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jueves, 8 de diciembre de 2011

ALL THE WORLD IS GREEN


I fell into the ocean
When you became my wife
I risked it all aganist the sea
To have a better life.
Marie you're the wild blue sky
And men do foolish things
You turn kings into beggars
And beggars into kings.
Pretend that you owe me nothing
And all the world is green
We can bring back the old days again
And all the world is green.
The fase forgives the mirror
The worm forgives the plow
The questions begs the answer
Can you forgive me somehow?
Maybe when our story's over
We'll go where it's always spring
The band is playing our song again
And all the world is green.
Pretend that you owe me nothing
And all the world is green
We can bring back the old days again
And all the world is green.
The moon is yellow silver
Oh the things that summer brings!
It's a love you'd kill for
And all the world is green.
He is balancing a diamond
On a blade of grass
The dew will settle on our grave(s)
When all the world is green.
Tom Waits

jueves, 28 de julio de 2011

LA CAIDA DE LOS DIOSES

Lina Cavalieri
Como ustedes saben, estos días están retransmitiendo en Radio Nacional de España las óperas de Wagner que se están representando en el mundialmente conocido festival de Bayreuth. No voy a hablar hoy de ese selecto club cultural de los wagnerianos, que lleva más de 150 años en pleno auge, quizá otro día. Hoy ha llamado mi atención lo frecuente que es que silben y pateen la actuación de los cantantes de ópera, cuando no responden a sus exigencias. Y pienso que tras el enorme éxito que algunos cantantes de ópera pueden llegar a alcanzar, que incluso les apodan divinos, viene su caída, irremisiblemente condenados al olvido, por grande que haya sido su gloria. ¿Dónde están las divas y divos de antaño?, diría el poeta.

Revolviendo libros, topo con una biografía de Lina Cavalieri, la italiana, que a fines del siglo pasado, era llamada la mujer más hermosa del mundo. Mi abuela tenía un disco suyo. Yo lo escuchaba en el gramófono que tenía en su casa de campo, a pesar del terrible ruido de fondo que hacía la aguja con su arado sobre el grueso disco.

Había nacido e 1874, y vivió hasta 1944. D´Annunzio la había llamado “la testimonianza di Venere in terra”, el testimonio de Venus en la tierra... Había nacido en un pobre barrio de Roma, de gente muy humilde. Debutó a los veinte años en las varietés, aunque ella sostuvo siempre que lo había hecho a los catorce, bambina ingenua y tímida... La avispa era entonces el ideal de belleza, y Lina era la avispa. Tuvo grandes éxitos. Cantó en Roma y en Nápoles, y en París, en las Folies Bergerres. Fue un triunfo colosal.

Perfeccionó su voz y dio lecciones de canto. Apareció en Lisboa, vestida literalmente de joyas, cantando ópera, Los Payasos. Fue silbada por las señoras portuguesas y aplaudida por sus maridos. D´Annunzio  dijo: “Lina, una resonancia tienes en la voz que me consuela y me contrista, como en octubre, cuando, con los rebaños, se camina a la orilla del mar...” Pese a los silbidos en Lisboa cantó en Italia. Visitó Berlín, donde fue muy apreciada; para muchos cantaba mal, pero interpretó con muchísimo éxito un amplio repertorio de óperas desde la ópera de Monte Carlo al Metropolitan Opera House de Nueva York, y actuó con los mejores tenores de su época, sin que faltara Enrico Caruso.

Los primeros dentífricos se anunciaron con su sonrisa, que dejaban ver los entreabiertos labios, los finísimos dientes. Estuvo a punto de ser raptada por un Majarajá indio, y al fin, abandonando banqueros y marqueses de Francia, se casó en San Peterburgo con el príncipe Alejandro Bariatinsky, el hombre más rico de Rusia en su tiempo. Pero se aburría en la corte de Rusia, y del asedio de los grandes duques. Pidió el divorcio, alegando motivos religiosos, y se lo concedieron en San Petersburgo sin dificultad alguna.

La gente se apiñaba para verla pasar al galope, en su caballo blanco. El propio Guillermo II la saludaba militarmente. Se casó, entonces, con el multimillonario americano Canler, que le regaló tres casas palacio en Nueva York. El matrimonio duró una semana, Lina abandonó su Bob y regresó a París con más joyas. Cuando se retiró de la escena, abrió una casa de belleza en París. También interpretó varias películas mudas.

Lina tuvo muchos amores y cuatro maridos, pero un día envejeció. Y regresó a Italia, a Florencia, una ciudad en la que se puede envejecer y esperar la muerte. Lina andaba siempre con un maletín: llevaba en él sus joyas. Vino la guerra del 39, la rendición de Italia. Los aliados bombardeaban Florencia. Un día, al anunciarse un bombardeo, Lina, buscando el refugio más próximo, se dio cuenta de que salía sin su maletín: volvió por él y una bomba la mató, justamente cuando abrazaba su famoso maletín de piel de Rusia con las joyas y el dinero... Tenía los ojos celestes, dulces, serenos, “ojos de niña”, dijo D´Annunzio; “de niña abandonada en una estación de ferrocarril”, dijo Cocteau...

Gina Lollobrigida la encarnó en la película de 1955, La mujer más bella del mundo. Fue bella, elegante, famosa, pero inútilmente. Hoy ya nadie la recuerda. Maldades que tiene el tiempo.

sábado, 26 de marzo de 2011

LOS AZARES DE LA MUERTE

El pasado día 24 de marzo se conmemoraba, en realidad aquí nadie conmemoró nada, el aniversario de la muerte del músico catalán Enrique Granados (1867-1916).

A raíz del éxito de la suite pianística Goyescas, la Ópera de París encargó a Granados una ópera. El compositor planteó la adaptación del material pianístico de Goyescas en obra lírica y se trasladó a una casa que el musicólogo Kurt Schindler le prestó en Suiza, donde terminó el trabajo. El estallido de la Primera Guerra Mundial desbarató el proyecto del estreno parisino, y el Metropolitan Opera House de Nueva York se ofreció para la primicia. Allí coincidiría con Pablo Casals, quien ensayó la obra con la orquesta. Enrique Granados estaba nervioso, porque había tenido toda su vida una gran aversión a los viajes por mar. Poco antes de embarcar comentó bromeando: “En este viaje dejaré los huesos”. Finalmente Enrique y Amparo, su mujer, se embarcaron. En una carta escrita a sus hijos durante la travesía y despachada en Nueva York, dice: “…debíamos estar navegando diez días y hemos estado quince. Unas cuántas horas de calma y el resto un temporal que no se acababa nunca. Creíamos que no os volveríamos a ver. Una tarde, vuestra madre y yo, nos abrazamos y rezamos para que Dios os guiara…”

En Nueva York comenzó enseguida una actividad frenética de preparativos, contactos y ensayos con la orquesta. Tal y como se había planeado, Pablo Casals ya había conducido los ensayos principales, y Granados y el famoso violonchelista ofrecieron un concierto en la “Friends of Music Society” antes del estreno de Goyescas unos días más tarde. Además, Granados grabó algunos rollos de pianola y tuvo una intensa vida social, ya que la sociedad neoyorquina consideraba como un verdadero lujo contar en la ciudad con un artista europeo del renombre de Granados, de manera que era invitado constantemente a cócteles y recepciones.

El estreno tuvo lugar finalmente el 26 de enero de 1916. El éxito fue apoteósico, y la duración de las ovaciones histórica. Granados escribió a un amigo: “Por fin he visto realizados mis sueños (...) Toda mi alegría actual la siento más por todo lo que tiene que venir que por lo que he hecho hasta ahora”. La popularidad de Granados subió hasta las nubes. Incluso el Presidente Wilson le invitó a la Casa Blanca. Este homenaje tendría, como veremos, consecuencias funestas para el matrimonio Granados. Para poder asistir a la recepción de la Casa Blanca, Granados tuvo que cambiar la fecha de regreso a España. Como consecuencia, tuvo que hacer un transbordo en Inglaterra. Al día siguiente el Embajador de España ofreció un almuerzo en su honor durante el cual le hizo ver el peligro de embarcarse en una nave de un país beligerante, por más civil que esta fuese. Granados se alarmó hasta el punto que intentó cambiar los pasajes, pero ya no había tiempo y su impaciencia por regresar a casa le llevó a persistir en la ruta mencionada.

Los Granados se embarcaron en el Puerto de Nueva York el 11 de Marzo de 1916. La despedida en el muelle fue muy emotiva, acudiendo muchos amigos. Le fue entregada una copa de plata conmemorando el estreno de Goyescas en Nueva York, firmada por todos los artífices del acontecimiento y con más de cuatro mil dólares en su interior. Tras una breve escala en Inglaterra, el 24 de Marzo a las 13:15h se embarcaron en el vapor Sussex. Hacia las 14:30 el Sussex fue detectado por el submarino de guerra alemán UB-29, que aparentemente lo confundió con un barco minador y hacia las 14:50 lanzó un torpedo que impactó en el medio del casco, partiendo al Sussex por la mitad. La proa del Sussex se hundió enseguida, mientras que la popa quedó a la deriva y fue remolcada posteriormente hasta el puerto de Boulogne. El camarote de los Granados se hallaba en la popa, y en él fueron encontrados sus equipajes y muchos objetos personales, pero es claro que en el momento del impacto el matrimonio se encontraba en otra parte del barco. Enrique Granados se lanzó al agua y fue izado al poco a bordo de una de las lanchas de salvamento, pero al ver poco después a su esposa debatiéndose entre las olas, se lanzó a rescatarla, siendo engullidos los dos por el mar. No sabía nadar. Su muerte fue tan romántica como su música.

En la catástrofe del Sussex perdieron la vida otras ochenta personas. Se sucedieron muchos homenajes a Granados después de su muerte, siendo posiblemente el más emotivo el organizado por Pablo Casals en el Metropolitan de Nueva York, en el mismo escenario en el que poco tiempo antes habían estrenado juntos Goyescas. Con toda la audiencia en pie, se interpretó la Marcha Fúnebre de Chopin, con las luces del teatro apagadas y el escenario iluminado únicamente por un candelabro colocado encima del piano. La muerte sorprendió a Granados poco antes de cumplir 49 años. Sin duda, le llevaba acechando durante meses, pues tuvo que recurrir a aquel cúmulo de casualidades para hacer su labor.

Por ironías del destino, el hijo de Granados, también de nombre Enrique Granados, fue campeón de España de natación de 100 metros libres en 1923, y nadó por primera vez en España en estilo crawl. Su mujer también ganó campeonatos de natación, y sus hijos, Enrique y Jordi - nietos del compositor - fueron también campeones de natación en las modalidades de fondo y medio fondo. Yo les dejo con un poco de su música.

sábado, 11 de diciembre de 2010

viernes, 19 de noviembre de 2010

¡OH, LA ÓPERA!

Algunas personas sufren aversión a la ópera. Sólo acuden a los teatros donde se representan esos dramas musicales, cuando no han podido evitarlo, y sólo para confirmar una vez más que, para ellos, son el colmo del aburrimiento y del mal gusto. Y me refiero a personas cultas, amantes de la música, y que disfrutan de ella tranquilamente en casa escuchando discos. Mejor sería decir que “todavía” disfrutan de ellos antes de que terminen de desaparecer.

Al escuchar los discos, los melómanos hacen de la música un objeto de su propiedad, utilizándolo como les viene en gana, sin tener que aguantar las restricciones, incomodidades e impertinencias de la ejecución musical en un teatro de ópera o de una sala de conciertos: hay que ser puntualísimos, los asientos son incómodos, no se puede hablar, ni comer, ni beber, ni toser, ni parar la música, ni saltarse los fragmentos aburridos. Si aún en esas condiciones algo les gusta, solo pueden comentarlo o aplaudir al final, cuando el entusiasmo ya ha pasado. Entonces todos se ven obligados a aplaudir durante largos minutos, hasta que le escuecen a uno las manos. Si hablamos de música pop o rock, hay que aguantar violentos baños de multitudes sudorosas, esfuerzo que requiere ser muy joven, pues sólo a edad temprana se tiene el exceso de salud física y el defecto de salud mental necesarios para soportar semejante suplicio.

Ellos piensan que con los discos, igual que con muchas conservas o con el vino, se obtienen productos muy superiores a los naturales, pues gracias a la posibilidad de montar los fragmentos correctos, en el disco se eliminan los errores del intérprete. Intérprete que suele ser mejor que aquel al que solemos poder contemplar en directo. La calidad del sonido es un inconveniente que la tecnología ha mucho tiempo que superó.

Si de deleitarse con la música se trata, ellos se preguntan: ¿qué placer puede compararse al de escuchar el fragmento preferido, tumbado en el lecho, acariciando con una mano el pecho de la amada y con una buena copa en la otra? [Perdonden, me gustan las mujeres, a quienes les gusten los hombres que toquen donde quieran].

Estas ventajas son de carácter social. Pero es que ellos encuentran también razones de orden estético para preferir el disco. Consideran que el intérprete de un drama musical es un mal actor que con su actuación no hace sino empañar una audición que encomendada a gestos y palabras pierde buena parte del poder que tiene la música para transmitir sensaciones. La música en presencia del intérprete es algo parecido a la pintura en presencia del guía del museo, del que se puede prescindir, es cierto, pero a costa de un esfuerzo supletorio para evitar sus molestias.

Piensan que es en la ópera donde el colmo del esperpento puede llegar a un grado sumo. Y es ahí donde el disco presta su mejor función: conserva la interpretación y suprime al intérprete, el montaje, el escenario o, en una palabra, el drama musical. Si el intérprete es un mal actor –afirman–, el de ópera suele ser grotesco; sus gestos banales y grandilocuentes nunca se acuerdan de la sutilidad de la melodía, les gustaría que sólo moviera los miembros que requiere el instrumento. Pero no, el intérprete no puede evitar transmitir con el gesto la experiencia por la que está pasando su alma. Y ese gesto, siempre, siempre, es desafortunado. ¿Qué no tiene que hacer la música para superar el deplorable efecto inicial de una Isolde de 120 kilogramos con una túnica blanca y largas trenzas de oro hilado, o de un Pizarro de bayeta, rodeados de cartón piedra, yelmos de latón y un pueblo que corea y al unísono alza sus brazos para celebrar el triunfo de la inocencia?

De los libretos no quieren ni hablar, pues sus textos les suelen parecer muy mediocres y, cuando no es así, su servidumbre al poder de la música, acometida en tan atroz espectáculo, les parecen meros pretextos para alargar el drama. Por que sí, porque, además de todo eso, la mayoría de las óperas se les hacen larguísimas, interminablemente aburridas. Los que no les gusta la opera se preguntan: ¿existe algún artículo de la tan cacareada cultura artística europea que de peor manera responda a su fama como la ópera?

Hay personas que así piensan, con el escritor Juan Benet a la cabeza, que escribió estas reflexiones en su ensayo titulado La moviola de Eurípides.

Yo por mi parte todavía recuerdo con horror mi iniciación a tan difícil arte cuando tenía diecinueve años: Un Lohengrin interminable y una Montserrat Caballé esperpéntica bailando la danza de los siete velos en Salomé. Para que vean que no exagero, ahí les dejo con el vídeo del baile, que debería haber sido sensual y excitante, pero en el que "cometen" una interpretación de código penal, a pesar del texto de Oscar Wilde y de la música de Richard Strauss.


No soy gran aficionado a asistir a la ópera, pero he disfrutado mucho casi siempre que he ido. Conseguí superar el trauma inicial. Inténtelo, igual a ustedes les da resultado. Si no, no tenga complejos en reconocerlo. Consigan el disco o lo que lo sustituya, y escuche la ópera tranquilamente. Si aún así no lo consiguen, siempre pueden reírse pasando Una noche en la ópera.

jueves, 12 de agosto de 2010

DIVAS DEL JAZZ

Nacieron con el mismo jazz. Llevaron vidas novelescas y trágicas. Todas visitaron el infierno. Casi todas fueron negras y pobres. Todas fueron artistas inmensas y cuando las escuchamos, su voces todavían ponen los pelos de punta. Estos días de verano, en que viajo de un lado para otro, he llenado el tocadiscos del coche con sus discos, y no paro de escucharlas. Fueron vidas de tragedia, al borde del abismo, formaron parte del tópico truculento que rodeó el jazz del pasado siglo. Altibajos tan extremos que sólo Shakespeare o Dickens se hubieran atrevido a imaginar. Parece como si todas tuvieran que sufrir pobreza, discrimación, prostitución, alcoholismo, drogadicción, prisión, persecución, soledad y desgracia para poder cantar esa música maravillosa.

Anita O´Day (1919-2006) llevó una vida trágica plagada de arrestos policiales, estancias en la cárcel, largos periodos de alcoholismo, adicción a la heroína y años en hospitales; bajadas al infierno que se alternaban sin solución de continuidad con felices retornos a la vida, en los que llegó a tocar el cielo. Inició su carrera cantando en maratones de danza a los catorce años, por lo que fue detenida al ser menor de edad. Fue chica de coro y camarera. Su cultura musical la adquirió escuchando discos y la radio. Cantó con los grandes del Jazz como Benny Goodman, Fats Waller o Count Basie, aunque rompió la imagen de florero decorativo que tenían las cantantes en esas orquestas. Su afición a las drogas la llevó a la cárcel a finales de los años 40. El alcohol amenazó con quebrantar su salud física y mental. En 1967 una sobredosis de horoína estuvo a punto de acabar con su vida. Tres años después, estaba de nuevo en escena. En 1983 publicó su autobiografía titulada High times, hard times (Buenos tiempos, tiempos duros). Poco antes de su muerte, grabó su último disco Indestructible. ¡Cuánta razón tenía!
Ella Fitzgerald (1917-1996). Abandonada por su padre, que era ferroviario, y muerta su madre, que era lavandera, en un accidente de tráfico en 1932, vivió un tiempo con su padrastro y luego con su tía, en medio de la pobreza. Tales comienzos provocaron su absentismo familiar y escolar y numerosos encuentros con la policía, hasta que acabó en un reformatorio. A los dieciséis años ganó un concurso de Jazz (el premio eran 10 dólares), y algunos músicos se fijaron en ella. Su primera actuación fue en el Savoy Ballromm, llamado el Hogar de los Pies Felices, donde acudían los negros de New York, y empezaron sus éxitos y su fama. Fue bautizada como la Primera Dama de la Canción. Se casó con un condenado por tráfico y consumo de drogas. Murió el director de su orquesta, de la que ella se hizo cargo, pero acabó disolviendo la formación totalmente agotada. Volvió a casarse. Emprendió una carrera más vanguardista en clubs de Jazz, con una pequeña formación, improvisando maravillosamente en las jam sesions, aunque su compañía discográfica la tenía encasilla en un repertorio más tradicional. Su éxito le llevó a grabar y a actuar con los más grandes: Frank Sinatra, Duke Ellington, Louis Amstrong, Basie, Granz. Pero tales éxitos no impidieron seguir con su vida personal azarosa y atribulada y llegó a comprometerse con un tal Larsen, joven sueco que fue condenado en su país a trabajos forzados. En sus años de decadencia, se rompió un pie durante una actuación, lo que le obligó a cantar sentada, y la diabetes que padecía la dejó ciega en 1991. En 1993, tuvieron que amputarle ambas piernas. Profundamente deprimida, desapareció de la escena y ya no se volvió a saber de ella hasta que murió a los 79 años.
Dinah Washinton (1924-1963), tuvo una fulgurante carrera artística, que empezó como cantante de godspel, pero su existencia nunca fue un remanso de paz, pues siempre siguió con una vida cada vez más tumultuosa y salvaje. Casada siete veces y divorciada seis, mantuvo amores extraconyugales con varios hombres, entre otros, con Quincy Jones. Entre sus allegados era conocida por sus exigencias fuera de medida y sus caprichos sin fin. Se sabe que dilapidó su fortuna comprando sin mesura cuanto se le antojaba y, muy especialmente, automóviles de primeras marcas, abrigos de pieles y zapatos caros. Pero su público lo perdonaba todo. En una ocasión, actuando en Londres, tomó el micrófono y dijo: “Sólo hay un cielo, una tierra y una reina. La reina Isabel es una impostora...”, lo que mereció una estruendosa ovación del público británico. La noche del 14 de diciembre de 1963, una fatal combinación de somníferos, píldoras adelgazantes y alcohol terminó con su vida a los 39 años. Se acaba de casar con un jugador de fútbol americano.
Billie Holiday (1915-1958). Nacida de una madre de trece años, que al poco de nacer la dejó con sus abuelos, junto con una prima, sus dos hijos pequeños y su bisabuela. Sus abuelos la maltrataban. A los diez años empezó a trabajar cuidando niños, fregando y haciendo recados en las casas de los barrios blancos, y como chica para todo en una casa de citas. Jugaba con los chicos del barrio y tenía fama de marimacho, y por eso empezaron a llamarla Bill (se llamaba en realidad Eleanora Fagan). Su madre volvió por ella y se fueron a vivir a Baltimore, donde regentaron una casa de huéspedes. Un día uno de ellos intentó abusar de ella, con el sorprendente resultado de una condena de cinco años para el agresor y la reclusión de la niña en una institución católica. Allí fue castigada, humillada y obligada a permanecer una noche entera junto al cadáver de una compañera. “Grité y golpeé la puerta constantemente hasta que se me ensangrentaron las manos. Nunca olvidaré ese lugar”. De nuevo su madre tuvo que marchar y volvió con sus abuelos, hasta que su madre la llamó de nuevo a Nueva York, donde se empleó como fregona y después como prostituta (a veinte dólares el polvo). Fue encarcelada, pues era menor, y la pusieron en libertad en plena depresión de 1929. Sin trabajo, vivía con su madre pasando hambre. Un día desesperada fue a un club para encontrar trabajo como bailarina, y aquello fue un desastre. Pero el pianista le dijo: “¿Sabes cantar, chica?”, a lo que ella respondió: “Claro que sé cantar, eso no es nada del otro mundo” (disfrutaba tanto cantando que no se le había ocurrido que se pudiera ganar dinero con ello). El club quedó en silencio mientras sonaba su voz y al acabar todos aullaban y levantaban sus vasos de cerveza. La contrataron para cantar entre las mesas y recoger las propinas. Sus compañeras decían: “Mírala, se cree una lady”. Con ese sobrenombre de Lady Day sería conocida en adelante. Así empezó su carrera musical. Conoció a Bob Hope, Judy Garland, Orson Wells, Bette Davis o Lana Turner. En una ocasión la despidieron por sentarse a la mesa con un blanco, lo que entonces estaba prohibido por la política de segregación racial. Se casó en 1941 con un músico que no tardó en engañarla y que la indujo a consumir drogas, que harían de ella una adicta compulsiva; relegada del circuito, vivió un tiempo absolutamente sola. Volvió a actuar, y cuando decidió desengancharse de la droga, tras tres semanas en un sanatorio, la policía empezó a seguirla, pues se había convertido en su objetivo prioritario: cantante de jazz, negra y drogadicta, lo tenía todo. Finalmente fue detenida en 1947 y condenada a un año de cárcel por consumo de heroína. A la salida de la cárcel su representante organizó una triunfal reentré en el Carnagie Hall. La cantante se había convertido en una extravagancia, en la que la gente esperaba que se cayera de bruces, totalmente colgada, o algo parecido. En 1949 fue arrestada de nuevo. En 1956 contrajo nuevo matrimonio. Fue nuevamente detenida. El alcoholismo le sacó de la droga, pero le hizo perder su voz. Al final el desastre se aceleró. Separada de su marido, los dos últimos años de su vida los pasó deprimida, abatida, enferma, arruinada. Murió sola en un hospital de Harlem.
Nina Simone (1933-2003). Nacida en una familia pobre. Su padre era un obrero y su madre una sirvienta. Su afición a la música se inició como cantante de godspel y aprendió música cuando un benefactor le sufragó sus primeras clases de piano y órgano. Cuando tenía diez años era una joven prodigio y dio su primer concierto en la biblioteca de su ciudad. Sus padres tuvieron que ceder los asientos de primera fila que habían ocupado para que se sentaran unos ciudadanos blancos. Aquel fue el inicio de su compromiso por la libertad y las reivindicaciones para abolir la discriminación racial. Iniciada su carrera musical, pero su raza le impidió conseguir una beca para estudiar música. Truncada su ambición de ser concertista de piano, empezó a tocar en clubs música popular, que mezclaba con improvisaciones de música clásica y jazz. Luego empezó a cantar y allí se inició una carrera que la hizo famosa, y llegó a ser musa del movimiento hippy y de la canción protesta. Se marchó de su país y vivió en diversas islas del Caribe y otros países europeos. Dejó de pagar sus impuestos en protesta por la guerra del Vietnam y fue acusada de fraude fiscal, por lo que fue arrestada en una puntual visita a su país en 1978. Se ganó mala fama entre los organizadores de conciertos, arremetía contra el negocio de la música, contra los Estados Unidos y los nuevos estilos de música. Su plan había consistido en convertirse en la primera concertista de piano de raza negra, y no se le ocurrió que terminaría tocando para audiencias que hablaban y bebían mentras ella tocada. Recobró una cierta fama su carrera en los años ochenta. Cantó en el festival del 80 aniversario de Nelson Mandela y murió, tras una larga enfermedad, en el sur de Francia.

sábado, 5 de junio de 2010

CIEN AÑOS DE SOLEDAD

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EL TEXTO DE ESTA ENTRADA HA DE LEERSE MIENTRAS SE ESCUCHA LA MÚSICA

Hace un par de semanas estuve escuchando un concierto en el auditorio de música de mi ciudad. Estrenaban una obra de un compositor español. El público, tradicional y educado, escuchó con calma y aburrimiento aquella música que no entendía. Celebraron la ejecución con unos lánguidos aplausos ante la presencia del joven compositor. Después se intepretraron unas variaciones de Liszt y la sinfonía fantástica de Berlioz. Esta vez sí, el público aplaudió a rabiar la interpretación de la música que le gustaba.

Siempre que asisto a conciertos de música moderna me asalta la misma pregunta ¿Por qué es tan aburrida y absurda la música culta que se viene componiendo en el último siglo? ¿Cómo es posible que nada me diga, que no me inspire ninguna idea ni sentimiento?

Todo empezó con Arnold Schoenberg. Nació en septiembre de 1874 en el seno de una familia pobre. Era una persona de carácter serio y formación sobre todo autodidacta. No era muy dado a sonreír. Su baja estatura, complexión nervuda y prematura calvicie le conferían un aspecto algo endiablado. Llegaron a decir que parecía un fanático. El compositor era sorprendentemente inventivo, lo cual no sólo era aplicable a su música: tallaba sus propias fichas de ajedrez, encuadernaba sus propios libros, pintaba (Kadinsky era un gran admirador suyo, los autorretratos que ilustran esta entrada son suyos) e inventó una máquina de escribir música.

Schoenberg empezó trabajando en un banco, pero no pensaba en otra cosa que en la música. A pesar de sus preferencias por Viena, donde frecuentaba el café Landtmann y el Griensteidl, y donde vivían grandes amigos, no tardó en darse cuenta de que la ciudad más beneficiosa para su formación tenía que ser Berlín. Allí conoció a Mathilde, con la que se casó en 1901.

Eligió un camino distinto al de otros compositores. Mientras que Strauss, Mahler y Debussy peregrinaron a Bayreuth para aprender la armonía cromática bajo la influencia de Wagner, él se dio cuenta de que la evolución del arte se lleva a cabo tanto a través de bruscos cambios de dirección y saltos espectaculares como mediante un crecimiento gradual. Sabía que los pintores expresionistas pretendían hacer visibles las formas deformadas y sin refinar desencadenadas por el mundo moderno, analizadas y puestas en orden por Freud. Su intención era lograr algo similar en el terreno de la música, la “emancipación de la disonancia”, como le gustaba llamarlo. Al igual que otras ideas de principios de siglo, como la abstracción o la teoría de la relatividad, empezó a explorar la disonancia y la atonalidad.

Y así, desde 1900 fue avanzando lentamente en ese camino. En 1908 se produjo una doble ruptura. En primer lugar la despedida de Mahler, que marchó a Nueva York, harto del antisemitismo de moda en Viena, tras abandonar la dirección del teatro de la Ópera. Al decir adiós desde la estación al compositor que había dado forma a la música vienesa durante una década, dijo “se acabó”. Él había sido el único compositor de cierto relieve que entendía lo que él estaba buscando. Pero sobre todo, Schoenberg tuvo que enfrentarse a una segunda crisis. Ese verano, Mathilde, su esposa, lo abandonó por un amigo. Rechazado por su mujer y privado de la compañía de Mahler, a Schoenberg no le quedaba otra cosa que su música; así que no resulta extraño el tono sombrío que caracteriza a las composiciones de su primera época atonal.

Ese año fue trascendental para la música moderna. Compuso su Segundo cuarteto de cuerda, inspirado en la poesía de Stefan George, cuyos poemas, a medio camino entre la poesía experimental y las óperas de Strauss, estaban poblados de referencias a las tinieblas, a mundos ocultos, fuegos sagrados y voces. En los movimientos tercero y cuarto apareció la atonalidad, dejando de lado los seis sostenidos de la escala, para producir «un verdadero pandemonium de sonidos, ritmos y formas». La suerte quiso que la estrofa acabase con el verso: “Ich fühle Luft von anderem Planetem” (“Puedo sentir aires de otros planetas”).

Entre el mes de julio en que acabó su cuarteto y la fecha de su estreno, el 21 de diciembre, tuvo lugar una nueva crisis personal en el hogar de Schoenberg. En noviembre se ahorcó el pintor por el que lo había abandonado su mujer, y que ya antes había intentado apuñalarse. Schoenberg llevó a casa a Mathilde y, cuando le tendió la partitura destinada a los ensayos de la orquesta, ella pudo leer la dedicatoria: “A mi esposa”.

El estreno del Segundo cuarteto de cuerda se convirtió en uno de los mayores escándalos de la historia de la música. Después de apagarse las luces, el público guardó un respetuoso silencio durante los primeros compases; pero sólo durante éstos. Muchas personas que habitaban en apartamentos en Viena llevaba en la época silbatos junto a sus llaves; de esta manera, si llegaban tarde por la noche y se encontraban con la puerta principal del edificio cerrada, sólo tenían que hacerlo sonar para llamar la atención del portero. La noche del estreno, la audiencia sacó sus silbatos y provocó un estruendo tal en el auditorio que logró ahogar la música del escenario. Un crítico se puso en pie de un salto y gritó: “¡Basta! ¡Silencio!”, aunque nadie pudo determinar si se estaba dirigiendo a la audiencia o a los músicos. La escena se hizo aún más caótica cuando los simpatizantes de Schoenberg se sumaron al alboroto, gritando en su defensa. Al día siguiente, un periódico calificó la interpretación de “reunión de gatos”, y otro, en un alarde de inventiva que habría aprobado incluso Schoenberg, imprimió la reseña en la sección de crímenes del diario.

A pesar de que Schoenberg reconoció que esa noche fue uno de los peores momentos de su vida, persistió en la atonalidad a lo largo de toda su carrera. Sus siguientes obras tampoco tuvieron tema ni melodía algunos. Como quiera que la mayoría de las formas musicales dentro de la tradición clásica emplean variaciones de temas, y puesto que la repetición es la característica más obvia de la música popular, el Segundo cuarteto de cuerda y otras de sus obras de aquella época se convirtieron en una gran ruptura en la historia de la música. Unos años después, en 1912, con motivo del estreno de su obra Pierrot, el público y la crítica se hallaban divididos, pues algunos entendieron que aquella nueva manera, haría que la música nunca volvería a ser tan “fácil” como hasta entonces, al igual que ocurría entonces en la pintura, la literatura o incluso en la arquitectura, cuyas manifestaciones eran hijas de su propio tiempo. Schoenberg había descubierto un camino nuevo diferente al de Wagner.

Después de Schoenberg vinieron otros, durante todo el siglo XX, y la música dodecafónica, la electrónica y demás música experimental. Tras él, la música “seria” empezó a perder a muchos de sus incondicionales. Los melómanos están divididos. Hoy todavía la mayoría de los mortales que acudimos a las salas de conciertos no sabemos disfrutar de la música contemporánea, a pesar de que, en otros campos de las artes, ya hemos asimilado las grandes revoluciones estéticas que propiciaron las vanguardias.

Han pasado ya cien años desde el estreno de la primera composición atonal. Como muchas otras personas, pocas son las composiciones de música culta contemporánea que soy capaz de disfrutar hoy. Básicamente me quedé en Stravinski y en Carl Orf. Pero los compositores contemporáneos no cejan, siguen en su empeño. ¿Tienen razón? Lo ignoro. Cuando se estrenan sus obras, la gente ya no las patalea, sólo bosteza. A veces pienso que viven en una especie de torre de marfil, componiendo aislados en la intimidad de sus casas. El resto de los mortales sólo parecemos capaces de disfrutar lo que componen para algunas bandas sonoras de películas. Supongo que los compositores contemporáneos, al menos algunos de ellos, deben sentirse solos y tremendamente alejados de su público. En el fondo no dejo de pensar que la música culta lleva viviendo ya cien años de soledad.

martes, 23 de marzo de 2010

LA ÚLTIMA OBRA DE MOZART

Los últimos días de Mozart, como todo el mundo sabe desde que se estrenó la película de Milos Forman Amadeus basada en la obra de teatro de Peter Schaffer, está ligada a la composición de su famoso Réquiem, que quedó incompleto.
La historia de su última obra es tan notable como misteriosa. Era el año 1791, Mozart había acabado su ópera La Flauta mágica. Un mensajero desconocido le envió una carta anónima en la cual, tras muchos halagos, le preguntaba si estaría dispuesto a escribir un Réquiem, cuánto pediría por hacerlo, y cuándo podría enviarlo.

Mozart, con el consejo de su mujer Constanza Weber, contestó al desconocido patrón que escribiría el Réquiem por una cierta suma; no podía precisar el tiempo que iba a necesitar para completarlo; y deseaba saber dónde debía enviar la obra cuando estuviese acabada. Tras un corto tiempo, el mismo mensajero apareció de nuevo, trayendo consigo no sólo la suma que había sido acordada sino también la promesa de que, puesto que Mozart había sido tan modesto en sus honorarios, habría un pago adicional considerable al recibo de la obra. Sobre todo, debería escribir de acuerdo con su estilo, espíritu y sentimientos; sin embargo, no debía preocuparse en averiguar la identidad del patrón, pues tales esfuerzos serían vanos.
Entonces los Estados Bohemios le encargaron la música para la ópera de “La Clemenza di Tito”, para celebrar la coronación del Emperador Leopoldo. Cuenta la leyenda que comenzó ese trabajo en la diligencia de camino desde Viena y la acabó en Praga en tan sólo dieciocho días. En el momento en que Mozart subía al carruaje con su esposa, el mensajero apreció como un fantasma. Tiró de su abrigo y preguntó: “¿Qué hay del Réquiem?”. Mozart se excusó, aludiendo a la necesidad del viaje y la imposibilidad de comunicarse con su desconocido patrón; en cualquier caso, sería su primera ocupación a la vuelta, y era decisión de la desconocida persona aceptar la espera o negarse. El mensajero quedó satisfecho con la respuesta.

En Praga, Mozart cayó enfermo y hubo de ser atendido constantemente; estaba pálido y parecía triste, aunque en compañía de sus amigos manifestaba su alegría y buen humor con sus bromas de siempre.

A su regreso a Viena, retomó inmediatamente su Réquiem y trabajó en él con gran energía e interés; pero su enfermedad empeoró visiblemente y se volvió pesimista y melancólico. Su esposa estaba intranquila. Un día, cuando ambos paseaban por el Prater para distraerse y animar su espíritu, se sentaron y Mozart empezó a hablar sobre la muerte, afirmando que estaba escribiendo el Réquiem para sí mismo. Los ojos de aquel hombre sensible se llenaron de lágrimas: “Lo presiento de tal modo” –dijo– “que no duraré mucho tiempo; ¡estoy seguro de que alguien me ha envenenado! No puedo quitarme esa idea de la cabeza.”

El Réquiem le tuvo ocupado hasta el final de sus días, pero lo dejó inacabado. Al mismo tiempo La Flauta Mágica era un enorme éxito. Durante muchos años la gente creyó, con Mozart, que el mensajero había sido enviado del más allá, pero la auténtica verdad, revelada finalmente en 1964, es absolutamente terrenal, no divina. El mensajero, un hombre llamado Leitgeb, que era un oficial de la administración estatal de un tal conde Walsegg, cumplía las órdenes de su patrón. El conde era un melómano que había tomado por costumbre hacer pasar por suyos algunos cuartetos y música de cámara de otros autores. A la muerte de su joven esposa, pretendía hacer creer que él había escrito el Réquiem para ella: de ahí el anonimato.

Cuando murió, Constanza, horrorizada cuando se le exigió la devolución del adelanto que su marido había aceptado en el momento del encargo, pidió primero a su amigo Joseph Eybler y luego a Süssmayr, un alumno de Mozart, para que completasen la obra, y así se dio la forma definitiva a la obra, tal como hoy la conocemos.

Esta es lo que, a ciencia cierta, se sabe de su muerte y de su última obra, que nos cuenta el profesor Philips G. Dows, del que tomo toda esta información. De su muerte se han contado mil historias, que fue obra de Salieri que le envidiaba, que fue la consecuencia de un celoso vengativo por un lance amoroso, o fruto de una conspiración por haber revelado los secretos de la masonería..., y no se cuántas fábulas más.

Sea como fuere no hace falta inventar historias fantásticas para admirar a ese genio llamado Mozart, que tuvo una vida breve y peculiar: fue un niño prodigio con portentosas habilidades musicales, tuvo un padre protector y severo, pensó que era un artista al que no se reconocía el verdadero lugar que debía ocupar en la sociedad, su temperamento le hizo ser un rebelde frente a sus patronos que consideraban que su papel era el de un sirviente, su estado financiero fue siempre lamentable, lo que le hizo arrastrarse innumerables veces en busca de dinero, su matrimonio no fue feliz, sólo dos de sus seis hijos le sobrevivieron, tuvo vinculaciones con la masonería nunca del todo aclaradas, y sufrió al final un tremendo sentimiento de culpa frente a su padre, al que había decepcionado numerosas veces y del que separó a su madre cuando ésta murió estando de viaje con su hijo.
Las últimas notas musicales que compuso corresponden a estos versos del Réquiem.
In gemisco tan quam reus
Culpa rubet
Vultus meus
Suplicanti,
Parce Deus
En estos versos pide perdón. Mozart se sentía culpable. Pero después de haber legado a la humanidad una de las más hermosas obras musicales de la historia, digo yo que no debería sentirse así, sino orgulloso y feliz de haber ofrecido tanta belleza, placer y consuelo a tantos miles de seres humanos que le hemos escuchado todos estos años.

El remordimiento y la culpa nos atormentan con frecuencia y nos hacen sentirnos tristes, pero antes de caer en la tristeza hay que asegurarse de que la culpabilidad es un sentimiento fiable, porque muchas veces caemos en ella por nada o por cosas de las que no somos responsables.

domingo, 21 de febrero de 2010

... Y LA CURA

Para Abril

Ti proteggerò dalle paure delle ipocondrie, dai turbamenti che da oggi incontrerai per la tua via.
Te protegeré de los miedos, de las hipocondrias, de los contratiempos que desde hoy encontrarás debido a tu naturaleza.Dalle ingiustizie e dagli inganni del tuo tempo, dai fallimenti che per tua natura normalmente attirerai.
De las injusticias y los engaños de tu tiempo, de los fracasos que atraerás por tu naturaleza.
Ti solleverò dai dolori e dai tuoi sbalzi d’umore, dalle ossessioni delle tue manie.Te levantaré de tus penas y de tus cambios de humor, de las obsesiones de tus manías.
Supererò le correnti gravitazionali, lo spazio e la luceper non farti invecchiare. E guarirai da tutte le malattie, perché sei un essere speciale, ed io, avrò cura di te.
Superaré las corrientes gravitacionales, el espacio y la luz, para que no envejezcas. Y te curarás de todas las enfermedades, PORQUE ERES UN SER ESPECIAL, Y YO, YO CUIDARÉ DE TI.
Vagavo per i campi del Tennessee (come vi ero arrivato, chissà). Non hai fiori bianchi per me? Più veloci di aquile i miei sogniattraversano il mare.
Deambulaba por los campos de Tennessee (cómo llegué ahí, ¡quién sabe!). ¿No tienes flores blancas para mí? Más rápidos que las águilas mis sueños atraviesan el mar.Ti porterò soprattutto il silenzio e la pazienza. Percorreremo assieme le vie che portano all’essenza. I profumi d’amore inebrieranno i nostri corpi, la bonaccia d’agosto non calmerà i nostri sensi.
Sobre todo te llevaré el silencio y la paciencia. Juntos iremos por los caminos que llevan a la esencia. Los perfumes de amor emborracharán nuestros cuerpos, la bonanza de agosto no calmará nuestros sentidos.Tesserò i tuoi capelli come trame di un canto. Conosco le leggi del mondo, e te ne farò dono.
Tejeré tus cabellos como tramas de un canto. Conozco las leyes del mundo, y te las donaré.
Supererò le correnti gravitazionali, lo spazio e la luce per non farti invecchiare. Ti salverò da ogni malinconia, perché sei un essere speciale ed io avrò cura di te…io sì, che avrò cura di te.
Superaré las corrientes gravitacionales, el espacio y la luz, para que no envejezcas. Te salvaré de toda melancolía, porque eres un ser especial y yo cuidaré de ti... YO SÍ QUE CUIDARÉ DE TI..............

lunes, 25 de enero de 2010

18 DE MAYO DE 1922

La primavera de 1922 representa el canto de cisne de la vida social de Marcel Proust, que ya había abandonado la sociedad, en la que tanto luchó por integrarse y ser aceptado, tras no haber encontrado en ella la dicha que esperaba, pero sí el tema para la novela que le haría inmortal: “En busca del tiempo perdido”. No tiene ilusiones por el mundo, que considera una feria de las vanidades, ni por el amor, que siente que es una ilusión egoísta. Su salud cada vez es más precaria, su vida ya declinaba y apenas salía de la cama. Sólo entonces consiguió cierta notoriedad con la publicación de su obra.

Sydney Schiff, novelista inglés justamente olvidado que escribía bajo el seudónimo de Stephen Hudson, empezó a cartearse con Marcel Proust, al que admiraba profundamente. Quería conocerle personalmente y llegó a escribirle, con bastante torpeza, que a pesar de lo que admiraba cuanto escribía, prefería verle y oírle.

Tuvieron varios encuentros. Pero el más conocido, que llegó a convertirse en una leyenda, tuvo lugar el 18 de mayo. Los Schiff, Sidney y su mujer Violet, invitaron a Proust a una gran cena en el hotel Majestic, que dieron con ocasión de la primera representación del Zorro (Renard) de Igor Stravinski. La brillante mesa reunió a algunos de los más grandes genios del arte y la literatura de entonces. Además de Serge Diaghilev y sus bailarines, estaba Ernest Ansermet, que había dirigido la orquesta en el estreno, el propio Stravinski. También asistieron Pablo Picasso, que llevaba una faja roja alrededor de la cabeza, y James Joyce.

El hotel Majestic de París no es lo que era. Cuando Proust y Joyce se conocieron en esa cena, poco después de la medianoche del 18 de mayo de 1922, se había puesto de moda. A sus salones suntuosos acudían, de rigurosa etiqueta, todas las personas notables que vivían en la ciudad o estaban de paso. Cada una de sus 450 habitaciones daba a la avenida Kléber, muy cerca del Arco de Triunfo. Todas disponían de un cuarto de baño, lo que era una excentricidad lujosa para aquellos tiempos, sobre todo en París.

El principal –y luego proclamado– propósito de los Schiff era reunir en la misma jaula de oro a Proust y Joyce, y observar lo que pasaba entre ellos, para contarlo luego a los cuatro vientos. Lo que pasó fue tan poco que ni siquiera sirvió como tema de conversación en los salones de la semana. Se sabe que Diaghilev, Stravinsky y Ansermet estaban muy cansados de las tensiones del largo día y se retiraron poco después de la medianoche. Picasso se quedó bebiendo hasta que la cabeza se le cayó sobre la mesa. También Joyce, en silencio, bebía champagne y eructaba con ganas. Al llegar, se había disculpado por no estar vestido de etiqueta. “No tengo dinero para esas inutilidades”, declaró. El único tema de conversación que le interesaba era su novela Ulysses, que se había publicado tres meses antes y que estaba ya en todas las bocas, sobre todo en las de quienes la leían sin entenderla. Los restos de la comida fueron retirados de las mesas a la una de la madrugada. Joyce estaba completamente borracho a las dos de la mañana.

Quince, acaso veinte minutos después, los Schiff vieron entrar a un hombre pequeño y sigiloso, enfundado en un abrigo de pieles, que se movía como una rata. De lejos parecía pringoso y húmedo. Era el autor de En busca del tiempo perdido. Ya había terminado de escribir su gran novela y todavía la estaba corrigiendo y añadiendo frases. Era entonces mucho más célebre que Joyce, y sus largas frases perfectas, encadenadas unas a otras por una música inimitable, se repetían en los salones con devoción sacramental. Aunque Joyce no vio a su colega como un hombre enfermo (diría, por lo contrario: “Se queja, pero está más sano que yo”), las drogas que Proust se inyectaba o bebía con frecuencia asesina estaban acabándolo. Seis exactos meses después de la reunión en el Majestic, una septicemia veloz acabaría con él. Dijera Joyce lo que dijera, era un agonizante en lucha contra la muerte.

La conversación que mantuvieron Proust y Joyce fue de lo más decepcionante. Fue el diálogo del “no”: Proust le preguntó si le gustaban las trufas, a lo que Joyce respondió que no. Igual respuesta recibió la pregunta de si conocía al duque tal o cual. Madame Schiff quiso saber si Proust había leído este o aquel capítulo del Ulises. Proust respondió igualmente que no. La situación era inaguantable.

Al marcharse, Joyce subió con Proust al taxi de Odilon Albaret, enciendió un pitillo y bajó uno de los cristales. Sydney Schiff, indignado, le ordenó que tirara el cigarrillo y subiera el cristal, por causa del asma de Proust. Durante el trayecto, Proust se lamenta cortésmente de no conocer la obra de Joyce, a lo que el taciturno inglés replica: “Nunca he leído a Monsieur Proust”.

Aquel encuentro fue decepcionante. Hace poco un escritor inglés, Richard Davenport-Hines, ha escrito un extenso libro sobre aquel encuentro que se había convertido en una leyenda: “Proust at the Majestic. The last days of the autor whose book changed Paris”. Pero como sucede con todas las leyendas, imaginar esa noche de mayo en el Majestic deja sensaciones más intensas que la realidad, que suele ser plana y decepcionante.

Después de aquello Joyce criticaría al escritor francés, en quien no veía ningún talento particular. No obstante, Richar Ellman, el biógrafo de Joyce, cuenta que éste sintió después melancolía por la oportunidad perdida: “Me habría gustado encontrar a Proust en otro lugar, más a solas, para hablar con él a gusto, aunque no sé de qué”.

Esta historia me suscita una reflexión y una pregunta. La primera es que si nada aporta conocer superficialmente a las personas, menos aun cuando se trata de artistas, que ponen lo mejor de sí mismos en sus obras extrayéndolo de las profundidades de su espíritu. Es fácil encontrar, detrás de un gran escritor o un artista, a una persona mediocre o mala, cuya personalidad nunca suele ser superior a su obra. Lo bueno que sin duda tienen, puede encontrarse mejor en su obra, pero nunca con un conocimiento superficial

La pregunta es la siguiente: ¿Cuántas oportunidades de conocimiento, de amor, de amistad..., de felicidad en suma, no habré desaprovechado a lo largo de mis días? Probablemente muchas, como cuando no presté atención a aquella persona, o aquel verano que no me atreví a besar a una chica, ese viaje que no disfruté, el día en que no quise ir a aquel concierto que hoy todos recuerdan como histórico... Pero no pienso hacer ese recuento. Los tímidos llenaríamos mares con esas lágrimas y todos sabemos que de nada sirve lamentarse de las oportunidades perdidas.

domingo, 10 de enero de 2010

JOSÉ PERIS

En 1979 me matriculé en un curso de historia de la música, en la Universidad Autónoma de Madrid, impartido por un tal José Peris, de quien no había oído hablar.

Resultó que José Peris Lacasa (Zaragoza), nacido en 1924, era un reconocido compositor, que había sido alumno de Carl Orff, Nadia Boulanger y Óscar Esplá. También era un notable organista y gran conocedor de la música litúrgica; amigo, entre otros muchos, de Severo Ochoa (en cuyo homenaje compuso un cuarteto) y Penderecki (que dirigió sus obras en varias ocasiones). Gran parte de su trabajo lo volcó en la docencia de la música, con trabajos ligados al Conservatorio y a la Universidad, donde yo tuve la suerte de asistir a sus clases. Allí formó de la nada un Departamento de Música, que organizaba los famosos Ciclos de Grandes Autores e Intérpretes de la Música, con conciertos en el Teatro Real y en la propia Universidad, se daban clases de música, tenía una discoteca con miles de volúmenes en la que se podían realizar audiciones, y se realizaban otras muchas actividades.

El paso por aquel departamento fue uno de mis recuerdos más emocionantes de aquellos años, en los que yo era un joven de dieciocho años, que no sabía qué hacer con mi tiempo libre. Cuando él llegaba a clase, nos ponía discos, nos introducía en el conocimiento de la monodía y la polifonía de la música antigua, haciendo hincapié en los músicos españoles; salpicaba las clases con audiciones de discos de músicas antiguas, renacentistas, barrocas, de las que hablaba, pero también Beethoven, músicas árabes, flamenco, espirituales negros, jazz, Carmina Burana o La consagración de la primavera. Nos hablaba del padre Soler, de quien organizó conciertos para piano de sus sonatas, de Scarlatti, de sus años de aprendizaje con Orff o con Esplá.

De este compositor le vino la pasión por la música y la celebración del Misteri d´Elx, música muy bella, antiquísima y que sigue viva en las celebraciones de esa localidad, a donde nos llevó aquel año a sus alumnos en una excursión organizada por el departamento.

En aquellos momentos D. José cojeaba debido a un terrible accidente de automóvil del que todavía tenía secuelas, y en el que murió su mujer Gisela, en cuya memoria compuso la “Elegía a Gisela”, que Narciso Yepes estrenó en el Teatro Real aquel año, en uno de los conciertos que organizaba la Universidad.

En fin, tuve el privilegio de conocer a un compositor, un docente y un intérprete, totalmente vocacional en sus tres facetas, y una enorme persona por muchos conceptos. Gracias a él he disfrutado estos años, de una manera especial, de mi gusto por la música; gusto que se inició gracias a mi padre, a quien escuchaba sus discos de ópera siempre atronando en el salón de casa “para ahuyentar a mis hijos”, como solía decir irónico.

El pasado día 5 de septiembre de 2009, treinta años después de aquello, estaba escuchando Radio clásica, y me encontré con que le estaban dedicando entero el programa de la Tertulia, conducido por Luis Ángel de Benito. Se me ocurrió participar enviando un correo para saludar a mi antiguo maestro. He de reconocer que la lectura en la radio de mi mensaje, que no estaba escrito para ser leído públicamente, me produjo una cierta vergüenza, pero posteriormente, una gran satisfacción: José Peris, a través de su hija Cristina, se puso en contacto conmigo, a pesar de que seguro que no se acordaba de mí, y me facilitó documentación sobre su padre y discos con sus composiciones, y me dio noticia de la fundación que gestiona, PERIS OHRT KONZERT. Gracias a los dos y ¡Feliz año!

miércoles, 30 de diciembre de 2009