miércoles, 16 de junio de 2010

16 DE JUNIO: BLOOMSDAY

Como todos ustedes sabrán, hoy se celebra en las calles de Dublín el “Bloomsday”, o día de Bloom. Es un evento anual que se celebra en honor a Leopold Bloom, personaje principal de la novela Ulises de James Joyce. Se celebra todos los días 16 de junio desde 1954, porque es el día en el que transcurre la acción -ficticia- del Ulises. Joyce eligió esa fecha porque fue la de su primera cita con la que sería su mujer, Nora Balance. Este día los celebrantes procuran comer y cenar lo mismo que los protagonistas de la obra, o realizar distintos actos que tengan su paralelismo en la novela. Especialmente se realizan encuentros en Dublín para seguir el itinerario exacto de la acción, se realizan lecturas del texto y algunos van disfrazados de personajes de la época.
Últimamente el evento se está poniendo más de moda en nuestro país, por varias razones, pero sobre todo por la última novela de Enrique Vila-Matas Dublinesca, que he leído esta primavera y por el club que él ha creado con sus amigos, para festejar anualmente la efeméride en Dublín, pero a su manera, y que se denomina “La Orden del Finnegans” y de lo que hoy hablan unos cuantos periódicos. Los miembros han aprovechado estos fastos joyceanos para editar un libro de relatos con el mismo nombre.


En Madrid hemos copiado la idea y celebramos “La noche de Max Estrella”, rememorando el itinerario golfo del personaje de la obra de Valle Inclán Luces de Bohemia. Nunca he asistido a ninguno de ambos eventos, pues me temo que no soy amigo de actividades gregarias, por atractivas que puedan parecer.

Dublín me evoca sin querer mis estancias estivales en aquella ciudad cuando era un adolescente. Yo entonces no sabía el nombre de ninguno de los espléndidos escritores que habían nacido en ese país (como Wilde, Keats, Joyce o Becket); no conocía la música céltica, ni a los Chifteins, ni a Van Morrison, no había visto La hija de Ryan ni Barry Lindon, ni tantas otras cosas. Por supuesto, tampoco tenía noticia de la existencia de tan famosísima novela, que yacía ignorada en la biblioteca de casa de mis padres. A esa edad, si hubiera leído el Ulises, habría sido un adolescente de una precocidad y pedantería insoportables. Pero tiendo a cultivar cierta nostalgia por las ocasiones perdidas en mis primeros viajes, como aquel otro de fin de curso que hicimos por Europa cuando tenía diecisiete, y del que tampoco pude exprimir todo su jugo, por falta de formación y de interés.

En cualquier caso, mis veranos irlandeses no fueron tiempo perdido. En Dublín fue la primera vez en que dispuse de tiempo, libertad y dinero. Aquellos tres veranos, que en teoría debían servirme para aprender inglés, me sirvieron, sobre todo, de “primera vez” para muchas cosas: comer sopa de avena, desayunar unos extraños cereales, bailar en una discoteca, besar a una chica, robar en las tiendas, cantar el porompompero en la calle, jugar al tenis, beber cerveza negra, escaparme por las noches a los bosques de la cuidad y cosas así. No he vuelto a Dublín, ni a hacer casi nada de todo eso (¡ojo!, he dicho casi), aunque no me importaría volver. Años después leí el Ulises, pero creo que repetir semejante hazaña me iba a costar más trabajo.

sábado, 12 de junio de 2010

VALENCIA REVISITADA

He estado estos días en Valencia. La ciudad ha cambiado mucho y a mejor. Los paseos y jardines del cauce antiguo del río, que eran ilusorios proyectos hace unos años, hoy son agradables realidades. Los palacios de las artes, la música, el ocio y las ciencias han desplazado solares e industrias que afeaban la ciudad. Los coches no han asaltado el centro de la urbe, que ya tiene metro y trenes. El casco viejo, con sus museos y sus casas rehabilitadas, hacen olvidar la imagen de decadencia y pobreza del antiguo barrio del Carmen. El paseo marítimo de la Malvarrosa y el puerto están muy mejorados, probablemente debido a los fastos deportivos de la fórmula 1, la copa América y al afán de embellecer la ciudad que tienen sus habitantes. Los valencianos de cierta edad, a poco que no les falle la memoria, deben estar contentos.

Todo viaje es un peregrinaje al pasado. Allá donde voy procuro informarme de la historia del lugar, para explicarme mejor lo que veo con el concurso de la cultura: su arte, sus cuentos, sus personas y su carácter. He de reconocer que últimamente tengo un cierto recelo a la historia, porque a muchos sirve para fines espúreos, y cada vez estoy más de acuerdo con quien dijo aquello de que la historia no existe, que sólo existe la bibliografía. Pero volviendo al tema, este viaje a Valencia no ha sido un viaje al pasado histórico, sino más bien, un retorno a mi juventud.

Esa ciudad, una día de agosto de 1985, recibió a un joven madrileño de veintipocos que llegó para trabajar en su primer empleo. Allí ganó y gastó su primer sueldo, compró su primer coche que después le robaron. Aquel joven aprendió en Valencia a convivir con una mujer maravillosa, tiempo después la conoció mejor, pronto descubrió que no la merecía, y aún siguen juntos; entre los dos decoraron su primera casa en la calle Salamanca. Valencia contempló cómo ese joven engordaba y empezaba a saber lo que significaba ser padre, pues allí sintió la enorme ternura de sostener a su hija en los brazos por primera vez. Fue la ciudad de su primera biblioteca, de las visitas al encuadernador Chuliá de la calle de la Nave, de la búsqueda infatigable de libros en la librería París-Valencia, del asombro que le produjo la colección de ex libris de Agustín Arrojo Muñoz en el Museo Nacional de Cerámica, de las cenas en el restaurante Gargantúa, de las tardes de primavera en la playa, de los petardos y la pólvora, de la cremá de las fallas, de La Ceramo, del mercadillo de los domingos, de una extraña visita al Colegio del Arte Mayor de la Seda, de los almuerzos pantagruélicos a media mañana, de las terrazas donde se podía tomar copas de noche en invierno sin pasar frío, de los abrigos innecesarios, de los arroces en el campo..., y de tantos y tantos recuerdos.

Aquel joven era yo. Para mí Valencia, ahora me doy cuenta con nostalgia, será siempre la ciudad de mi juventud pavorosamente perdida, de aquellas personas a las que ya no trato pero que me depararon, durante unos años, hermosos momentos de amistad. Una ciudad donde fui feliz y donde tuve alegres ilusiones que no he perdido y que no pienso perder.

martes, 8 de junio de 2010

LA BIBLIOTECA BRAUTIGAN

Como ustedes saben estoy leyendo La pesca de la trucha en América, la obra más conocida de Richard Brautigan (1935-1984), que acaban de publicar en español. Este individuo fue un escritor al que han clasificado dentro del movimiento contracultural de los años sesenta. Escribió muchas obras, y ésta es sin duda la más conocida del autor. No sé muy bien qué decir de ella porque esta ¿novela? es absolutamente inclasificable.

De lo que quiero hablarles hoy es de la biblioteca Brautigan, una idea puesta en marcha por sus seguidores, proveniente de una novela suya titulada El aborto, obra que se desarrolla casi íntegramente en una biblioteca que recolecta obras inéditas, que nunca han sido publicadas.

La Biblioteca Brautigan, la real, no la inventada por él, está situada en la planta alta de la Librería Fletcher, en el centro de Burlington, Vermont, USA, y está hecha para conmemorar a su autor, en una zona autónoma del resto de la librería.

Los libros que contiene abarcan toda clase de temas y estilos, libros manuscritos o mecanografiados, o hechos con tratamiento de textos. La mayoría fueron enviados entre 1990 y 1996 y hay títulos como Plata esterlina para cucarachas o Tres ensayos que conducen a la abolición del dinero. Todos tienen en común que nunca fueron publicadas, y la mayoría están encuadernadas en encuadernaciones de color azul oscuro.

No se sabe cuál es el origen de la Biblioteca, pero una placa dice lo siguiente:

LA AMÉRICA ETERNA PRESENTA LA BIBLIOTECA BRAUTIGAN.
UN HOGAR PARA LA LITERATURA INÉDITA.

Al parecer tiene un bibliotecario que cambia con frecuencia (¿quiénes son?), y allí acuden los curiosos y amantes de Brautigan. Se puede mandar obras a la biblioteca con dos únicos requisitos: que no estén publicadas y que el autor se haga cargo de los gastos de envío. De tiempo en tiempo los libros son retirados y llevados a una cueva en Carolina del Norte.

La biblioteca tiene un dispensador de poesía, que como si fuera una máquina de cigarrillos, al introducir 50 centavos en la ranura y tirar de un mecanismo, suministra algo de poesía. Todavía estoy bajo el influjo de la lectura de La pesca de la trucha en América, y me dan ganas de mandar algo. También existe una biblioteca Brautigan Virtual.

El autor puede colocar los libros en cualquier balda que elija. Quizá una de las cosas más curiosas de esta biblioteca es el sistema de clasificación de las obras que la componen, y que se aleja de los sistemas clásicos de la mayoría de las bibliotecas. El sistema se denomina “sistema mayonesa”, y debe su nombre a que la palabra mayonesa fue la última de su libro más leído. El sistema consiste en organizar los libros en categorías como las siguientes: amor; el futuro; sentido de la vida; aventura; humor; naturaleza; vida callejera; todo lo demás... Utilizan botes de mayonesa o latas como sujeta libros.
La próxima vez que vaya a Vermont, me pasaré por la Biblioteca Brautigan con mis libros inéditos. Les mantendré informados de todo lo que averigüe.

lunes, 7 de junio de 2010

EL FUNCIONARIO POETA

Hace ya la friolera de doce años una amiga mía, que trabajaba conmigo en el Ministerio, me dijo que José Luis Zúñiga, otro compañero de trabajo, además de hacer sus pinitos como compositor y cantante, escribía poemas y se había metido a editor de libros de poesía. Yo conocía a José Luis desde el año 1990, y fue él quien me animó a publicar mi primer artículo técnico en la revista que dirigía. Cuando se marchó de la Dirección General en que trabajamos dejé de verle. Apenas le conocía, por eso me extrañó tanto su afición a la poesía.

Su editorial era muy peculiar. Se llamaba Ediciones del Primor. Editaba libros de amigos y conocidos. Los distribuía entre los suscriptores, que cubrían los gastos con una pequeña cantidad anual. Sus ediciones, muy cuidadas, apenas llegaban al centenar de ejemplares. En el proyecto editorial estaban otros compañeros del trabajo y amigos interesados en la poesía. A algunos los conocía. Decidí apuntarme. A todos nos animaba a escribir para publicar.

En esa pequeña editorial publicó a mi hermano su Oda a Martenot. Hoy pasados bastantes años desde que se inició la editorial, y cuando parecía que iba a acabarse la edición de esos libros, o al menos a cambiar de dirección debido a su jubilación, me llega el último libro publicado: Las bisagras del bosque, de Manuel Lleó y Pedro Sempere. Me ha alegrado mucho recibir este envío (¡y van 49!), pues sigue vivo un proyecto en el que participo, aunque sólo como suscriptor. La editorial también tiene una secuela de ediciones musicales.

Mientras hojeo el nuevo libro pienso que el ambiente tecnocrático y administrativo, como el de un Ministerio de Hacienda, era un lugar complicado para crear poesía. Algunos de los suscriptores éramos un grupo de burócratas, que recaudábamos el dinero ajeno, y perpetrábamos tamaña fechoría con impecable técnica, bajo el manto no siempre tranquilizador de la legalidad y del Derecho tributario. A pesar de nuestro oficio tan poco lírico, consiguió que estuviéramos unidos por el lazo callado de la poesía y el amor a la literatura. Lo más curioso era que, cuando alguno de nosotros coincidíamos, no hablábamos de poesía, lecturas, o literatura, sino del trabajo o de trivialidades, como temerosos de poner en juego el más mínimo sentimiento que pudiera desvelar nuestra intimidad.

«Desdoblarse siempre ha sido una forma de sortear la realidad amenazadora en la que, por otra parte, se quiere participar. La doblez, aunque asociada al engaño hacia los demás, entraña una forma de búsqueda de la verdad y de protección contra la muerte o el cautiverio. ¿Quién de nosotros no es un “homo duplex”?, preguntará Baudelaire. ¿Quién que haya sido tocado por el dulce y silencioso pensamiento no ha sentido las tensiones entre la acción y la intención, entre la realidad y el ensueño, entre la osadía y el miedo? Re-flexionar, com-plicarse, du-plicarse, son formas dignas de huida y anestesia ante el dolor que el vivir provoca.»

El otro día me topé con este párrafo, que viene al pelo de lo que decía. Fue en la feria del libro, estaba en el prefacio de un libro de Carlos Eymar llamado El funcionario poeta. En él habla de autores consagrados de la literatura universal, como Kafka o Pessoa, que han sido capaces de sobreponerse al poder burocrático en el que vivían y que, a pesar de su condición de administrativos o funcionarios, se han convertido en iconos de la cultura universal. También habla de varios personajes funcionarios creados por otros escritores. No sé si lo leeré. No sé si quiero que me cuenten a mí, que no he escrito un solo verso en mi vida, las proezas literarias de otros funcionarios como yo, y que me hagan preguntarme una vez más que qué he hecho con mi vida. La respuesta la sé de sobra.

sábado, 5 de junio de 2010

CIEN AÑOS DE SOLEDAD

PINCHA EN LA IMAGEN DE ARRIBA.
EL TEXTO DE ESTA ENTRADA HA DE LEERSE MIENTRAS SE ESCUCHA LA MÚSICA

Hace un par de semanas estuve escuchando un concierto en el auditorio de música de mi ciudad. Estrenaban una obra de un compositor español. El público, tradicional y educado, escuchó con calma y aburrimiento aquella música que no entendía. Celebraron la ejecución con unos lánguidos aplausos ante la presencia del joven compositor. Después se intepretraron unas variaciones de Liszt y la sinfonía fantástica de Berlioz. Esta vez sí, el público aplaudió a rabiar la interpretación de la música que le gustaba.

Siempre que asisto a conciertos de música moderna me asalta la misma pregunta ¿Por qué es tan aburrida y absurda la música culta que se viene componiendo en el último siglo? ¿Cómo es posible que nada me diga, que no me inspire ninguna idea ni sentimiento?

Todo empezó con Arnold Schoenberg. Nació en septiembre de 1874 en el seno de una familia pobre. Era una persona de carácter serio y formación sobre todo autodidacta. No era muy dado a sonreír. Su baja estatura, complexión nervuda y prematura calvicie le conferían un aspecto algo endiablado. Llegaron a decir que parecía un fanático. El compositor era sorprendentemente inventivo, lo cual no sólo era aplicable a su música: tallaba sus propias fichas de ajedrez, encuadernaba sus propios libros, pintaba (Kadinsky era un gran admirador suyo, los autorretratos que ilustran esta entrada son suyos) e inventó una máquina de escribir música.

Schoenberg empezó trabajando en un banco, pero no pensaba en otra cosa que en la música. A pesar de sus preferencias por Viena, donde frecuentaba el café Landtmann y el Griensteidl, y donde vivían grandes amigos, no tardó en darse cuenta de que la ciudad más beneficiosa para su formación tenía que ser Berlín. Allí conoció a Mathilde, con la que se casó en 1901.

Eligió un camino distinto al de otros compositores. Mientras que Strauss, Mahler y Debussy peregrinaron a Bayreuth para aprender la armonía cromática bajo la influencia de Wagner, él se dio cuenta de que la evolución del arte se lleva a cabo tanto a través de bruscos cambios de dirección y saltos espectaculares como mediante un crecimiento gradual. Sabía que los pintores expresionistas pretendían hacer visibles las formas deformadas y sin refinar desencadenadas por el mundo moderno, analizadas y puestas en orden por Freud. Su intención era lograr algo similar en el terreno de la música, la “emancipación de la disonancia”, como le gustaba llamarlo. Al igual que otras ideas de principios de siglo, como la abstracción o la teoría de la relatividad, empezó a explorar la disonancia y la atonalidad.

Y así, desde 1900 fue avanzando lentamente en ese camino. En 1908 se produjo una doble ruptura. En primer lugar la despedida de Mahler, que marchó a Nueva York, harto del antisemitismo de moda en Viena, tras abandonar la dirección del teatro de la Ópera. Al decir adiós desde la estación al compositor que había dado forma a la música vienesa durante una década, dijo “se acabó”. Él había sido el único compositor de cierto relieve que entendía lo que él estaba buscando. Pero sobre todo, Schoenberg tuvo que enfrentarse a una segunda crisis. Ese verano, Mathilde, su esposa, lo abandonó por un amigo. Rechazado por su mujer y privado de la compañía de Mahler, a Schoenberg no le quedaba otra cosa que su música; así que no resulta extraño el tono sombrío que caracteriza a las composiciones de su primera época atonal.

Ese año fue trascendental para la música moderna. Compuso su Segundo cuarteto de cuerda, inspirado en la poesía de Stefan George, cuyos poemas, a medio camino entre la poesía experimental y las óperas de Strauss, estaban poblados de referencias a las tinieblas, a mundos ocultos, fuegos sagrados y voces. En los movimientos tercero y cuarto apareció la atonalidad, dejando de lado los seis sostenidos de la escala, para producir «un verdadero pandemonium de sonidos, ritmos y formas». La suerte quiso que la estrofa acabase con el verso: “Ich fühle Luft von anderem Planetem” (“Puedo sentir aires de otros planetas”).

Entre el mes de julio en que acabó su cuarteto y la fecha de su estreno, el 21 de diciembre, tuvo lugar una nueva crisis personal en el hogar de Schoenberg. En noviembre se ahorcó el pintor por el que lo había abandonado su mujer, y que ya antes había intentado apuñalarse. Schoenberg llevó a casa a Mathilde y, cuando le tendió la partitura destinada a los ensayos de la orquesta, ella pudo leer la dedicatoria: “A mi esposa”.

El estreno del Segundo cuarteto de cuerda se convirtió en uno de los mayores escándalos de la historia de la música. Después de apagarse las luces, el público guardó un respetuoso silencio durante los primeros compases; pero sólo durante éstos. Muchas personas que habitaban en apartamentos en Viena llevaba en la época silbatos junto a sus llaves; de esta manera, si llegaban tarde por la noche y se encontraban con la puerta principal del edificio cerrada, sólo tenían que hacerlo sonar para llamar la atención del portero. La noche del estreno, la audiencia sacó sus silbatos y provocó un estruendo tal en el auditorio que logró ahogar la música del escenario. Un crítico se puso en pie de un salto y gritó: “¡Basta! ¡Silencio!”, aunque nadie pudo determinar si se estaba dirigiendo a la audiencia o a los músicos. La escena se hizo aún más caótica cuando los simpatizantes de Schoenberg se sumaron al alboroto, gritando en su defensa. Al día siguiente, un periódico calificó la interpretación de “reunión de gatos”, y otro, en un alarde de inventiva que habría aprobado incluso Schoenberg, imprimió la reseña en la sección de crímenes del diario.

A pesar de que Schoenberg reconoció que esa noche fue uno de los peores momentos de su vida, persistió en la atonalidad a lo largo de toda su carrera. Sus siguientes obras tampoco tuvieron tema ni melodía algunos. Como quiera que la mayoría de las formas musicales dentro de la tradición clásica emplean variaciones de temas, y puesto que la repetición es la característica más obvia de la música popular, el Segundo cuarteto de cuerda y otras de sus obras de aquella época se convirtieron en una gran ruptura en la historia de la música. Unos años después, en 1912, con motivo del estreno de su obra Pierrot, el público y la crítica se hallaban divididos, pues algunos entendieron que aquella nueva manera, haría que la música nunca volvería a ser tan “fácil” como hasta entonces, al igual que ocurría entonces en la pintura, la literatura o incluso en la arquitectura, cuyas manifestaciones eran hijas de su propio tiempo. Schoenberg había descubierto un camino nuevo diferente al de Wagner.

Después de Schoenberg vinieron otros, durante todo el siglo XX, y la música dodecafónica, la electrónica y demás música experimental. Tras él, la música “seria” empezó a perder a muchos de sus incondicionales. Los melómanos están divididos. Hoy todavía la mayoría de los mortales que acudimos a las salas de conciertos no sabemos disfrutar de la música contemporánea, a pesar de que, en otros campos de las artes, ya hemos asimilado las grandes revoluciones estéticas que propiciaron las vanguardias.

Han pasado ya cien años desde el estreno de la primera composición atonal. Como muchas otras personas, pocas son las composiciones de música culta contemporánea que soy capaz de disfrutar hoy. Básicamente me quedé en Stravinski y en Carl Orf. Pero los compositores contemporáneos no cejan, siguen en su empeño. ¿Tienen razón? Lo ignoro. Cuando se estrenan sus obras, la gente ya no las patalea, sólo bosteza. A veces pienso que viven en una especie de torre de marfil, componiendo aislados en la intimidad de sus casas. El resto de los mortales sólo parecemos capaces de disfrutar lo que componen para algunas bandas sonoras de películas. Supongo que los compositores contemporáneos, al menos algunos de ellos, deben sentirse solos y tremendamente alejados de su público. En el fondo no dejo de pensar que la música culta lleva viviendo ya cien años de soledad.