Mostrando entradas con la etiqueta y otros cuentos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta y otros cuentos. Mostrar todas las entradas

miércoles, 17 de noviembre de 2010

RIIIING! (FINAL)


Abrió la puerta. Encontró a un hombre alto, de mediana edad, escoltado por un par de fornidos mozos con la bata blanca.
- Hacía mucho tiempo que te andábamos buscando, Rosario. ¿Dónde te habías metido? No debiste irte de la clínica sin decirnos nada.
- Menos mal que ha venido, doctor González –respondió ella arrojandose en sus brazos–, le juro que no sé lo que ha pasado. He perdido la memoria de todos estos días. Me encontré sola en esta ciudad, y después ya no supe donde localizarle ni como volver al manicomio - dijo el hombre.
Ella sintió un gran alivio que le relajaba todos sus músculos. Después de tanta tensión no podía dejar de llorar.
- Han pasado nueve meses. Ni tus padres ni tus amigos sabíamos nada de ti. Hemos estado buscándote por todos lados. Anda ven con nosotros y me vas contando que has hecho durante todo este tiempo.
- No me acuerdo de nada, doctor -mintió ella-, menos mal que ha venido a rescatarme.
Cuando cerraban la puerta de su apartamento miró hacia atrás de reojo. En sus labios se esbozaba una sonrisa misteriosa, un punto siniestra... Nadie se acordó de los peces.

domingo, 14 de noviembre de 2010

LA TERTULIA


Se llamaba Matilde. Tenía dieciocho años y una inteligencia desbordante. En aquella época las mujeres que acudían a la universidad iban en aumento, sobre todo en las facultades de letras. La República parecía estar cambiando muchas cosas. No todos los días aparecía por clase, pero llevaba consigo siempre, entre los cuadernos y libros de texto, algún libro distinto, una novela o un libro de poemas cuyo título y autor, que me gustaba espiar, eran para mí generalmente desconocidos. Leía en cualquier lugar y siempre que tenía ocasión. Parecía como si los momentos que pasaba en clase, charlando con nosotros, caminando por los pasillos de la facultad, o esperando el tranvía, siguiera su mente embebida en su lectura, de la que no se había desprendido, lo que le daba un aire ausente y distraído. Sus escasas respuestas y comentarios siempre eran acerados, fulgurantes, profundos y divertidos.

Casi no pude llegar a conocerla. Yo, a pesar de mi edad, no había salido aún de la adolescencia, y era de una timidez enfermiza. Ella tenía mi edad, pero a mí me parecía mucho mayor y más madura. La admiración que profesaba por aquella chica es lo más parecido que he conocido a un enamoramiento estúpido. Y digo estúpido, porque así era como me sentía cuando ella se me acercaba o cuando me hablaba. Un día, se puso a reír de no sé qué y distraídamente me puso una mano en el pecho. Si ustedes no han sufrido nunca un ataque al corazón no saben de lo que hablo. Creí que me daba algo. Ella debió de notar las palpitaciones violentas que su gesto inconsciente provocó y me miró a los ojos observándome.

A la semana siguiente, el último día del curso, llegó tarde y se dirigió donde yo estaba para sentarse a mi lado. Cuando la clase terminó me dijo que todos los meses se celebraba una reunión social en casa de su madre y que ella aprovechaba para invitar a algunos amigos.

Supe después que su madre era una bibliófila cultísima, y que gracias a su viudez y su fortuna, había disfrutado de una libertad inusual en aquella época. Hablaba idiomas y su casa estaba atestada de libros, muchos de ellos en inglés, italiano y ruso, pero sobre todo en francés y alemán. Conocía a muchas personas del mundo de las letras, que se reunían en su casa para charlar, casi todas más jóvenes que su madre. Allí se leían poemas o se representaban piezas de teatro, pero sobre todo se hablaba, se reía y se comía y bebía en abundancia. Su hija, aprovechando el evento, organizaba por su cuenta una tertulia ajena al mundo de los mayores. Quería que el próximo jueves fuera yo.

Esa tarde me costó llegar a su casa. Hacía calor pues acababa de empezar el verano. Estaba en un barrio apartado del centro, en una de esas colonias de hotelitos de dos plantas que había en las afueras de la Madrid. En el salón de la casa, totalmente forrado de libros y de cuadros por todas partes, me presentaron a los allí presentes. Todos eran literatos, actrices, políticos, deportistas olímpicos o intelectuales conocidos. Eran de todas las edades y no se parecía a las personas que yo había conocido durante mi corta experiencia. Había muchas mujeres solas, también originales y especiales a su manera, sospechosamente extravagantes hubieran dicho mi madre y mis tías.

Después de estar un rato con los mayores, Matilde me sacó de allí y me subió a una habitación donde esperaba a sus amigas. Fueron viniendo una por una, al final eran cinco. En aquella tertulia de mujeres me sentí que estaba fuera de lugar, cosa que, por otra parte, me ocurría a menudo. Al principio se habló de unas cuantas cosas sueltas: el argumento de una obra de Lorca, que acababan de estrenar, los amores desgraciados de una prima de Albacete, de un flirt en el último baile, o las lágrimas del que fue su común profesor de literatura en el bachillerato cuando les leyó el último capítulo de El Quijote. También se habló de que habían ido por primera vez a una corrida de toros y que les había parecido brutal. Aquellas mujeres eran distintas a las demás, fumaban y hablaban sin pudores estúpidos. A aquellas mujeres, sus familias, excepto la de Matilde, les habían destinado una educación “decorativa” destinada a crear una familia y hacer la vida y la casa agradable a algún un hombre de su clase. Todas se habían rebelado contra aquel papel subsidiario y lacerante. Eran las mujeres más libres, más cultas, más seguras y más atractivas que yo había conocido jamás.

Aquella tarde, Matilde pidió a cada una de ellas que, en mi honor, me leyeran cosas suyas. Ellas se pusieron serias, fueron leyendo trozos de sus escritos. Algunos pasajes llegaron a turbarme. Todas tenían vocaciones literarias y, bien en la poesía, bien en la novela o bien en el teatro, esperaban despuntar algún día. Comentaron sin tapujos sus opiniones sobre lo que acababan de escuchar, no siempre favorables. Se habló después de noticias y de viajes, de las nuevas obras que iban descubriendo y de cosas curiosas como los teatros de la memoria o el movimiento perpetuo... Las intervenciones de Matilde eran de lo menos convencional, era la que más cosas originales y sorprendentes nos contaba. Probablemente bebía de la fuente de los amigos de su madre.

Yo permanecí callado durante casi todo el tiempo. No me atreví ni siquiera a decir a aquellas muchachas que yo también quería ser escritor, que pasaba noches enteras de insomnio escribiendo cuartillas sin fin, que luego destruía al amanecer, y lo que me hubiera gustado pertenecer a una tertulia como aquella.

Cuando se hizo de noche nos despedimos de los invitados de su madre, que seguían su fiesta y me fui con las amigas de Matilde a coger el tranvía. Antes de despedirme, ella me pregunto:

- ¿Te has divertido? No has dicho casi nada en toda la tarde.

- Me lo he pasado fenomenal, pero me has dado mucho en qué pensar. El próximo día quiero hablar contigo.

En realidad estaba pensando en desvelarle mi pasión literaria, pedirle ayuda, pues yo era más consciente que nadie que tenía que salir de mí y confrontar lo que sentía y lo que escribía con los demás. Matilde y sus amigas podían ser un primer paso, para mí fundamental.

No me di cuenta de que ya había empezado el verano y de que habían terminado las clases, único lugar donde nos veíamos. Hasta septiembre no volvería a reanudarse la tertulia. Estuve varias semanas rondando por aquel barrio y espiando la casa, sin atreverme a llamar a su puerta. No se habían ido todavía de la ciudad. Un día, era 18 de julio, me decidí ir a su casa y preguntar por ella, necesitaba su compañía. Fue entonces cuando saltó la noticia de que un grupo de generales se habían sublevado contra el gobierno de la República. Todo era alboroto en las calles y en las casas. Olvidé mis afanes, trastornado por el acontecimiento. Después de aquello, ya saben, nada volvió a ser como antes.

Así acabaron mi vida de estudiante, mis afanes literarios y mi amor por Matilde, sin apenas haber nacido. La casa fue ocupada por milicianos en la guerra. Su familia nunca volvió a vivir en ella. Probablemente se exiliaron. Durante todos estos años me he preguntado, en mi trabajo en la imprenta, qué habría sido de las mujeres de aquella tertulia.

Rafael Michelena Ibarra
Recuerdos y olvidos, 1962.

domingo, 24 de octubre de 2010

LA REALIDAD Y EL DESEO

Aquella tarde su solitario profesor de literatura pronunció unas palabras que le acompañarían toda la vida. Reflexionaba sobre la obra de Luis Cernuda, escritor de la generación del 27 que, según él, había expresado como nadie el sufrimiento de vivir en el abismo que existe entre La realidad y el deseo. Ese era el título que el poeta dio a la recopilación de su poesía.

Todos sentimos que vivimos esa distancia, añadió el profesor, pues somos conscientes de que la realidad y el deseo nunca se encuentran en el mismo momento y lugar, que nunca llegamos a la plenitud, o acaso sólo por unos instantes fugacísimos. En definitiva, esa distancia es la medida de nuestra felicidad: cuanto más corta es, más felices nos sentimos. Los seres humanos no hemos encontrado más que dos vías para conseguir acercar ambos extremos: rebajar nuestros deseos y aspiraciones, para acomodarlos a nuestra vida real; o luchar porque nuestra vida se parezca más a lo que deseamos de ella.

Su profesor estaba ensimismado en sus propios pensamientos. Pronto volvió a la clase de literatura y a la materia, bajó la vista como arrepentido de aquel desliz y continuó el repaso de la obra de otros poetas de esa generación. Sólo una vez, meses atrás, le había visto aquella misma expresión, cuando les animó a empezar a escribir y les habló de los placeres que puede deparar a uno el hábito de la escritura, aunque fuera para uno mismo.

Pasaron los años y aquella joven maduró. Su vida transcurrió más o menos, como la había imaginado. Buscó la felicidad. Luchó más por adaptar sus deseos a las circunstancias que por adaptar las circunstancias a sus deseos. Conoció amigos, tuvo amor, tuvo hijos, trabajo y el dinero suficiente. Sufrió menos que la mayoría de los seres humanos. Se sintió desvalida en ocasiones. Sus esperanzas, sus planes y sus sueños sufrieron las rebajas propias de los años.

Primero había desaparecido la esperanza en una vida futura, en ser para siempre. Ese sentimiento religioso desapareció en la adolescencia. Después habían llegado las renuncias a la realización plena en un trabajo creativo y estimulante, pues encontró trabajos tolerables que cumplían la función alimenticia que le resguardaban de la pobreza. No estaba segura de haber vivido un gran amor-pasión, pero superó la soledad, no con el éxito social, pero sí con el amor de un puñado de buenos amigos y de su familia.

Poco a poco fue descubriendo que los placeres intensos, en apariencia tan inalcanzables, no sólo estaban escalando montañas o triunfando en sociedad, también podían estar en el presente y a nuestro lado, en una taza de té, en la contemplación de un bonito paisaje, leyendo un libro, contemplando un cuadro, en una conversación, tomando el sol o en los brazos de un amante. Sólo se arrepentía vagamente de no haberse preparado adecuadamente para ellos y disfrutarlos mejor.

Un día las cosas se complicaron. Su salud empezó a fallar. Se dio cuenta de que sólo era un cuerpo. El pacto que había hecho con la realidad, con su vida, se resquebrajaba. La lucha por cambiar la realidad no admitía más negociación ni dilaciones. Ya sólo se trataba de vivir o morir, y perder toda una vida que ahora veía embellecida por el recuerdo. Con esa esperanza luchó y superó una, dos, tres crisis... Cuando las superaba sentía que lo único que da orgullo y alegría al espíritu son los esfuerzos superados con bravura y los sufrimientos soportados con paciencia. Cuando mejoraba disfrutaba como nunca. En la lucha también encontró un sentido. Pero su sufrimiento no terminaba y esos pensamientos no siempre parecían tener sentido. Llegaron cuatro, cinco, seis crisis... Tuvo que dejar su trabajo, pero siguió desarrollando las actividades que le permitía su precario estado de salud: hacía algo de gimnasia, viajaba cuanto podía, coleccionó tazas de porcelana, se aficionó a las carreras de coches, se puso a vender joyas, descubrió a sus amigos verdaderos, sintió intensamente el amor de su familia, abrió su mundo a Internet...

Había luchado para cambiar las cosas y había rebajado sus deseos, había hecho, por tanto, cuanto su profesor le dijo que había que hacer para incrementar la felicidad. Pero pasaba el tiempo y la realidad seguía resistiéndose. La esperanza, que era lo único que había admitido rebajas paulatinas, se resquebrajaba. Ya no se trataba de esperar una vida futura, ni siquiera esperar una curación de la enfermedad cruel, sino un poco más de vida sin dolor ni angustia. A pesar de tan modesta aspiración, a veces volvían los dolores y el miedo.

Así fue como, en una de sus recaídas, cundió el pesimismo. Uno de los sentimientos que primero aparece al pesimista es la tristeza. Pero antes de entristecerse hay que asegurarse de que el pesimismo es fiable, porque en muchas ocasiones uno se entristece inútilmente, o adelanta males futuros que no terminan de ocurrir, o presagia consecuencias fatales donde todavía hay vida. Es verdad que esa vida no había sido tan plena ni esplendorosa como la imaginara aquella adolescente, pero todavía había en ella esos deseos que la realidad no pudo suprimir pues forman parte de todos nosotros.

Un día en que estaba convaleciente y desanimada, al despertarse abrió los ojos y notó la presencia de su marido a su lado, en la cama. Entonces comprendió la inmensa desolación del poeta y de su profesor de literatura. Estaban solos y la distancia que les separaba de sus deseos era similar a la travesía de un inmenso desierto. Pensó entonces que muchas otras personas sufrían en soledad y que, en cambio, ella tenía amor y amistad a su lado, que le deparaban los cuidados y la compañía que necesitaba. No le abandonaban, seguían con ella. Recordó mejor los momentos de dicha que había vivido y que añoraba. Los había conseguido gracias a la ayuda de los demás y con su esfuerzo. Eso le había permitido apreciarlos mejor.

Sonrió: la realidad siempre gana, es verdad, esta vida es así. La meta nunca se alcanza. Pero ella seguía arrancándole con sus deseos momentos de felicidad, la vida también es así.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

RIIIING (CONT.)

Cuando llegó a su casa después de la persecución estaba agotada. Se quitó la ropa y se tendió sobre la cama. Sus absurdos intentos de lectura resultaron imposibles. Encendió la televisión pero pronto la apagó. La angustia sobre lo que acaba de vivir la había agotada. Al poco se quedó dormida.

Se despertó en mitad de la noche. Estaba abotargada, como sumida en una especie de resaca de tantos amantes y muertes como había habido en el último año. No sabía lo que le había pasado ni tampoco lo que le sucedería. No le quedaba dinero para muchos días. A final de mes no podría pagar el alquiler. Hay momentos en la vida –pensó–, que uno tiene que dejar atrás el pasado y definir nuevos objetivos, tener nuevos planes o proyectos. Estaba confusa. No tenía amigas a las que acudir. No podía acudir a su familia, de la que hacía años que nada sabía.

Su vida había sido la de una especie de científico, en el que sus experimentos sin objetivo definido se contaban por fracasos y ya eran muchos. Pero reconocía que en cada error había hecho nuevos descubrimientos. Ya sabía que no era para ella la vida familiar y campestre, de la que había huido siendo pequeña, y el hastío de aguantar hijos o un marido; tampoco encajó en los muchos oficios que tuvo cuando marchó a la ciudad, que la agotaron sin reportarle ninguna satisfacción; amó con desesperación y resultó engañada; estudiar e intentar cultivarse le resultó aburrido; entonces se saturó de placeres y excesos con desconocidos, y todos estaban apareciendo muertos en extrañas circunstancias.

En realidad estaba aterrada. Aquella noche llegó a pensar que se estaba volviendo loca y que era ella misma la que destruía todo cuanto emprendía, pero debido a su enfermedad no podía recordar, lo que había pasado, encontrándose con sus juguetes rotos y sin explicación. Pero no, aquello no eran juguetes, era su propia vida totalmente deshecha. También pensó que no era su enfermedad, sino alguien que quería vengarse de ella y que la perseguía allá donde fuera.

Al final, consiguió tomar la decisión, por otra parte inevitable, de marcharse de la ciudad. Tenía que huir de no sabía qué o quién que parecía perseguirla para destruir todo aquello que tocaba. Buscaría un trabajo, se encomendaría a su psiquiatra, intentaría ser sociable y hacer amigos, pero sin enrollarse con ellos. Necesitaba tranquilidad, sentir que era una buena persona, que alguien se diera cuenta de ello y la quisiera.

Estaba amaneciendo, y había terminado de hacer la maleta. Cuando miró alrededor se dio cuenta de que apenas tenía ningún objeto personal en aquel apartamento, su enésima vivienda en pocos meses. Contempló la pecera y pensó:
- Lo siento por los peces, pero no me los puedo llevar. Supongo que la portera se hará cargo de ellos.

De pronto, oyó unos pasos en el descansillo de su escalera. Alguien se aproximaba a su puerta. Su piel se erizó, como electrizada por el miedo. Sonó el timbre. ¡RIIIING!

Patrice Perrault
Mi marido no remata

jueves, 17 de junio de 2010

LA CONFESIÓN

Llevaba trabajando durante años para conseguir mi ansiado ascenso en la empresa. Los afanes y desvelos en el trabajo, las humillaciones a que me había sometido mi infame jefe, las veces que me había arrastrado como un gusano, tuvieron su inevitable recompensa: fui pisoteado. Permítanme un consejo, no se arrastren por el suelo, es peligroso. El puesto que anhelaba se lo dieron a Marta, la chica recién llegada a la oficina, a la que yo mismo recomendé para que la contrataran, porque era amiga de mi mujer. Para colmo, me pusieron bajo sus órdenes.

Marta era el escondido secreto por el que yo había ido a la oficina con agrado las últimas semanas antes del descalabro. No sé si estaba enamorado de ella, de su belleza, de su falsa sonrisa, o tan solo de la imagen ficticia que había fabricado. El hecho es que lo único que conseguí alelándome por ella fue que me sonsacara la información que necesitaba. Sus coqueteos con el jefe hicieron el resto. Logró su ascenso en dos meses cuando yo llevaba años peleando por él. Al llegar a casa, mi mujer, hecha una furia, me llamó débil, imbécil, blando y no sé cuantas cosas más. El impacto de aquella noticia pudo con la poca vida que le quedaba a nuestro matrimonio. Mi mujer me dejó.

Un día, unas semanas después de mi separación, volví a casa triste y abatido por la rutina y la soledad. Me encontré una terrible gotera, justo en el día en que me quedé sin seguro. Había decido rescindirlo unos meses antes, después de llevar años pagando por nada. La inundación estropeó los suelos y paredes, el techo se hundió, los muebles, alfombras y libros, echados a perder para siempre. La inundación había llegado al piso de abajo. La vecina, en cuanto me oyó llegar, subió para recriminarme el desastre y exigirme el pago de los daños. Le dije que no había sido culpa mía, que había podido ser cosa de la tubería general o del vecino de arriba, pero no atendió a razones. Siguió gritando hasta que prometí pagarla. No conforme con aquello me llevó a juicio. Tampoco convencí al juez que me condenó a pagar una cantidad totalmente injusta.

Las desgracias se apoderaron de mi vida. Tuve un accidente con el coche (siniestro total), murió mi madre, mi único amigo marchó al extranjero, se escapó mi perro, me robaron en la calle, se estropeó la lavadora, me destiñeron la ropa en el tinte y caí enfermo. Me quedé sin dinero para afrontar tanto contratiempo y, además, pagar la pensión que otro juez otorgó a mi mujer, que también consideré abusiva teniendo en cuenta que no teníamos hijos.

Acosado por las calamidades y desgracias, en medio de la depresión, hace unos meses decidí suicidarme. Con un ingenioso juego de poleas, subí el piano hasta el techo, para dejarlo caer sobre mí. Antes de que estuviera bien situado, se me resbaló la cuerda. Conseguí tener un serio accidente que provocó que me quedara con varios huesos rotos y sin piano. Por poco me mato, ¡vaya susto! Hubiera estado gracioso que los periódicos hubiera titulado el suceso: “INTENTA SUICIDARSE Y MUERE EN EL INTENTO”.

Entonces supe que no podía caer más bajo. La frustración y la impotencia me inundaban el pecho, el dolor era tan intenso que para aliviarlo decidí, ya que no era capaz de suicidarme, matar a alguien, a cualquiera. Salí a la calle totalmente enrojecido por la rabia y la ira, y al ir a acuchillar al primer transeúnte que pasaba, erré el golpe, y la víctima, reaccionando rápidamente, se convirtió en agresor. Me quitó el cuchillo y me lo clavó en la espalda, lesionándome la espina dorsal y dejándome paralítico. A pesar de que había conseguido quedarme con la casa en el juicio de separación, pues la había heredado de mi abuela, tuve que venderla para pagar las deudas e indemnizaciones. Mi ordenador era la única posesión que me quedó.

Inválido y reo de intento de asesinato, sometido a exámenes psiquiátricos, declararon que sufría una trastorno psíquico cuyo complicado nombre no consigo recordar. Fui absuelto, pero declarado loco, en silla de ruedas y recluido en un manicomio de por vida.

Sufro los cuidados y el acoso de una enfermera cruel. Se llama Ángela (de la muerte). Me hace la vida imposible. Merece ser violada por una pandilla de apaches y después asesinada, entre agudos dolores y tras atroces torturas. Desde entonces vivo solo y hundido. Nadie viene a verme.

Hace unos meses conseguí sobreponerme a mi locura y a mis desgracias. Tras numerosas entrevistas con psiquiatras y forenses, me permitieron acceder a Internet, después de filtrar el posible acceso a páginas pornográficas y violentas. De ese mundo de la red he disfrutado durante los últimos meses.

“Nunca dura cosa buena” dice el refrán. Hoy la enfermera me ha comunicado que mañana quitan la línea de Internet en las habitaciones del psiquiátrico, porque la dirección ha decidido restringir gastos por la crisis. Tampoco tengo ninguna posible conexión inalámbrica. Lo único que tenía un poco de sentido para mí, aunque fuera falso, también me lo han quitado. Como despedida de todos ustedes he decidido realizar esta confesión general..., pero todavía queda algo más.

Creé este blog sin que nadie se enterara. Aquí, me he inventado una vida ficticia. He simulado durante meses que era un amante apasionado y padre ejemplar, que era un ser culto que visitaba exposiciones de arte y que leía libros, que tenía una vida con viajes, amigos, recuerdos y experiencias interesantes, y que los visitantes de mi blog me hacían comentarios inteligentes y afectuosos. Yo lo inventé todo, incluso esos perfiles de los otros usuarios que accedían. Para mi sorpresa, pronto no hizo falta seguir simulando comentarios de terceros, pues algunos incautos, como los que me están leyendo ahora, se tragaron el anzuelo, aunque de vez en cuando todavía hago intervenir a los visitantes ficticios para mantener vivo el engaño. Eso es lo que quería confesar: este blog es una inmensa mentira.

Todo ha acabado. Hoy es el último día en que me dirijo a ustedes. Expulsado del mundo real, me refugié en uno virtual más satisfactorio. También me lo niegan. No sé si conseguiré romper la estela de fracasos y calamidades que me preceden en el logro de mis propósitos. En cualquier caso, de una cosa estoy seguro: mañana Ángela de la muerte no conseguirá inyectarme el calmante. Quizá mañana encuentren alguna noticia en el apartado de sucesos de algún periódico o en la radio. Permanezcan atentos a las noticias. Je, je.

Ha sido un placer. Gracias por su compañía. Adiós.

Cuento anónimo
del libro El ser humano es extraordinario
Ed. Refrescos Aquarius

domingo, 9 de mayo de 2010

RIIIING

Tumbada en la cama, impaciente, resolvió levantarse y volver a intentarlo. Fue hasta el teléfono, marcó su número y, como otras veces, sólo oyó el mismo pitido indiferente y tenaz. ¡RIIIING! No cogía.

Podía ser que no hubiera nadie, que el teléfono estuviera insistiendo en soledad. Nada que hacer entonces. Cabía otra posibilidad: que no quisiera contestar, porque estaba claro que con la de veces que había insistido durante toda la tarde, si hubiera habido alguna causa momentánea que le impidiera contestar, esta ya no existiría. Empezaba a preocuparse.

A la irritación que le producía de por sí el teléfono, se sumaba la de la propia urgencia y su ansiedad: se había ido o no quería contestar. Tras los acontecimientos de aquellos días, no quiso ni imaginar que volviera a repetirse otra muerte tan atroz, no quería pensar que su cuerpo pudiera asistir inerte a aquellas llamadas inútiles.

Hay veces que la realidad, a fuerza de insistir, nos hace más ciegos que nunca. Una y otra vez nos tapa los ojos imperceptiblemente. No le bastaban las muertes anteriores de sus amantes, ni toda la serie de llamadas, para darse cuenta de que él también estaría muerto. Pero al fin se percató, como herida por un destello repentino.

Su lujoso coche fue a toda velocidad por las calles hasta las afueras de la ciudad. Más tarde, cuando todo acabó, pensó en ese loco recorrido sin explicarse cómo llegó ilesa. Salió corriendo del coche que había dejado enfrente de su puerta. El ascensor sería demasiado lento, corrió escaleras arriba. Su temor, casi su certeza, no veía una explicación distinta ya: seguro que estaría muerto. No podía ser de otro modo. La puerta de su apartamento estaba abierta, había luz dentro.

Se precipitó al interior. Se sorprendió al comprobar que estaba lleno de gente; una multitud de vecinos, curiosos y varios policías atestaban su pequeño apartamento. Ni rastro de él. Recordó entonces la ambulancia que se cruzó por el camino, cerca de la casa. Debido al estruendo y precipitación de su entrada todos se quedaron mirándola. Sudorosa, jadeante, el rostro descompuesto, a medio vestir. Comprendió su error, siempre comprendía demasiado tarde.

Alguien con aspecto de policía se dirigía hacia ella, con rostro inquisitivo. Sin reflexionar mucho lo que hacía, salió corriendo de nuevo: necesitaba huir. Demasiadas explicaciones tendría que dar para tan pocas respuestas concretas, tan pocas pruebas. Estaba sumida en un gran marasmo mental. Dos policías se precipitaron tras ella por la escalera. Todo había salido mal. Aquel chico muerto, los asesinos libres, el negocio frustrado de nuevo, la policía tras ella...

–¡Mierda! –pensó–, todo me ha salido mal.

Mucho tiempo le costó despistarles. Estaba agotada ya de dar vueltas jugándose la vida, con la policía detrás, y cuando ya estaba a punto de desistir se dio cuenta de que ya no la seguían.

Se había librado. Afortunadamente la policía no podría relacionarla en nada con ese chico. No había siquiera un indicio. Tendrían que cerrar el caso, seguro, como los demás. El coche era robado, lo quemaría o borraría las huellas con cuidado. Después podía volver a empezar. Pero después de todo era una lástima, el chico era un auténtico macizo, ella estaría de nuevo sola, rodeada de muertes por doquier. Tendría quizá que abandonarlo todo, o irse de aquella cuidad, tan horrenda, tan inhumana, a la que, sin embargo, había cogido cariño.
Charles Perrault
Cuentos Infantiles

viernes, 30 de abril de 2010

TRISTEZA

A Paco
«Cuando Frank se enteró de que su único hijo, de treinta años, se había suicidado sintió un golpe tan fuerte que pensó que no podría sobrevivir. Le había dedicado toda su vida, pues la madre estuvo enferma desde que nació su hijo. Toda su vida la había dedicado, desde que tenía memoria, a hacer feliz a esa familia. Ahora todo se hundía.
«Vivimos en una cultura -y esto es un tópico-, que da la espalda a la muerte. Si estamos poco preparados para enfrentar
la muerte de un ser querido, no nos pasa siquiera por la cabeza que ese ser sea precisamente aquel que nos tiene que sobrevivir: el propio hijo. El proyecto de vida de Frank pasaba inevitablemente por su hijo, al que había cuidado, alimentado, divertido, ayudado, alentado y querido con un cariño más intenso de lo normal, pues se vio en la obligación de suplir las carencias de la madre. Cada día, durante años, jugó con él, lo llevaba al parque, le preparaba las comidas, lo lavaba, le compraba la ropa. Le había ayudado a estudiar en el colegio y en la universidad. Cuando su hijo encontró su primer trabajo parecía que le había tocado la lotería a él, estaba enormemente feliz viendo el fruto de años de cuidados. Ahora todo estaba roto. Aquellos años volvían a él a cada rato en forma de recuerdos. Muchas veces, cuando menos lo esperaba, eran violentos zarpazos, que le desgarraban el corazón y le dejaban totalmente abatido y sollozando.
«Mucho había sufrido Frank antes, pero aquello fue lo más solitario y aislante que había sufrido en toda su vida. Sus amigos se convirtieron en extraños, porque se preguntaba: “¿cómo pueden entender la intensidad de mi dolor ellos, que no han pasado por lo mismo?” Querían distraerle, sacarle de casa, procuraban que se olvidara, que no hablara de aquello ni pensara en su desgracia. Pero él sólo quería desahogarse y hablar de lo que le pasaba. Se sentía fuera de lugar entre ellos y entre sus familiares. En consecuencia dejó de verles y se desligó de todo aquello a lo que se sentía atraído. Perdió el sabor de la vida: la familia, la pareja, su propio cuidado. Tampoco pedía ayuda.
«Al principio, por las mañanas, se veía tan débil que pensaba que no podría levantarse de la cama. La rutina de su vida diaria, súbitamente, empezó a molestarle. Las actividades que antes disfrutaba ahora las sentía como cargas. Algunos días era incapaz de trabajar, pero otros era absorbido totalmente por el trabajo, intentando aliviar aquel dolor tan terrible. Algunos días sentía que se quería morir, otros se ponía a reír y se sentía contento otra vez, hasta que veía como una nube negra colgaba otra vez sobre él. Aquellos sentimientos tan contradictorios le hicieron pensar que estaba volviéndose loco. Pero Frank no estaba enloqueciendo, sólo estaba en duelo por la muerte de su hijo.
«Un día, paseando por el parque que había al sur de la ciudad, vio por casualidad a un extraño grupo. Era un conjunto curioso y heterogéneo de personas de distintas edades, que se hacían compañía a la sombra de los árboles, jugando al ajedrez, charlando, o haciendo gimnasia. Al observarlos sintió el deseo de sentarse cerca de ellos y observarles. Cogió el gusto de ir allí todos los días. Empezaron a saludarle y pronto conversaron con él. Todos habían pasado por desgracias que les habían expulsado de sus vidas quedándose solos y desamparados. Casi todos habían perdido a quien más querían. No tenían miedo de hablar de sus penas y en su compañía encontró consuelo. Aquellos extraños se convirtieron en amigos.
«Le enseñaron a ser paciente y bueno consigo mismo, a dejar de castigarse. Le hicieron ver que su tristeza y su nostalgia por su hijo nunca desaparecería, pero que el tiempo le concedería momentos de paz entre las oleadas de dolor. Esos momentos debía aprovecharlos para acercarse más al amor que su hijo sintió por él y para disfrutar los regalos que le dejó en su paso por esta vida. Aprendió a resolver su duelo, a vivirlo, a sufrirlo, a llorarlo, a gastarlo. Su proyecto de vida se había roto, era verdad, pero su vida no había acabado, y sobre las bases del recuerdo del amor de su hijo construyó otro.
«Y así fue envejeciendo. Sentía una enorme tristeza por la ausencia de su hijo, pero también reconocía que se había vuelto más humano, más cálido, más conectado a la vida, más comprensivo con los sentimientos de los demás, que antes había ignorado. Empezó a recordar el sufrimiento de quienes habían estado cerca de él en otro tiempo, que necesitaron su ayuda y que no la encontraron. Se avergonzó de lo insensible y egoísta que había sido. La muerte de su hijo le enseñó que todavía había tiempo para cambiar.
«Así era Frank cuando estaba en el umbral de su vejez. Volviendo a nuestra historia diré que aquella mañana de primavera Frank....»

Robert Cather: fragmento de “The Blue Hotel
Traducción: Antipático


viernes, 9 de abril de 2010

LUCIDEZ

«Estas líneas que ahora te envío son el resultado de muchos años de estar juntos. Al principio, antes de conocerte, fueron años de soledad y de deseo. Vino después la hora feliz del descubrimiento y de la correspondencia ¿Te acuerdas? Mi transformación recuerda el cuento de la rana y la princesa. Luego siguieron años de pasión y de alegría: de amor. Nacieron nuestros hijos. Siguieron momentos no tan buenos, de amor y de tristeza, de amor y de escasez, de amor y de problemas, de culpas y perdones, de amor y de aburrimiento, también de risas y de amigos..., pero sobre todo de felicidad. Nuestro amor es un amor doliente y sonriente, ilusionado y desesperado, un amor loco, pero con instrucciones de uso.
«Este amor es hoy adulto, cabal y por eso también se sabe inconsciente e irracional. Yo diría que es lo más parecido a la lucidez: nos conocemos bien aunque nos hagamos los tontos. Los sabios nunca cuentan que el amor es el método más penetrante para llegar al conocimiento.
«Nuestro amor es estadísticamente improbable. Frente a pronósticos agoreros parece que no se agota, sino que crece mientras envejecemos, cuando otros abandonan o fracasan. Tenemos suerte.
«Alguna vez tuvimos visitantes codiciosos que echaron sal en la herida de los celos y eso algún escozor produjo. Ahora la guerra, la soledad, el dolor y la enfermedad nos han traído otro compañero inoportuno, esta vez es ácido corrosivo: el miedo. Pero yo no le doy la espalda, por si acaso, sino que le miro a la cara, y con una sonrisa displicente pienso: “
otros lo intentaron y no pudieron, será mejor que lo dejes...”, y sigo amándote. Aceptemos que tenemos miedo, sabemos bien cuál es el peligro, es algo muy concreto. Pensemos en que pronto volveremos a estar juntos: sólo así encontraremos el valor que necesitamos en esta guerra».
Fragmento de la carta de un soldado desde el frente a su mujer enferma, 1943.
Cartas de amor” Editorial Orfeo, Guadalajara 1960