miércoles, 28 de julio de 2010

LA PATA DE PALO

Hoy he visto por la calle un hombre con una pata de palo. He de reconocer que hace tiempo que no veía ninguna, supongo que por los avances de la cirugía y de las prótesis. El hecho es que la pata de palo (hoy sería una pierna ortopédica) ha sido para mí una metáfora de las dificultades que a todos nos toca llevar a cuestas en esta vida.

Como decía Robert Walser «¿Qué persona honrada no ha estado desvalida nunca en su vida, y qué ser humano ha mantenido por completo intactos a lo largo de los años sus esperanzas, planes, sueños? ¿Dónde está el alma cuyos anhelos, osados deseos, dulces y elevadas concepciones de la felicidad se cumplieron, sin tener que hacer descuentos en ellas?». Mejor es no derrochar palabras a este respecto, porque todos tenemos una pata de palo: si no es nuestro padre, es nuestro hijo, el marido o la mujer, el jefe, el trabajo, el negocio, el dinero, la salud; si no es nuestro mal carácter es que somos demasiado buenos... La realidad siempre opone resistencias a nuestros deseos que, por el contrario, no suelen ponerse límites. Y todos los hombres, por supuesto, hemos vivido en épocas terribles.

Ha habido muchos personajes que han tenido pata de palo, han triunfado en la vida y nos han dado ejemplo de estoicismo. Y no hablo de personajes literarios o de ficción, sino de personajes históricos que existieron en la realidad. Unos fueron navegantes, como François Leclerc (~1554), Cornelius Jol, (1597-1641), que fue navegante y almirante de la Compañía Holandesa de las Indias Occidentales, o Blas de Lezo (1687-1741), almirante español; otros fueron políticos, como Peter Stuyvesant (1612-1672), holandés, director general de Nueva Ámsterdam, o el Gobernador Morris (1752-1816), político americano; también hubo militares, como Józef Sowiński (1777–1831), general polaco del siglo XIX; y no faltaron los artistas, como Clayton Bates conocido como Pata de palo Bates (1907-1998), bailarín afro americano amputado, o Pata de palo Sam, (Arthur Jackson) (1911-1977), músico de blues americano. También ha habido deportistas famosos que han batido records.

Pero hoy me gustaría hablar de “La Divina Sarah”, como llamaban a Sarah Bernhartd, (1844-1923). Fue la más conocida actriz de finales delo siglo XIX y principios del XX, agasajada y alabada por todo el mundo. Trabajó en innumerables proyectos teatrales demostrando un carácter perseverante, una gran profesionalidad y dedicación a su arte. Pero en el cenit de su carrera, tuvo un problema en la rodilla de su pierna derecha, la misma que se había fracturado de niña y que le provocaba dolores insoportables y molestias constantes.

Fue en el año 1914, durante una de sus interpretaciones de la obra dramática Tosca, la misma que Puccini hizo triunfar en el género operístico. En la última escena, cuando la heroína se lanza desde un barranco, no se tomaron las medidas de seguridad pertinentes. Sarah se lanzó, y se hirió la pierna. Fue empeorando hasta que no hubo otro remedio que amputar en febrero de 1915. Una vez recuperada de la amputación y ya empezada la Primer Guerra Mundial, la actriz decidió hacer una gira tras las trincheras francesas haciendo actuaciones para animar a las tropas. Organizó varias giras con su compañía y recorrió toda Francia. Aun con la pierna amputada, Sarah Bernhardt siguió actuando. Recitaba monólogos, poemas o representaba actos famosos de su repertorio de obras en las que no debía estar de pie. Siguió también participando en películas tras la guerra, y murió con las botas puestas, casi en el mismo escenario. La sofisticada, la glamourosa, la archifamosa, la divina, la extravagante, la bella y la sublime, la más conocida y reconocida actriz que ha habido nunca en el mundo del teatro, también tuvo una pata de palo.

Eduardo Galeano, le ha dedicado estas palabras: “A principios de los años veinte, al cabo de más de medio siglo de monarquía absoluta, ella seguía reinando en los teatros de París y programando giras de nunca acabar. Ya rondaba los ochenta años, estaba tan flaca que ni sombra hacía y los cirujanos le habían cortado una pierna: Todo París lo sabía. Pero todo París creía que esa muchacha irresistible, que arrancaba suspiros a su paso, estaba representando estupendamente a una pobre anciana mutilada.”
Siempre hay algo que nos produce dolor, de lo que podemos quejarnos. Pero ya lo ven, no debemos afligirnos por las desgracias. No nos hacen diferentes a los demás, lo que nos hace únicos es la manera que tenemos de vivir con ellas. Un buen ejemplo es Clayton Bates, que con su pata de palo bailaba de maravilla.

domingo, 25 de julio de 2010

LA TORRE DE BABEL

Todos ustedes habrán oído hablar alguna vez de la Torre de Babel. La primera noticia que tenemos nos la da el Génesis, en su capítulo XI. Luego diversos libros de los judíos enriquecieron el mito.

Los primeros descendientes de Noé viajaron juntos de un país a otro hasta que llegaron a una llanura en la tierra de Sinear y dijeron: “Vamos a coger ladrillos de fuego; nos construiremos una ciudad y una torre que llegue al Cielo y seremos una sola nación, no sea que nos dispersemos por el haz de la tierra”.

Pronto se elevó la Torre a setenta millas de altura, con siete escaleras en su lado oriental, por las que los peones de albañil subían a la cima; y otras siete en el lado occidental, por las que descendían.

Dios observó lo que hacían y pensó: “Mientras continúen siendo un solo pueblo, con una sola lengua, todo lo que proyecten lo realizarán... Confundamos ahora su lengua y provoquemos malentendidos entre ellos”. Hizo eso, y poco después la construcción de la torre cesó, pues si un albañil le pedía a un peón “dame mortero”, el peón le entregaba un ladrillo, con el cual el albañil mataba airadamente al peón. Muchos eran los homicidios que se cometían en la Torre a causa de esa confusión. La cosa llegó al extremo de que si un ladrillo caía de la mano de un hombre y se rompía, todos lamentaban su pérdida, pero si un hombre caía y moría sus compañeros ni siquiera volvían la cabeza. Por fin la obra quedó paralizada.

Los constructores se dispersaron en todas direcciones. Cada familia comenzó a hablar su propio idioma, eligió su propio país, fundó sus propias ciudades, se convirtió en una nación y ya no reconoció un gobernante común. A las ruinas se les llamó Babel, porque Dios confundió las lenguas de la humanidad y dividió a una nación en setenta.

Digo todo esto porque aquí llevábamos una temporadita en que los comentaristas políticos habían dejado de profetizar las mayores calamidades provenientes de las plagas nacionalistas del norte. Pero poco nos duró la tranquilidad, pues la maldición de la división, la lengua, las naciones y las banderas vuelven a hacer tambalear la Torre de Babel en la que vivimos, esta vez la discordia viene del noreste.

La cosa es que en este país no terminamos de dispersarnos y nos empeñamos en vivir en la misma Torre y la cosa tiene mal remedio. Y nos arrojamos ladrillazos y nos pegamos tiros. Si dejamos de matarnos, las víctimas también son arrojadizas, las del terrorismo, las de la guerra civil. Si bajamos el tono del conflicto, seguimos agrediéndonos con las banderas, la lengua, los impuestos, las leyes, las sentencias; si se trata de divertirse, también el fútbol y los toros se utilizan para fastidiar... Todo sirve como proyectil.

No sé qué pecado hemos cometido nosotros, pero parece que alguien nos ha condenado a no entendernos y nos ha enviado unos ángeles negros y terribles para que se dediquen a la política en nuestra Torre. Lo único que sé es que a estas alturas se me están quitando las ganas de seguir viviendo en Babel.

Mientras hago la mudanza, prefiero seguir pensando en términos míticos, y soñar que la humanidad una vez tuvo una lengua única, hoy perdida para siempre, pero que perdura, a rachas, en las sonoridades de cada lengua particular. Si hoy hablamos distintos idiomas, no olvidemos que proceden de aquella lengua común, esa con la que reímos, cantamos o decimos "¡ay!", "tengo hambre", "te quiero", "dame la mano"... El mito de la Torre de Babel es bastante desalentador, pues en él sólo caben dos opciones: tirarse los ladrillos a la cabeza o largarse cada uno por su cuenta. Pues bien, si pensamos eso, separémonos cuanto antes, y si no, pongámonos a buscar alguna solución menos traumática, pero ¡ojo!, que no sea arrojadiza y que sea estable, que ya vale de seguir empujando cada día al otro un poquito más, hasta la próxima embestida. Si ello no es posible, pues lo dicho, pero que sepan que para tirar ladrillazos o meter en el ojo el asta de una bandera, que conmigo no cuenten.

jueves, 22 de julio de 2010

BARÓMETRO

Dice el diccionario que un barómetro es una cosa que se considera índice o medida de un determinado proceso o estado. Pues bien, les voy a contar un secreto. Mi barómetro es la lectura, y es de doble efecto.

Cuando estoy feliz, contento o tengo paz en mi interior, leo con placer, leo mucho y metiéndome en las historias, en los sentimientos o en las ideas que esperan dentro de las páginas silentes de los libros.

También se produce el camino inverso, pues no sólo leo cuando estoy bien. En ocasiones gracias a la lectura escapo de mis depresiones, tristezas, rutinas o aburrimientos. Salgo de mí y me introduzco en los mundos ficticios o reales que otros crearon y estamparon en forma de palabras.

Son bastantes los libros que pruebo, algunos de ellos los devoro, pero pocos son los que mastico y digiero. Esto último no se produce nunca cuando estoy mal. Pero cuando pasa es como una pequeña explosión de alegría intelectual. Algunas de esas lecturas me han descubierto el sentido de muchas cosas o me han hecho comprender a las personas; otras han quedado ocultas y se recuerdan días, o meses después, adornando una conversación, ayudando a relacionar cosas o ideas lejanas, invitando a leer otros libros, a viajar; casi todas me han contado algo nuevo. Unas pocas, las lecturas más persistentes, me han acompañado todos estos años y se han convertido en relecturas. Todas han contribuido, con su impalpable goteo, a ser quien soy.

Y esas experiencias, esas vidas ajenas que me permiten vivir los libros, me alimentan y dan fuerza, salvan una tarde, una semana..., ayudan siempre..., pero no, ellas solas no pueden salvar ni dar sentido a una vida. La realidad está ahí fuera acechando con la escasez, el azar, el paso del tiempo, uno mismo, los demás y otras amenazas irremediables. Pero uno afronta todo mejor cuando tiene el arsenal adecuado, y la lectura, en fin, es un arma irremplazable. Leer no me sirve más que para vivir mejor, para sacarle un poco más de placer a la vida. Si no, no me sirve para nada.

Por eso, la semana que no saco horas para leer, cuando no leo asiduamente y con deleite, es que hace mal tiempo en mi interior. Ese es mi barómetro, mi indicador de bienestar. Ya lo saben ustedes, soy así de rarito. Y para los curiosos mirones de mi biblioteca, dejo esta fotografía para que puedan echar un vistazo. Aquí paso las horas.

viernes, 16 de julio de 2010

CUANDO EL FINAL SE ACERCA

«Antes, cuando bebía, Riba no distinguía entre emociones fuertes y débiles, tampoco entre amigos y enemigos. Pero la lucidez de los últimos tiempos le ha ido devolviendo lentamente la capacidad de aburrirse, aunque también la de emocionarse. Y el mar de Irlanda...., le parece la más soberbia encarnación de la belleza, la máxima expresión de aquello que desapareció de su vida durante tanto tiempo y que ahora, nunca es tarde, encuentra abruptamente, como si estuviera en la mitad de una gran tormenta y con la emoción del que siente en pleno descenso en la vida, pero frente a la belleza inconfundible, gris de borde plateado, de un mar que ya no habrá de olvidar nunca mientras tenga memoria».

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« –¿No nos habrás hecho venir hasta Dublín para poder convertirte en una metáfora? –dice Ricardo.
– ¿Y qué mal hay en que nuestro Riba quiera ser alegoría, testigo de su tiempo, notario de un cambio de época? –Interviene Nietzky, que está ya como una cuba.
– Pero ¿hemos venido hasta aquí para que nuestro querido amigo se convierta en testigo de su tiempo? Es lo último que me esperaba oír –dice Ricardo.
– Bueno, y también para sentirme vivo –protesta Riba con inesperada y verdadera amargura– y para tener algún viaje que contarles a mis padres cuando vaya a verles los miércoles, y para sentir que me abro a los demás y dejo de ser un hikikomori. Que tengáis compasión de mí. Es todo lo que os pido.
Le miran como si hubieran oído hablar a un extraterrestre.
– ¿Compasión? – pregunta Javier, casi al borde de la risa.
– Yo sólo quiero que el funeral sea una obra de arte –dice Riba.
– ¿Una obra de arte? ¡Ah, eso es nuevo! –interviene Nietzky.
– Y también que comprendáis que jubilarse es jodido, que me sobra tiempo y a veces pienso que no me queda nada por hacer, y por eso me gustaría que fuerais más compasivos conmigo y comprendierais que trato de organizar cosas para escapar del tedio.
Su voz suena tan quebrada que les deja paralizados a todos por un momento.
–¿No os dais cuenta? –prosigue Riba–. No me queda nada por hacer, salvo...
Baja la cabeza. Todos le miran, como pidiéndole un esfuerzo, como rogándole que, por favor, complete la frase y diga algo que les ayude a ahorrarse tener que seguir sintiendo tanto bochorno y apuro por él. Todos desean que termine pronto el trance.
Baja aún más la cabeza, parece que quiera hundirla en el suelo.
– Salvo...
– ¿Salvo qué, Riba? ¿Salvo qué? Por dios, explícate. ¿Qué te queda por hacer?
Le gustaría decirlo, pero no lo hará: salvo reencontrar al genio, a la primera persona que hubo en él y que se esfumó tan pronto.
Pero no lo dirá, no.»
Enrique Vila Matas
Dublinesca

lunes, 12 de julio de 2010

EL HOMBRE TRANQUILO


Considero que soy nervioso. A menudo he admirado a las personas que, en medio del caos y el desorden, de las calamidades y avatares, de las prisas y las presiones..., son capaces de mantener la calma y aplicar sentido común a lo que parecen problemas irresolubles.

Y digo todo esto para dedicarle esta entrada a Vicente Del Bosque. Sí ya sé lo que me van a decir: ¿pero tú no eras del Atleti? Como futbolista y jugador ha estado vinculado toda su carrera al Real Madrid al que dio muchos triunfos. Como entrenador, recuperó los años dorados del Real Madrid: dos nuevas copas de Europa, más ligas. No debería apreciarle, hizo más grande al rival. Pero, ¡qué le vamos a hacer! La coherencia sin fisuras sólo es patrimonio de imbéciles y dogmáticos.

En mis años mozos, cuando escuchaba los partidos en la radio, había un locutor que le llamaba “cámara-lenta-del-bosque”, tal era la extrema tranquilidad de sus movimientos, que compensaba con una gran claridad en la visión del juego y una precisión asombrosa en sus pases.

Un año después de que el Real Madrid lo fichara de entrenador del primer equipo (había estado en categorías inferiores del club y había sustituido provisionalmente a entrenadores despedidos), Pérez llegó de presidente y se dedicó a fichar por cantidades astronómicas a los que se tenía por los mejores jugadores del mundo (Figo, Zinade, Ronaldo...). Eran los galácticos. No le consultaron ni le tuvieron en cuenta pero Vicente del Bosque fue asimilando e incorporando al equipo a aquellas estrellas con la máxima naturalidad, sensatez y sentido común. Tanto divo no parecía producirle ningún problema. Cuando le cesaron de entrenador en el Real Madrid, por la necesidad de "modernizar al equipo", cometieron una grave equivocación. No pareció inmutarse. Se despidió con elegancia. Desfilaron tras él entrenadores más guapos, que sabían idiomas, más jóvenes, extranjeros..., pero el equipo pasó varios años sin ganar un título. Pérez acabó dimitiendo.

En aquellos años yo coincidía con él a la hora del café en un bar de oficinistas, empleados y albañiles, cerca de la plaza de Castilla, al que íbamos cada día. Su modesto coche, su anorak raído, sus compañeros de trabajo..., nadie diría que ahí estaba sentado un gran entrenador que ganaba millones y salía cada semana en la televisión.

En una ocasión, cuando le preguntaron a Fernando Fernán Gómez cómo dirigía a los actores en sus películas, se quedó muy sorprendido y dijo:

“- Yo he sido actor toda la vida y no he necesitado que nadie me dirigiera. Ya me sabía el papel. Por eso yo lo único que hago es decirles a los actores cómo se tienen que poner delante de la cámara para que salgan todos en el encuadre, y cómo tienen que moverse para no tropezar.”

Parece que Del Bosque dirigiera igual a sus equipos. Buenos jugadores y dejarles hacer lo que saben. Como los buenos cocineros: excelente materia prima, poco manipulada. Es uno de los más grandes, pero no tiene el egocentrismo de Mourinho, ni el autoritarismo de Capello, ni la finura de Wenger, ni la meticulosidad de Benítez, ni la sabiduría campechana y un poco bestia de Aragonés. No lo necesita. Se encontró un equipo que funcionaba y ganaba. No lo cambió, sólo lo retocó para mantener su calidad, así de fácil, tan fácil que muy pocos son capaces de hacerlo.

Estos días hemos admirado cómo, a pesar del acoso de los periodistas, mantenía la calma ante las cámaras y medios, hacía lo que le parecía mejor, encajaba las críticas, apenas si se alegraba o lamentaba en el banquillo por los lances del juego, le obedecían sin rechistar los mejores jugadores del mundo, a los que protegía de las críticas, los equipos más grandes le temían... Todo ello con una media sonrisa, mucha paz y una expresión en la cara bondadosa, que parece simplona, pero que oculta una gran sabiduría... Es uno de los entrenadores de fútbol más laureados del mundo, pero sobre todo es el más tranquilo. Pero ¿cómo lo consigue?

Se mantiene unido a su familia. Tiene un hijo con una enfermedad genética al que adora, al que ha dedicado su vida y que le da las mayores alegrías. Ama su trabajo y hacerlo bien. Supongo que sabe como nadie distinguir las cosas importantes de la vida de las que no lo son. Sabe que lo importante es levantarse por la mañana, estar vivo y luchar. Si no entra una pelotita en la portería, impulsada por unos atléticos jóvenes en calzón corto, no pasa nada..., y da igual que todo un país esté pendiente del dichoso balón (¡ese balón de playa!, ¿de dónde lo sacaron?). Si no entra y no puede dar una desesperada e inmensa alegría a millones de compatriotas que ayer sufrimos lo indecible, pues otra vez será. Eso es lo que hizo anoche y durante todas estas semanas: estar tranquilo, hacerlo bien. Gracias por su manera de ver el fútbol, míster. Y, sobre todo, por su manera de ver la vida. ¡Chapeau!