martes, 4 de enero de 2011

OFELIA


"REINA.- Inclinado a orillas de un arroyo, elévase un sauce, que refleja su plateado follaje en las ondas cristalinas. Allí se dirigió, adornada con caprichosas guirnaldas de ranúnculos, ortigas, velloritas y esas largas flores purpúreas a las cuales nuestros licenciosos pastores dan un nombre grosero, pero que nuestras castas doncellas llaman dedos de difunto. Allí trepaba por el pendiente ramaje para colgar su corona silvestre, cuando una pérfida rama se desgajó, y, junto con sus agrestes trofeos, vino a caer en el gimiente arroyo. Alrededor se extendieron sus ropas, y, como una náyade, la sostuvieron a flote durante un breve rato. Mientras, cantaba estrofas de antiguas tonadas, como inconsciente de su propia desgracia, o como una criatura dotada por la Naturaleza para vivir en el propio elemento. Mas no podía esto prolongarse mucho, y los vestidos cargados con el peso de su bebida, arrastraron pronto a la infeliz a una muerte cenagosa, en medio de dulces cantos.

"LAERTES.- ¡Ay de mí! Luego ¿ha perecido ahogada?

"REINA.- Ahogada, ahogada.

"LAERTES.- Atajemos el llanto, pues agua de sobra tienes tú, pobre Ofelia (llora). Con todo, esto no es más que una costumbre. La Naturaleza se aferra a sus hábitos, por más que diga la vergüenza. Cuando este lloro cese, no quedará en mí rastro de mujer. ¡Adiós, señor! ¡Tengo palabras de fuego, que arderían de buen grado si no las sofocara esta debilidad! (sale)."

W. Shakespeare
Hamlet. Acto IV. Escena VII.

lunes, 3 de enero de 2011

PROVENZA

He de confesar a ustedes que acabo de volver de la Provincia de Francia, donde hemos pasado unos días despidiendo el año 2010 y conjurando a los espíritus de 2011, para que nos sean propicios. Hemos estado instalados en una residencia inmejorable, gracias a la tenacidad y sabiduría de alguien querido. Le petite bastide está rodeada de viñedos y olivos, equipada con un hogar acogedor, con el macizo del Luberon al fondo y el río Dordoñe a nuestros pies.

Muchas son las cosas que se podrían decir de aquellos valles y bosques, agraciados por la naturaleza, de su situación inmejorable y de la sabiduría de sus habitantes, que saben cocinar, cultivar y adornar su vida. Y de unos cultivos muy especiales quería hablarles ahora, pues he sentido cómo, a lo largo de los siglos, se ha cultivado el espíritu en esa tierra.

Los griegos y romanos colonizaron toda la región intensamente, dejando calzadas, puentes, foros, teatros, arcos, monumentos, templos, acueductos y ciudades (inmejorable la visita a Glanum, en St. Remy de Provence). Ellos demostraron cómo se podía dominar la naturaleza con estética y sabiduría. Después, cuando la barbarie medieval dominaba en Europa, los señores provenzales dejaron reinar a sus damas, que inventaron las cortes de amor y el amor cortés. En sus castillos (sobre todo en Les Baux) los trovadores componían y declamaban la poesía y la música provenzal. Aquellas damas, inventando un nuevo lenguaje para el amor, avanzaron el Renacimiento, elevaron la sensibilidad del espíritu medieval, tosco a más no poder en las lides románticas, pues hasta entonces el hombre, olvidada la cultura clásica, sólo se dedicaba a la caza y a la guerra. Y allí siguieron estableciéndose pintores y escritores en los siglos barrocos y modernos: desde Petrarca a Van Gogh, de Durrell a Cezanne, de Gaugin a Camus, sin olvidar al Marqués de Sade. Muchos han sido los que han elegido esta tierra para vivir, incluso los Papas.
El resultado es que hoy sus habitantes parecen haber inventado el arte de vivir. Allí, paseando por aquellas ciudades y pueblitos encantadores, se ven por doquier abadías, palacios, iglesias y castillos de nobles y clérigos que amaron la belleza; se pueden visitar lugares donde se honra la memoria de artistas propios y extraños, que han vivido y cantado la alegría y la hermosura de la Provenza. A cada paso se encuentra uno librerías apetecibles donde te sirven un café o una copa de vino. Se pueden visitar las casas y las tumbas de los escritores. Sus habitantes conservan los mismos paisajes que pintaron los artistas que allí vivieron. Pueblos minúsculos tienen espacios reservados para el teatro y los conciertos. Nadie descuida, cada día, la belleza de las granjas y los campos, de las casas y los paisajes, de las calles, de los objetos y los escaparates en las tiendas. Dedican su tiempo al placer de la buena comida, el buen vino y la conversación. Les gustan los perfumes, las flores, las plantas, los aromas. Levantan museos a las cosas que les gustan, da igual que sea un pintor mundialmente famoso, la flor de la lavanda o los sacacorchos. Practican el arte de pasear, la caza, la cetrería. Incluso hemos visto como trabajaba un agricultor en un invernadero escuchando ópera. Allí hasta las chimeneas humeantes, las cunetas de los caminos, las estrellas del cielo o la niebla de la mañana tienen un aire refinado.

Hemos visto en aquellas tierras, en cambio, pocos jóvenes, que sin duda preferirán otras diversiones menos sutiles. Me resisto a creer que los provenzales sólo promocionen la cultura para los turistas, y que todo esto sólo sean digresiones de un iluso a principios de año. Puestos a hacerme ilusiones, me ha dado por imaginar que todavía hay una esperanza, en estos tiempos en que parece que nos vemos arrollados por corrientes poderosas que no nos dejan sosiego para pensar, sino confusión y miedo a la catástrofe. Frente a ello propongo no caer en la melancolía. Todavía quedan valles en que crece esa planta, cada vez más extraña, que es la cultura que eleva y ennoblece el espíritu..., y que además alimenta el cuerpo, porque lo que no son ilusorios son los kilos que he ganado en tan sólo una semana, aunque de eso no les quiero hablar por no ser prosaico, ni tampoco de las aves, foie-gras, ostras, vinos y quesos trasegados, ni de las sublimes burbujas del champagne que ascienden por la copa con la misma suavidad que la Virgen a los cielos.

sábado, 25 de diciembre de 2010

ADIÓS NONINO

Hace un año, cuando comenzaba este blog, utilicé la metáfora del acordeón, que fue una premonición. Decía entonces que el acordeón era dueño de su propia estrategia para sobrevivir. Cuando le dan espacio toma aire, se expande y, al tiempo que hincha sus pulmones, canta. Si es presionado no se resiste, se pliega blandamente, suelta el aire, pero sigue cantando. Cuando el agobio se alivia, vuelve a tomar aire, incansable, incesante, y nos regala su música otra vez. Y cuando lo cierran, calla hasta que unas manos amigas le reclaman de nuevo.

Digo que fue una premonición porque efectivamente este año que se nos va unas veces nos apretó mucho y otras aflojó algo. Ha sido duro como pocos, pero feliz lo acabo. Entre presión y distensión, como el acordeón, seguí cantando: escribí aquí mis “textículos”. Disculpen la tristeza de algunos de ellos, pero momentos hubo en que temí perderlo todo. Pasó el tiempo y aquí estamos, disfrutando de los placeres y del amor. Manos amigas nos ayudaron, algunas nuevas, incluso sin cara o sin nombre, y sumaron cariño y amistad al amor. Gracias a todos, sobre todo a los que sufren, a los que aman...

Este bloguero es un ocioso atareadísimo, como dice Andrés Neuman. A pesar de ello seguirá el año que viene contando sus ocurrencias y, si la autoridad lo permite, las de otros. Mientras tanto quiero desearles FELIZ AÑO 2011.

Sólo resta decir al año que se va, ¡adiós Nonino!, con música de acordeón (bandoneón y orquesta) por supuesto, pues nunca es tarde para redimir la ofensa con que tildé a este instrumento al empezar este blog.



jueves, 23 de diciembre de 2010

CUNQUEIROMANÍA (4)



“Esto pasó, ahora va hacer un año, en el “reame” de Nápoles, en una quita que llaman Prato Nuovo, y que es de una nipota del Gran Inquisidor, y en esta historia se ve que ni las grandezas humanas se libran del maligno. Parió esta señora nipota, que se llama doña Eleonora, un niño, y lo fueron a bañar en aquella bañera de cristal, que la estrenaban tal día. Y no bien echaron al niño al agua, se disolvió en ella como si fuera de sal o azúcar. Todo fue un gran grito de pasmo en la quinta, y nadie daba crédito a lo acontecido, pero que pasó pasó, y el niñito desapareciera. Hubo que echar aquella agua en el camposanto, y al botellón en que iba le hicieron un entierro a ocho, con música, responsos floreados y el Gran Inquisidor de capa magna. Hace quince días parió de segundas la nipota, y como al que nace hay que bañarlo, volvieron a poner la bañera de cristal, que es una obra antigua de mucho precio, en la cámara de la querida, y estaba el Gran Inquisidor presente, y también el exorcista de Palermo, que es quien les quita el demonio del cuerpo a los Borbones de Nápoles cuando hace falta, que es casi siempre por años bisiestos, y también estaba todo el protomedicato de las Dos Sicilias, y ya iban a bañar al recién, cuando se le pasó a la madre por la imaginación que tenía su señor tío que bendecir la bañera, y aún el Gran Inquisidor no dijera: “In nomine Patris”, ya se quebrara la bañera en mil pedazos, y saliera de ella un mal olor a azufre, y el exorcista de Palermo con el puño curvo de su paraguas tuvo tiempo de coger por el pescuezo al demonio que huía, pero éste se le pudo escurrir, y se perdió por la chimenea. Se supo que la bañera fuera comprada en una abadía muy conocida y de monjas, que llaman Fossano, y que era la bañera que tenían las abadesas para bañarse por Pascua y por San Martín, y las monjas por San Pedro, y que no era tal bañera, sino un demonio que se trocó en ella, para ver a su tiempo a las señoras monjas en cueros vivos.”

Álvaro Cunqueiro
La bañera del diablo. Merlín y Familia

lunes, 20 de diciembre de 2010

CUNQUEIROMANÍA (3)


Algunos de los que murieron, ya temprano
fueron llamados a la ribera donde llueve polvo de oro.
Otros están sentados en la arena
abrazando sus rodillas,
aguardando que les den una sed de agua.
Están tristes, no imaginan nada,
no tienen ideas, se olvidaron de soñar.
En la arena semejan otra arena más oscura.

Pero en un cercado hay uno que hace por erguirse,
que ensaya cuánto viento cabe en el fuelle de su pecho,
que quiere mirar hacia atrás,
hacia lo que dejó: los bosques del mundo,
las altas torres, música en una feria,
una muchacha que olía a abril,
un libro viejo que comenzaba Arma virumque cano...,
y el perro que le lamía la mano derecha.
Ese, cuando llegue la hora del trago de agua,
estará en pie y le preguntará a la Muerte
si no hay un sorbo de vino para un hombre
que quiere seguir soñando con sus tiempos.

Hay unos que de un modo caminan
y otros de otro
por la orilla de allá de la muerte.