jueves, 13 de octubre de 2011

YO SINCERAMENTE

Así se titula un artículo del no bien ponderado Javier Gomá Lanzón, a quien leo desde hace algunos años, publicado en el último Babelia. En él defiende la necesidad de la mediación de la cultura, la buena educación y la cortesía, con sus pequeñas claudicaciones, sus piadosas insinceridades, sus balsámicas hipocresías, que hacen la vida amable porque crean la ilusión de una mutua benevolencia. Esas mediaciones reales y simbólicas de la cultura quedaron arrasadas por los supuestos valores de la sinceridad, en la edad moderna. Frente a la misantropía del sincero, que no duda en endilgar a los demás su fastidiosa verdad, el autor prefiere la filantropía del mentiroso.

Y tanto me ha gustado lo que dice, que me estoy planteando dejar de ser tan antipático y no publicar aquí esas crudas opiniones que periódicamente les suelto, probablemente con juicio errado, y endulzarles la vida con historias más amables, menos reales, y sonreír más. Pero mejor, lean el artículo.

sábado, 24 de septiembre de 2011

LA ORACIÓN DE LOS AMANTES

Hoy les quiero contar una historia conmovedora que he escuchado en la radio.

Un hombre de cincuenta y tantos, tenía una mujer que estaba enferma de cáncer. Un día ella, desesperada por el avance de su enfermedad, lloraba llena de angustia. Le gustaba su vida y no quería dejar de vivir. Él no sabía cómo consolarla. Se metió con ella en la cama y propuso a su mujer escuchar, para distraerse, alguno de los programas de Mundo Babel, que Juan Pablo Silvestre emitía cada sábado en la radio. Abrazados escucharon las palabras, las canciones, los sonidos y los pensamientos de Juan Pablo, que obró un milagro: les trasportó a aquel “mundo” suyo tan personal. Les permitió alejarse de ellos mismos y de su ansiedad. Se olvidaron, durante dos horas, de sus sufrimientos. Pronto se convirtió en el programa favorito de ambos y se descargaron otros muchos programas de la página Web de la radio para escucharlos.

La impotencia que siente quien está al lado de un enfermo incurable es difícil de describir. Pero cuando aparece alguien que consigue traer al enfermo un poco de distracción y de consuelo, siente por él un inmenso agradecimiento. Y como aquel hombre era amigo de escribir cartas le escribió una de agradecimiento a Juan Pablo.

La respuesta tardó en llegar, como todas las cosas que merecen la pena, pero al cabo de unos meses recibió esta carta:

“Gracias en primer lugar por ese AGRADECIMIENTO en mayúsculas que me enviaste, ya hace unos meses, junto a tu historia de amor maravillosa, dolorosa, fieramente humana, pero que habla de dos personas grandes en el dolor que es donde se miden las cosas ciertas.
“A pesar del tiempo transcurrido, lo cierto es que me llegaste al alma. El próximo sábado 27 de agosto, intentaré agradecértelo mínimamente y el programa os estará dedicado (sin citar nombres). Será una oración, una declaración de AMOR, con mayúsculas, esa energía que transforma la cruda realidad.
“Lo escribí yo y lo escribirá la música pero vosotros lo encarnáis de la mejor y más heroica manera.
“No sé cómo os habrá tratado la enfermedad en este espacio, ojalá el milagro exista, pero ya sois un milagro en vosotros mismos y en vuestra relación. Mi felicitación cariñosa y un fuerte, fuerte abrazo”.

Aquel sábado (27 de agosto de 2011) el programa pudo escucharse en la radio. Juan Pablo Silvestre lo llamó La Oración, y ahora ustedes lo pueden escuchar aquí. Espero que les guste tanto como me gustó a mí.
Escuchar programa
(2 horas)

viernes, 16 de septiembre de 2011

DEVORAR A LOS HIJOS

La familia debería ser siempre un reducto de intimidad, de protección y de amor, y a menudo lo es. Pero por desgracia, al ser un recinto cerrado, cualquier cosa es posible: lo mejor y lo peor. Las relaciones tiránicas, crueles, violentas y espeluznantes que a veces tienen los seres humanos(?) cuando viven en familia pueden llegar a ser un verdadero tormento para sus víctimas.

En estos tiempos son frecuentes las noticias que nos llegan sobre mujeres maltratadas por sus crueles maridos o parejas. Parecen noticias llegadas del infierno. Son, sin embargo, mucho menos frecuentes las denuncias y noticias sobre los hijos que también pueblan ese infierno. Los maltratos y abusos a que son sometidos muchos niños por sus padres suelen ser silenciados por sus parejas, sin duda atemorizadas por la bestia. A todos nos llenó de horror y angustia la historia de aquel austriaco, Joseph Fritzl, el llamado “el monstruo de Amstetten”, que tuvo encerrada durante años a su hija de la que abusaba sexualmente y con la que tuvo varios hijos-nietos, que nunca habían salido del cubículo oscuro y subterráneo donde los encerraba.

Esto me trae a la mente la genealogía de los Dioses griegos, que nos cuenta Hesíodo en su Teogonía. Cuenta que Urano, el Cielo, tuvo con Gea, la Tierra, varios hijos: los Cíclopes, los Hecatonquiros, las Titánides y los Titanes; los nombres de estos últimos eran Océano, Crío, Jápeto, Hiparión y Crono.

Cuando Urano sepultó en el Tártaro –el infierno– a sus hijos los Cíclopes y a los Hecatonquiros, Gea incitó a los Titanes a que lucharan contra su padre. Los dirigió el más joven de ellos, Crono, que, armado con una hoz, sorprendió a Urano mientras dormía y lo castró. Los Titanes entonces dejaron el mando de la tierra a Crono, que volvió a encerrar en el Tártaro a los Cíclopes y a los Hecatonquiros.

Crono se casó con su hermana Rea, una de las Titánides. Como sus padres le habían predicho que sería destronado por uno de sus hijos, Crono devoraba a los vástagos que iba teniendo con Rea: Hestia, Deméter, Hera, Hades y Posidón. Cuando Rea dio a luz a Zeus, lo escondió en Creta y entregó a Crono una piedra envuelta en pañales para que la devorara como a sus anteriores hijos. Zeus se crió con los Curetes, que golpeaban sus escudos para que Crono no oyera los llantos del niño. Logró hacerse más tarde copero de Crono y, con ayuda de Metis, hizo que su padre tomara su dulce bebida mezclada con mostaza y sal, lo que hizo que vomitara, primeramente la piedra, después a sus hermanos y hermanas aún vivos.

Entonces Zeus y sus hermanos declararon la guerra a los Titanes, que estaban dirigidos por el gigante Atlante. La guerra duró diez años, hasta que Gea profetizó que Zeus vencería si se aliaba con los Cíclopes y los Hecatonquiros, encadenados por Crono en el Tártaro.

Zeus liberó a todos ellos y les dijo:

– Escuchadme, hijos de Urano y Gea, para que diga lo que el corazón me manda. Luchamos a diario desde hace tiempo, nosotros los hijos de Crono, contra los Titanes, por la victoria y el poder. Mostrad vuestra fuerza contra los Titanes, en esta lucha, recordando nuestra vieja amistad y cuánto habéis sufrido en vuestro cautiverio.

Ellos, agradecidos, les regalaron las armas con que vencieron. Hades desarmó a Crono con ayuda del casco que lo hacía invisible, Posidón lo inmovilizó con su tridente y Zeus lo derribó con su rayo. Crono y los Titanes, derrotados, fueron confinados en el Tártaro o desterrados.

Al Dios Crono, los romanos le llamaron Saturno. No sé cuántos “saturnos” hay sueltos por ahí, que hacen sufrir lo indecible a sus propios hijos, que viven encerrados en un infierno atormentado de crueldad, violencia, desprecio, miedo, insultos, abusos, complejos y culpa. Hay muchas maneras de devorar a los propios hijos y no todas son tan impactantes o manifiestas. Un padre tiene un enorme poder, sus hijos son débiles y les necesitan para sobrevivir y, sobre todo, necesitan que su padre les quiera. Pero ese poder sobre los hijos es peligroso. Algunos padres sienten amenazada su autoridad o celos de sus hijos, y entonces ejercen su poder, maltratándolos, insultándolos, minando poco a poco su autoestima, su capacidad de amar y pueden convertirles así en los padres crueles del futuro. De ese Tártaro algunos hijos no salen jamás y son destruidos. Todos quedan marcados de por vida.

A nuestro alrededor puede haber padres terribles que maltratan a sus hijos, eso si no hemos sido nosotros mismos una de esas víctimas. Quizá esos pobres hijos y esas pobres madres estén esperando que mostremos un poco de piedad, de ayuda, como la que recibieron Zeus y sus hermanos de la tiranía de su padre. No podremos regalarles un casco que les proporcione la invisibilidad, un tridente que inmovilice al maltratador o un rayo que lo destruya, pero quizá la ayuda que podamos dar a las víctimas sea llamando a la policía o a los servicios sociales; aislando al salvaje para que sienta su maldad; pronunciando algunas palabras de amistad, que les digan que no tienen la culpa, que son las víctimas, que no tienen la culpa, que no tienen la culpa...; quizá así les proporcionaremos consuelo y ánimo para la lucha contra esos titanes, que no son invencibles. A los demás, nuestro silencio sí que nos hace culpables.

jueves, 28 de julio de 2011

LA CAIDA DE LOS DIOSES

Lina Cavalieri
Como ustedes saben, estos días están retransmitiendo en Radio Nacional de España las óperas de Wagner que se están representando en el mundialmente conocido festival de Bayreuth. No voy a hablar hoy de ese selecto club cultural de los wagnerianos, que lleva más de 150 años en pleno auge, quizá otro día. Hoy ha llamado mi atención lo frecuente que es que silben y pateen la actuación de los cantantes de ópera, cuando no responden a sus exigencias. Y pienso que tras el enorme éxito que algunos cantantes de ópera pueden llegar a alcanzar, que incluso les apodan divinos, viene su caída, irremisiblemente condenados al olvido, por grande que haya sido su gloria. ¿Dónde están las divas y divos de antaño?, diría el poeta.

Revolviendo libros, topo con una biografía de Lina Cavalieri, la italiana, que a fines del siglo pasado, era llamada la mujer más hermosa del mundo. Mi abuela tenía un disco suyo. Yo lo escuchaba en el gramófono que tenía en su casa de campo, a pesar del terrible ruido de fondo que hacía la aguja con su arado sobre el grueso disco.

Había nacido e 1874, y vivió hasta 1944. D´Annunzio la había llamado “la testimonianza di Venere in terra”, el testimonio de Venus en la tierra... Había nacido en un pobre barrio de Roma, de gente muy humilde. Debutó a los veinte años en las varietés, aunque ella sostuvo siempre que lo había hecho a los catorce, bambina ingenua y tímida... La avispa era entonces el ideal de belleza, y Lina era la avispa. Tuvo grandes éxitos. Cantó en Roma y en Nápoles, y en París, en las Folies Bergerres. Fue un triunfo colosal.

Perfeccionó su voz y dio lecciones de canto. Apareció en Lisboa, vestida literalmente de joyas, cantando ópera, Los Payasos. Fue silbada por las señoras portuguesas y aplaudida por sus maridos. D´Annunzio  dijo: “Lina, una resonancia tienes en la voz que me consuela y me contrista, como en octubre, cuando, con los rebaños, se camina a la orilla del mar...” Pese a los silbidos en Lisboa cantó en Italia. Visitó Berlín, donde fue muy apreciada; para muchos cantaba mal, pero interpretó con muchísimo éxito un amplio repertorio de óperas desde la ópera de Monte Carlo al Metropolitan Opera House de Nueva York, y actuó con los mejores tenores de su época, sin que faltara Enrico Caruso.

Los primeros dentífricos se anunciaron con su sonrisa, que dejaban ver los entreabiertos labios, los finísimos dientes. Estuvo a punto de ser raptada por un Majarajá indio, y al fin, abandonando banqueros y marqueses de Francia, se casó en San Peterburgo con el príncipe Alejandro Bariatinsky, el hombre más rico de Rusia en su tiempo. Pero se aburría en la corte de Rusia, y del asedio de los grandes duques. Pidió el divorcio, alegando motivos religiosos, y se lo concedieron en San Petersburgo sin dificultad alguna.

La gente se apiñaba para verla pasar al galope, en su caballo blanco. El propio Guillermo II la saludaba militarmente. Se casó, entonces, con el multimillonario americano Canler, que le regaló tres casas palacio en Nueva York. El matrimonio duró una semana, Lina abandonó su Bob y regresó a París con más joyas. Cuando se retiró de la escena, abrió una casa de belleza en París. También interpretó varias películas mudas.

Lina tuvo muchos amores y cuatro maridos, pero un día envejeció. Y regresó a Italia, a Florencia, una ciudad en la que se puede envejecer y esperar la muerte. Lina andaba siempre con un maletín: llevaba en él sus joyas. Vino la guerra del 39, la rendición de Italia. Los aliados bombardeaban Florencia. Un día, al anunciarse un bombardeo, Lina, buscando el refugio más próximo, se dio cuenta de que salía sin su maletín: volvió por él y una bomba la mató, justamente cuando abrazaba su famoso maletín de piel de Rusia con las joyas y el dinero... Tenía los ojos celestes, dulces, serenos, “ojos de niña”, dijo D´Annunzio; “de niña abandonada en una estación de ferrocarril”, dijo Cocteau...

Gina Lollobrigida la encarnó en la película de 1955, La mujer más bella del mundo. Fue bella, elegante, famosa, pero inútilmente. Hoy ya nadie la recuerda. Maldades que tiene el tiempo.

domingo, 17 de julio de 2011

BUSCANDO A GRETA

La historia que hoy les quiero contar es el argumento de la película Buscando a Greta, de Sydney Lumet.

Gilbert es un contable, vive en Nueva York, su trabajo es aburrido, su jefe un cicatero insoportable y el ambiente de su oficina es opresivo. Está casado con una mujer mona y convencional que quiere llevarle a vivir a Los Ángeles, donde su adinerado padre ha ofrecido a su yerno un trabajo mejor remunerado.

Su madre, ya entrada en años, es una mujer divorciada e inconformista, vitalista y nada convencional. Es una activista que se rebela continuamente contra las pequeñas injusticias que aparecen en su vida y por lo que consigue ser arrestada a menudo. También es una apasionada admiradora de Greta Garbo: ha visto innumerables veces sus películas, sigue llorando con ellas cada vez que las ve, se sabe todos sus diálogos y colecciona sus fotografías. A su hijo le puso el nombre de John Gilbert, que era el nombre de la pareja más famosa que tuvo la Garbo en el cine.

Un día diagnostican a la madre un tumor cerebral. Le dan pocos meses de vida. La internan en un hospital. Ella afronta la realidad de los hechos, le da rabia irse tan pronto, y expresa a su hijo el deseo de poder ver a Greta Garbo antes de morir. En aquella época La Divina era un mito que se había retirado del mundo y vivía enclaustrada e inaccesible en un apartamento de Nueva York. Su hijo piensa que es imposible alcanzar esa estrella, pero por amor a su madre decide intentarlo, en lo que será una búsqueda que le llevará a vivir mil peripecias.

Lo primero que hace es comprar todos los libros de la diva del cine. Se pone en contacto con uno de los fotógrafos que consiguieron hacerle una de las últimas fotos a la actriz. Resulta ser un paparacci, viejo, arruinado y solo, que vive en un siniestro apartamento. Le contrata para que ayude a encontrar a la actriz. Gilbert dice en la oficina que está enfermo y que no puede ir a trabajar. Pasan los dos una semana haciendo guardia en la calle frente al lujoso edificio de apartamentos donde vive ella. No consiguen nada. El fotógrafo se despide de él y le dice que está cansado de perseguir a la gente, de esperar agazapado a que se descuiden para poder fotografiarles, de que le miren con aire de superioridad y de desprecio.

Después intenta hacerse pasar por un repartidor para subir al apartamento donde vive La Divina. Es expulsado de mala manera. Averigua qué empresa de gourmet reparte comidas en el edificio y, tras una entrevista con el encargado, que le enseña lo que supone ser rico en esa ciudad, se emplea como repartidor. Para ello ha tenido que conseguir que le cambien el horario de trabajo de su oficina, dejándose las tardes libres, empezando a trabajar a las seis de la mañana. Pasa semanas agotadoras, de madrugones insoportables por las mañanas para ir a la oficina y de repartidor de comidas por toda la ciudad en una bicicleta con carrito por las tardes. Al fin, un día le mandan al apartamento de Greta, y sube hasta su casa, pero no consigue pasar de la entrada de la cocina, donde una doncella y un mayordomo le impiden entrar. Cuando insiste, vuelve a ser expulsado de mala manera.

Gilbert recuerda entonces que el fotógrafo le dice que la actriz no siempre vivía en Nueva York, que viajaba a Francia, a España y que iba a menudo a la Isla del Fuego. Esa isla, situada frente a la ciuidad, resulta ser un lugar lujoso de vacaciones, frecuentado por homosexuales. En el trasbordador conoce a un gay maduro, solitario y amable que le cuenta que un día la vio paseando por la playa y que desapareció frente a una casa y le enseña dónde está. Se pone a montar guardia frente a la casa. De repente, ve movimiento de gente y se precipita para ver si la encuentra. Llama y le dicen que allí no vive ninguna Greta. Entonces se da cuenta de que ella se escapa, en un bote, a una avioneta atracada en el mar. Se mete corriendo en el agua, gritando, para hablar con ella, pero es inútil, ella ya sube al avión y despega, él se cae. Cuando intenta volver, todo mojado, ya ha salido el último trasbordador y tiene que dormir en la playa. A la mañana siguiente, al volver a casa, su mujer, le dice que le han llamando de su oficina porque ha faltado sin avisar, que ella lleva toda la noche esperándole. Discuten y ella le dice que ha tomado la decisión de separarse de él, que vuelve a Los Ángeles, pues ella sólo quiere una familia y seguridad, sin sorpresas y últimamente su vida está llena de sucesos inesperados.

Mientras tanto, su madre sigue en el hospital. Poco a poco va perdiendo vista y no puede leer ni ver los partidos de baloncesto de la tele, va perdiendo oído y tampoco puede escuchar la música que le gusta bailar, nota cómo su final se acerca. A veces se desorienta y empieza a no reconocer a la gente, pero sí que tiene tiempo para interesarse por las condiciones de trabajo de las enfermeras y las anima a luchar por unas condiciones de trabajo dignas.

Su hijo sigue visitándola pero no consigue darle la noticia que ella espera. Durante todo ese tiempo conoce a una nueva compañera en el trabajo, que quiere ser actriz, es joven, guapa, simpática y extravagante. Se va enamorando poco a poco de ella.

Gilbert no sabe qué más hacer. Acude a un ciclo de conferencias y películas sobre la Garbo, y en el cóctel escucha a alguien que dice que una amiga de Greta, es mejor actriz que ella. A través de una agencia de actores intenta conocer la dirección de esa otra actriz, ya octogenaria. Tampoco lo consigue, pero su nueva compañera de trabajo sí, pues está afiliada al gremio de actores. Finalmente encuentran a esa vieja gloria del cine, en unos ensayos de teatro. Chochea, se tambalea, les habla de la Garbo y les cuenta que le gusta mucho ir los domingos al mercadillo de antigüedades de la sexta avenida.

Allí se planta nuestro sufrido héroe, sin mayor esperanza. De repente la ve. No puede creer que aquella mujer con sombrero y capa, que está a lo lejos, en la otra punta, sea la mismísima Greta Garbo. Sale corriendo, se planta delante de ella y le dice:

–¿Podría dedicarme un minuto, por favor? No soy un periodista ni nada de eso, se trata de mi madre, escúcheme por favor. Mi madre está muy enferma, está internada en el Hospital General de Nueva York. Tiene un tumor. Le queda poco tiempo de vida, muy poco. El doctor cree que esta semana morirá. Ella tiene un gran deseo. Conocerla a usted. He estado buscándola durante tres meses. Lo único que desea es verla antes de morir. Solo eso. Solo quiere mirarla. Por favor, venga conmigo, solo unos minutos, se lo ruego, cinco minutos..., un minuto. Por favor, no hay ni siquiera tiempo de pensárselo. Ella la quiere tanto..., la quiere a usted, tal vez, más que a mí.

En la escena se ve a Greta de espaldas, solo se ve el rostro suplicante de ese hijo que quiere desesperadamente hacer feliz a su madre. Y lo consigue. Lleva a Greta Garbo al hospital, la deja con su madre en la habitación. Allí tienen una larga conversación sobre sus vidas. Cuando se La Divina marcha, su madre está exultante de dicha, su hijo también.

La madre muere habiendo alcanzado su mayor deseo. Su hijo toma una sorprendente decisión. Abandona su trabajo diciendo lo que piensa a su jefe miserable. Declara su amor a su compañera. Había tomado la decisión de aspirar a mucho más en esta vida, algo tan sencillo como vivir con quien se ama y trabajar en un sitio que le guste.

En la última escena se ve a la pareja feliz, paseando por un parque. De repente ella ve a lo lejos a Greta Garbo. Se lo dice a Gilbert, excitadísima. La actriz se acerca a los dos y le dice a él:

–Hola Gilbert, ¿cómo estás?

Su novia se queda atónita y le dice, llena de admiración, que es alguien sorprendente. Sí, ese triste y apocado contable, se ha convertido en un hombre feliz, gracias a la ardua misión que se impuso de proporcionar un poco de dicha a su madre antes de morir.