martes, 11 de mayo de 2010

¿ESTÁN SEGUROS DE LO QUE VEN?

La imaginación, el pensamiento o los sentimientos, interfieren en nuestra visión. Por eso donde unos ven un cactus, un reloj, un piano o la luna, otros ven cosas diferentes. La realidad es lo que percibimos, pero ¿están ustedes seguros de que en realidad ven lo que es? Tengan cuidado dónde miran y sobre todo, cómo lo hacen. Para ello el humor es importante: hay que elegir lo que hace sonreír, no lo que hace llorar.
LUNA
Si no hubiese luna, los ríos equivocarían su camino.
Quiere ir a la luna para grabar su nombre y el de su novia en sus bancos de piedra.
Cuando se retrasa la luna en el amanecer lleva los zapatos en la mano para que no la sientan llegar a su casa.
Lo primero que habrá que hacer en la aburrida luna es el más suntuoso Luna-Park.
El claro de luna estrena camiseta.
Claro de luna: la luna en bandeja de plata.
La media luna es el aparato telefónico para hablar con el más allá.
El claro de luna es un disco que se ha quedado girando silenciosamente.
El cielo de la noche sin luna es que ha perdido el botón de la camisa.
El claro de luna es la caída al suelo de la camisa de la luna.


PIPA
De la pipa salen medias de humo. CACTUS
Los cactus son las perchas para los sombreros del viento.
Los cactus quieren ser las letras capitulares del paisaje.
Hay cactus con figura de hombre que si los arrancase se vería que en vez de raíz tienen botas.
En el cactus asoman las orejas del diablo verde.
ZAPATOMala suerte que se nos meta un cangrejo en el zapato.
Hay unos zapatos detectivescos que parecen perseguir al que los lleva.RELOJTodos habrán observado al abrir un reloj que en medio del plano de su maquinaria se ve el ruedo de una plaza de toros.
Einstein nos ha hecho dudar de los relojes.
El tiempo camina con un solo pie: el péndulo.
Con monóculo el ojo se vuelve reloj.
En el tic tac palpita la calavera del tiempo.
PIANO
Cuando la mano izquierda del pianista salta sobre la derecha le roba notas del lado que estaba prohibido.
¡Qué escalofrío en la espina dorsal del piano cuando alguien toca de corrido todo su teclado con un solo dedo! GAFAS
El amor a primera vista no necesita gafas.
Si ha perdido las gafas en la casa revísela rincón por rincón con una caña de pescar porque al fin picarán en el anzuelo.
Le quedaba en las gafas el recuerdo de las cosas vistas. Era un fotógrafo. LIBROS
La niebla se esconde y duerme en los libros.
De los libros sale el olor de incienso de la poesía.
Abrió la banana como un libro y se la comió como un erudito.
El erudito se hace la casa con ladrillos de libros.
Libro: hojaldre de ideas. NUBES
La suerte es que pasen las nubes por los ojos, pero que no se quede en ellos ninguna.
Greguerías: Ramón Gómez de la Serna
Fotografías: Chema Madoz

domingo, 9 de mayo de 2010

RIIIING

Tumbada en la cama, impaciente, resolvió levantarse y volver a intentarlo. Fue hasta el teléfono, marcó su número y, como otras veces, sólo oyó el mismo pitido indiferente y tenaz. ¡RIIIING! No cogía.

Podía ser que no hubiera nadie, que el teléfono estuviera insistiendo en soledad. Nada que hacer entonces. Cabía otra posibilidad: que no quisiera contestar, porque estaba claro que con la de veces que había insistido durante toda la tarde, si hubiera habido alguna causa momentánea que le impidiera contestar, esta ya no existiría. Empezaba a preocuparse.

A la irritación que le producía de por sí el teléfono, se sumaba la de la propia urgencia y su ansiedad: se había ido o no quería contestar. Tras los acontecimientos de aquellos días, no quiso ni imaginar que volviera a repetirse otra muerte tan atroz, no quería pensar que su cuerpo pudiera asistir inerte a aquellas llamadas inútiles.

Hay veces que la realidad, a fuerza de insistir, nos hace más ciegos que nunca. Una y otra vez nos tapa los ojos imperceptiblemente. No le bastaban las muertes anteriores de sus amantes, ni toda la serie de llamadas, para darse cuenta de que él también estaría muerto. Pero al fin se percató, como herida por un destello repentino.

Su lujoso coche fue a toda velocidad por las calles hasta las afueras de la ciudad. Más tarde, cuando todo acabó, pensó en ese loco recorrido sin explicarse cómo llegó ilesa. Salió corriendo del coche que había dejado enfrente de su puerta. El ascensor sería demasiado lento, corrió escaleras arriba. Su temor, casi su certeza, no veía una explicación distinta ya: seguro que estaría muerto. No podía ser de otro modo. La puerta de su apartamento estaba abierta, había luz dentro.

Se precipitó al interior. Se sorprendió al comprobar que estaba lleno de gente; una multitud de vecinos, curiosos y varios policías atestaban su pequeño apartamento. Ni rastro de él. Recordó entonces la ambulancia que se cruzó por el camino, cerca de la casa. Debido al estruendo y precipitación de su entrada todos se quedaron mirándola. Sudorosa, jadeante, el rostro descompuesto, a medio vestir. Comprendió su error, siempre comprendía demasiado tarde.

Alguien con aspecto de policía se dirigía hacia ella, con rostro inquisitivo. Sin reflexionar mucho lo que hacía, salió corriendo de nuevo: necesitaba huir. Demasiadas explicaciones tendría que dar para tan pocas respuestas concretas, tan pocas pruebas. Estaba sumida en un gran marasmo mental. Dos policías se precipitaron tras ella por la escalera. Todo había salido mal. Aquel chico muerto, los asesinos libres, el negocio frustrado de nuevo, la policía tras ella...

–¡Mierda! –pensó–, todo me ha salido mal.

Mucho tiempo le costó despistarles. Estaba agotada ya de dar vueltas jugándose la vida, con la policía detrás, y cuando ya estaba a punto de desistir se dio cuenta de que ya no la seguían.

Se había librado. Afortunadamente la policía no podría relacionarla en nada con ese chico. No había siquiera un indicio. Tendrían que cerrar el caso, seguro, como los demás. El coche era robado, lo quemaría o borraría las huellas con cuidado. Después podía volver a empezar. Pero después de todo era una lástima, el chico era un auténtico macizo, ella estaría de nuevo sola, rodeada de muertes por doquier. Tendría quizá que abandonarlo todo, o irse de aquella cuidad, tan horrenda, tan inhumana, a la que, sin embargo, había cogido cariño.
Charles Perrault
Cuentos Infantiles

EL FAMA QUE QUERÍA SER UN CRONOPIO

BALANCE

Muchos seguidores de este blog, al menos los más perspicaces, saben o adivinan que nació como una secuela para acompañar a “Un abril encantado”. De hecho muchos han llegado a este rincón entrando por esa puerta, pero por si algún despistado no lo sabía, ahora lo proclamo.

Abril lleva años recorriendo un camino de ida y vuelta entre la salud y la enfermedad. En su gira por los muchos males y dolencias con que ha tenido que lidiar ha demostrado ser una auténtica figura del toreo. Su arte y su valor, después de tantas cogidas y revolcones, están fuera de toda duda y lejos de cualquier explicación. A todos pasma y admira. A mí, además, me enamora. Los que están lidiando en la plaza, sufren el miedo y el dolor de las cornadas. Eso los demás no lo podemos evitar. Pero también muchas veces sienten una profunda soledad, incluso cuando los demás celebran triunfos engañosos.

Para evitar esto último a Abril, un día pensé que no bastaba con los aplausos, vítores, ¡olés! o halagos desde el tendido, ni siquiera eran suficientes rabos ni orejas, ni salidas por la puerta grande. Había que hacerle sentir que también yo estaba expuesto, rezando a mi modo desde casa a una virgen imaginaria, como las sufridas mujeres de tantos toreros.

Y decidí crear este blog, para que no sintiera que mis lecturas eran una huida, que mis encierros en mi torreón eran un escondite, y que en todos esos mundos imaginarios o intelectuales que rondaban en mi cabeza, ella también estaba presente.

En la red hay tugurios de todas clases. Hay locales de diseño donde los platos se sirven prácticamente vacíos, y hay pequeñas tascas donde uno encuentra a los amigos y las cañas. Hay lugares donde el dueño se desparrama continuamente en confesiones, y hay también salones donde se discute e intercambian ideas. Yo calificaría este blog de “barroco”, en el sentido que dicen que tenía la palabra en su origen. Las gentes portuguesas llamaron barrocas a ciertas perlas, cuya irregularidad llegaba a veces a lo monstruoso, lo que disminuía considerablemente su valor, al compararse con el que merecían las formas regularmente redondeadas. Si el blog de Abril es un lugar luminoso, blanco y redondo como una perla, en mi espejo se reflejan elementos de origen oscuro, gusto de lo teatral y me nutro de una realidad retorcida, compleja, engañosa y provisional. Si Abril busca la belleza en un ideal plácido y alegre, lleno de sonrisa y esperanza, yo la busco intentado conmover y asombrar, pero para ello no puedo evitar complicarme rebuscando, en un juego de claroscuros. Y así mezclo el diseño con las cañas, las ideas con el desparrame sentimental, la vida real con la ficción, las citas con los recuerdos, las confesiones con las mentiras.

Esto disminuye el valor de la perla barroca de Antipático, pero a pesar de todo, algunos siguen viniendo a verme. Gracias porque ya son más 4.000 visitas.

martes, 4 de mayo de 2010

EL COLECCIONISTA ARRODILLADO

He estado leyendo estos días, como ustedes saben, un extraño libro: “La casa de la vida”, de un escritor y catedrático italiano desencantado, Mario Praz (1896-1982). Después de estudiar leyes, marchó becado a Inglaterra, donde comenzó a publicar pequeños ensayos sobre arte y literatura, materia de la que fue profesor en diversas universidades. Amante de la época del primer tercio del siglo XIX fue un compulsivo coleccionista de muebles, cuadros y antigüedades de estilo neoclásico (estilos Imperio, Regency, Biedermeier), pero también de retratos de cera, miniaturas y casas de muñecas, libros curiosos, espejos, recuerdos rusos, bustos de personajes famosos, abanicos y de todo lo que de aquella época podía encontrar, aunque el mismo confiesa que “la figura del coleccionista a la luz de la sicología no sale bien parada, y desde el punto de vista ético hay sin duda en ella algo profundamente egoísta y limitado, mezquino incluso”.

A su vuelta de Inglaterra en 1934, se instaló en Roma, en un apartamento del Palacio Ricci, en la Vía Giulia. Lo fue decorando con toda la plétora de objetos y muebles que a lo largo de su vida fue acumulando. Abominaba de la falsedad del gusto moderno, en la que cunde el plástico, las flores artificiales, los abrigos de pieles sintéticas, los ojos brillantes gracias a las lentillas. Decía que incluso “la palabra «democrático» sirve tanto para los regímenes constitucionales como para los totalitarios, los pintores presentan una tabla acribillada de agujeros o una burda tela con algún grumo de color y los llaman cuadros, y un escultor toma el asiento de un retrete, lo combina con un tubo de estufa y lo llama una estatua”. No, definitivamente, no le gustaba lo moderno, ni las ciudades llenas de coches, sino que fue un apasionado del gusto antiguo: de aquellos colores verdaderos, sinceros, intensos; de los valores antiguos, de la cultura profunda.

Era un minucioso amante de los detalles, un apasionado de las artes decorativas y aplicadas, un ser meticuloso y perfeccionista. Podía llegar a tener un tono reaccionario en su discurso. Confesaba una extrema facilidad “para eliminar la parte desagradable del mundo circundante”. Vivía centrado en sus estudios sobre el arte y la literatura, y en sus colecciones. Pensaba que en esta época habíamos perdido el sentido de lo que es la alegría de vivir y su expresión directa, sin que podamos apreciar la forma espontánea y fácil de manifestarla.
No obstante, en esta obra nos ha dejado una autobiografía bellísima –el libro más aburrido de todos los tiempos, según algunos–, en la que va describiendo su casa y los innumerables objetos que hay en cada pieza: el vestíbulo, el pasillo, el salón, el boudoir, el dormitorio, la biblioteca...Y a la vez que, erudito, nos muestra las claves de su pasión, va recordando su vida, las circunstancias en las que consiguió sus antigüedades, lo que le pasó en cada época de su existencia, los recuerdos que le traen las diferentes estancias y muebles.
Así, fragmentariamente, vamos conociendo, desde las reminiscencias de su vejez, sus amores y amigos, cómo casó con una inglesa con la que tuvo una hija, sobre su matrimonio poco feliz, que duró cinco años, y de cómo, a lo largo de su vida, obsesionado por su manía, se sumergió entre sus colecciones, sublimando en soledad las cosas que le rodeaban, llenas de belleza, de recuerdos y correspondencias culturales. “La casa es un bosque como el de la Bella Durmiente; como un salón iluminado y desierto, cuyas puertas se abrirán de un momento a otro para el baile, como una iglesia iluminada y solemne, en la que, al compás del órgano, dentro de poco avanzará la procesión desde la sacristía, así una sensación de espera, hecha de ansiedad y de júbilo, palpita en el aire de esta casa que, como confiesan todos sus visitantes, si en ciertos aspectos parece un museo, es sin embargo un museo vivo, no una acumulación exánime de objetos”. No en vano, pensaba que“las cosas se convierten en algo más que cosas, las personas a veces se convierten un poco en cosas”. Los seres que le quisieron, probablemente hartos de ser vistos como algo menos que cosas, le dejaron sólo en aquella casa.
Son especialmente bellos algunos pasajes, como aquellos en que nos habla de las casas de muñecas, de las miniaturas o de las casas de hielo; el comentario sobre un mueble donde guardaba su antigua correspondencia, se convierte, al hilo de las cartas olvidadas, en un repaso de sus relaciones con los muchos intelectuales que conoció, en Italia y en Inglaterra.

Una de sus pasiones fueron las pinturas llamadas conversation pieces o retratos de familia o de grupo del siglo XIX, del que tenía innumerables ejemplos, que servían para fijar la imagen complacida de la familia burguesa y acomodada, hasta que llegó la fotografía y desaparecieron los pintores que se dedicaban a esta clase de trabajo.

Precisamente así, Gruppo de famiglia in un interno (Conversation piece), se denominó la película que su amigo Luchino Visconti dirigió inspirándose en él. Un viejo profesor, sosias de Mario Praz (Burt Lacaster), que vive en un palacio lleno de antigüedades ve trastornada su tranquila existencia por la llegada de unos nuevos vecinos: una familia de vida tormentosa. En España se llamó “Confidencias”. Podéis ver una secuencia de la película pinchando aquí.
Mario Praz al final tuvo que mudarse de su casa en 1969, y volvió a instalar sus cosas en otro apartamento en el que consiguió acoplar sus cosas, en el edificio del Museo Napoleónico de Roma, y que hoy es sede del Museo de Mario Praz.

Todavía allí se puede contemplar una estatua de Amor, aquella de la que nos contó al principio del libro que un día sorprendió a una criada besándola. Al final la estatua le recuerda al viejo escritor, a aquel personaje que en su juventud pisoteaba las flechas de Amor y estudiaba asiduamente, y en la vejez sucumbe a las mismas flechas que un día despreció e intentaba besar a una mujer joven. “Pero los dioses no son amigos de la vejez... A quien entra por la puerta principal del nuevo apartamento se le presenta al fondo de la galería la estatua de Amor arrodillado, que con la mano derecha hace ademán de extraer una flecha del carcaj: a los pies tiene el arco.
Muchas ganancias he obtenido leyendo este gustoso libro: los momentos de placer que me ha deparado, las referencias a libros y obras de arte que quiero frecuentar y de las que he tomado nota, o las ganas de volver a Roma para ver su museo. Pero sobre todo me quedo con una reflexión: que la cultura es algo maravilloso para vivir, siempre que no se olvide uno de que lo importante es eso vivir, y que cada día hay que levantar la cabeza de los libros y papeles, de las cosas y los objetos, y dedicarse a las personas, que es lo único que realmente merece la pena, aunque algunas nos hagan dudar de ello de vez en cuando.