domingo, 9 de mayo de 2010

BALANCE

Muchos seguidores de este blog, al menos los más perspicaces, saben o adivinan que nació como una secuela para acompañar a “Un abril encantado”. De hecho muchos han llegado a este rincón entrando por esa puerta, pero por si algún despistado no lo sabía, ahora lo proclamo.

Abril lleva años recorriendo un camino de ida y vuelta entre la salud y la enfermedad. En su gira por los muchos males y dolencias con que ha tenido que lidiar ha demostrado ser una auténtica figura del toreo. Su arte y su valor, después de tantas cogidas y revolcones, están fuera de toda duda y lejos de cualquier explicación. A todos pasma y admira. A mí, además, me enamora. Los que están lidiando en la plaza, sufren el miedo y el dolor de las cornadas. Eso los demás no lo podemos evitar. Pero también muchas veces sienten una profunda soledad, incluso cuando los demás celebran triunfos engañosos.

Para evitar esto último a Abril, un día pensé que no bastaba con los aplausos, vítores, ¡olés! o halagos desde el tendido, ni siquiera eran suficientes rabos ni orejas, ni salidas por la puerta grande. Había que hacerle sentir que también yo estaba expuesto, rezando a mi modo desde casa a una virgen imaginaria, como las sufridas mujeres de tantos toreros.

Y decidí crear este blog, para que no sintiera que mis lecturas eran una huida, que mis encierros en mi torreón eran un escondite, y que en todos esos mundos imaginarios o intelectuales que rondaban en mi cabeza, ella también estaba presente.

En la red hay tugurios de todas clases. Hay locales de diseño donde los platos se sirven prácticamente vacíos, y hay pequeñas tascas donde uno encuentra a los amigos y las cañas. Hay lugares donde el dueño se desparrama continuamente en confesiones, y hay también salones donde se discute e intercambian ideas. Yo calificaría este blog de “barroco”, en el sentido que dicen que tenía la palabra en su origen. Las gentes portuguesas llamaron barrocas a ciertas perlas, cuya irregularidad llegaba a veces a lo monstruoso, lo que disminuía considerablemente su valor, al compararse con el que merecían las formas regularmente redondeadas. Si el blog de Abril es un lugar luminoso, blanco y redondo como una perla, en mi espejo se reflejan elementos de origen oscuro, gusto de lo teatral y me nutro de una realidad retorcida, compleja, engañosa y provisional. Si Abril busca la belleza en un ideal plácido y alegre, lleno de sonrisa y esperanza, yo la busco intentado conmover y asombrar, pero para ello no puedo evitar complicarme rebuscando, en un juego de claroscuros. Y así mezclo el diseño con las cañas, las ideas con el desparrame sentimental, la vida real con la ficción, las citas con los recuerdos, las confesiones con las mentiras.

Esto disminuye el valor de la perla barroca de Antipático, pero a pesar de todo, algunos siguen viniendo a verme. Gracias porque ya son más 4.000 visitas.

martes, 4 de mayo de 2010

EL COLECCIONISTA ARRODILLADO

He estado leyendo estos días, como ustedes saben, un extraño libro: “La casa de la vida”, de un escritor y catedrático italiano desencantado, Mario Praz (1896-1982). Después de estudiar leyes, marchó becado a Inglaterra, donde comenzó a publicar pequeños ensayos sobre arte y literatura, materia de la que fue profesor en diversas universidades. Amante de la época del primer tercio del siglo XIX fue un compulsivo coleccionista de muebles, cuadros y antigüedades de estilo neoclásico (estilos Imperio, Regency, Biedermeier), pero también de retratos de cera, miniaturas y casas de muñecas, libros curiosos, espejos, recuerdos rusos, bustos de personajes famosos, abanicos y de todo lo que de aquella época podía encontrar, aunque el mismo confiesa que “la figura del coleccionista a la luz de la sicología no sale bien parada, y desde el punto de vista ético hay sin duda en ella algo profundamente egoísta y limitado, mezquino incluso”.

A su vuelta de Inglaterra en 1934, se instaló en Roma, en un apartamento del Palacio Ricci, en la Vía Giulia. Lo fue decorando con toda la plétora de objetos y muebles que a lo largo de su vida fue acumulando. Abominaba de la falsedad del gusto moderno, en la que cunde el plástico, las flores artificiales, los abrigos de pieles sintéticas, los ojos brillantes gracias a las lentillas. Decía que incluso “la palabra «democrático» sirve tanto para los regímenes constitucionales como para los totalitarios, los pintores presentan una tabla acribillada de agujeros o una burda tela con algún grumo de color y los llaman cuadros, y un escultor toma el asiento de un retrete, lo combina con un tubo de estufa y lo llama una estatua”. No, definitivamente, no le gustaba lo moderno, ni las ciudades llenas de coches, sino que fue un apasionado del gusto antiguo: de aquellos colores verdaderos, sinceros, intensos; de los valores antiguos, de la cultura profunda.

Era un minucioso amante de los detalles, un apasionado de las artes decorativas y aplicadas, un ser meticuloso y perfeccionista. Podía llegar a tener un tono reaccionario en su discurso. Confesaba una extrema facilidad “para eliminar la parte desagradable del mundo circundante”. Vivía centrado en sus estudios sobre el arte y la literatura, y en sus colecciones. Pensaba que en esta época habíamos perdido el sentido de lo que es la alegría de vivir y su expresión directa, sin que podamos apreciar la forma espontánea y fácil de manifestarla.
No obstante, en esta obra nos ha dejado una autobiografía bellísima –el libro más aburrido de todos los tiempos, según algunos–, en la que va describiendo su casa y los innumerables objetos que hay en cada pieza: el vestíbulo, el pasillo, el salón, el boudoir, el dormitorio, la biblioteca...Y a la vez que, erudito, nos muestra las claves de su pasión, va recordando su vida, las circunstancias en las que consiguió sus antigüedades, lo que le pasó en cada época de su existencia, los recuerdos que le traen las diferentes estancias y muebles.
Así, fragmentariamente, vamos conociendo, desde las reminiscencias de su vejez, sus amores y amigos, cómo casó con una inglesa con la que tuvo una hija, sobre su matrimonio poco feliz, que duró cinco años, y de cómo, a lo largo de su vida, obsesionado por su manía, se sumergió entre sus colecciones, sublimando en soledad las cosas que le rodeaban, llenas de belleza, de recuerdos y correspondencias culturales. “La casa es un bosque como el de la Bella Durmiente; como un salón iluminado y desierto, cuyas puertas se abrirán de un momento a otro para el baile, como una iglesia iluminada y solemne, en la que, al compás del órgano, dentro de poco avanzará la procesión desde la sacristía, así una sensación de espera, hecha de ansiedad y de júbilo, palpita en el aire de esta casa que, como confiesan todos sus visitantes, si en ciertos aspectos parece un museo, es sin embargo un museo vivo, no una acumulación exánime de objetos”. No en vano, pensaba que“las cosas se convierten en algo más que cosas, las personas a veces se convierten un poco en cosas”. Los seres que le quisieron, probablemente hartos de ser vistos como algo menos que cosas, le dejaron sólo en aquella casa.
Son especialmente bellos algunos pasajes, como aquellos en que nos habla de las casas de muñecas, de las miniaturas o de las casas de hielo; el comentario sobre un mueble donde guardaba su antigua correspondencia, se convierte, al hilo de las cartas olvidadas, en un repaso de sus relaciones con los muchos intelectuales que conoció, en Italia y en Inglaterra.

Una de sus pasiones fueron las pinturas llamadas conversation pieces o retratos de familia o de grupo del siglo XIX, del que tenía innumerables ejemplos, que servían para fijar la imagen complacida de la familia burguesa y acomodada, hasta que llegó la fotografía y desaparecieron los pintores que se dedicaban a esta clase de trabajo.

Precisamente así, Gruppo de famiglia in un interno (Conversation piece), se denominó la película que su amigo Luchino Visconti dirigió inspirándose en él. Un viejo profesor, sosias de Mario Praz (Burt Lacaster), que vive en un palacio lleno de antigüedades ve trastornada su tranquila existencia por la llegada de unos nuevos vecinos: una familia de vida tormentosa. En España se llamó “Confidencias”. Podéis ver una secuencia de la película pinchando aquí.
Mario Praz al final tuvo que mudarse de su casa en 1969, y volvió a instalar sus cosas en otro apartamento en el que consiguió acoplar sus cosas, en el edificio del Museo Napoleónico de Roma, y que hoy es sede del Museo de Mario Praz.

Todavía allí se puede contemplar una estatua de Amor, aquella de la que nos contó al principio del libro que un día sorprendió a una criada besándola. Al final la estatua le recuerda al viejo escritor, a aquel personaje que en su juventud pisoteaba las flechas de Amor y estudiaba asiduamente, y en la vejez sucumbe a las mismas flechas que un día despreció e intentaba besar a una mujer joven. “Pero los dioses no son amigos de la vejez... A quien entra por la puerta principal del nuevo apartamento se le presenta al fondo de la galería la estatua de Amor arrodillado, que con la mano derecha hace ademán de extraer una flecha del carcaj: a los pies tiene el arco.
Muchas ganancias he obtenido leyendo este gustoso libro: los momentos de placer que me ha deparado, las referencias a libros y obras de arte que quiero frecuentar y de las que he tomado nota, o las ganas de volver a Roma para ver su museo. Pero sobre todo me quedo con una reflexión: que la cultura es algo maravilloso para vivir, siempre que no se olvide uno de que lo importante es eso vivir, y que cada día hay que levantar la cabeza de los libros y papeles, de las cosas y los objetos, y dedicarse a las personas, que es lo único que realmente merece la pena, aunque algunas nos hagan dudar de ello de vez en cuando.

viernes, 30 de abril de 2010

TRISTEZA

A Paco
«Cuando Frank se enteró de que su único hijo, de treinta años, se había suicidado sintió un golpe tan fuerte que pensó que no podría sobrevivir. Le había dedicado toda su vida, pues la madre estuvo enferma desde que nació su hijo. Toda su vida la había dedicado, desde que tenía memoria, a hacer feliz a esa familia. Ahora todo se hundía.
«Vivimos en una cultura -y esto es un tópico-, que da la espalda a la muerte. Si estamos poco preparados para enfrentar
la muerte de un ser querido, no nos pasa siquiera por la cabeza que ese ser sea precisamente aquel que nos tiene que sobrevivir: el propio hijo. El proyecto de vida de Frank pasaba inevitablemente por su hijo, al que había cuidado, alimentado, divertido, ayudado, alentado y querido con un cariño más intenso de lo normal, pues se vio en la obligación de suplir las carencias de la madre. Cada día, durante años, jugó con él, lo llevaba al parque, le preparaba las comidas, lo lavaba, le compraba la ropa. Le había ayudado a estudiar en el colegio y en la universidad. Cuando su hijo encontró su primer trabajo parecía que le había tocado la lotería a él, estaba enormemente feliz viendo el fruto de años de cuidados. Ahora todo estaba roto. Aquellos años volvían a él a cada rato en forma de recuerdos. Muchas veces, cuando menos lo esperaba, eran violentos zarpazos, que le desgarraban el corazón y le dejaban totalmente abatido y sollozando.
«Mucho había sufrido Frank antes, pero aquello fue lo más solitario y aislante que había sufrido en toda su vida. Sus amigos se convirtieron en extraños, porque se preguntaba: “¿cómo pueden entender la intensidad de mi dolor ellos, que no han pasado por lo mismo?” Querían distraerle, sacarle de casa, procuraban que se olvidara, que no hablara de aquello ni pensara en su desgracia. Pero él sólo quería desahogarse y hablar de lo que le pasaba. Se sentía fuera de lugar entre ellos y entre sus familiares. En consecuencia dejó de verles y se desligó de todo aquello a lo que se sentía atraído. Perdió el sabor de la vida: la familia, la pareja, su propio cuidado. Tampoco pedía ayuda.
«Al principio, por las mañanas, se veía tan débil que pensaba que no podría levantarse de la cama. La rutina de su vida diaria, súbitamente, empezó a molestarle. Las actividades que antes disfrutaba ahora las sentía como cargas. Algunos días era incapaz de trabajar, pero otros era absorbido totalmente por el trabajo, intentando aliviar aquel dolor tan terrible. Algunos días sentía que se quería morir, otros se ponía a reír y se sentía contento otra vez, hasta que veía como una nube negra colgaba otra vez sobre él. Aquellos sentimientos tan contradictorios le hicieron pensar que estaba volviéndose loco. Pero Frank no estaba enloqueciendo, sólo estaba en duelo por la muerte de su hijo.
«Un día, paseando por el parque que había al sur de la ciudad, vio por casualidad a un extraño grupo. Era un conjunto curioso y heterogéneo de personas de distintas edades, que se hacían compañía a la sombra de los árboles, jugando al ajedrez, charlando, o haciendo gimnasia. Al observarlos sintió el deseo de sentarse cerca de ellos y observarles. Cogió el gusto de ir allí todos los días. Empezaron a saludarle y pronto conversaron con él. Todos habían pasado por desgracias que les habían expulsado de sus vidas quedándose solos y desamparados. Casi todos habían perdido a quien más querían. No tenían miedo de hablar de sus penas y en su compañía encontró consuelo. Aquellos extraños se convirtieron en amigos.
«Le enseñaron a ser paciente y bueno consigo mismo, a dejar de castigarse. Le hicieron ver que su tristeza y su nostalgia por su hijo nunca desaparecería, pero que el tiempo le concedería momentos de paz entre las oleadas de dolor. Esos momentos debía aprovecharlos para acercarse más al amor que su hijo sintió por él y para disfrutar los regalos que le dejó en su paso por esta vida. Aprendió a resolver su duelo, a vivirlo, a sufrirlo, a llorarlo, a gastarlo. Su proyecto de vida se había roto, era verdad, pero su vida no había acabado, y sobre las bases del recuerdo del amor de su hijo construyó otro.
«Y así fue envejeciendo. Sentía una enorme tristeza por la ausencia de su hijo, pero también reconocía que se había vuelto más humano, más cálido, más conectado a la vida, más comprensivo con los sentimientos de los demás, que antes había ignorado. Empezó a recordar el sufrimiento de quienes habían estado cerca de él en otro tiempo, que necesitaron su ayuda y que no la encontraron. Se avergonzó de lo insensible y egoísta que había sido. La muerte de su hijo le enseñó que todavía había tiempo para cambiar.
«Así era Frank cuando estaba en el umbral de su vejez. Volviendo a nuestra historia diré que aquella mañana de primavera Frank....»

Robert Cather: fragmento de “The Blue Hotel
Traducción: Antipático


lunes, 26 de abril de 2010

CURA DE MOSCAS

Al Sr. Mesonero, mi profesor de literatura de bachillerato, él sabe por qué

Por fin parece que estos días de primavera empiezan a anunciar el calor del verano. Y unos días de sol han hecho aparecer en mi calle y en mi casa, y en los jardines vecinos, las inquietas y negras moscas. A mí me parecen algo molestas, pero hay quien las tiene en tan gran estima que se somete a una cura con estos insectos.


"Cuando le encontré contemplaba absorto el maravilloso espectáculo de la ría de Arosa desde una roca de Punta Cabreira, en la isla encantada de La Toja.
- He venido a curarme a Pontevedra -me dijo.
- ¡Ah! -contesté distraídamente-. Se baña usted en esas aguas.
- No; no vengo en busca de ninguna clase de aguas.
Tiró una piedrecita al mar. Luego, agregó, sencillamente:
- Vengo por las moscas.
- ¿Por las moscas?
- Sí.
Le miré un instante.
- Temo, en verdad, que esté usted muy enfermo.
- Hace un mes estaba peor. Gracias a estas moscas... ¡Oh, estas moscas! Ustedes no saben la riqueza que tienen con ellas en Galicia.
Fruncí el ceño. ¡Qué diablo! Yo bien sé que en Galicia hay una terrible cantidad de moscas extraordinariamente molestas; pero no me gusta que un forastero me lo reproche. - Bien -repliqué-, ¿y qué tenemos con eso? Son moscas gallegas, nacidas de moscas gallegas; pican en lo suyo. Si a usted le parece mal, no haber venido.
- ¡Cómo! ¡No haber venido!.. Pero si yo les debo la vida y las amo como nadie las sabe amar. Yo estoy sometido aquí a una cura de moscas. Ustedes son los que desconocen la importancia de estos insectos maravillosos. En todo el mundo no hay una mosca igual a las moscas de la provincia de Pontevedra. Todas las moscas pican; éstas muerden. Todas las moscas tienen tenacidad; pero éstas no conocen la fatiga. Una mosca inglesa no vuelve nunca al sitio de donde fue arrojada. Una mosca madrileña vuelve seis veces. Una mosca africana vuelve quince. La mosca pontevedresa vuelve siempre mientras haya vigor en sus alas. La calva de un amigo mío fue atacada por una mosca de Salvatierra. Esta mosca sorteó millares de manotazos, acompañando a mi amigo por toda la provincia durante un mes. Le esperaba a la orilla del mar, cuando se bañaba, y a los pies de la cama, cuando dormía. Hoy he recibido un telegrama de mi amigo desde Orense. "Maruxa se quedó en Salvatierra", me dice. Había puesto nombre a la mosca, como se le pone a un perro o a un gato. Tengo la seguridad de que está triste. Le tenía cariño ya. Y es natural. ¿No le parece?
- Me parece -respondí sombriamente- que intenta usted burlarse...
- ¡Qué ignorancia! Cuando le haya explicado, comprenderá... La mosca pontevedresa muerde en todas partes. No existe contra ella la defensa de los vestidos.. Muerde al través de los calcetines, de la americana, de un gabán... Ataca por centenas, por millares. Y ella es la que da salud a la raza. ¿Por qué las Rías Bajas son más ricas que las Rías Altas? Por las moscas. En las Rías Altas, los hombres quedan dulcemente inmovilizados en la contemplación de la naturaleza. Les gana el sopor, la quietud, el no hacer nada. Se dedican a crear casinos con nombres ingleses. En las Rías Bajas, el hombre no puede estarse quieto. Si se está quieto, lo devoran las moscas. Va, viene, manotea, y esta actividad le lleva a ser comerciante, a crear industrias... Se acostumbra a agitarse en su lucha con las moscas, y ya no puede estarse quieto nunca. ¿Quién fundó la rica y trabajadora ciudad de Vigo? Las moscas. ¿A quién se deben las innúmeras fábricas de conserva y de salazón que hay en estas riberas? A las moscas. ¿Dónde están los hombres más laboriosos, los mejores hoteles, la gente más emprendedora? ¿En La Coruña, en el Norte? No: en Pontevedra, en el sur gallego, feliz poseedor de esas moscas, que no tienen rival en el mundo.
Yo soy coruñés. Mi amor propio me incitó a aclarar:
- No sé cómo dice usted eso. En La Coruña hay moscas verdaderamente formidables.
- ¡Psch! Moscas de tercera clase, moscas de "Sporting-Club". Si va allí una de estas moscas, se las come a todas. Pero aún no he terminado. Es preciso que le explique a usted mi "cura de moscas". Yo soy un hombre linfático. Vivo, como usted sabe, en Madrid. Mi existencia es reposada: una existencia de hombre de bufete. Ando en coche o en tranvía, permanezco muchas horas inmóvil... Mi linfatismo crece, mi estómago se estropea. Todos los veranos acudo aquí. Las moscas me acometen. Y ando, corro, manoteo, me irrito... Mis brazos hacen una incesante gimnasia para espantar a las moscas voraces... Toque usted.
- ¿Qué es eso?
- Es el bíceps. Parece el de un boxeador, ¿verdad? Hace un mes y medio, cuando vine, apenas tenía el hueso. Mucho ejercicio. Sano ejercicio. También tengo más nervios. No se los puedo enseñar a usted, pero sé yo que los tengo. Y como con verdadera hambre. Ustedes dicen: "Son nuestras aguas". No; son estas moscas. Suprima usted las moscas, y los diversos manantiales salutíferos de Galicia se desprestigiarán rápidamente. Además, las costumbres gallegas sufrirían una transformación. Por ejemplo: no habría emigrantes. El emigrante huye de las moscas. Las moscas empujan a América a muchos millares de seres para los cuales el mar es simplemente una ancha planicie sin moscas. Esos emigrantes son los que envían a Galicia millones y millones y la enriquecen. Desaparecidas las moscas, las gentes no tendrían por qué marcharse de este país de maravilla, donde la vida es menos angustiosa que en otros muchos. He aquí cómo la mosca pontevedresa cumple un fin salutífero y un fin social-económico. ¿Quién trae esos soberbios transatlánticos que rayan el cristal prodigioso de la ría de Vigo? Una mosca. ¿Quién les lleva a América? Una mosca. La implacable mosca pontevedresa. Y esta mosca es la que da origen a las Casas de banca, por las que giran fondos los emigrados, y a las Casas consignatarias, y a las escuelas que fundan los indianos; a todo, en fin, lo que es progreso, cultura, riqueza...
Cruzo las manos, como en éxtasis.
- ¡Y qué inteligencia! -agregó-. Nadie tiene la noción del deber como una de estas moscas. Oiga usted un caso. Por las mañanas entra el camarero a despertarme, abre las contraventanas, y se va. Yo soy perezoso. Mi linfatismo me incita a volverme a dormir. Imposible. Varias moscas zumban, me clavan, me muerden, cosquillean en mí. Tengo que levantarme. ¿Es que han comprendido que debo hacerlo así, que no me conviene continuar acostado?
- Acaso sea porque, al abrir las contraventanas, al entrar la luz...
- ¡Oh, no! Esa es una explicación trivial. ¿Usted cree que no les molesta tanto giro, tanto picotazo? ¡Si yo no sé cómo aguantan! ¡Pobres! Hacen cuanto pueden por cumplir su misión.
Bruscamente, mi amigo se puso en pie, pálido y con los ojos extraviados por el miedo:
- Perdone usted... Ya continuaremos hablando... Ahí vienen tres moscas furiosas que me persiguen desde ayer... Me han descubierto. Había conseguido darles un esquinazo... ¡Ahí están!... ¡Perdone!...
Y se dio a correr como un loco, dejando olvidado el sombrero."

Wenceslao Fernández Flórez

miércoles, 21 de abril de 2010

JOSÉ MINDLIN: CAZADOR DE LIBROS

El pasado día 28 de febrero murió José Mindlin, el mayor coleccionista de libros de Brasil, que a lo largo de su vida llegó a adquirir una ingente cantidad de libros (un kilómetro de estanterías), muchos de ellos extraños, raros, curiosos e inencontrables.

Era hijo de una familia judía rusa, que se estableció en Brasil a comienzos del siglo XX. Sus padres, que habían nacido en Rusia, se conocieron en 1905 en Nueva York, a donde habían emigrado cada uno por separado. Se casaron y decidieron marchar a Brasil. Su familia siempre tuvo aficiones intelectuales, gusto por la pintura y una razonable biblioteca.

José fue abogado, empresario y político. Su pasión fueron los libros. Todos sus ingresos, que en algunos momentos no fueron pocos, los dedicó a la adquisición de libros. Fue también editor y librero, aunque tener una biblioteca privada y una librería son cosas difíciles de compatibilizar. “Me costaba vender cada libro que querían comprarme. Conseguí recomprar casi todos los buenos libros que pasaron por mis manos” –manifestó. Por eso tuvo que abandonar ese negocio ruinoso. Conoció a casi todos los buenos libreros antiguos de muchísimas ciudades, a los que ha fatigado buscando sus libros. Su vida, sus viajes, su casa, sus amigos, su mujer, fueron sólo compañeros y escenarios de su pasión por la caza de los libros. Le gustaba más la búsqueda que la pieza una vez cobrada.

En su biblioteca tenía verdaderas joyas en forma incunables, manuscritos y primeras ediciones de multitud de obras maestras de la literatura: los Ensayos de Montaigne, los Triumphi de Petrarca, Os Lusiadas, de Camoens, la Hypnrotomachia Poliphili, y el Liber Chronicarum, Las flores del mal de Baudelaire, Fausto de Goethe, Iluminaciones de Riambaud, Victor Hugo, las Obras completas de Moliere, Machado de Assis, Proust, Balzac, Guimâraes Rosa, Tolstoi, Cervantes, Sthedhal, Eça de Queiroz... y así miles y miles de libros.

Su afición por la bibliofilia le vino por la lectura. De lo único que se lamentaba antes de morir era de no haber podido leer más en su vida. Calculaba que habría leído unos 10.000 libros, algo más de dos libros por semana de media.

Yo también me he hecho ese cálculo. Si me comparo con Mindlin el resultado es descorazonador. En estos momentos tengo una biblioteca de cerca de 3.000 volúmenes (ninguna primera edición valiosa). Muchos de mis libros no los he leído. Si consigo leer la mitad que Mindlin, podré leer, como mucho, unos 50 libros al año, y si disfruto de una larguísima existencia podré leer unos 40 años más. En total podré leer 2.000 libros más en lo que me resta de vida. Está hablando un optimista que no cuenta con que lleguen ni el aburrimiento por seguir leyendo, ni la escasez de tiempo, ni cegueras, ni otras enfermedades que se lo impidan. A esos libros habré de descontar los que releeré, que es otro placer al que no pienso renunciar. Conclusión: tengo que elegir y descartar. No se puede leer todo. Seguir coleccionando libros no es razonable y puede llegar a ser una verdadera locura. Todo eso ya lo sé, pero los sigo buscando y comprando, encuadernando y contando, clasificando y ordenando. Para mí la vida es como una inmensa biblioteca llena de posibilidades y combinaciones; y no leer es renunciar a vivir bien, pues la lectura es sinónimo de disfrutar más de todas esas cosas, de conocer sus secretos. Si un libro me cansa lo dejo. "Nada hago sin alegría" como decía Montaigne.

Quizá sea esa la oculta razón por la que, estas navidades, mi hermano me ha regalado esta biblioteca. Es pequeña pero no podré leerla nunca, pues sus libros son de madera. La he instalado en casa y la contemplo todos los días. No deja de recordarme la futilidad de mis afanes lectores. Gracias hermano por tan bonito regalo, auténtico monumento a mi manía.