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martes, 1 de marzo de 2011

EL HOMBRE QUE AMABA A LAS MUJERES

Me encuentro plácidamente estos días leyendo la Historia de mi vida del veneciano Giacomo Casanova (1725-1798), ese personaje legendario que recorrió toda Europa en pleno siglo de las luces. Fue violinista, poeta, seminarista, militar, jugador empedernido, mago, alquimista, creador de la lotería nacional de Francia, espía, agente financiero, escritor, filósofo, aparte de –por supuesto– libertino y mujeriego.

Muchos han sido los seguidores de sus aventuras, amorosas o no. Los más eruditos forman hoy un club de casanovistas, que se reúnen en congresos, publican una revista, escriben ensayos, y tienen mil discusiones sobre qué fue verdad y qué fue mentira en todas aquellas portentosas aventuras, personajes y amores que nos contó en las más de 3.000 páginas de sus memorias. Todos los años, la noche del 31 de octubre al 1 de noviembre, algunos casanovistas se reúnen para conmemorar así la fuga de nuestro héroe de la carcel veneciana de I piombi (los plomos, como era llamada debido al material con que estaban cubiertos sus tejados), comiendo un plato de macarrones igual a aquel del que se valió para poder salir de la cárcel, de la que nadie había huído jamás.

Como amante Casanova fue lo contrario a Don Juan. Amaba a las mujeres, era feminista a su manera, les procuraba siempre felicidad a la vez que satisfacía sus mutuos deseos de amor, nunca las perjudicaba... Era un libertino que respetaba a las mujeres: las quería de verdad. Y a todas recordó con gratitud y alegría, pues en su recuerdo siempre le quedaba la reminiscencia del amor y del placer que compartieron.

Especialmente nostálgica es una anécdota que cuenta, tras la triste separación de una de sus amantes, Madame Dubois. Era el 20 de agosto de 1760. Después de separarse se fue a Ginebra. Se alojó en una posada. Se acercó a la ventana, miró por casualidad los cristales y vió escrito con una punta de un diamante: “También olvidarás a Henriette”. Recordó en ese instante, como traspasado por una flecha, el momento en que le había escrito aquellas palabras, hacía ya trece años la propia Henriette, otra antigua amante. Se le erizaron los cabellos. Se habían alojado en aquella misma habitación cuando se separó de él para volver a Francia. Se derrumbó en un sillón para dejarse llevar por sus reflexiones, evocando a su querida, dulce y noble Henriette a la que tanto amó. Nunca había pedido noticias de ella a nadie, como le prometió. Se comparó con quien él mismo era entonces, se encontraba ahora menos digno de poseerla. Aún sabía amar –pensaba–, pero ya no encontraba dentro de sí la delicadeza de entonces, ni los sentimientos que justifican el extravío de los sentidos, ni la dulzura de sus costumbres, ni cierta probidad. Abandonado por su última amante, se encontraba a sí mismo sin vigor, asustado. El recuerdo de su querida Henriette le devolvió el valor.

En contra de lo que pueda parecer, Casanova no sólo fue un aventurero libertino, sino un buen escritor, que contando su vida levantó todo un monumento a la alegría de vivir; un filósofo con capacidad de turbar tanto nuestro pensamiento como nuestra lujuria. La Historia de mi vida es un auténtico tratado sobre el placer. Aquí tienen algunos ejemplos.
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Cultivar los placeres de mis sentidos fue toda mi vida mi principal tarea; nunca he sentido otra más importante. Sintiéndome nacido para el otro sexo, siempre lo he amado y me he hecho amar por él cuanto he podido.
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La vida es el único tesoro que el hombre posee, y quienes no la aman no son dignos de ella.
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Y del mismo modo que quienes han leído muchos libros sienten gran curiosidad por leer otros nuevos, aunque sean malos, así un hombre que ha amado a muchas mujeres, todas muy hermosas, termina sintiendo curiosidad por las feas cuando las encuentra nuevas.
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Desdichados los que creen que el placer de Venus vale algo si no nace de dos corazones que se aman y en los que reina el más perfecto acuerdo.
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El enamorado que no sabe coger la fortuna por los pelos que lleva en la frente, está perdido.
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El hombre sólo puede ser feliz cuando se reconoce como tal, y sólo puede reconocerse así en la calma. Por lo tanto, sin la calma nunca sería feliz. El placer, para serlo, debe tener término.
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No podemos llamar placer al satisfacer nuestros deseos más animales, como el deseo de coito o el comer. Sólo cuando interviene la razón, que lo prevé, lo busca, lo organiza, razona sobre él después de haberlo gozado y lo recuerda, encontramos verdadero placer. Sólo cuando nuestra inteligencia interviene las satisfacciones se convierten en placer: sensación inexplicable que nos permite saborear eso que llaman felicidad.
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Sin la palabra, el placer del amor, mengua dos tercios por lo menos.
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Es imposible mantener una relación de simple amistad con una mujer que nos parece hermosa... Un platónico que pretendiera que sólo se puede ser amigo de una mujer que agrada, y con la que vive, sería un visionario.
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Si los placeres son pasajeros, también lo son las penas, y, mientras los gozamos, recordamos las que precedieron al goce, y un día acordarse de ellas nos complacerá.
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El amor es un pequeño loco que quiere ser alimentado con risas y juegos; cualquier otro alimento lo consume.
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¡Estos son los placeres de mi vida! Pero ya no puede procurarme otra cosa que el placer de seguir gozándolos con el recuerdo. ¡Y pensar que hay monstruos que predican el arrepentimiento, y filósofos necios que sostienen que los placeres no son más que vanidad!... Ahora que empiezo a chochear, lo veo todo negro. Maldita vejez, digna de vivir en el infierno, donde otros la colocaron.

viernes, 21 de enero de 2011

EL CABALLERO D´EON

Uno de estos días pasados, he acudido con unos buenos amigos a  ver la obra de teatro que Josep María Flotats representa en el Teatro Español de Madrid, sobre la vida de Baeaumarchais. Entre los muchos personajes históricos que conoció en su vida Beaumarchais, estaba un misterioso caballero d´Eon, ambiguo y divertido. No tenía yo noticia de este caballero, aunque alguna reminiscencia tenía yo en mi memoria, me sonaba de algo y no sabía de qué. Varias semanas he tardado en convertir la niebla de mi recuerdo en algo más tangible, pero al final lo he conseguido. Había leído un resumen de su vida en un artículo el primer ejemplar de la revista Manifiesto, del año 2004, que conservo entre los papeles que poco a poco me van sepultando. El artículo se titulaba La libertad de costumbres en el Antiguo Régimen, y su autor es  Rodolfo Vargas Rubio. Copia su biografía del artículo, a riesgo de que las maldiciones de la bruja AGS caigan sobre mí. En cualquier caso no dejen de echar un vistazo, libre y gratuito, a esa revista.

Charles-Geneviève-Louis d’Eon de Beaumont, conocido como el Chevalier d’Eon (1728-1810). Natural de Tonnerre, pertenecía a una antigua familia de la nobleza de provincias. Su fortuna se debió a un incidente fortuito, que parece sacado de las mejores comedias de enredos, de acuerdo con el gusto del siglo XVIII. Resulta que, hallándose el Chevalier de visita en casa de su amiga la condesa de Rochefort, ésta quiso que la acompañara a un baile de máscaras que se daba en Versalles. Como el gentilhombre era imberbe y de una belleza más bien andrógina, ocurriósele a la condesa vestirlo con sus ropas. El resultado fue tan impresionante que engañó al mismísimo Luis XV. Éste, viendo a la dama que acompañaba a la de Rochefort, se prendó de ella y se empeñó en seducirla. Acorralada en una de las antecámaras regias, intentó oponer resistencia al Rey, pero el ímpetu erótico de éste prevaleció y, al vencer a la «dama» tras un prolongado forcejeo, descubrió la superchería. El Chevalier, aterrorizado, se veía ya presa de la regia ira, cuando inopinadamente Luis XV estalló en una sonora carcajada y lo convocó a una audiencia privada en el célebre cabinet noir. El monarca le propuso enviarlo a una misión diplomática secreta, de la cual sólo estarían enterados él mismo, el príncipe Luis Francisco I de Conti y el Chevalier. Esto es lo que se llamó el Secret du Roi, diplomacia paralela a la oficial (llevada por Choiseul, criatura de la amante real Madame de Pompadour), en el cuadro del llamado renversement des alliances que precedió a la Guerra de los Siete Años (1756-1763). Lo especial de la misión consistía en que d’Éon debía adoptar la identidad femenina.

El caballero d´Eon travestido, en un combate de escrima

Se trataba de hacer llegar a manos de Isabel Petrovna, Emperatriz y Autócrata de Todas las Rusias, unas cartas de Luis XV ofreciéndole una alianza más ventajosa que la que la hija de Pedro el Grande tenía con Inglaterra. Todas las embajadas anteriores del Bienamado se habían estrellado contra el muro infranqueable que el todopoderoso ministro Bestucheff-Ryumin, anglófilo convencido, había levantado alrededor de la persona de la Emperatriz. Había, por consiguiente, que abordar a ésta por una vía indirecta e insospechable. El Chevalier d’Éon se convirtió, pues, en Mademoiselle Lia de Beaumont (nombre de su hermana) y partió en ruta para San Petersburgo con el propósito de hacerse asumir como lectora por la Emperatriz. Recibida en la corte imperial, gracias a los buenos oficios del príncipe Vorontzof, partidario de la alianza con Francia y Austria contra la peligrosa ascensión de Prusia, apadrinada por Inglaterra, Mademoiselle de Beaumont se granjeó inmediatamente la simpatía de Isabel Petrovna. Ésta, cuyo olfato sexual era muy agudo y desarrollado, acabó descubriendo la impostura, pero de buen grado recibió las propuestas de Luis XV… y al Chevalier en su lecho. El equívoco de la situación demuestra lo ancha que era la manga de la moral de entonces, no obstante y ser la Emperatriz una mujer cuya religiosidad rayaba en la superstición. Lo cierto de todo esto es que, al volver a Francia, la falsa lectora llevaba consigo, bien camuflado en su corsé, el ansiado tratado franco-ruso. Una vez firmado en Versalles, d’Éon volvió a Rusia, esta vez bajo su identidad masculina, diciendo ser el hermano de Mademoiselle de Beaumont. Isabel lo recibió de buen grado, quedando sellada la nueva amistad con Francia. La ruina del ministro Bestucheff-Ryumin y del partido favorable a Inglaterra y Prusia estaba cantada.

Tan contento quedó Luis XV del desempeño del Chevalier-Demoiselle, que no sólo lo nombró capitán de Dragones, sino que contó con él para otra delicada misión tiempo después: la aproximación a Inglaterra. La Guerra de los Siete Años (1756-1763) estaba siendo desastrosa para Francia, sobre todo por la liquidación de su imperio colonial en el Indostán y en América por obra de los ingleses. D’Éon llegó a la corte de Saint James, donde, aparte de exponer a Jorge III las razones del rey de Francia, se convirtió en amante de la reina Sofía Carlota, nacida princesa de Mecklemburgo-Strelitz. Se ha llegado a creer, dada la coincidencia de fechas, que el primogénito de la real pareja, el príncipe Jorge, futuro Príncipe-Regente, era el fruto de estos amores ilícitos. De hecho, hasta Jorge III llegó a sospecharlo, al sorprender una noche a la Reina con su amante en el lecho. Para salvar la situación, Cockrell, asistente de Sofía Carlota, dijo al Rey que d’Éon era en realidad una mujer. En Londres, a la sazón, el sexo del enviado de Luis XV era materia de controversia y hasta de apuestas. De Versalles llegaba el eco de los rumores que afirmaban que el Chevalier era un hermafrodita. Jorge III escribió, entonces, a Luis XV pidiéndole que le esclareciera la cuestión. La nueva amante de éste, la Condesa du Barry, convenció al Rey de la conveniencia de mentirle a Jorge III, no sólo para salvar la honra de la Reina, sino también las relaciones diplomáticas entre Francia e Inglaterra. Luis respondió a su real primo afirmando tajantemente y «probando» que el Chevalier d’Éon pertenecía, en realidad, al bello sexo. Esto tranquilizó de momento al Hannover, pero no impidió que continuaran las cábalas por cuenta del personaje, quien vivió holgadamente en Londres cambiando continuamente de atuendos y adoptando ora los masculinos, ora los femeninos.

Al morir Luis XV en 1774, la situación de d’Éon cambió radicalmente. Con el Rey moría no sólo su protector, sino el Secret du Roi. Cuando Luis XVI vino a conocimiento de la diplomacia paralela que llevaba su abuelo y de las andanzas del Chevalier, pacato como era, las desaprobó y ordenó liquidar todo el asunto. Pero el Chevalier estaba en posesión de importante documentación de Estado y el nuevo monarca entró en negociaciones, para lo cual envió a Londres al comediógrafo y funcionario Caron de Beaumarchais, que se hizo llamar Monsieur de Ronac. Su misión consistía en arrancar a d’Éon los papeles de Estado a cambio de una pensión y ciertas garantías de salvaguardia de su persona. Parece ser que el Chevalier se mostró exigente y obtuvo no sólo ventajas de orden material, sino incluso una noche de amor con el autor de El barbero de Sevilla. Una de las condiciones impuestas por Luis XVI fue que aquél no abandonara en adelante la identidad ni los ropajes femeninos. Tan inflexible se mostró sobre este punto el soberano que, cuando d’Éon regresó a Francia en 1777 y se presentó en Versalles vistiendo el uniforme de capitán de Dragones, la reina María Antonieta lo envió a su modista Rose Bertin para que le confeccionara todo un ajuar: desde entonces el Chevalier se convirtió en la Chevalière. Durante su estancia en París se presentó ante él la que fuera una amante ocasional suya: Nadiejda, dama de la emperatriz Isabel Petrovna, que había tenido un hijo de él. El niño había muerto en la infancia y ella no tenía adónde ir.

La Chevalière d’Éon volvió a Londres llevando consigo a Nadiejda, con quien se estableció en Inglaterra. Era un espectáculo curioso para los transeúntes ver a dos mujeres paseando por las calles con demostraciones evidentes de una ternura que trascendía el mero amor de hermanas (que era lo que pretendían ser en público). Habiendo estallado la Revolución y no siendo ya Luis XVI rey, el pacto entre éste y d’Éon no era ya válido, pero la Chevalière prefirió seguir apareciendo como mujer por respeto a la reina Sofía-Carlota. Charles-Geneviève-Louis d’Eon de Beaumont, Capitán de Dragones de Su Majestad el Rey Cristianísimo y Chevalière d’Éon, murió en la ciudad del Támesis en 1810, a los 83 años. Después de haber dado pábulo a toda clase de cábalas y de haber vivido por más de treinta y cinco años oficialmente como mujer, vino a descubrirse la verdad, al ser examinado el cadáver y encontrarse que el difunto estaba dotado con los viriles atributos. Al conocer el rey Jorge III —que se hallaba en uno de sus períodos de lucidez— el resultado del examen post mortem del presunto amante de su esposa, tuvo un nuevo ataque de locura, del que ya no se recuperó, tomando definitivamente las riendas del poder el Príncipe de Gales, el Regente, bajo cuyo gobierno lanzaría sus últimos destellos una sociedad alegre, corrupta, desenfadada y tolerante, cuyo rey iba a ser Beau Brummel, el postrer arbiter elegantiarum, favorito del presunto hijo del travestido más célebre de la Historia.

lunes, 12 de julio de 2010

EL HOMBRE TRANQUILO


Considero que soy nervioso. A menudo he admirado a las personas que, en medio del caos y el desorden, de las calamidades y avatares, de las prisas y las presiones..., son capaces de mantener la calma y aplicar sentido común a lo que parecen problemas irresolubles.

Y digo todo esto para dedicarle esta entrada a Vicente Del Bosque. Sí ya sé lo que me van a decir: ¿pero tú no eras del Atleti? Como futbolista y jugador ha estado vinculado toda su carrera al Real Madrid al que dio muchos triunfos. Como entrenador, recuperó los años dorados del Real Madrid: dos nuevas copas de Europa, más ligas. No debería apreciarle, hizo más grande al rival. Pero, ¡qué le vamos a hacer! La coherencia sin fisuras sólo es patrimonio de imbéciles y dogmáticos.

En mis años mozos, cuando escuchaba los partidos en la radio, había un locutor que le llamaba “cámara-lenta-del-bosque”, tal era la extrema tranquilidad de sus movimientos, que compensaba con una gran claridad en la visión del juego y una precisión asombrosa en sus pases.

Un año después de que el Real Madrid lo fichara de entrenador del primer equipo (había estado en categorías inferiores del club y había sustituido provisionalmente a entrenadores despedidos), Pérez llegó de presidente y se dedicó a fichar por cantidades astronómicas a los que se tenía por los mejores jugadores del mundo (Figo, Zinade, Ronaldo...). Eran los galácticos. No le consultaron ni le tuvieron en cuenta pero Vicente del Bosque fue asimilando e incorporando al equipo a aquellas estrellas con la máxima naturalidad, sensatez y sentido común. Tanto divo no parecía producirle ningún problema. Cuando le cesaron de entrenador en el Real Madrid, por la necesidad de "modernizar al equipo", cometieron una grave equivocación. No pareció inmutarse. Se despidió con elegancia. Desfilaron tras él entrenadores más guapos, que sabían idiomas, más jóvenes, extranjeros..., pero el equipo pasó varios años sin ganar un título. Pérez acabó dimitiendo.

En aquellos años yo coincidía con él a la hora del café en un bar de oficinistas, empleados y albañiles, cerca de la plaza de Castilla, al que íbamos cada día. Su modesto coche, su anorak raído, sus compañeros de trabajo..., nadie diría que ahí estaba sentado un gran entrenador que ganaba millones y salía cada semana en la televisión.

En una ocasión, cuando le preguntaron a Fernando Fernán Gómez cómo dirigía a los actores en sus películas, se quedó muy sorprendido y dijo:

“- Yo he sido actor toda la vida y no he necesitado que nadie me dirigiera. Ya me sabía el papel. Por eso yo lo único que hago es decirles a los actores cómo se tienen que poner delante de la cámara para que salgan todos en el encuadre, y cómo tienen que moverse para no tropezar.”

Parece que Del Bosque dirigiera igual a sus equipos. Buenos jugadores y dejarles hacer lo que saben. Como los buenos cocineros: excelente materia prima, poco manipulada. Es uno de los más grandes, pero no tiene el egocentrismo de Mourinho, ni el autoritarismo de Capello, ni la finura de Wenger, ni la meticulosidad de Benítez, ni la sabiduría campechana y un poco bestia de Aragonés. No lo necesita. Se encontró un equipo que funcionaba y ganaba. No lo cambió, sólo lo retocó para mantener su calidad, así de fácil, tan fácil que muy pocos son capaces de hacerlo.

Estos días hemos admirado cómo, a pesar del acoso de los periodistas, mantenía la calma ante las cámaras y medios, hacía lo que le parecía mejor, encajaba las críticas, apenas si se alegraba o lamentaba en el banquillo por los lances del juego, le obedecían sin rechistar los mejores jugadores del mundo, a los que protegía de las críticas, los equipos más grandes le temían... Todo ello con una media sonrisa, mucha paz y una expresión en la cara bondadosa, que parece simplona, pero que oculta una gran sabiduría... Es uno de los entrenadores de fútbol más laureados del mundo, pero sobre todo es el más tranquilo. Pero ¿cómo lo consigue?

Se mantiene unido a su familia. Tiene un hijo con una enfermedad genética al que adora, al que ha dedicado su vida y que le da las mayores alegrías. Ama su trabajo y hacerlo bien. Supongo que sabe como nadie distinguir las cosas importantes de la vida de las que no lo son. Sabe que lo importante es levantarse por la mañana, estar vivo y luchar. Si no entra una pelotita en la portería, impulsada por unos atléticos jóvenes en calzón corto, no pasa nada..., y da igual que todo un país esté pendiente del dichoso balón (¡ese balón de playa!, ¿de dónde lo sacaron?). Si no entra y no puede dar una desesperada e inmensa alegría a millones de compatriotas que ayer sufrimos lo indecible, pues otra vez será. Eso es lo que hizo anoche y durante todas estas semanas: estar tranquilo, hacerlo bien. Gracias por su manera de ver el fútbol, míster. Y, sobre todo, por su manera de ver la vida. ¡Chapeau!

martes, 4 de mayo de 2010

EL COLECCIONISTA ARRODILLADO

He estado leyendo estos días, como ustedes saben, un extraño libro: “La casa de la vida”, de un escritor y catedrático italiano desencantado, Mario Praz (1896-1982). Después de estudiar leyes, marchó becado a Inglaterra, donde comenzó a publicar pequeños ensayos sobre arte y literatura, materia de la que fue profesor en diversas universidades. Amante de la época del primer tercio del siglo XIX fue un compulsivo coleccionista de muebles, cuadros y antigüedades de estilo neoclásico (estilos Imperio, Regency, Biedermeier), pero también de retratos de cera, miniaturas y casas de muñecas, libros curiosos, espejos, recuerdos rusos, bustos de personajes famosos, abanicos y de todo lo que de aquella época podía encontrar, aunque el mismo confiesa que “la figura del coleccionista a la luz de la sicología no sale bien parada, y desde el punto de vista ético hay sin duda en ella algo profundamente egoísta y limitado, mezquino incluso”.

A su vuelta de Inglaterra en 1934, se instaló en Roma, en un apartamento del Palacio Ricci, en la Vía Giulia. Lo fue decorando con toda la plétora de objetos y muebles que a lo largo de su vida fue acumulando. Abominaba de la falsedad del gusto moderno, en la que cunde el plástico, las flores artificiales, los abrigos de pieles sintéticas, los ojos brillantes gracias a las lentillas. Decía que incluso “la palabra «democrático» sirve tanto para los regímenes constitucionales como para los totalitarios, los pintores presentan una tabla acribillada de agujeros o una burda tela con algún grumo de color y los llaman cuadros, y un escultor toma el asiento de un retrete, lo combina con un tubo de estufa y lo llama una estatua”. No, definitivamente, no le gustaba lo moderno, ni las ciudades llenas de coches, sino que fue un apasionado del gusto antiguo: de aquellos colores verdaderos, sinceros, intensos; de los valores antiguos, de la cultura profunda.

Era un minucioso amante de los detalles, un apasionado de las artes decorativas y aplicadas, un ser meticuloso y perfeccionista. Podía llegar a tener un tono reaccionario en su discurso. Confesaba una extrema facilidad “para eliminar la parte desagradable del mundo circundante”. Vivía centrado en sus estudios sobre el arte y la literatura, y en sus colecciones. Pensaba que en esta época habíamos perdido el sentido de lo que es la alegría de vivir y su expresión directa, sin que podamos apreciar la forma espontánea y fácil de manifestarla.
No obstante, en esta obra nos ha dejado una autobiografía bellísima –el libro más aburrido de todos los tiempos, según algunos–, en la que va describiendo su casa y los innumerables objetos que hay en cada pieza: el vestíbulo, el pasillo, el salón, el boudoir, el dormitorio, la biblioteca...Y a la vez que, erudito, nos muestra las claves de su pasión, va recordando su vida, las circunstancias en las que consiguió sus antigüedades, lo que le pasó en cada época de su existencia, los recuerdos que le traen las diferentes estancias y muebles.
Así, fragmentariamente, vamos conociendo, desde las reminiscencias de su vejez, sus amores y amigos, cómo casó con una inglesa con la que tuvo una hija, sobre su matrimonio poco feliz, que duró cinco años, y de cómo, a lo largo de su vida, obsesionado por su manía, se sumergió entre sus colecciones, sublimando en soledad las cosas que le rodeaban, llenas de belleza, de recuerdos y correspondencias culturales. “La casa es un bosque como el de la Bella Durmiente; como un salón iluminado y desierto, cuyas puertas se abrirán de un momento a otro para el baile, como una iglesia iluminada y solemne, en la que, al compás del órgano, dentro de poco avanzará la procesión desde la sacristía, así una sensación de espera, hecha de ansiedad y de júbilo, palpita en el aire de esta casa que, como confiesan todos sus visitantes, si en ciertos aspectos parece un museo, es sin embargo un museo vivo, no una acumulación exánime de objetos”. No en vano, pensaba que“las cosas se convierten en algo más que cosas, las personas a veces se convierten un poco en cosas”. Los seres que le quisieron, probablemente hartos de ser vistos como algo menos que cosas, le dejaron sólo en aquella casa.
Son especialmente bellos algunos pasajes, como aquellos en que nos habla de las casas de muñecas, de las miniaturas o de las casas de hielo; el comentario sobre un mueble donde guardaba su antigua correspondencia, se convierte, al hilo de las cartas olvidadas, en un repaso de sus relaciones con los muchos intelectuales que conoció, en Italia y en Inglaterra.

Una de sus pasiones fueron las pinturas llamadas conversation pieces o retratos de familia o de grupo del siglo XIX, del que tenía innumerables ejemplos, que servían para fijar la imagen complacida de la familia burguesa y acomodada, hasta que llegó la fotografía y desaparecieron los pintores que se dedicaban a esta clase de trabajo.

Precisamente así, Gruppo de famiglia in un interno (Conversation piece), se denominó la película que su amigo Luchino Visconti dirigió inspirándose en él. Un viejo profesor, sosias de Mario Praz (Burt Lacaster), que vive en un palacio lleno de antigüedades ve trastornada su tranquila existencia por la llegada de unos nuevos vecinos: una familia de vida tormentosa. En España se llamó “Confidencias”. Podéis ver una secuencia de la película pinchando aquí.
Mario Praz al final tuvo que mudarse de su casa en 1969, y volvió a instalar sus cosas en otro apartamento en el que consiguió acoplar sus cosas, en el edificio del Museo Napoleónico de Roma, y que hoy es sede del Museo de Mario Praz.

Todavía allí se puede contemplar una estatua de Amor, aquella de la que nos contó al principio del libro que un día sorprendió a una criada besándola. Al final la estatua le recuerda al viejo escritor, a aquel personaje que en su juventud pisoteaba las flechas de Amor y estudiaba asiduamente, y en la vejez sucumbe a las mismas flechas que un día despreció e intentaba besar a una mujer joven. “Pero los dioses no son amigos de la vejez... A quien entra por la puerta principal del nuevo apartamento se le presenta al fondo de la galería la estatua de Amor arrodillado, que con la mano derecha hace ademán de extraer una flecha del carcaj: a los pies tiene el arco.”
Muchas ganancias he obtenido leyendo este gustoso libro: los momentos de placer que me ha deparado, las referencias a libros y obras de arte que quiero frecuentar y de las que he tomado nota, o las ganas de volver a Roma para ver su museo. Pero sobre todo me quedo con una reflexión: que la cultura es algo maravilloso para vivir, siempre que no se olvide uno de que lo importante es eso vivir, y que cada día hay que levantar la cabeza de los libros y papeles, de las cosas y los objetos, y dedicarse a las personas, que es lo único que realmente merece la pena, aunque algunas nos hagan dudar de ello de vez en cuando.

viernes, 5 de febrero de 2010

MUJERES PIRATAS














Acabo de terminar hace unos días la novela “A bordo de La Estrella Matutina”, librito de piratas en busca de un tesoro, que escribió Pierre Mac Orlan hace ya 76 años. Los personajes que van apareciendo en la novela, además de participar en la trama, van contando a su vez, sus propias historias. En una de ellas, uno de esos “caballeros de fortuna” cuenta, para su vergüenza, como fue asaltado y burlado por Mary Read. Esa mujer fue una de las mujeres piratas más famosas de la historia. Vivió sus aventuras en el Caribe, incluso se batió en duelo con un matón por haber injuriado a su amante, cuando aún no era capitana. Tuvo una compañera Anne Bonny; ambas navegaron con el famoso pirata John Rackman (el colico); ésta última, que fue su amante, le dijo cuando les estaban ajusticiando a los tres: “Si te hubieras batido como un hombre, no te ahorcarían como a un perro”.
Pero no fueron las únicas mujeres piratas que existieron. La historia cuenta que existió una pirata china, la viuda Ching Shih, que anduvo haciendo fechorías por los mares de Asia en loa siglos XVIII y XIX, pero que finalmente obtuvo el perdón. También hay noticias de la Goda Alwilda, de la escandinava Sigrid la Soberbia, la celta Ingela Gathenheim, o Grace O´Malley, entre otras muchas. Todas ellas no dudaron en empuñar espada o pistolón, y batirse el cobre por los mares. Y lo hacían empujadas por sus propias desgracias, para poder sobrevivir en un mundo cruel y violento, en busca de riquezas. Eran aguerridas y luchadoras, se sobrepusieron a las desgracias de sus vidas y se adaptaron a ese mundo violento y masculino de la piratería, como amantes de otros piratas o al frente de una cuadrilla de pendencieros y desesperados. Todos sabían que su destino era perseguir botines en los mares o la horca. Muchas acabaron ajusticiadas, como Mary Read.
Hollywood dedicó una divertida película a esta mujer pirata, en la que recreaba de manera libérrima su vida. La película se llamó "La isla de las cabezas cortadas" (cutthroat island), y estuvo protagonizada por Geena Davis.
Los amantes de los libros podríamos dedicar toda una vida a la piratería y formar una inmensa biblioteca (por si alguien quiere iniciarse, la editorial Renacimiento, de Sevilla, tiene una colección dedicada al tema con obras todas ellas recomendables). Los libros sobre piratas que tengo en mi casa no son muchos pero sí enjundiosos; están llenos de aventuras, emociones y romanticismo. Responden a la necesidad humana de narraciones sobre países desconocidos, islas misteriosas, aventuras libertarias, asesinos con causa, delincuentes justicieros, e historias así. Podemos citar “La Isla del Tesoro” de R.L. Stevenson, el “Robinson Crusoe” de Daniel Defoe, los relatos de J. L. Borges en la “Historia Universal de la Infamia”, las “Vidas Imaginarias” de Marcel Schowb, o las novelas de Pío Baroja que componen la serie sobre La Mar. También al viejo MacOrlan, que escribió historias con las que también hicieron películas, y a quien una editorial de Bilbao está rescatando del olvido.
Lo que más llama la atención es que la literatura de piratas evoca un mundo irremisiblemente perdido y pasado, en el que primaba la libertad de los mares y la lucha cruel. Los mismos libros de historia, como la “Historia de la Piratería” de Goose, hablan del fin de la piratería. Personalmente creo que los historiadores se han precipitado, y que no se puede escribir todavía el último capítulo de esa historia.
En realidad nunca se acabó totalmente con la piratería, aunque ésta fue cambiando de forma con los tiempos. Y aunque muchos la han querido ignorar durante decenios, todavía hoy seguimos con el problema a cuestas. Los mares, es verdad, ha tiempo que dejaron de ser libres. Los estados acabaron con los negocios de la piratería, como la trata de esclavos, los abordajes en alta mar o las islas del Caribe infestadas de piratas, y decidieron controlar directamente tales “asuntos”. En primer lugar dominaron las costas, más tarde los mares. Luego extendieron la zona de las 200 millas, controlaron las explotaciones de petróleo y las riquezas del subsuelo marino, finalizaron las guerras navales que habían facilitado la aparición de corsarios, pues eran poco prácticas con el desarrollo de la aviación. Los avances tecnológicos (como los radares, barcos modernos, satélites, etc...) y los intereses de las multinacionales..., siguieron poniendo coto a muchas formas de piratería. Todo eso es verdad, pero la delincuencia no sólo es de secano y le gusta navegar, y los piratas siguieron campando por sus fueros marinos, dedicados al tráfico de droga, al contrabando, a asaltar barcos de recreo, o transportar ilegalmente, y en condiciones inhumanas, inmigrantes de países pobres a las costas del paraíso occidental, etc.
Nunca se terminó de poner puertas al campo, ni esclusas al océano; pero aquellos piratas residuales no afectaban a los gobiernos ni a los poderosos. Pero ahora, en algunas costas, como las de Somalia o Malasia, algo ha cambiado. Son países descompuestos por las guerras civiles, la miseria, la desigualdad, el hambre y la violencia. Sus asesinos y ladrones se lanzan al mar buscándose la vida para asaltar buques, hartos de verlos pasar llenos de riquezas. Nada tienen que perder, pues su suerte no puede ir a peor. Hoy amenazan intereses de los países occidentales y poderosos: compañías multinacionales de petróleo, empresas pesqueras, fletes de transporte... Y entonces, como por casualidad los periódicos vuelven a ocuparse del tema. Mientras los piratas se conformaban con objetivos menores no eran noticia, ahora sí.
Al igual que en otras épocas de la historia, esos piratas tienen el respaldo de señores ocultos, bien resguardados por la respetabilidad y el derecho (¿?) internacional, que se lucran con su violencia: les financian, les suministran las armas y embarcaciones, les negocian los rescates y cobran sus comisiones, sin arriesgar el físico.
Y otra vez los periódicos nos cuentan alarmados los horrores de sus asaltos y abordajes, el peligro de sus violaciones y secuestros, la codicia y el salvajismo de esos asesinatos. Exigen indignados soluciones a los gobiernos. Esta vez los cronistas de la piratería actual no cubren esas aventuras con el velo romántico con que la literatura embelleció aquel fenómeno que creíamos perdido.
Ya no hay tesoros escondidos, ni islas flotantes, ni barcos fantasmas, ni monstruos marinos que viven en la profundidad de las aguas, ni sirenas cantoras, ni náufragos que rescatar, ni peligrosas posadas llenas de bucaneros siniestros. No, tampoco en los mares de hogaño navegan las mujeres piratas de antaño. Ahora las mujeres desgraciadas no tienen espada ni pistola, ni barco en el que escapar. No hay leyenda de ninguna mujer pirata que las reivindique y que las haga soñar con defenderse un día de este mundo horrible. Y así siguen muchas: sufriendo calamidades y aguantando a hombres despiadados e insensibles, que las tienen sometidas, bajo la desigualdad e injusticia de una sociedad machista. Algunas se rebelan y se suben, si no a un barco, a un coche, como “Thelma y Louise” (otra vez Geena Davis; ¿querías decirnos algo, Geena?) y escapan de su puerto, y surcan carreteras a falta de mares. Tampoco les importa ser perseguidas y morir ajusticiadas.

jueves, 21 de enero de 2010

SAN SEBASTIÁN

Me llega una carta de mi amiga Regenta, que vive en el valle del Tiétar (Ávila). Me recuerda que estos días pasados se ha celebrado en diversas localidades de aquella tierra la festividad de San Sebastián. Destaca entre todas las que celebran en Poyales del Hoyo. Es uno de los pueblos más pequeños del valle, rodeado de arroyos de aguas transparentes y una naturaleza, que llaman virgen, y que a mí, acostumbrado al humo y al ruido, me parecería incómoda a poco que permaneciera a la intemperie, expuesto al frío o al calor, a la lluvia o al sol, a los mosquitos, a los cardos o al viento serrano: quizá fuera sólo capaz de disfrutar de la belleza de las estaciones suaves, el otoño y la primavera, y no en grades dosis. Me manda, decía, el Almanaque de la fiesta que editaron allá por 2003, lleno de coplas, versos y textos que celebran la fiesta, recuerdan al santo y disertan sobre su imagen, además de diversas curiosidades locales. Lo más sonado de la fiesta es un auto sacramental en el que, hacen descender a un San Sebastián de carne y hueso, del campanario de la iglesia y tras representar su martirio lo exhiben en procesión y en paños menores, por las calles del pueblo.
Ustedes saben que la historia de San Sebastián, como la de tantos otros santos, nos la contó Santiago de la Vorágine, en la “Leyenda Dorada”, allá por el siglo XIII. Sebastián era oriundo de Narbona y estaba avecindado en Milán, que ambas localidades todavía se disputan el origen del santo. Fue un general del imperio romano durante el mandato de los emperadores Diocleciano y Maximiano, que lo distinguieron con su amistad y, tal era la confianza que le tenían, lo pusieron al frente de la primera cohorte que daba escolta a los emperadores, la llamada guardia pretoriana. Estos emperadores pasaron a la historia como grandes perseguidores y matachines de cristianos. A la sazón, Sebastián lo era muy devoto y creyente. Se alistó en la milicia buscando únicamente confortar a los cristianos, expuestos a desfallecer en su fe en medio de las persecuciones a los que se veían sometidos. Descubierto al fin, después de muchas prédicas y milagros, el prefecto lo denunció al emperador Diocleciano, que le llamó a su presencia.
“-¡De modo que te has aprovechado del alto puesto que ocupabas en mi corte y de los honores que te he otorgado, y de la deferencia con que siempre te traté, para trabajar clandestinamente contra mí y contra los dioses del Imperio!
-Eso no es cierto, -replicó Sebastián. –Es verdad que soy cristiano y que adoro al Dios verdadero, pero siempre he deseado y procurado para ti y para el Imperio lo mejor.
De nada sirvieron los razonamientos del acusado. El emperador mandó que lo sacaran al campo, que lo ataran a un árbol y que un pelotón de soldados dispararan sus arcos contra él y lo mataran a flechazos. Los encargados de cumplir esta orden se ensañaron con el santo, clavando en su cuerpo tal cantidad de dardos que lo dejaron convertido en una especie de erizo, y, creyendo que ya había muerto, se marcharon. Pero Sebastián, pese a la gravedad del tormento a que fue sometido, no llegó a fallecer, después de que los soldados se ausentaron, alguien lo desató del árbol y lo liberó.”
Volvió a predicar y a ser apresado por Diocleciano, que ordenó que lo volvieran a torturar hasta la muerte y, esta vez sí, murió y fue arrojado a una cloaca, de donde fue sacado por los fieles, con la intercesión de Santa Lucía, y enterrado junto con los Apóstoles.

Actualmente, San Sebastián es muy conocido por el interés con que numerosos artistas a lo largo de la historia lo han utilizado como motivo de sus cuadros, pues fue el único caso en que la Iglesia toleró que se pintaran hombres desnudos. Nunca le he visto en ningún cuadro ensartado como un erizo o puercoespín, sino que desfallece atado a una columna o un árbol sufriendo las heridas de algunas fechas esparcidas por su cuerpo, al igual que la imagen, también sumamente erótica, del martirio de Santa Teresa de Bernini. Esa actitud de dolor sublime, ese cuerpo musculoso herido y ensangrentado, las posturas con que suele ser representado, que realzan el atractivo del cuerpo humano, lo han convertido, si no lo fue desde el principio, en un icono homosexual.
Hoy se pueden ver varios San Sebastián en la exposición, “Las lágrimas de Eros”, que siguiendo la estela de George Bataille, ha expuesto en Madrid la Fundación Thyssen. Pero son cientos, por no decir miles, las representaciones del santo que hay esparcidas por toda la cristiandad, colecciones, museos, iglesias, ermitas y demás lugares santos o profanos.
A mí personalmente siempre me ha atraído la fotografía que le hicieron al escritor, japonés y suicida, Yukio Mishima, que en una ocasión se hizo retratar disfrazado del santo. Su homosexualidad se ve claramente en toda su obra y en, especial, en “Confesiones de una máscara”, novela en la que cuenta el descubrimiento de su atracción homosexual ante una ilustración de San Sebastián, de Guido Reni, en un libro de arte, estremecido de pagano goce.

Y viendo las imágenes de las fiestas de Poyales y el gentío que acude al Auto sacramental, yo me pregunto –y que nadie se ofenda por mi prosa pagana–, si su éxito se debe al fervor a su santo patrón, a las ganas de celebrar que tienen sus habitantes, o a una oculta atracción para contemplar el cuerpo casi desnudo del joven que representa al santo. De todo habrá, imagino yo, en la viña del señor, y en las villas del Tiétar, y con los más diversos propósitos acudirán unos y otros. Por mi parte, este año no he podido asistir al Auto Sacramental debido a mis tribulaciones, pero del próximo año no pasa, allí estaré -es curiosidad lo que me atrae- y les contaré lo que allí vea, oiga y sienta. Luego dejaré aquel paraíso campestre y aldeano, y me volveré, en coche y feliz, a los horrores de la ciudad.