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domingo, 6 de marzo de 2011

ORDENANDO LA BIBLIOTECA


Sí, yo también soy de esos que ordenan y reaordenan sus libros constantemente. Hoy le toca el turno a los de cocina de Abril. Sí ¡ha vuelto! (a cocinar). Por cierto, si les gustan las dos cosas, los libros y la cocina, no se pierdan la exposición "La cocina en su tinta" de la Biblioteca Nacional.

miércoles, 2 de febrero de 2011

GENIOS EN EL MISMO MANICOMIO (Y 2)

Abraham Moritz Warburg (1866-1929), mejor conocido como Aby Warburg, fue un historiador del arte. Nació en el seno de una familia de banqueros judíos alemanes de Hamburgo (Alemania). Por ser el hijo primogénito de Max Warburg, le correspondía a Aby hacerse cargo de la fortuna familiar, pero éste declinó en su hermano Max esa responsabilidad, asegurándose una disponibilidad económica para sus estudios e investigaciones y para comprar cuantos libros quisiera. Tenía trece años y ya adivinó que sus dos pasiones en la vida serían coleccionar libros y organizar de manera revolucionaria su colección.

No desaprovechó la oportunidad. Estudió filosofía, historia y religión en universidades alemanas, francesas e italianas. Viajó a América, donde conoció la cultura de las tribus de Norteamérica. Destacó por sus estudios acerca del Renacimiento italiano y el manierismo. Formó una de las bibliotecas más fascinantes del siglo pasado, a la que dedicó su vida. Su estructura sería reflejo de su misteriosa personalidad, como una especie de paisaje de círculos concéntricos, un laberinto orbital, una tela de araña organizada con criterios misteriosos, pues las estanterías reunían volúmenes sobre múltiples temas, como astrología, arte, filosofía, medicina o ciencia, que guardaban entre sí afinidades de lo más variopintas, motivos alegóricos, esotéricos, fórmulas matemáticas, etc.
Warburg fue el padre de la iconología moderna, una manera del estudio de la historia del arte que dirigía todo su interés al significado de la obra, al contenido de las imágenes, atribuyendo a los testimonios figurativos el papel de fuentes históricas para la reconstrucción general de la cultura de un período, entrelazando así, a través del subsuelo de la memoria el arte moderno con el pasado ancestral, primitivo o clásico.

Un trastorno maníaco-depresivo motivó que, entre 1921 y 1924, Aby Warburg fuera internado en un instituto psiquiátrico bajo el tratamiento directo de Ludwig Binswanger, uno de los psiquiatras más influyentes de su tiempo, autor del psicoanálisis adulto y seguidor de Sigmund Freud. Como ya habrán adivinado el sanatorio se llamaba Bellevue y estaba en Kreutzlingen.

El día 21 de abril de 1923, Warburg convenció a los médicos de la clínica para que le dejaran dar una conferencia sobre El ritual de la serpiente entre los indios, a los que conoció en 1895 en su viaje por el desierto de Arizona, Nuevo México, Santa Fe y Alburquerque. Contó que, de un modo ritual y con ocasión de la sequía, los indios se relacionaban con las serpientes venenosas en peligrosas liturgias con la creencia de que provocarían el rayo y la tormenta. En el ritual los indios se revuelcan entre los reptiles sobre un espacio cerrado y delimitado por pinturas de arena, y algunos incluso llegan a coger con la boca a las serpientes. Aquello le recordó a Aby la imagen del Laocoonte y sus Hijos. Muchos artistas de vanguardia llevaban acudiendo al arte primitivo africano u oriental para desarrollar sus propias imágenes. Él expuso que ese manierismo, que consigue crear a partir de las imágenes pasadas, requiere al artista sumergir su mente en el éxtasis y soltar la mano, perder el control, suspender su conciencia y llegar al límite de lo patológico. El eterno retorno de los mitos y los traumas, en el enfermo psiquiátrico y en el artista, nunca puede volver sin ser acompañado de los mitos y maneras de los cuerpos primitivos.

Warburg logró contar a los locos del manicomio como la serpiente mítica simboliza ese conflicto mental. Las coacciones sobre el hombre racional, que intenta superar las agresiones del medio, pero también la barbarie de la cultura. Warburg había sufrido ambas, la crisis maníaco-depresiva y la persecución nazi.

Yo supongo que su auditorio de locos y psiquiatras quedaría pasmado ante sus conclusiones. Ya imagino al doctor Binswanger impresionado, pues no en vano desarrolló estudios sobre los tres conceptos principales de la esquizofrenia: exaltación, excentricidad y manierismo. Otros no lograrían entenderlas, pero entre aquellos enfermos estaban Kirtchner y Nijinsky. Ellos habían sucumbido en la vida y en el arte al trastorno bipolar, que alcanzaron el culmen de la expresión artística de su tiempo, basándose en arquetipos y llegando al límite. Aquel excéntrico, historiador y millonario, había sabido penetrar el significado de su drama, pues ellos también habían dejado lo mejor que tenían, su mente, en pos de una vida para el arte.

Aquella experiencia con el ritual de la serpiente mítica trastornó los conocimientos humanísticos de Warburg, hasta tal punto que los confundieron con sus delirios esquizofrénicos. El historiador había propuesto a los médicos impartir la conferencia como prueba de su recuperación mental definitiva, hecho que los clínicos aceptaron de buen grado, confiados en que no lo lograría. Pero no sólo logró Warburg estructurar una lección magistral en torno al simbolismo primitivo en el arte, sino que pronto fue dado de alta para seguir trabajando en su biblioteca privada de Hamburgo, donde quería acabar su Atlas Mnemosyne, hoy Biblia de la iconología. Los madrileños todavía podemos visitar la exposición sobre esta obra y su influencia en el Museo de Arte Reina Sofía.

Murió en 1929. En 1933 justo antes de que los nazis consiguieran destruirla, los libros de su biblioteca fueron salvados in extremis por Fritz Saxl, uno de sus discípulos, y llevada a Londres, donde se fundó el Instituto Warburg, hoy todavía activo. Esta historia nos la cuenta Rafael Argullol en un artículo reciente, La biblioteca que escapó del fuego.

miércoles, 26 de enero de 2011

REBELIÓN EN LA BIBLIOTECA

No sé si se habrán enterado de la noticia que he leído hace unos días. El titular decía:
 
 
En Inglaterra ha habido una rebelión de los lectores, ante la noticia del cierre de las bibliotecas con escaso número de usuarios. Las razones esgrimidas por la autoridad municipal para cometer tamaña felonía han sido el necesario recorte de gastos presupuestarios y los hábitos de los lectores, que están cambiando desde la aparición de Internet.

Los hechos han ocurrido en Stony Stratford, una apacible ciudad a menos de cien kilómetros de Londres. Ante la alarmante noticia del cierre de su biblioteca municipal, los vecinos se han apresurado a acudir a la llamada de una asociación cívica (“save de Stony Stratford Library”) y se pusieron de acuerdo para retirar los 16.000 volúmenes de la biblioteca para demostrar que sigue siendo de una gran utilidad pública. Quieren presionar de ese modo para que la autoridad municipal renuncie a su proyecto de cerrarla. Cada uno ha retirado el número máximo de libros permitidos en préstamo. En pocos días la biblioteca municipal se ha quedado sin libros, ha sufrido una bibliofugia* repentina.

Francamente, en un mundo como el actual, no me ha sorprendido la noticia del cierre de una biblioteca pública. Hace tiempo que lamento la desaparición de las buenas librerías, de las que están dando cuenta las fuerzas implacables del mercado. Es un pasito más, pero esta vez el paso lo tiene que dar, al parecer, el poder público. El objetivo final es sumergir a la población en la subcultura que los medios audiovisuales iniciaron hace años y que ha degenerado en el culto al feísmo en el arte, al fomento del mal gusto, a la tele-basura y otras basuras análogas (comida basura, pensamiento basura, etc.). Ahora con la excusa de la expansión de Internet, que ha vuelto a obligar a la gente a leer sus contenidos, aunque sea de forma bibliopépsica*, nos cuentan que el gasto que producen obligan a los gobiernos a cerrarlas. Ya las tenían en su punto de mira, cobrando derechos de autor por sus préstamos gratuitos.

En estos tiempos de crisis, tengo el convencimiento de que los políticos están siendo empujados de manera implacable por la sinarquía, a avanzar por un camino en el que no creen, pues nos lleva a la pobreza material y espiritual, pero al que temen enfrentarse con su impotencia. Y así, haciendo malabarismos ambiguos desarrollan políticas taimadas, de desarme frente a los poderosos. Desmantelan y dañan irremediablemente todo lo que puede oponer resistencia a este estado de cosas: debilitan el propio Estado, al que dicen que hay que adelgazar, renunciando a que funcione bien; dejan degradar y contaminar la tierra y la naturaleza, que se nos muere aceleradamente sobre-explotada produciendo inútiles bienes de consumo; olvidan a los viejos y jubilados, que al parecer no consumen lo suficiente, y a los que hay que acortar la vida, reduciendo sus pensiones y su protección sanitaria; fomentan polémicas falsas sobre temas secundarios, como cortinas de humo; en fin, manipulan la historia y pretenden rebajar la cultura y la educación, pues el pensamiento puede ser germen de una nueva espiritualidad que tomase conciencia crítica de todo ello, lo que sin duda les parece peligroso.

Todo esto se hace en pro de la reducción del déficit, del crecimiento del PIB, de la viabilidad de la economía y de la libertad los mercados, como si esos fueran valores en sí mismos, cuando sólo tendrían que ser instrumentos para alcanzar mayor bienestar y riqueza, claro que no nos dicen de para quién es esa riqueza. Prueba de la falacia global, es que nadie se pregunta por qué ese libre mercado mantiene abiertas cadenas de televisión inmundas y medios de comunicación manipuladores que pierden dinero a espuertas; por qué los directivos de grandes corporaciones en quiebra reparten beneficios y bonus millonarios, etc, etc. A esos no se les piden cuentas.

Los políticos quieren ignorar, aunque los sinarcas lo saben bien, que la única manera de salir de todo esto pasa por luchar contra el consumo y el despilfarro, proteger la naturaleza, superar los egoísmos del liberalismo y la competencia despiadada; que no hay que caer en los sentimientos excluyentes de nación, religión o raza; que debemos luchar contra la ignorancia y tomar conciencia de esas cosas, que todos sabemos que son injustas, y buscar las fuentes de la buena vida y de una vida buena, que le den sentido, para dejar algo que permanezca cuando ya no estemos. No nos engañemos, todo eso no lo van a poner fácil. La ciencia y la técnica no van a venir a salvarnos, porque igual que los medios de comunicación y la política, están en manos de los poderosos. Sólo podemos virar el rumbo con cultura, tolerancia, educación y pensamiento. Ellos lo saben, por eso cierran librerías y bibliotecas, como están cerrando internet.

Acabarán incendiando nuestros libros, como otros tiranos biblioclastas* hicieron en la historia. Y tengamos cuidado, porque Heinrich Heine dijo que “allí donde queman libros acaban quemando hombres”. Yo siempre pienso que no debemos caer en el catastrofismo ni fomentar el miedo, que es lo que ellos hacen para poder vendernos que sus intereses son la única salvación posible. Pero parece que se va acercando el momento descrito en Fahrenheit 451, la novela de Ray Bradbury, en la que convierten a los lectores en delincuentes y queman todos los libros.

El ejemplo de los habitantes de Stony Stratford nos trae algún optimismo. Todavía podemos organizar la resistencia ¿Qué hará ese ayuntamiento inglés con su biblioteca? Si finalmente acabaran cerrándola, pienso yo que los admirables ingleses, lectores rebeldes, acabarían organizando un sistema de intercambio cívico de sus fondos, impidiendo que desaparecieran los libros, manteniendo la función cultural de lo público y fomentando el amor a la lectura. Si las cosas se pusieran peor quizá se convirtieran en “hombres libro”. Creo yo que nunca se rendirían.

Hagamos votos por su éxito, y organicemos la rebelión, porque si no militamos por el libro, como hacen los ingleses, mal nos va a ir. Y hagámoslo rápido, porque en este país parece que cuando nos acercamos a la modernidad, y empezamos a tener una red de bibliotecas digna de ese nombre, los demás ya están de vuelta cerrándolas. Mientras tanto no dejen de acudir a la que tengan más cerca de su casa.

* Los términos con asterisco pueden consultarse en el Diccionario de Bibliopatías

jueves, 22 de julio de 2010

BARÓMETRO

Dice el diccionario que un barómetro es una cosa que se considera índice o medida de un determinado proceso o estado. Pues bien, les voy a contar un secreto. Mi barómetro es la lectura, y es de doble efecto.

Cuando estoy feliz, contento o tengo paz en mi interior, leo con placer, leo mucho y metiéndome en las historias, en los sentimientos o en las ideas que esperan dentro de las páginas silentes de los libros.

También se produce el camino inverso, pues no sólo leo cuando estoy bien. En ocasiones gracias a la lectura escapo de mis depresiones, tristezas, rutinas o aburrimientos. Salgo de mí y me introduzco en los mundos ficticios o reales que otros crearon y estamparon en forma de palabras.

Son bastantes los libros que pruebo, algunos de ellos los devoro, pero pocos son los que mastico y digiero. Esto último no se produce nunca cuando estoy mal. Pero cuando pasa es como una pequeña explosión de alegría intelectual. Algunas de esas lecturas me han descubierto el sentido de muchas cosas o me han hecho comprender a las personas; otras han quedado ocultas y se recuerdan días, o meses después, adornando una conversación, ayudando a relacionar cosas o ideas lejanas, invitando a leer otros libros, a viajar; casi todas me han contado algo nuevo. Unas pocas, las lecturas más persistentes, me han acompañado todos estos años y se han convertido en relecturas. Todas han contribuido, con su impalpable goteo, a ser quien soy.

Y esas experiencias, esas vidas ajenas que me permiten vivir los libros, me alimentan y dan fuerza, salvan una tarde, una semana..., ayudan siempre..., pero no, ellas solas no pueden salvar ni dar sentido a una vida. La realidad está ahí fuera acechando con la escasez, el azar, el paso del tiempo, uno mismo, los demás y otras amenazas irremediables. Pero uno afronta todo mejor cuando tiene el arsenal adecuado, y la lectura, en fin, es un arma irremplazable. Leer no me sirve más que para vivir mejor, para sacarle un poco más de placer a la vida. Si no, no me sirve para nada.

Por eso, la semana que no saco horas para leer, cuando no leo asiduamente y con deleite, es que hace mal tiempo en mi interior. Ese es mi barómetro, mi indicador de bienestar. Ya lo saben ustedes, soy así de rarito. Y para los curiosos mirones de mi biblioteca, dejo esta fotografía para que puedan echar un vistazo. Aquí paso las horas.

martes, 8 de junio de 2010

LA BIBLIOTECA BRAUTIGAN

Como ustedes saben estoy leyendo La pesca de la trucha en América, la obra más conocida de Richard Brautigan (1935-1984), que acaban de publicar en español. Este individuo fue un escritor al que han clasificado dentro del movimiento contracultural de los años sesenta. Escribió muchas obras, y ésta es sin duda la más conocida del autor. No sé muy bien qué decir de ella porque esta ¿novela? es absolutamente inclasificable.

De lo que quiero hablarles hoy es de la biblioteca Brautigan, una idea puesta en marcha por sus seguidores, proveniente de una novela suya titulada El aborto, obra que se desarrolla casi íntegramente en una biblioteca que recolecta obras inéditas, que nunca han sido publicadas.

La Biblioteca Brautigan, la real, no la inventada por él, está situada en la planta alta de la Librería Fletcher, en el centro de Burlington, Vermont, USA, y está hecha para conmemorar a su autor, en una zona autónoma del resto de la librería.

Los libros que contiene abarcan toda clase de temas y estilos, libros manuscritos o mecanografiados, o hechos con tratamiento de textos. La mayoría fueron enviados entre 1990 y 1996 y hay títulos como Plata esterlina para cucarachas o Tres ensayos que conducen a la abolición del dinero. Todos tienen en común que nunca fueron publicadas, y la mayoría están encuadernadas en encuadernaciones de color azul oscuro.

No se sabe cuál es el origen de la Biblioteca, pero una placa dice lo siguiente:

LA AMÉRICA ETERNA PRESENTA LA BIBLIOTECA BRAUTIGAN.
UN HOGAR PARA LA LITERATURA INÉDITA.

Al parecer tiene un bibliotecario que cambia con frecuencia (¿quiénes son?), y allí acuden los curiosos y amantes de Brautigan. Se puede mandar obras a la biblioteca con dos únicos requisitos: que no estén publicadas y que el autor se haga cargo de los gastos de envío. De tiempo en tiempo los libros son retirados y llevados a una cueva en Carolina del Norte.

La biblioteca tiene un dispensador de poesía, que como si fuera una máquina de cigarrillos, al introducir 50 centavos en la ranura y tirar de un mecanismo, suministra algo de poesía. Todavía estoy bajo el influjo de la lectura de La pesca de la trucha en América, y me dan ganas de mandar algo. También existe una biblioteca Brautigan Virtual.

El autor puede colocar los libros en cualquier balda que elija. Quizá una de las cosas más curiosas de esta biblioteca es el sistema de clasificación de las obras que la componen, y que se aleja de los sistemas clásicos de la mayoría de las bibliotecas. El sistema se denomina “sistema mayonesa”, y debe su nombre a que la palabra mayonesa fue la última de su libro más leído. El sistema consiste en organizar los libros en categorías como las siguientes: amor; el futuro; sentido de la vida; aventura; humor; naturaleza; vida callejera; todo lo demás... Utilizan botes de mayonesa o latas como sujeta libros.
La próxima vez que vaya a Vermont, me pasaré por la Biblioteca Brautigan con mis libros inéditos. Les mantendré informados de todo lo que averigüe.

miércoles, 21 de abril de 2010

JOSÉ MINDLIN: CAZADOR DE LIBROS

El pasado día 28 de febrero murió José Mindlin, el mayor coleccionista de libros de Brasil, que a lo largo de su vida llegó a adquirir una ingente cantidad de libros (un kilómetro de estanterías), muchos de ellos extraños, raros, curiosos e inencontrables.

Era hijo de una familia judía rusa, que se estableció en Brasil a comienzos del siglo XX. Sus padres, que habían nacido en Rusia, se conocieron en 1905 en Nueva York, a donde habían emigrado cada uno por separado. Se casaron y decidieron marchar a Brasil. Su familia siempre tuvo aficiones intelectuales, gusto por la pintura y una razonable biblioteca.

José fue abogado, empresario y político. Su pasión fueron los libros. Todos sus ingresos, que en algunos momentos no fueron pocos, los dedicó a la adquisición de libros. Fue también editor y librero, aunque tener una biblioteca privada y una librería son cosas difíciles de compatibilizar. “Me costaba vender cada libro que querían comprarme. Conseguí recomprar casi todos los buenos libros que pasaron por mis manos” –manifestó. Por eso tuvo que abandonar ese negocio ruinoso. Conoció a casi todos los buenos libreros antiguos de muchísimas ciudades, a los que ha fatigado buscando sus libros. Su vida, sus viajes, su casa, sus amigos, su mujer, fueron sólo compañeros y escenarios de su pasión por la caza de los libros. Le gustaba más la búsqueda que la pieza una vez cobrada.

En su biblioteca tenía verdaderas joyas en forma incunables, manuscritos y primeras ediciones de multitud de obras maestras de la literatura: los Ensayos de Montaigne, los Triumphi de Petrarca, Os Lusiadas, de Camoens, la Hypnrotomachia Poliphili, y el Liber Chronicarum, Las flores del mal de Baudelaire, Fausto de Goethe, Iluminaciones de Riambaud, Victor Hugo, las Obras completas de Moliere, Machado de Assis, Proust, Balzac, Guimâraes Rosa, Tolstoi, Cervantes, Sthedhal, Eça de Queiroz... y así miles y miles de libros.

Su afición por la bibliofilia le vino por la lectura. De lo único que se lamentaba antes de morir era de no haber podido leer más en su vida. Calculaba que habría leído unos 10.000 libros, algo más de dos libros por semana de media.

Yo también me he hecho ese cálculo. Si me comparo con Mindlin el resultado es descorazonador. En estos momentos tengo una biblioteca de cerca de 3.000 volúmenes (ninguna primera edición valiosa). Muchos de mis libros no los he leído. Si consigo leer la mitad que Mindlin, podré leer, como mucho, unos 50 libros al año, y si disfruto de una larguísima existencia podré leer unos 40 años más. En total podré leer 2.000 libros más en lo que me resta de vida. Está hablando un optimista que no cuenta con que lleguen ni el aburrimiento por seguir leyendo, ni la escasez de tiempo, ni cegueras, ni otras enfermedades que se lo impidan. A esos libros habré de descontar los que releeré, que es otro placer al que no pienso renunciar. Conclusión: tengo que elegir y descartar. No se puede leer todo. Seguir coleccionando libros no es razonable y puede llegar a ser una verdadera locura. Todo eso ya lo sé, pero los sigo buscando y comprando, encuadernando y contando, clasificando y ordenando. Para mí la vida es como una inmensa biblioteca llena de posibilidades y combinaciones; y no leer es renunciar a vivir bien, pues la lectura es sinónimo de disfrutar más de todas esas cosas, de conocer sus secretos. Si un libro me cansa lo dejo. "Nada hago sin alegría" como decía Montaigne.

Quizá sea esa la oculta razón por la que, estas navidades, mi hermano me ha regalado esta biblioteca. Es pequeña pero no podré leerla nunca, pues sus libros son de madera. La he instalado en casa y la contemplo todos los días. No deja de recordarme la futilidad de mis afanes lectores. Gracias hermano por tan bonito regalo, auténtico monumento a mi manía.

lunes, 1 de marzo de 2010

PAUL BONET

Para quien no conozca el mundo de la encuadernación quizá este nombre resulte desconocido. Antes de dedicar mis ratos libres a los libros, he de reconocer que tampoco sabía quién era. Pero desde que empecé a encuadernar y ver en numerosas ilustraciones y en algunas exposiciones las obras maravillosas que había creado, no he encontrado otro encuadernador que me guste más.

Paul Bonet nació en París en 1889. Era un diseñador y decorador. Al principio su actividad laboral nada tenía que ver con el mundo de la encuadernación. De hecho, su trayectoria profesional se inicia modelando maniquíes de madera para los escaparates de las tiendas de moda. Su afición por los libros le hizo coleccionar las mejores ediciones. Pero cuando mandaba que los encuadernaran, no quedaba contento con los diseños que le realizaban, por lo que empezó a diseñar sus propias maquetas para que las ejecutara los mejores artesanos de París, dado que él no conocía el oficio ni las técnicas.


Ilustraciones de las maquetas de portadas de realizadas por Paul Bonet














Al igual que su predecesor, Pierre-Emile Legrain, comenzó a introducirse en el mundo de la encuadernación inmerso en las últimas tendencias artísticas del momento, marcadas por los movimientos de vanguardia. Sus diseños eran muy atrevidos para el momento. En 1924, el conservador del Museo Galliéra, cuenta con él para la exposición Arte del Libro Francés. En 1925 consigue que los profesores de la Escuela Estienne colaboren en la ejecución de sus maquetas. Ese mismo año se convierte en profesional. Fue enseñando como aprendió lo mucho que de su nuevo arte ignoraba. Sus primitivos ensayos, tímidos y balbucientes, fueron alardes de puerilidad. Su empuje y su genio, no estuvieron exentos de rectificación.

Biblióficos de prestigio empiezan a encargarle algunas encuadernaciones, como el argentino Carlos R. Scherrer y R. Marty. Cuando en 1930, debido al crack económico, Marty se vio obligado a vender su colección, y la obra de Bonet se hizo bien conocida en el mundo de la bibliofilia, cuyo mundo revolvió. Los encargos proliferaron. A la muerte de Scherrer, sus libros volvieron a París, recuperados por otro bibliófilo.

En los años treinta conoce a Raoul Dufy, De Chirico y Picasso. Entonces realiza sus primeras decoraciones surrealistas. Son muchas sus innovaciones, como las encuadernaciones esculpidas, con planos perforados que dejan ver parcialmente las guardas decoradas. Emplea diversos materiales como el metal, piezas de oro, marfil y lapislázuli. Ensaya encuadernaciones fotográficas. También emplea del tradicional hilo de oro, donde consigue provocar, con el reflejo de la luz, una cierta sensación de relieve y movimiento. Utiliza las decoraciones de volutas, y después, “a la dentelle”, con entrelazos de hierros, puntos, estrellas y letras. Realiza composiciones ovales. Su proceso innovador culmina con sus famosas encuadernaciones irradiantes. También hay que destacar sus decoraciones en serie, trabajando bien con varios ejemplares de la misma obra, bien con todas las obras del mismo autor. Fue un gran renovador en un mundo de bibliófilos y aristócratas, muy conservadores. Su lema: “escapar a la obsesión del pasado”.

Realizó diversas interpretaciones para la encuadernación de una misma obra, lo que requiere una importante capacidad creadora, pero la imaginación de Bonet era poderosa. Supo interpretar magníficamente los libros en sus diseños pues era un gran lector.

Muchos autores le dedicaron sus libros, como André Breton, Max Jaxob, René Char, Paul Valery o André Maurois.

Murió el 3 de marzo de 1971. Hace treinta y nueve años. Todavía se le recuerda con el Premio Paul Bonet, que se creó como homenaje a este gran encuadernador. Hoy el mundo de la encuadernación le sigue recordando.
Guillaume Apolinaire
Caligrames
Ilustraciones de G. de Chirico
Tartarin de Tarascon
Alfonse Daudet
Ilustraciones de Raoul Dufy

Edmond de Goncourt
Les Frêres Zemganno
Ilustraciones de Auguste

Le chef-D´Oeuvre inconnu
Honoré de Balzac
Ilustraciones de Pablo Picasso

Paysages méditerrannées
Paul Morand
Grabados de F.L. Schmied


Saint-Évremond
Oeuvres (3 vols.)

Colette
Claudine (4 vols.)

Guillaume Apollinaire
Le poete assasiné

Buffon
Ilustraciones de Picasso
Voltaire

Si te ha gustado lo que has visto, puedes saber más sobre su obra y disfrutarla, pinchando aquí.
Este antipático, maravillado por las obras que de él ha podido contemplar, tiene una especie de nostalgia de un paraíso en parte perdido. Se trata de una historia algo personal. Espero que excusen los lectores la introducción en este blog de referencias personales, pero supongo que a estas alturas están acostumbrados a encontrarse con ellas en sus visitas, aunque no vengan muy a cuento. Si el disgusto que pueden provocar no les ha hecho abandonar ya, puede que incluso algún día les cojan el gusto.
Hablo del Madrid de antes y después de la Guerra. Mi bisabuelo era fotógrafo. Debió ser de los pocos que había en activo a principios de siglo XX. Mi bisabuela conocía a escritoras como Concha Espina y a pintoras como María Blanchard. Mi tía abuela, siguiendo la tradición, frecuentó a la pintora Ángeles Santos Torroella, a la escritora Elisabeth Mulder y a intelectuales como María de Maeztu, Consuelo Berges o Matilde Serrano. Mi tía abuela era una bibliófila empedernida. Yo no la llegué a conocer debido a desavenencias familiares de las que no puedo acordarme porque no me las han querido contar quienes las vivieron. Con su muerte desapareció en la familia el rastro de algunas mujeres que vivieron en contacto con el mundo del arte o la cultura. Cuando murió me enteré, con enorme dolor, que en su biblioteca había tenido ejemplares de libros encuadernados por Bonet y Legrain. Al final de su vida, para sobrevivir, se vio obligada a ir vendiendo su magnífica biblioteca, que con su muerte terminó de adelgazar y casi desaparecer. Adiós a Bonet.

La historia del libro está plagada de este mismo suceso constantemente: las bibliotecas que forma una generación están destinadas a desaparecer a manos de la siguiente. Ella pudo tocar los libros de Paul Bonet, yo tan sólo puedo admirarlos de cuando en cuando en museos, bibliotecas y exposiciones, e intentar evocar su belleza en este blog. Sí, precisamente aquí, en ese mundo virtual y electrónico, que amenaza también al libro, aunque creo que no tanto como la iconoclastia con el pasado a la que tan aficionados somos los seres humanos.

André Gide
Lettres à Angèle

Candide
Ilustraciones de Sylvain Sauvage

jueves, 31 de diciembre de 2009

ADIÓS A OTRA LIBRERÍA
















Nuestro encuentro con aquella librería fue accidental y se produjo hace cinco años. Acabábamos de empezar en un nuevo trabajo y nuestra oficina estaba al lado de la sede del Instituto Italiano de Cultura, en la calle Mayor de Madrid. Allí había un café, llamado “Caffè letterario”, al que empezamos a ir allí porque se servía un buen capuchino. Lo mejor de aquel sitio era que antes de llegar al café había que atravesar la librería (su nombre era kilate, pero no aparecía por ningún sitio). Luego cambiaron la distribución y la librería pasó a un segundo plano, situándola detrás del café. Aquello fue una premonición de lo que luego pasaría.
Sólo tenían libros sobre Italia y sobre arte y literatura italianos. Gran parte de los libros estaban en ese idioma, pero la selección de traducciones también era notable. Daba gusto pasearse entre las mesas, llenas de libros gustosos.

Elena Martínez era la dueña de la librería, y merece que se la denomine “La Librera”, con mayúsculas, porque pertenece a una casta llamada a la desaparición. Siempre nos asesoraba con interés, pues no podía ocultar la pasión por su oficio y por la literatura, y nos recomendaba libros con acierto, porque lo había leído todo y de todos los italianos conocía. Daba igual que fueran clásicos o modernos, o guías para los viajes que hemos hecho desde que la conocemos a Roma y a Venecia.

Cuando la fuimos conociendo (sobre todo gracias a Abril, porque lo de antipático no me viene porque sí), nos enteramos de que era una de las mejores traductoras al italiano que hay en España, que le gustaba cocinar, que su hija era dibujante e ilustraba libros, que tenía problemas con el Instituto y muchas cosas más. Siempre nos trató con cariño. No puedo enumerar todas las lecturas que nos ha regalado durante estos años (de Carlo Cassola, Luigi Pirandello, Dino Buzzati, Giovanni Verga, Natalia Ginzburg...) aunque me gustaría recordar dos cosas en especial.
La primera, es la recomendación que nos hizo del libro Hace mil años que estoy aquí, de Mariolina Venezia, un libro que había traducido Elena. La primera que lo leyó fue Abril. Tanto le gustó que compró docenas de ejemplares para regalárselos a sus amigos. Yo no había leído aún el libro cuando un día, en que los dolores de la enfermedad de Abril y la desesperación parecían poder hundirla, me dijo:
- ¿Por qué no me lees ese libro?
Me puse a leerlo en voz alta. A medida que leía, los dos nos sumergimos totalmente en la historia de aquella familia italiana, profundamente emocionados, tristes y alegres. Pasamos aquellas horas amargas muy lejos de allí, en la Italia de hace cien años, con aquellos personajes, más vivos para nosotros en ese momento que muchas personas reales. Esos personajes también estaban llenos de privaciones y angustias que nos hicieron olvidar las nuestras y nos trajeron un enorme consuelo. En esto consiste el milagro de la literatura.
Cuando le conté agradecido a Elena lo que había pasado y le pedí que me consiguiera un libro dedicado por la autora, a la que conocía personalmente, sé que se desvivió por conseguirlo. Pero Mariolina Venezia, además de una magnífica escritora también es una persona difícil. No tuvo éxito a pesar de su afán. Yo se lo agradezco igual porque, pensándolo bien, lo mejor es no acordarse mucho de las personas complicadas.
El segundo recuerdo que conservaré es otra recomendación suya: El librero de Selinunte de Roberto Vecchioni, escritor, cantautor y profesor italiano que nació en el 43. El libro cuenta la historia de un extraño librero, solitario, sabio y sublime, que llega a la preciosa ciudad siciliana y abre allí una librería. Nadie compra sus libros pero él se dedica a leerlos en voz alta sin nadie que le escuche, salvo un niño de 13 años, que es el fascinado narrador de la historia. El librero es ignorado y vilipendiado en la localidad, y finalmente la librería es devorada por un incendio en el que misteriosamente desaparece el librero.
Hablando sobre el libro, Elena me regaló un disco del autor. Conservo ambas cosas con cariño.
La librería de Elena ha liquidado en los últimos meses del 2009, vendiendo sus existencias a precios de saldo. En este caso no ha sido un incendio ni la ignorancia de sus vecinos la que ha hecho desaparecer otra librería en Madrid, una más... Lo más grave es que ha sido una institución “cultural” la que ha decidido cerrarla, sin ninguna explicación, para lo cual no ha tenido empacho en presionar a la más débil.
Se ha creado otro agujero más en esta ciudad y esta vez no es por culpa de las obras del alcalde. Lo peor de todo es que vamos a echar de menos a Elena. Ella no sabe qué hará a partir de ahora, pero yo espero que no desaparezca misteriosamente como el librero de Selinunte.