la más soberbia encarnación de la belleza, la máxima expresión de aquello que desapareció de su vida durante tanto tiempo y que ahora, nunca es tarde, encuentra abruptamente, como si estuviera en la mitad de una gran tormenta y con la emoción del que siente en pleno descenso en la vida, pero frente a la belleza inconfundible, gris de borde plateado, de un mar que ya no habrá de olvidar nunca mientras tenga memoria».

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« –¿No nos habrás hecho venir hasta Dublín para poder convertirte en una metáfora? –dice Ricardo.
– ¿Y qué mal hay en que nuestro Riba quiera ser alegoría, testigo de su tiempo, notario de un cambio de época? –Interviene Nietzky, que está ya como una cuba.
– Pero ¿hemos venido hasta aquí para que nuestro querido amigo se convierta en testigo de su tiempo? Es lo último que me esperaba oír –dice Ricardo.
– Bueno, y también para sentirme vivo –protesta Riba con inesperada y verdadera amargura– y para tener algún viaje que contarles a mis padres cuando vaya a verles los miércoles, y para sentir que me abro a los demás y dejo de ser un hikikomori. Que tengáis compasión de mí. Es todo lo que os pido.
Le miran como si hubieran oído hablar a un extraterrestre.
– ¿Compasión? – pregunta Javier, casi al borde de la risa.
– Yo sólo quiero que el funeral sea una obra de arte –dice Riba.
– ¿Una obra de arte? ¡Ah, eso es nuevo! –interviene Nietzky.
– Y también que comprendáis que jubilarse es jodido, que me sobra tiempo y a veces pienso que no me queda nada por hacer, y por eso me gustaría que fuerais más compasivos conmigo y comprendierais que trato de organizar cosas para escapar del tedio.
Su voz suena tan quebrada que les deja paralizados a todos por un momento.
–¿No os dais cuenta? –prosigue Riba–. No me queda nada por hacer, salvo...
Baja la cabeza. Todos le miran, como pidiéndole un esfuerzo, como rogándole que, por favor, complete la frase y diga algo que les ayude a ahorrarse tener que seguir sintiendo tanto bochorno y apuro por él. Todos desean que termine pronto el trance.
Baja aún más la cabeza, parece que quiera hundirla en el suelo.
– Salvo...
– ¿Salvo qué, Riba? ¿Salvo qué? Por dios, explícate. ¿Qué te queda por hacer?
Le gustaría decirlo, pero no lo hará: salvo reencontrar al genio, a la primera persona que hubo en él y que se esfumó tan pronto.
Pero no lo dirá, no.»
Enrique Vila Matas
Dublinesca