

Son varias las cosas que me evoca la lectura de este libro gozoso. En primer lugar el deseo y la nostalgia de Madrid. Nostalgia de los lugares desaparecidos de mi ciudad que no conocí, pero que ahora tanto me atraen y que el escritor fecundó con su imaginación: el circo Price de entonces, del que tanto escribió, el café Pombo, en cuyas tertulias pasaba las tardes, el Torreón.... Sin duda son signos de la poca cultura de esta ciudad, que no conserva las creaciones de sus artistas, que no guarda memoria de su pasado, que no quiere saber de dónde viene ni quién es.

El deseo de Madrid es consecuencia de lo mismo: visitar y pasear los lugares que todavía se conservan: el Rastro, al que Ramón dedicó un libro admirable, otros cafés, el museo municipal, donde se custodian los paneles de su despacho, el museo romántico que compró un velador del desaparecido café, el acueducto y parque de las vistillas (donde se alza un monumento a su memoria). Si quieren saber más sobre lo que supuso su ciudad natal, pinchen aquí. 
En segundo lugar, quiero hablar de los despachos de Ramón, que este libro describe admirablemente. Fueron los siguientes:
- 1903-1918. Calle de la Puebla 11 (hoy 9), donde vivía con sus padres. Madrid
- 1918-1923. En un hotelito en la calle María de Molina 44 de Madrid, hoy también desaparecido (¡ay!), hasta la muerte de su padre.
- El ventanal de Estoril, donde se hizo levantar una casa y una ruina económica, que pronto tuvo que abandonar, dilapidadas la herencia y un premio de lotería que le tocó.
- 1923-1930. El Torreón de la calle Velázquez 6, en Madrid. A parir de entonces, llamaría torreón a todos sus despachos.
- 1930-1936. El Torreón de la Calle Villanueva 38. Madrid. Allí se instaló un micrófono para emitir los programas que hacía en Unión Radio.
- 1936-1963. El Torreón de Buenos Aires, situado en la calle Hipólito Irigoyen 1974, de esa ciudad, donde recaló en su exilio. Domicilio provisional que sólo le duró hasta su muerte.

En segundo lugar, quiero hablar de los despachos de Ramón, que este libro describe admirablemente. Fueron los siguientes:
- 1903-1918. Calle de la Puebla 11 (hoy 9), donde vivía con sus padres. Madrid
- 1918-1923. En un hotelito en la calle María de Molina 44 de Madrid, hoy también desaparecido (¡ay!), hasta la muerte de su padre.
- El ventanal de Estoril, donde se hizo levantar una casa y una ruina económica, que pronto tuvo que abandonar, dilapidadas la herencia y un premio de lotería que le tocó.
- 1923-1930. El Torreón de la calle Velázquez 6, en Madrid. A parir de entonces, llamaría torreón a todos sus despachos.
- 1930-1936. El Torreón de la Calle Villanueva 38. Madrid. Allí se instaló un micrófono para emitir los programas que hacía en Unión Radio.
- 1936-1963. El Torreón de Buenos Aires, situado en la calle Hipólito Irigoyen 1974, de esa ciudad, donde recaló en su exilio. Domicilio provisional que sólo le duró hasta su muerte.

En cualquier caso, el ambiente de sus torreones inevitablemente recuerda el de algunas casas o gabinetes de otros grandes artistas o escritores: el gabinete André Bretón, la casa de Isla Negra de Pablo Neruda, La casa della vita en Roma, de Mario Praz, el biombo de Lord Byron, el ático de Joan Brossa en la calle Balmes de Barcelona, la casa del arquitecto John Soane, en Londres y tantos otros...


Acaso Antipático ha intentado hacer lo mismo en el despacho que siempre ha tenido en sus casas sucesivas: habitaciones
antipáticas y antisociales, que han sido simultáneamente para él, taller de encuadernar, sala del té, alcoba de siestas, gabinete de estudio, sala de música, baúl de recuerdos, máquina del tiempo, laboratorio de soledades, agencia de viajes, biblioteca y rincón de lectura. Desde la que ahora tiene escribe esto. Va abigarrando paulatinamente el espacio con sus amigos los objetos, los libros y los papeles. Siempre, eso sí, conciente de que su talento no da más que para celebrar el genio de otros, como Ramón, a quien no pretende emular.

Pero no piensen ustedes que Ramón estaba todo el día encerrado en su Torreón, sino que era un ser vitalista, con un increíble sentido del humor. Recorrió el mundo dando conferencias, pues era un gran orador, como se puede ver en este ejemplo.
Curioso don Ramón
ResponderEliminarAntipático tiene que salir más y respirar aire fresco eh
He disfrutado..leyéndote hoy......me encantan las paredes llenas de fotos...¡¡¡¡ Berta
ResponderEliminarTu torreón tiene algo de viejo desván, lleno de sorpresas perfectamente ordenadas en cajas, cajones, carpetas, archivadores...Libros clasificados por riguroso orden que me gusta espiar en cuanto estoy un momento a solas, muchos de ellos exquisitamente encuadernados. Sintiéndome inculta ante tanta sabiduría por cm2. Algo de Ramón tiene Antipático, no dejes de maravillarnos.
ResponderEliminarCada poeta tiene casas, que habita, que desea y a veces, que construye. Como Antipático, Neruda tuvo varias, una de ellas "La Sebastiana" está en Valparaíso. Como todas sus moradas, esta está repleta de vidrios de colores, de maderas, de mascarones y caracolas, de amigos, de libros, de lápices, mucho vino y comida marina.
ResponderEliminarEsta casa, su propio torreón, la construyó a partir de anitguas otras que vararon en el puerto, eternamente sacudido a intervalos de oleajes y terremotos. En ellas se refugió y amó, a veces fue feliz y sintió, intensamente, su alma naufragada.
Un poema en espera de abril en primavera
Algo pasa y la vida continúa
La casa crece y habla
se sostiene en sus pies,
tiene ropa colgada en un andamio,
y como por el mar la Primavera
nadando como náyade marina
besa la arena de Valparaíso,
Ya no pensemos más: ésta es la casa:
ya todo lo que falta será azul,
lo que ya necesita es florecer.
Y eso es trabajo de la primavera.
Helene: efectivamente tengo mi despacho tan lleno de cosas, que apenas hay espacio para mi cuerpo. El orden es cuestión de supervivencia. El espacio lo ocupan las palabras y los pensamientos de otros, aunque quizá quede un poquito de sitio para mis pensamientos. En cualquier caso, la tienes a tu disposición para cuando quieras, aunque yo no esté.
ResponderEliminarAnónimo: conozco tres de las fascinantes casas de Neruda en Chile: "La Chascona" en Santiago, "La Sebastiana" en Valparaíso, y la de Isla Negra. Son un magnífico ejemplo de Torreón abarrotado..., aunque ahora de turistas. Corría 1996..., ¡y tanto que corría, qué lejos está ya! Pepe y Jerónimo, sevillano uno, de Granada el otro, venían conmigo. Hace tiempo que no sé de ellos. Tengo que escribirles.
Froiliuba: no temáis, me gusta pasear, por el campo y la ciudad, hago deporte. Tomaré el sol esta primavera, sentado en una terraza, dando sombra a una caña de cerveza y leyendo un periódico.
ResponderEliminarA lo de la caña me apunto (lo del deporteeee)
ResponderEliminarEn la noche, desde la "La chascona" (mujer despeindada o con mucho pelo) se escuchaba, el bramido de los leones cuyas jaulas del zoo de encuentran próximas...Neruda gustaba de hacer escuchar a sus invitados este maravilloso y extraño sonido.
ResponderEliminarEn mi anónima adolescencia esperé durante meses una noche de niebla para ir a escucharlos...
Estos torreones nerudianos,en los 14 años transcurridos, están cada vez mas mágicos como si de un encantamiento hubieran nacido, y como si hubieran adquirido vida propia, esa que seguramente tenía el torreón de Ramón y que supongo tiene el tuyo, Antipático.
Cada torreón tiene una disposición microcósmica, de libros, estampas, piedritas y algún feo recuerdo de viaje, objetos que tanto saben de uno y que se obstinan en no callarlo jamás a los ojos de quienes los recorren.
Y tienen también sus sonidos y aromas particulares, el penetrante olor a pinos, a mar o el especialísimo rugido de unos forasteros reyes exiliados en esta fria extremadura.