sábado, 25 de diciembre de 2010

ADIÓS NONINO

Hace un año, cuando comenzaba este blog, utilicé la metáfora del acordeón, que fue una premonición. Decía entonces que el acordeón era dueño de su propia estrategia para sobrevivir. Cuando le dan espacio toma aire, se expande y, al tiempo que hincha sus pulmones, canta. Si es presionado no se resiste, se pliega blandamente, suelta el aire, pero sigue cantando. Cuando el agobio se alivia, vuelve a tomar aire, incansable, incesante, y nos regala su música otra vez. Y cuando lo cierran, calla hasta que unas manos amigas le reclaman de nuevo.

Digo que fue una premonición porque efectivamente este año que se nos va unas veces nos apretó mucho y otras aflojó algo. Ha sido duro como pocos, pero feliz lo acabo. Entre presión y distensión, como el acordeón, seguí cantando: escribí aquí mis “textículos”. Disculpen la tristeza de algunos de ellos, pero momentos hubo en que temí perderlo todo. Pasó el tiempo y aquí estamos, disfrutando de los placeres y del amor. Manos amigas nos ayudaron, algunas nuevas, incluso sin cara o sin nombre, y sumaron cariño y amistad al amor. Gracias a todos, sobre todo a los que sufren, a los que aman...

Este bloguero es un ocioso atareadísimo, como dice Andrés Neuman. A pesar de ello seguirá el año que viene contando sus ocurrencias y, si la autoridad lo permite, las de otros. Mientras tanto quiero desearles FELIZ AÑO 2011.

Sólo resta decir al año que se va, ¡adiós Nonino!, con música de acordeón (bandoneón y orquesta) por supuesto, pues nunca es tarde para redimir la ofensa con que tildé a este instrumento al empezar este blog.



jueves, 23 de diciembre de 2010

CUNQUEIROMANÍA (4)



“Esto pasó, ahora va hacer un año, en el “reame” de Nápoles, en una quita que llaman Prato Nuovo, y que es de una nipota del Gran Inquisidor, y en esta historia se ve que ni las grandezas humanas se libran del maligno. Parió esta señora nipota, que se llama doña Eleonora, un niño, y lo fueron a bañar en aquella bañera de cristal, que la estrenaban tal día. Y no bien echaron al niño al agua, se disolvió en ella como si fuera de sal o azúcar. Todo fue un gran grito de pasmo en la quinta, y nadie daba crédito a lo acontecido, pero que pasó pasó, y el niñito desapareciera. Hubo que echar aquella agua en el camposanto, y al botellón en que iba le hicieron un entierro a ocho, con música, responsos floreados y el Gran Inquisidor de capa magna. Hace quince días parió de segundas la nipota, y como al que nace hay que bañarlo, volvieron a poner la bañera de cristal, que es una obra antigua de mucho precio, en la cámara de la querida, y estaba el Gran Inquisidor presente, y también el exorcista de Palermo, que es quien les quita el demonio del cuerpo a los Borbones de Nápoles cuando hace falta, que es casi siempre por años bisiestos, y también estaba todo el protomedicato de las Dos Sicilias, y ya iban a bañar al recién, cuando se le pasó a la madre por la imaginación que tenía su señor tío que bendecir la bañera, y aún el Gran Inquisidor no dijera: “In nomine Patris”, ya se quebrara la bañera en mil pedazos, y saliera de ella un mal olor a azufre, y el exorcista de Palermo con el puño curvo de su paraguas tuvo tiempo de coger por el pescuezo al demonio que huía, pero éste se le pudo escurrir, y se perdió por la chimenea. Se supo que la bañera fuera comprada en una abadía muy conocida y de monjas, que llaman Fossano, y que era la bañera que tenían las abadesas para bañarse por Pascua y por San Martín, y las monjas por San Pedro, y que no era tal bañera, sino un demonio que se trocó en ella, para ver a su tiempo a las señoras monjas en cueros vivos.”

Álvaro Cunqueiro
La bañera del diablo. Merlín y Familia

lunes, 20 de diciembre de 2010

CUNQUEIROMANÍA (3)


Algunos de los que murieron, ya temprano
fueron llamados a la ribera donde llueve polvo de oro.
Otros están sentados en la arena
abrazando sus rodillas,
aguardando que les den una sed de agua.
Están tristes, no imaginan nada,
no tienen ideas, se olvidaron de soñar.
En la arena semejan otra arena más oscura.

Pero en un cercado hay uno que hace por erguirse,
que ensaya cuánto viento cabe en el fuelle de su pecho,
que quiere mirar hacia atrás,
hacia lo que dejó: los bosques del mundo,
las altas torres, música en una feria,
una muchacha que olía a abril,
un libro viejo que comenzaba Arma virumque cano...,
y el perro que le lamía la mano derecha.
Ese, cuando llegue la hora del trago de agua,
estará en pie y le preguntará a la Muerte
si no hay un sorbo de vino para un hombre
que quiere seguir soñando con sus tiempos.

Hay unos que de un modo caminan
y otros de otro
por la orilla de allá de la muerte.

martes, 14 de diciembre de 2010

MALSINES Y SICOFANTES. VENECIANOS Y MODERNOS


Muchos de ustedes, como yo, supongo que habrán tenido noticias del escándalo que está generando en todo el mundo WikiLeaks (WikiFiltraciones o WikiFugas en español). Parece que los dueños de esa organización están fomentando que surja una nueva casta mundial de malsines, delatores, soplones o incluso sicofantes, que de todo debe haber en ese mundo incierto, que en vez de dar sus informes al poder, o custodiar los papeles que tienen a su cargo, los airea por Internet.
Ante todo hay que recordar que la cosa de los espías y soplones no viene de ahora. El fenómeno de los malsines y sicofantes tiene antecedentes remotos. La novedad hoy radica en que estas filtraciones, estos nuevos soplones, no están teóricamente al servicio del poder, sino que muestran beatíficamente a los ciudadanos las vergüenzas, las indiscreciones, los asesinatos y las corrupciones de los gobiernos y los poderosos.
“No me gustaba cavar, y mi abuelo ya vivió de la soplonería”, dirá en Las Aves de Aristófanes, un chivato que servía además de testigo falso en los procesos. Burckhardt, en su Historia de la cultura griega decía que el funcionamiento del sistema griego requería “un tropel invisible de sicofantes”.

Y tanto o más importancia que en Atenas, tuvo la soplonería en la República de Venecia. Una vez consolidado su régimen oligárquico, y para salvaguardar ese poder de los estamentos patricios de la ciudad, instituyó el Consejo de los Diez, especie de servicio de inteligencia que utilizaba métodos sumarísimos, que estaban incluso por encima del gobierno de la república, y que abortaba todo intento de subvertir el orden establecido. Estas conspiraciones eran muy frecuentes en Venecia. El período de un Dogo Corriera fue considerado como banal, porque no hubo en él ninguna conjura. El Consejo de los Diez se alimentaba de los informes de los espías, los confidenti y de las denuncias, con frecuencia anónimas, que se depositaban en la célebre Bocca del Leone. Lo contaba Carlos Diehl en su libro Una república de patricios. Venecia. Allí, los primeros días de septiembre, hacían una suelta de espías. Pero Cunqueiro amplía la noticia. Al parecer, había espías de tres clases: alertas, relatores y quietos.

Primero estaban los alertas o vigiles, que se deslizaban en la sombra, dominaban ingenios de espejos para ver lo que pasaba dentro de las casas, conocían el lenguaje del heliógrafo y eran sicofantes patentados. Goldoni en una de sus comedias saca a uno de estos alertas venecianos que mientras estuvo en activo no pudo tener hijos, pues toda su energía la ponía en la vista, tanto que queriendo ver una vez una moneda que un desconocido daba a un piloto que salía para Chipre, y por la moneda saber la nación del forastero, puso tanta fuerza en mirar, que se rompieron los cristales de la ventana a través de los cuales fisgoneaba. Un alerta veneciano llamado Posapiano –es decir, Andaquedo–, fue destituido porque soplaba sospechas de parientes, los cuales pasaban unos meses en la cárcel y al salir repartían el premio del chivatazo.
Un tipo diferente, eran los relatores, también conocidos como rumores. Tenían que saber “Historia de las conspiraciones” y actuaban como agentes provocadores de conspiraciones antiguas. Don Francisco de Quevedo, para la suya, había comprado, según probó Astrana, siete relatores, y pagando España por su duque de Osuna, Visorrey de Nápoles, la conjura, Quevedo quería hacer creer a los venecianos que eran los franceses, pagados por los turcos, los que querían meter unos suizos portadores de la peste en la ciudad. Don Francisco se las vio y deseó para escapar, pero no hallaron ni rastro de él cuando le buscaron.

La última clase de espías eran los llamados quietos, como los agentes de las grandes potencias de hoy, se dedicaban a vigilarse unos a otros. Estos eran unos espías tan secretos que no sabían si lo eran o no. Guasti ha dicho que estos agentes tenían por objeto inmovilizar la imaginación de los conspiradores venecianos, quienes gastaban mucho tiempo en averiguar si entre ellos había un quieto, y si lo había tras qué conjura andaba. Unos que se reunían en Verona fueron muy sospechosos. Pero durante ochenta y siete años no se dio con ellos.

Al fin, un día cualquiera, un alerta encontró en un baño de sal para la carne de cerdo, el cadáver de un anciano desconocido. Se consideró que aquel era el último de los conspiradores de Verona y se cerró el asunto. En el expediente se escribió: “conjura perpetua de unos desconocidos para derribar por sorpresa el Gobierno de la Serenísima e imponer el monopolio de la cebolla de Dalmacia”. Se corrió por Venecia que abierto el cuerpo del anciano por el cabo sangrador de las Lanzas de San Marcos, estaba lleno de cebollas rojas de Dalmacia.

Con los soplones anónimos e impunes nunca se fue a ninguna parte. No hacen bien a nadie: ni a los ciudadanos a los que espían, para que los gobiernos los dominaran, ni a los gobiernos que los pagaban y a los que acaban traicionando.

Y habrá que ir buscando un nombre para estos nuevos soplones, quizá también calumniadores, a los que todavía no han encontrado nombre apropiado. La primera reacción ante las noticias que se filtran es sonreír, porque todos, pensemos como pensemos, vemos con el culo al aire a los políticos o países rivales, y nos dan argumentos para criticarlos, pues hay para todos.

O si lo pienso un poco más, no me fío de estos tíos, algo me huele mal. Filtran esas noticias quienes se valieron de ellas un día. Me pregunto ahora, ¿quiénes son?, ¿por qué ahora?, ¿qué poder o riqueza no consiguieron con sus secretos que ahora quieren venganza?, ¿quién les paga?

No quiero acabar sin proponer otro juego barroco, que el anterior ha sido muy breve. Averigüen donde está el mensaje cifrado en esta entrada, en cuyo texto está mi opinión de lo que está pasando. Antipático de plata para el primero.

lunes, 13 de diciembre de 2010

¿DÓNDE ESTÁN LAS DAMAS DE ANTAÑO?

Hoy he escuchado un tango de Carlos Gardel, Viejos tiempos, entristecido lamento por el tiempo pasado. El genio del tango se pregunta dónde están los muchachos de entonces y las mujeres aquellas, y recordando se pone a llorar.
Eso me ha hecho recordar los cantos y poemas en que los antiguos ya se preguntaban lo mismo, como si el ser humano no se cansara de lamentarse de la fugacidad de la vida, de la juventud y de la belleza. Desde Homero hasta Carlos Gardel, pasando por Jorge Manrique, y tantos y tantos otros. Uno de ellos fue François Villon, el bate de la Francia protorrenacentista, que se preguntaba igualmente dónde andarían las mujeres de antaño.
Cualquier tiempo pasado fue mejor, parece decir su actitud. Yo no tengo razones para disentir, pero me da la impresión de que la vida resulta más soportable si puede uno hacerse una visión más indulgente del presente.

Bueno, la cosa es que hoy no tengo ganas de lamentarme, sino de jugar. Así que doy una semana y un premio (el Antipático de Oro), a mis improbables lectores, para que descifren quiénes eran estas mujeres que Villon cita en su poema, y lo que les deparó el destino. He marcado las doce que hay que adivinar. Algunas son muy fáciles, así que empezad ¡Ya!.

Dime: ¿Dónde o en qué país
Flora está, la sin par romana?
¿Dónde Archipiada, o bien Thaís,
que pudo ser su prima hermana?
¿Y Eco, la que responde al ruido
que se hace junto al lago extraño?
¿Dónde su hermosura se ha ido?
¿Mas dónde están las nieves de antaño?


¿Y la muy discreta Eloísa,
por quien fue Abelardo castrado
y se hizo fraile en San Denís?
Por este amor fue desgraciado.
¿Dónde aquella reina que ordena
que Buridán, tras dulce engaño,
sea arrojado en un saco al Sena?
¿Mas donde están las nieves de antaño?
¿La reina Blanca como un lis?
Sirena de la voz divina,
Berta del gran Pie, Beatriz, Alís,
Eremburg, la bella angevina?...
¿Y la buena doncella Juana
que ardió en Rouán, por obra y daño
del inglés?... ¡Virgen soberana!
¿Mas donde están las nieves de antaño?


Príncipe, no inquieras dónde están,
Ni en una semana, ni en un año,
Siempre volverás a mi refrán:
¿Mas donde están las nieves de antaño?

domingo, 5 de diciembre de 2010

EL CUADERNO DE LOS PLACERES


Dicen los sabios que el ser humano tiene inscrito en su interior, en su alma, un ansia permanente y absoluta de felicidad, o sea, de placer. Y esa necesidad tiene dos caras o aspectos. Uno negativo, evitar el dolor, y otro positivo, experimentar intensas sensaciones placenteras.

Siendo rigurosos, llamamos felicidad sólo a este último aspecto. El problema es que es muy limitada nuestra capacidad para proporcionarnos placer, mientras que nuestros deseos y nuestra tendencia al placer no tienen límites. En primer lugar, porque la sensación de felicidad se produce cuando satisfacemos las necesidades, pero esa sensación es muy pasajera, pues si persistimos en lo mismo, la sensación va haciéndose tibia, aburrida y desaparece con el tiempo. En segundo lugar, porque el sufrimiento nos amenaza en la vida por tres lados: desde el propio cuerpo, desde el mundo exterior y de las relaciones con otros seres humanos.

No nos extrañe, pues, que bajo la presión de tales posibilidades de sufrimiento, el hombre suela rebajar sus pretensiones de felicidad, y se sienta feliz por el mero hecho de haberse librado de la desgracia, por haber sobrevivido al sufrimiento. Cambian así el sentido del placer, por el sentido de la realidad. Por eso más temprano que tarde solemos llegar a la sensación de la nulidad de todas las cosas y la insuficiencia de todos los placeres para colmarnos el alma.

Así muchas han sido las escuelas de la sabiduría humana que nos han mostrado diferentes vías: la satisfacción ilimitada de todas nuestras necesidades (que prefiere el placer a la prudencia, y al poco se sienten las consecuencias); el aislamiento voluntario de los demás (que sólo nos previene del dolor que procede de los demás); los avances de la ciencia y de la técnica para lograr el bienestar de todos; las drogas; moderar la vida instintiva, los deseos y sublimar los instintos; amar y ser amado; esperar la felicidad en una vida futura al lado de Dios. Epicúreos, estoicos, orientales, religiosos, científicos, ascetas, chamanes..., nadie tiene la receta universal. Unos, más activos, hacen hincapié en trabajar en el mundo exterior para alcanzar lo que quieren; otros, más pasivos, buscan reducir sus anhelos para querer sólo lo que pueden alcanzar.

El designio de ser felices que nos impone el principio del placer es irrealizable, pero siento que no podemos ni debemos abandonar los esfuerzos por acercarnos a su realización. Hay muchos caminos, ya lo hemos visto, y cada uno busca por sí mismo la manera en que puede ser feliz, de acuerdo con su temperamento, con lo que pueda esperar del mundo exterior y con la fuerza que cree que tiene para modificarlo según sus deseos.

Yo por mi parte, ser propenso a las listas, he empezado a recopilar en un cuaderno de placeres, las cosas, las relaciones, las actividades y las ideas que me causan placer. La finalidad de ese cuaderno, es observar, recordar, hacer únicos y cuidar las fuentes de mi placer, para que no se sequen, y descubrir nuevos manantiales para mi sed. Cuanto más lo trabajo me voy encontrando que para mí resultan placenteras infinidad de cosas:

- Satisfacer las necesidades del cuerpo, y aquí incluyo mis cinco sentidos.
- Lo pequeño cotidiano, pero también lo grandioso.
- La sorpresa y la variedad, pues de mucho repetir lo placentero desaparece.
- La ilusión y la imaginación, que engrandece lo que está por venir, nos alegra al ver cómo lo vamos consiguiendo, y nos ayuda a soportar la carencia de lo que deseamos.
- La belleza, lo maravilloso y lo extraordinario, y aquí están todas las artes.
- Las costumbres y rutinas agradables.
- Jugar y hacer deporte.
- Estar activo, aunque sea en conseguir los pequeños objetivos del día cuya realización nos satisface, pues esa actividad nos distrae de otros deseos no satisfechos. Por eso es tan importante elegir bien a qué se dedica uno y poner en ello los cinco sentidos. Aquí identifico lo que me gusta hacer.
- Tener un entorno agradable con los demás: amor, amistad y buena vecindad.
- No compararse con el prójimo y poder confiar en él.
- La memoria, que nos permite el recuerdo de los momentos felices y nos hace olvidar, tramposamente, las desdichas.
- La libertad y el poder de tomar decisiones propias sobre lo que nos afecta.
- Escribir el cuaderno de los placeres.

En cada uno de estos apartados, la lista de placeres es interminable, pues de todo puede emanar placer. Y las tres fuentes del sufrimiento que eran el cuerpo, el mundo exterior y las relaciones con los demás, lo son también de placer y de felicidad. Pues las carencias, los dolores y los males, son propios de la inestable frontera de la vida, pero esa naturaleza escasa es la que nos hace más dinámicos y creativos, la que dio origen a la sociedad, que nos ayuda a adaptarnos.

Incluso me es agradable la imagen del dolor y de las cosas terribles, sea en la realidad o en la ficción, con tal de que no me hagan temer por mí mismo, porque he empezado a sospechar, con mi cuaderno de placeres, que todos ellos me ayudan a ahuyentar el miedo a esos males y dolores que amenazan nuestra existencia. Quizá la felicidad, como decía Eduardo Punset hace poco, sea ausencia de miedo.

domingo, 28 de noviembre de 2010

SECRETOS Y MENTIRAS

Una chica negra, cuyos padres adoptivos han muerto, decide averiguar quién fue su madre natural. Tras investigar en el registro civil y en los servicios sociales, se entera de que es una mujer soltera, blanca, trabajadora en una fábrica, que vive en una humilde vivienda alquilada. También se entera de que tiene una hermana barrendera, a la que su madre tuvo y crió soltera.
Después de llamarla varias veces, tienen un dramático encuentro en un bar.
A partir de ese momento, aunque su madre parece una mujer desquiciada que se siente sola, decide conocerla mejor. Empiezan a verse y a salir juntas. A medida que se van conociendo ambas, se van estrechando los lazos entre la madre y su nueva hija. Y se va enterando de su vida.
Su hermana y su madre se llevan fatal, tienen una relación destructiva. El hermano de su madre, su tío, es un fotógrafo y muy buena persona. Ambos hermanos quedaron huérfanos muy jóvenes y se cuidaron mutuamente, hasta que él se casó. Se quieren mucho, pero la madre tiene la sensación de que su cuñada le ha despojado del amor de su hermano, y además intenta acaparar el cariño de su hija, a la que sus tíos colman de atenciones. Lo que pasa en realidad es que la cuñada no puede tener hijos, y añoran uno; por eso intentan suplir la carencia con su sobrina. Su esterilidad es un secreto para el resto de la familia.
Un día su nueva familia celebra el cumpleaños de su hermana en casa de los tíos. Acuden todos y la madre va con su hija reencontrada, a la que presenta como una compañera de trabajo. A los postres, después de haber bebido unas cuantas copas en la comida, confiesa a todos quién es su amiga. El schock familiar es terrible y todos se dicen cosas tremendas y se reprochan sus egoísmos. Entonces el hermano, que llevaba años haciendo de mediador en la familia, confiesa a todos que su mujer no puede tener hijos, que lleva quince años de tratamientos y operaciones sin decir nada a nadie y, dirigiéndose a su mujer, le dice que esa frustración ha estado a punto de destruir la relación entre ambos. Luego, dirigiéndose a todos, estalla, y les dice gritando:
- Nuestras vidas está llenas de secretos y mentiras. Todos estamos sufriendo, ¿por qué no podemos compartir nuestro dolor? Las tres personas que más quiero en mi vida, mi mujer, mi hermana y mi sobrina, se odian y yo estoy en medio. ¡Ya no puedo más!.
Entonces, la madre le cuenta a su hija, que todavía está conmocionada por la noticia de que tiene una hermana negra, quién fue su padre y cómo le conoció, que era un buen hombre y que nunca se enteró de su nacimiento. Su otra hija, también pregunta por el suyo, y su madre le pide que no le rompa el corazón. La cuñada le pide perdón y le dice que le envidia tener hijos. Todos lloran. Días después las hermanas, hasta entonces hijas únicas, empiezan a verse y a charlar con su madre, hablan de sus vidas aunque todavía se sienten algo extrañas. Al final, tras la catarsis, todo parece doler menos.
Les cuento a ustedes este argumento de la excelente película de Mike Leigh, “Secretos y Mentiras”, porque hoy siento que la vida humana es como una continua guerra, en la cual somos atacados por las cosas de fuera, por la naturaleza y por el azar, y entonces los únicos aliados que nos quedan son los hermanos, los padres, los hijos, el cónyuge, eso que llaman la familia...

martes, 23 de noviembre de 2010

LOS HIJOS DEL TRUENO

Patrick Brunty fue un adusto pastor irlandés de familia muy modesta. Era ambicioso, tenaz y retraído. La pasión por el arte y la literatura alimentó sus sueños juveniles. Inicialmente fue aprendiz de tejedor y más tarde maestro de escuela. Llegó en 1802 a Cambridge para estudiar Teología y allí, influido por las lecturas clásicas, rectificó el apellido familiar y lo convirtió, inspirándose en el nombre de uno de los corceles de Helios, en Brönte que significa trueno.

Fue destinado como párroco al pueblo de Hartshed, en el condado Yorkshire. Dicho condado está al norte de Inglaterra. A primera vista, al contemplar ese paisaje en un día soleado de junio, podía parecer una amable campiña inglesa, con sus prados verdes y sus suaves lomas bordeadas por riachuelos. Pero ese espectáculo era un espejismo. Siempre estaba lloviendo, las nubes bajas todo lo cubrían con su siniestro manto y la vegetación, más bien salvaje, impedía pasear si no se conocían los escasos y estrechos caminos que existían entre el barro pantanoso. A menudo soplaba un fuerte y helado viento que hacían las caminatas para aquellos parajes muy inhóspitas. En los días cortos y oscuros de tormenta, si no eran los rayos, podían ser las alimañas las que acabaran con el caminante al que la noche le cogiera desprevenido en aquellos desolados páramos.
El reverendo Patrick fue a vivir a aquel lugar con su mujer, Mary. Tuvieron cinco hijas y un hijo. Consideraba pecaminoso el placer más inocente, hasta el punto de que alimentaba a su prole a base de patatas y quemaba los zapatos de sus hijas si le parecían demasiado elegantes. Este régimen de correccional no fue compensado por la ternura materna, puesto que la madre murió de cáncer en 1821, cuando la hija menor apenas si tenía un año. Poco a poco la viudedad y quien sabe si sus frustraciones literarias fueron convirtiéndole en un ser seco, intolerante y amargado. Sus hijos eran muy pequeños, en realidad componían una prole enfermiza y muy precoz. La familia quedó confiada a los ásperos cuidados de una tía materna. Allí se criaron los niños, de cualquier manera, en medio de los silencios y en las voces de aquella naturaleza, entregados a la lectura, al dibujo y a una serie de fantasías y juegos cuyo código secreto los transportaba a países imaginarios.

Cuatro años después, en 1825, murieron de tuberculosis las dos hermanas mayores (Mary y Elisabeth), a causa del deficiente trato recibido en el instituto de Cowan Bridge para hijos de eclesiásticos, centro docente al que Patrick Brönte había mandado a estudiar a las hijas.
En 1839, Anne, la hija menor, impulsada por el afán de crearse una vida independiente, trató de emplearse como institutriz y, durante los años pasados en calidad de tal en distintas casas tuvo la triste experiencia de trabajar en la misma casa en la que su hermano Branwell era preceptor, y de donde tuvo que verle expulsado por inmoralidad. El hijo varón fue el único a quien el padre, ante sus anomalías y defectos, había tratado con excesiva condescendencia, que contrasta con la rigidez que tuvo con sus hijas, siguiendo los principios imperantes en la época, que tendían a menospreciar el talento de las mujeres y frenar en ellas cualquier conato de independencia.
En 1842, Emily la siguiente hija en edad, fue mandada a estudiar con su hermana Charlotte al Pensionado Héger de Bruselas, para aprender francés, decididas a ganarse la vida con la enseñanza. Pero pronto tuvieron que volver a su casa por la muerte de su tía. Para Emily fue una época de amargo destierro, torturada por la nostalgia de su agreste país. Charlotte sin embargo volvió un año más tarde al pensionado, encontró un empleo y se enamoró del director, aunque ese amor no pasó de platónico. En 1844 regresó a Haworth, al hogar paterno, donde falló su proyecto de fundar una escuela.

Las tres hermanas Brönte, Emily, ardiente y reconcetrada, Charlotte, serenamente romántica y sutilmente irónica, y Anne, apacible y dulce, compartían la pasión por la poesía y la literatura; todavía adolescentes las tres muchachas escribían versos y relatos fantásticos (el ciclo narrativo Legends on Angria). En 1846, gracias al interés de Charlotte, publicaron una colección de versos de las tres hermanas: Poesías de Currer, Ellis y Acton Bell, seudónimos que coincidían con las iniciales de sus nombres y apellido. Sólo se vendieron dos ejemplares del libro. Aquellos versos no buscaban sino el desahogo de sus apasionados sentimientos en el arte.

Después de aquello, siguieron escribiendo cada una por su cuenta. Escribieron novelas. Anne: Agnes Grey, y La inquilina de Wilfell Hall; Emily: Cumbres Borrascosas, novela que apenas tuvo relevancia en su día y que hoy todavía se lee con pasión y escalofrío. Charlotte escribió El profesor, y después Jane Eyre.
Las desgracias no parecían querer abandonar a aquella familia. Su hermano Branwell, que las había retratado en el cuadro que ven, cada vez estaba más embrutecido y dado al vicio, debido al abuso del alcohol y del opio. Se daba a terribles accesos de cólera. Se parecía mucho al Headcliff de Cumbres Borrascosas. En 1848 murió de “delirium tremens”. Emily fue la que mejor le había comprendido. Cogió frío en su entierro y se metió en casa, negándose a que la viera un médico, a comer y casi a hablar. A medida que se consumía, soportó durante tres meses los dolores con duro estoicismo, y sólo dos horas antes de morir, después de haberse levantado y vestido penosamente, permitió que fuera llamado un médico.
Anne murió al año siguiente, con veintinueve, también de tuberculosis. Ante la inminencia de la muerte escribió una memorable composición lírica: Espero que con los fuertes y valientes.

Charlotte había obtenido un notable éxito con su novela Jane Eyre. Se sobrepuso al dolor y a la soledad, que quedaron reflejados en su novela siguiente Shirley; el eco de su amor insatisfecho reaparece en Vilette, al decir de los críticos su obra más madura, que se publicó en 1853. Ese mismo año murió el padre y su hija se casó con el asistente parroquial de su padre, el reverendo Nicholls. Su débil constitución, empero, no resistió mucho tiempo y murió en el primer embarazo en 1855, a los treinta y ocho años.

El reverendo Patrick Brönte, el trueno, tuvo la triste experiencia de ver morir a casi todos sus hijos. Su espíritu religioso quizá le deparara consuelo en su desgracia, pero también es probable que agravara su sentimiento de culpa por el mal que les hizo, por el amor que no les dio. Sin embargo, transmitió a sus hijos la pasión por el arte y la literatura. Y gracias a esa pasión estas hermanas extraordinarias superaron todas esas circunstancias, además de las que toda mujer tenía entonces para acceder a las actividades artísticas. Para poder seguir escribieron, escribieron desesperadamente. Crearon mundos tristes y desgraciados, llenos de adversidades, donde la gente amaba con pasión y sufría trágicas calamidades. Imaginaron mundos fantásticos. Invocaron a la muerte como única salida. Inventaron la felicidad en la esperanza, pues siempre llegaba, después del drama y del dolor. Su poesía está llena de sentimiento romántico.

Conocí a las hermanas Brönte, como supongo muchos de ustedes, a través de las películas que sobre sus novelas se hicieron. He sido su lector tardío e ignorante, pues desprecié ese mundo melodramático que representaban, hasta que cayó en mis manos Cumbres Borrascosas. Quedé subyugado. Y ahora que me entero un poco sobre sus vidas, y veo los terribles paralelismos con sus personajes, me hago muchas preguntas. ¿Acaso hay en la historia de la literatura ejemplo de familia igual? ¿De dónde sacaron la fuerza y el genio literario? ¿Acaso de la soledad, la tristeza y del desamor de aquella familia? ¿O de la fiera educación recibida? ¿De los páramos borrascosos de Yorkshire? ¿Quizá de la bondad que transmitió en sus genes una madre a la que casi no conocieron? ¿Su genio salió a pesar del padre, o gracias a él? No sigo. Tanto se ha escrito, hablado y filmado sobre ellas, que nada puedo añadir. Sin embargo, el misterio continúa. Acaso una de las maneras de resolverlo sea visitando el Museo Brönte, en Haworth, que está a trasmano de todos los caminos. Algún día haré ese viaje a Inglaterra y quizá me pierda por aquellos páramos buscando respuestas.

viernes, 19 de noviembre de 2010

¡OH, LA ÓPERA!

Algunas personas sufren aversión a la ópera. Sólo acuden a los teatros donde se representan esos dramas musicales, cuando no han podido evitarlo, y sólo para confirmar una vez más que, para ellos, son el colmo del aburrimiento y del mal gusto. Y me refiero a personas cultas, amantes de la música, y que disfrutan de ella tranquilamente en casa escuchando discos. Mejor sería decir que “todavía” disfrutan de ellos antes de que terminen de desaparecer.

Al escuchar los discos, los melómanos hacen de la música un objeto de su propiedad, utilizándolo como les viene en gana, sin tener que aguantar las restricciones, incomodidades e impertinencias de la ejecución musical en un teatro de ópera o de una sala de conciertos: hay que ser puntualísimos, los asientos son incómodos, no se puede hablar, ni comer, ni beber, ni toser, ni parar la música, ni saltarse los fragmentos aburridos. Si aún en esas condiciones algo les gusta, solo pueden comentarlo o aplaudir al final, cuando el entusiasmo ya ha pasado. Entonces todos se ven obligados a aplaudir durante largos minutos, hasta que le escuecen a uno las manos. Si hablamos de música pop o rock, hay que aguantar violentos baños de multitudes sudorosas, esfuerzo que requiere ser muy joven, pues sólo a edad temprana se tiene el exceso de salud física y el defecto de salud mental necesarios para soportar semejante suplicio.

Ellos piensan que con los discos, igual que con muchas conservas o con el vino, se obtienen productos muy superiores a los naturales, pues gracias a la posibilidad de montar los fragmentos correctos, en el disco se eliminan los errores del intérprete. Intérprete que suele ser mejor que aquel al que solemos poder contemplar en directo. La calidad del sonido es un inconveniente que la tecnología ha mucho tiempo que superó.

Si de deleitarse con la música se trata, ellos se preguntan: ¿qué placer puede compararse al de escuchar el fragmento preferido, tumbado en el lecho, acariciando con una mano el pecho de la amada y con una buena copa en la otra? [Perdonden, me gustan las mujeres, a quienes les gusten los hombres que toquen donde quieran].

Estas ventajas son de carácter social. Pero es que ellos encuentran también razones de orden estético para preferir el disco. Consideran que el intérprete de un drama musical es un mal actor que con su actuación no hace sino empañar una audición que encomendada a gestos y palabras pierde buena parte del poder que tiene la música para transmitir sensaciones. La música en presencia del intérprete es algo parecido a la pintura en presencia del guía del museo, del que se puede prescindir, es cierto, pero a costa de un esfuerzo supletorio para evitar sus molestias.

Piensan que es en la ópera donde el colmo del esperpento puede llegar a un grado sumo. Y es ahí donde el disco presta su mejor función: conserva la interpretación y suprime al intérprete, el montaje, el escenario o, en una palabra, el drama musical. Si el intérprete es un mal actor –afirman–, el de ópera suele ser grotesco; sus gestos banales y grandilocuentes nunca se acuerdan de la sutilidad de la melodía, les gustaría que sólo moviera los miembros que requiere el instrumento. Pero no, el intérprete no puede evitar transmitir con el gesto la experiencia por la que está pasando su alma. Y ese gesto, siempre, siempre, es desafortunado. ¿Qué no tiene que hacer la música para superar el deplorable efecto inicial de una Isolde de 120 kilogramos con una túnica blanca y largas trenzas de oro hilado, o de un Pizarro de bayeta, rodeados de cartón piedra, yelmos de latón y un pueblo que corea y al unísono alza sus brazos para celebrar el triunfo de la inocencia?

De los libretos no quieren ni hablar, pues sus textos les suelen parecer muy mediocres y, cuando no es así, su servidumbre al poder de la música, acometida en tan atroz espectáculo, les parecen meros pretextos para alargar el drama. Por que sí, porque, además de todo eso, la mayoría de las óperas se les hacen larguísimas, interminablemente aburridas. Los que no les gusta la opera se preguntan: ¿existe algún artículo de la tan cacareada cultura artística europea que de peor manera responda a su fama como la ópera?

Hay personas que así piensan, con el escritor Juan Benet a la cabeza, que escribió estas reflexiones en su ensayo titulado La moviola de Eurípides.

Yo por mi parte todavía recuerdo con horror mi iniciación a tan difícil arte cuando tenía diecinueve años: Un Lohengrin interminable y una Montserrat Caballé esperpéntica bailando la danza de los siete velos en Salomé. Para que vean que no exagero, ahí les dejo con el vídeo del baile, que debería haber sido sensual y excitante, pero en el que "cometen" una interpretación de código penal, a pesar del texto de Oscar Wilde y de la música de Richard Strauss.


No soy gran aficionado a asistir a la ópera, pero he disfrutado mucho casi siempre que he ido. Conseguí superar el trauma inicial. Inténtelo, igual a ustedes les da resultado. Si no, no tenga complejos en reconocerlo. Consigan el disco o lo que lo sustituya, y escuche la ópera tranquilamente. Si aún así no lo consiguen, siempre pueden reírse pasando Una noche en la ópera.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

RIIIING! (FINAL)


Abrió la puerta. Encontró a un hombre alto, de mediana edad, escoltado por un par de fornidos mozos con la bata blanca.
- Hacía mucho tiempo que te andábamos buscando, Rosario. ¿Dónde te habías metido? No debiste irte de la clínica sin decirnos nada.
- Menos mal que ha venido, doctor González –respondió ella arrojandose en sus brazos–, le juro que no sé lo que ha pasado. He perdido la memoria de todos estos días. Me encontré sola en esta ciudad, y después ya no supe donde localizarle ni como volver al manicomio - dijo el hombre.
Ella sintió un gran alivio que le relajaba todos sus músculos. Después de tanta tensión no podía dejar de llorar.
- Han pasado nueve meses. Ni tus padres ni tus amigos sabíamos nada de ti. Hemos estado buscándote por todos lados. Anda ven con nosotros y me vas contando que has hecho durante todo este tiempo.
- No me acuerdo de nada, doctor -mintió ella-, menos mal que ha venido a rescatarme.
Cuando cerraban la puerta de su apartamento miró hacia atrás de reojo. En sus labios se esbozaba una sonrisa misteriosa, un punto siniestra... Nadie se acordó de los peces.

domingo, 14 de noviembre de 2010

LA TERTULIA


Se llamaba Matilde. Tenía dieciocho años y una inteligencia desbordante. En aquella época las mujeres que acudían a la universidad iban en aumento, sobre todo en las facultades de letras. La República parecía estar cambiando muchas cosas. No todos los días aparecía por clase, pero llevaba consigo siempre, entre los cuadernos y libros de texto, algún libro distinto, una novela o un libro de poemas cuyo título y autor, que me gustaba espiar, eran para mí generalmente desconocidos. Leía en cualquier lugar y siempre que tenía ocasión. Parecía como si los momentos que pasaba en clase, charlando con nosotros, caminando por los pasillos de la facultad, o esperando el tranvía, siguiera su mente embebida en su lectura, de la que no se había desprendido, lo que le daba un aire ausente y distraído. Sus escasas respuestas y comentarios siempre eran acerados, fulgurantes, profundos y divertidos.

Casi no pude llegar a conocerla. Yo, a pesar de mi edad, no había salido aún de la adolescencia, y era de una timidez enfermiza. Ella tenía mi edad, pero a mí me parecía mucho mayor y más madura. La admiración que profesaba por aquella chica es lo más parecido que he conocido a un enamoramiento estúpido. Y digo estúpido, porque así era como me sentía cuando ella se me acercaba o cuando me hablaba. Un día, se puso a reír de no sé qué y distraídamente me puso una mano en el pecho. Si ustedes no han sufrido nunca un ataque al corazón no saben de lo que hablo. Creí que me daba algo. Ella debió de notar las palpitaciones violentas que su gesto inconsciente provocó y me miró a los ojos observándome.

A la semana siguiente, el último día del curso, llegó tarde y se dirigió donde yo estaba para sentarse a mi lado. Cuando la clase terminó me dijo que todos los meses se celebraba una reunión social en casa de su madre y que ella aprovechaba para invitar a algunos amigos.

Supe después que su madre era una bibliófila cultísima, y que gracias a su viudez y su fortuna, había disfrutado de una libertad inusual en aquella época. Hablaba idiomas y su casa estaba atestada de libros, muchos de ellos en inglés, italiano y ruso, pero sobre todo en francés y alemán. Conocía a muchas personas del mundo de las letras, que se reunían en su casa para charlar, casi todas más jóvenes que su madre. Allí se leían poemas o se representaban piezas de teatro, pero sobre todo se hablaba, se reía y se comía y bebía en abundancia. Su hija, aprovechando el evento, organizaba por su cuenta una tertulia ajena al mundo de los mayores. Quería que el próximo jueves fuera yo.

Esa tarde me costó llegar a su casa. Hacía calor pues acababa de empezar el verano. Estaba en un barrio apartado del centro, en una de esas colonias de hotelitos de dos plantas que había en las afueras de la Madrid. En el salón de la casa, totalmente forrado de libros y de cuadros por todas partes, me presentaron a los allí presentes. Todos eran literatos, actrices, políticos, deportistas olímpicos o intelectuales conocidos. Eran de todas las edades y no se parecía a las personas que yo había conocido durante mi corta experiencia. Había muchas mujeres solas, también originales y especiales a su manera, sospechosamente extravagantes hubieran dicho mi madre y mis tías.

Después de estar un rato con los mayores, Matilde me sacó de allí y me subió a una habitación donde esperaba a sus amigas. Fueron viniendo una por una, al final eran cinco. En aquella tertulia de mujeres me sentí que estaba fuera de lugar, cosa que, por otra parte, me ocurría a menudo. Al principio se habló de unas cuantas cosas sueltas: el argumento de una obra de Lorca, que acababan de estrenar, los amores desgraciados de una prima de Albacete, de un flirt en el último baile, o las lágrimas del que fue su común profesor de literatura en el bachillerato cuando les leyó el último capítulo de El Quijote. También se habló de que habían ido por primera vez a una corrida de toros y que les había parecido brutal. Aquellas mujeres eran distintas a las demás, fumaban y hablaban sin pudores estúpidos. A aquellas mujeres, sus familias, excepto la de Matilde, les habían destinado una educación “decorativa” destinada a crear una familia y hacer la vida y la casa agradable a algún un hombre de su clase. Todas se habían rebelado contra aquel papel subsidiario y lacerante. Eran las mujeres más libres, más cultas, más seguras y más atractivas que yo había conocido jamás.

Aquella tarde, Matilde pidió a cada una de ellas que, en mi honor, me leyeran cosas suyas. Ellas se pusieron serias, fueron leyendo trozos de sus escritos. Algunos pasajes llegaron a turbarme. Todas tenían vocaciones literarias y, bien en la poesía, bien en la novela o bien en el teatro, esperaban despuntar algún día. Comentaron sin tapujos sus opiniones sobre lo que acababan de escuchar, no siempre favorables. Se habló después de noticias y de viajes, de las nuevas obras que iban descubriendo y de cosas curiosas como los teatros de la memoria o el movimiento perpetuo... Las intervenciones de Matilde eran de lo menos convencional, era la que más cosas originales y sorprendentes nos contaba. Probablemente bebía de la fuente de los amigos de su madre.

Yo permanecí callado durante casi todo el tiempo. No me atreví ni siquiera a decir a aquellas muchachas que yo también quería ser escritor, que pasaba noches enteras de insomnio escribiendo cuartillas sin fin, que luego destruía al amanecer, y lo que me hubiera gustado pertenecer a una tertulia como aquella.

Cuando se hizo de noche nos despedimos de los invitados de su madre, que seguían su fiesta y me fui con las amigas de Matilde a coger el tranvía. Antes de despedirme, ella me pregunto:

- ¿Te has divertido? No has dicho casi nada en toda la tarde.

- Me lo he pasado fenomenal, pero me has dado mucho en qué pensar. El próximo día quiero hablar contigo.

En realidad estaba pensando en desvelarle mi pasión literaria, pedirle ayuda, pues yo era más consciente que nadie que tenía que salir de mí y confrontar lo que sentía y lo que escribía con los demás. Matilde y sus amigas podían ser un primer paso, para mí fundamental.

No me di cuenta de que ya había empezado el verano y de que habían terminado las clases, único lugar donde nos veíamos. Hasta septiembre no volvería a reanudarse la tertulia. Estuve varias semanas rondando por aquel barrio y espiando la casa, sin atreverme a llamar a su puerta. No se habían ido todavía de la ciudad. Un día, era 18 de julio, me decidí ir a su casa y preguntar por ella, necesitaba su compañía. Fue entonces cuando saltó la noticia de que un grupo de generales se habían sublevado contra el gobierno de la República. Todo era alboroto en las calles y en las casas. Olvidé mis afanes, trastornado por el acontecimiento. Después de aquello, ya saben, nada volvió a ser como antes.

Así acabaron mi vida de estudiante, mis afanes literarios y mi amor por Matilde, sin apenas haber nacido. La casa fue ocupada por milicianos en la guerra. Su familia nunca volvió a vivir en ella. Probablemente se exiliaron. Durante todos estos años me he preguntado, en mi trabajo en la imprenta, qué habría sido de las mujeres de aquella tertulia.

Rafael Michelena Ibarra
Recuerdos y olvidos, 1962.

martes, 9 de noviembre de 2010

ENTREACTO EN BABEL


Para Blanca y Lucas

Comedia. Pieza breve especialmente idónea para ser representada entre dos actos de cualquier drama.

EscenarioInterior de una posada en Babel. Un enorme ventanal deja ver un prado y las montañas al fondo. Otoño. Lluvia del norte. Los árboles tapizan las verdísimas praderas con sus hojas de colores dorados, ocres, rojos..., que el viento esparce. Las nubes pasan raudas por el cielo. En el salón, repleto de libros, crepita la chimenea. Decoración: paredes de colores, muebles antiguos y modernos, un piano, juegos en el rincón.

Personajes
Un grupo de once amigos
El posadero
La posadera

Argumento
Unos cuantos amigos pasan juntos el fin de semana en una posada mágica. Todos ellos, de alguna manera, están curtidos en el andar y desandar caminos. No son jóvenes ni viejos. Todos se unieron fortuitamente algún día y llevan ya unos cuantos años divirtiéndose juntos, acompañándose en sus tribulaciones. Saben de la importancia de su amistad, que les proporciona alegría, distracción y calor.

Igual que ellos, en la Posada de Babel muchos son los que han encontrado un lugar donde jugar y conversar juntos, donde disfrutar y pasear la naturaleza, donde huir a descansar y a reír. Los posaderos ofician siempre discretamente sus rituales para hacer agradable la estancia a sus huéspedes. Cuentan que por esa posada han pasado cientos de personas; algunas conocidas, como escritores y poetas, directores de cine y actores; otras muchas interesantes y desconocidas. Nada desagradable parece haber ocurrido nunca en aquel lugar. Allí también se respira la felicidad de la familia de los posaderos.

Los amigos entran y salen cada día. A la vuelta en la posada, hablan de excursiones y paisajes maravillosos, ríen las bromas de la jornada, que la lluvia no consigue chafar. Ese fin de semana los posaderos sienten que algo más está pasando. Hacía mucho tiempo que no sentían tan intensamente la necesidad de agradar, de dar cariño. Aíslan al grupo del resto de huéspedes. Les hacen sentirse especiales. Ella les sirve la comida y la bebida, va a por leña y por limones, enciende cada tarde la chimenea, asa castañas. El posadero les aconseja excursiones y lugares, les cuenta historias, les prepara las cenas, pide a una vecina que prepare un dulce especial. Son mil detalles. Pero él no está satisfecho, quiere algo más: en la última noche reúne a todos e intenta oficiar de mago y pronunciar su conjuro de la felicidad. No le salen las palabras por la emoción, pero llegan igual al corazón de los amigos que quedan en silencio, sonrientes. Al día siguiente todos marcharán agradecidos. Cae el telón.

martes, 2 de noviembre de 2010

OPTIMISTAS


Todos ustedes habrán oído a muchos decir que las cosas siempre van mal, que no logramos alcanzar nuestros deseos, que nuestros proyectos, algunos de largo aliento, casi siempre se van al traste, que nos aquejan males y carencias de todo tipo: enfermedades físicas, enfermedades mentales (o sea, físicas también), escasez y carencias, frustraciones, soledad..., y que al final, si hay suerte, tras un lento envejecer y muchas pérdidas, nos espera la muerte.

Contra este arsenal de calamidades, ni filósofos, ni poetas, ni científicos saben decirnos cómo encontrar la felicidad, a pesar de todo su amor a la sabiduría, de toda su sensibilidad y su arte, de todo su conocimiento. Nadie nos da pistas de dónde anda la felicidad en este mundo y mucho menos de cómo llegar a ella. Por añadidura, el desprestigio cultural del optimismo es total, pues el único pensamiento y sentimiento digno del inteligente y del culto, es el pesimismo, la angustia vital. “El pesimista –dijo Benedetti– no es sino un optimista bien informado”. “Ser feliz y artista, no lo permita Dios”, diría Machado. Los religiosos, que también creen que la empresa es imposible en este valle de lágrimas, nos invitan a esperar la felicidad en la otra vida.

Totalmente desalentados de dar respuestas a esa búsqueda, y no sin cierta lógica, los científicos pensaron que debían centrarse en solucionar, además de las enfermedades físicas, males como la depresión, las fobias, o los problemas sexuales, que eran los efectos naturales en los que el hombre, al ser consciente de su desgracia, caía con frecuencia. Esta obsesión en el ser humano con problemas, fue degenerando, con Freud a la cabeza, en una concepción esencialmente patológica del mismo: salvo contadas excepciones todas las personas parecían estar llenas de conflictos inconscientes, de déficit de habilidades, de tendencias perversas más o menos reprimidas, de pulsiones orales y anales, de deseos de matar al padre, de acostarse con la madre, miedo a la castración, deseos narcisistas o de comer mierda. Los psicólogos y psiquiatras habían sido entrenados sólo para ver lo negativo y lo disfuncional, y en consecuencia, muchos eran absolutamente incapaces de ver ningún aspecto positivo en las personas a las que trataban. En resumen, los primeros que debían haberse tratado de pesimismo patológico... ¡eran ellos!
Ajenos a todo este bagaje científico, siempre ha habido locos que han vivido empeñados en su imposible tarea de ser felices. Aparentemente su comportamiento no tiene fundamento, ni siquiera su fe da respuestas consistentes. Si tantos sabios han sentado lo inútil de sus empeños, entonces, ¿a qué se viene su optimismo?, ¿por qué sonríen?, ¿qué les divierte tanto?, ¿cuáles son las causas de su bienestar? Sin embargo, debido a lo desinformados que están los optimistas, son incapaces de centrarse en las partes oscuras de nuestra vida y nuestra personalidad –la sombra lo llamaban algunos–, tienen una tendencia irrefrenable en centrarse en los aspectos positivos, sin razón de ser.

¿Sin razón de ser? La verdad es que algunos científicos más observadores, después de mucho tiempo se dieron cuenta de que había más de un tipo de inteligencia. Sus investigaciones les llevaron a concluir que esos optimistas tontos están más satisfechos con sus vidas que los demás y superan mejor las dificultades, los traumas o las pérdidas. Quizá se debe a que dedican más tiempo a construir una red de relaciones sanas y con un alto grado de intimidad y confianza, que se centran más en los pequeños placeres y gratificaciones de su vida cotidiana, que trabajaban y, por eso, son capaces de concentrar su atención mejor en la tarea que tienen delante, en el presente, sin atormentarse por el pasado ni angustiarse por el futuro. Sonríen a menudo, lo que les proporciona placer, no digamos a los que tienen alrededor. Todo eso les depara una mayor sensación de bienestar a largo plazo, más equilibrio mental, más salud física. Llevan, así de cualquier modo, una existencia que se parece más a la felicidad, y más inteligente que el resto.
Mi abuelo, que era otro optimista, me enseñó que el único saber realmente importante es saber vivir y que los demás conocimientos deben estar subordinados a eso. Para eso debe servir la cultura. Creo que tiendo a olvidarlo. Cada vez que lo hago, pago las consecuencias cayendo en el pesimismo y en la tristeza. Por suerte, el recuerdo de mi abuelo y la luz de su perenne sonrisa son muy potentes.

viernes, 29 de octubre de 2010

BOLAS DE OTOÑO


Para David y Sara

El emperador de los romanos Marco Aurelio, que además era filósofo y estoico, escribió en sus Meditaciones que los seres humanos desean con el más vivo anhelo la tranquilidad y el descanso; pero añadía que denotan vulgaridad cuando buscan para ello el campo, la playa o la montaña, pues tiene cada uno en su mano, a cualquier hora, retirarse en sí mismos, al interior de su alma y encontrar allí, con sus pensamientos, la paz y la libertad de espíritu.

Yo no sé si seré vulgar, pero he decidido que buscaré este fin de semana huir de mis tribulaciones y marchar al Valle de Iruelas. La invitación me la ha enviado quien bien me quiere, en una caja llena de piñas, hojas, frutos y aromas otoñales del bosque. Me dicen que este año el bosque tiene subidos los colores de oro, que da gusto respirar el olor a hojas secas y a musgo, que los castaños están viciosos de frutos y que se oye la música de sus arroyos y de los árboles mecidos por el viento suave. Asaremos castañas en la chimenea de una encantadora casa en la dehesa. También me prometen, pues no todo va a ser sosiego y laxitud, una excursión extrema por los montes.

La cosa es que con la ilusión me he comprado unas botas para andar. En un rincón me esperan, para patear con ellas los caminos, saltar regatos, pisar charcos, coger setas, ver animales esquivos. Paseando con mis botas miraré también al cielo, para ver de día las aves migrar a África y de noche las mágicas estrellas que nos observan. Algunos creen que las constelaciones son dioses que determinan nuestra suerte. Si yo no fuera ateo, les pediría que cambiasen la mía. En vez de eso, disfrutaré de su belleza.

No sé si ustedes conocen mi afición, poco frecuentada la verdad, por las cosas chinas y orientales. Álvaro Cunqueiro contó un día en la radio que los jesuitas que se fueron en el siglo XVIII a la China, entre las graciosas novedades de aquellas gentes, encontraron con que los mandarines de pulidas manos y largas uñas, usaban pasar gozosas horas sentándose al sol de primavera con unas bolas de cristal en la mano, como las que en Europa se hacen de nieve, solamente que ellos metían dentro finísimas hojillas secas, doradas, rojas, ocre, que un volante que iba en el pie de la bola aireaba y hacía volar dentro del cristal amarillento. Bolas de otoño en primavera. Cuando todo nace, florece y nuevas sangres alientan en el mundo, aquellas gentes se ponían a recordar el tiempo en que todo se marchita, se desnudan los bosques y las sangres de la tierra huyen hacia las cavernas del invierno.

Yo nunca he estado en el valle de Iruelas. Lo imagino como un paisaje donde uno puede sentirse feliz, rodeado de gente buena. Imagino también que tiene la medida de la acuidad visual del hombre, la medida del ojo humano. Allí donde la humana visión se detiene, el valle mismo termina... Cerrado de cumbres y de cielo pálido, será como una grande y hermosísima bola de otoño. El viento del sur aventará las hojas secas en los bosques y caminos de oro. Igual que si el valle tuviese, en sus entrañas, un volante, como las bolas chinas.

Y de manera inversa a como lo hacían los mandarines chinos, allí estaré contemplando la hermosa vejez y ocaso de la naturaleza. En medio de tanta maravilla otoñal tendré cogida en la mano a Abril (¿alguien lo dudaba?), como una bola encantada y poderosa, que siempre aleja la tristeza y me recuerda que todo vuelve a nacer y a florecer.

domingo, 24 de octubre de 2010

LA REALIDAD Y EL DESEO

Aquella tarde su solitario profesor de literatura pronunció unas palabras que le acompañarían toda la vida. Reflexionaba sobre la obra de Luis Cernuda, escritor de la generación del 27 que, según él, había expresado como nadie el sufrimiento de vivir en el abismo que existe entre La realidad y el deseo. Ese era el título que el poeta dio a la recopilación de su poesía.

Todos sentimos que vivimos esa distancia, añadió el profesor, pues somos conscientes de que la realidad y el deseo nunca se encuentran en el mismo momento y lugar, que nunca llegamos a la plenitud, o acaso sólo por unos instantes fugacísimos. En definitiva, esa distancia es la medida de nuestra felicidad: cuanto más corta es, más felices nos sentimos. Los seres humanos no hemos encontrado más que dos vías para conseguir acercar ambos extremos: rebajar nuestros deseos y aspiraciones, para acomodarlos a nuestra vida real; o luchar porque nuestra vida se parezca más a lo que deseamos de ella.

Su profesor estaba ensimismado en sus propios pensamientos. Pronto volvió a la clase de literatura y a la materia, bajó la vista como arrepentido de aquel desliz y continuó el repaso de la obra de otros poetas de esa generación. Sólo una vez, meses atrás, le había visto aquella misma expresión, cuando les animó a empezar a escribir y les habló de los placeres que puede deparar a uno el hábito de la escritura, aunque fuera para uno mismo.

Pasaron los años y aquella joven maduró. Su vida transcurrió más o menos, como la había imaginado. Buscó la felicidad. Luchó más por adaptar sus deseos a las circunstancias que por adaptar las circunstancias a sus deseos. Conoció amigos, tuvo amor, tuvo hijos, trabajo y el dinero suficiente. Sufrió menos que la mayoría de los seres humanos. Se sintió desvalida en ocasiones. Sus esperanzas, sus planes y sus sueños sufrieron las rebajas propias de los años.

Primero había desaparecido la esperanza en una vida futura, en ser para siempre. Ese sentimiento religioso desapareció en la adolescencia. Después habían llegado las renuncias a la realización plena en un trabajo creativo y estimulante, pues encontró trabajos tolerables que cumplían la función alimenticia que le resguardaban de la pobreza. No estaba segura de haber vivido un gran amor-pasión, pero superó la soledad, no con el éxito social, pero sí con el amor de un puñado de buenos amigos y de su familia.

Poco a poco fue descubriendo que los placeres intensos, en apariencia tan inalcanzables, no sólo estaban escalando montañas o triunfando en sociedad, también podían estar en el presente y a nuestro lado, en una taza de té, en la contemplación de un bonito paisaje, leyendo un libro, contemplando un cuadro, en una conversación, tomando el sol o en los brazos de un amante. Sólo se arrepentía vagamente de no haberse preparado adecuadamente para ellos y disfrutarlos mejor.

Un día las cosas se complicaron. Su salud empezó a fallar. Se dio cuenta de que sólo era un cuerpo. El pacto que había hecho con la realidad, con su vida, se resquebrajaba. La lucha por cambiar la realidad no admitía más negociación ni dilaciones. Ya sólo se trataba de vivir o morir, y perder toda una vida que ahora veía embellecida por el recuerdo. Con esa esperanza luchó y superó una, dos, tres crisis... Cuando las superaba sentía que lo único que da orgullo y alegría al espíritu son los esfuerzos superados con bravura y los sufrimientos soportados con paciencia. Cuando mejoraba disfrutaba como nunca. En la lucha también encontró un sentido. Pero su sufrimiento no terminaba y esos pensamientos no siempre parecían tener sentido. Llegaron cuatro, cinco, seis crisis... Tuvo que dejar su trabajo, pero siguió desarrollando las actividades que le permitía su precario estado de salud: hacía algo de gimnasia, viajaba cuanto podía, coleccionó tazas de porcelana, se aficionó a las carreras de coches, se puso a vender joyas, descubrió a sus amigos verdaderos, sintió intensamente el amor de su familia, abrió su mundo a Internet...

Había luchado para cambiar las cosas y había rebajado sus deseos, había hecho, por tanto, cuanto su profesor le dijo que había que hacer para incrementar la felicidad. Pero pasaba el tiempo y la realidad seguía resistiéndose. La esperanza, que era lo único que había admitido rebajas paulatinas, se resquebrajaba. Ya no se trataba de esperar una vida futura, ni siquiera esperar una curación de la enfermedad cruel, sino un poco más de vida sin dolor ni angustia. A pesar de tan modesta aspiración, a veces volvían los dolores y el miedo.

Así fue como, en una de sus recaídas, cundió el pesimismo. Uno de los sentimientos que primero aparece al pesimista es la tristeza. Pero antes de entristecerse hay que asegurarse de que el pesimismo es fiable, porque en muchas ocasiones uno se entristece inútilmente, o adelanta males futuros que no terminan de ocurrir, o presagia consecuencias fatales donde todavía hay vida. Es verdad que esa vida no había sido tan plena ni esplendorosa como la imaginara aquella adolescente, pero todavía había en ella esos deseos que la realidad no pudo suprimir pues forman parte de todos nosotros.

Un día en que estaba convaleciente y desanimada, al despertarse abrió los ojos y notó la presencia de su marido a su lado, en la cama. Entonces comprendió la inmensa desolación del poeta y de su profesor de literatura. Estaban solos y la distancia que les separaba de sus deseos era similar a la travesía de un inmenso desierto. Pensó entonces que muchas otras personas sufrían en soledad y que, en cambio, ella tenía amor y amistad a su lado, que le deparaban los cuidados y la compañía que necesitaba. No le abandonaban, seguían con ella. Recordó mejor los momentos de dicha que había vivido y que añoraba. Los había conseguido gracias a la ayuda de los demás y con su esfuerzo. Eso le había permitido apreciarlos mejor.

Sonrió: la realidad siempre gana, es verdad, esta vida es así. La meta nunca se alcanza. Pero ella seguía arrancándole con sus deseos momentos de felicidad, la vida también es así.

viernes, 22 de octubre de 2010

EL ULTIMO AMOR DE AMEDEO MODIGLIANI

Amedeo Modigliani (1884-1920) fue un artista nacido en Italia que en 1906 se trasladó a París. En esa época era la indiscutida capital de la pintura vanguardista europea. Muchos marchantes de arte progresistas buscaban nuevos talentos en la ciudad. Ese año había triunfado el “fauvismo” en el Salón de Otoño. El mundo artístico residía todavía en Montmartre, rejuvenecido hacía poco con pintores como Picasso, Juan Gris y otros habitantes del legendario Bateau-Lavoir, un falansterio para proletarios. Allí se fue a vivir y conoció a una serie de artistas de la vanguardia y a personajes célebres. Influido en principio por Toulouse-Lautrec, Amedeo encuentra inspiración en Paul Cézanne, el cubismo y la época azul de Picasso. También es evidente la influencia que ejercen sobre él Gustav Klimt y las estampas del japonés Utamaro. Su rapidez de ejecución le hace famoso. Nunca retocaba sus cuadros, pero los que posaron para él decían que era como si hubiesen desnudado su alma.

Modigliani apenas medía 1,65; pero era bello, intenso y excesivo. Su vida estaba infectada por la bohemia de las noches largas de hachís, alcohol, sexo, pendencias y otras ebriedades no menos líricas. En sus borracheras buscaba el alcaloide de esa aleación de vértigo y fugacidad a la que los románticos llamaban «vida». Cuando la cocaína mezclada con hachís le sabía a poco, se colocaba con una absenta explosiva llamada mominette, un alucinatorio destilado hecho de patatas.

Sus amigos Cocteau, Picasso, Brancusi, Blaise Cendrars…, le llamaban "Modì" (exactamente como se pronuncia la palabra maldito en francés). Fue todo un representante de la bohemia parisina. Amedeo tenía una ingeniosa forma de ser y un aspecto atractivo, que emanaba magnetismo hacia las mujeres. Tuvo numerosos amores con muchas de ellas, que también eran sus modelos, como Beatrice Hastings, con la que mantuvo una relación de unos dos años. Entre 1916 y 1919, Modigliani pintó aproximadamente veintiséis desnudos femeninos. La sensualidad que emanan de dichas pinturas, y las numerosas modelos que pintó, acrecentaron la leyenda novelesca, nunca confirmada con documentación fiable, de un Modigliani, bohemio, amante voraz, dado a las drogas y al alcohol, mientras su enfermedad, que arrastraba desde niño, avanzaba.

Muchos de esos cuadros fueron expuestos, en su primera exposición individual, en la galería de Berthe Weill, y uno de ellos se mostraba en el escaparate de la sala. La masiva afluencia de público que se detenía ante el escaparate, provocó que fuera clausurada ese mismo por la policía, pues la Comisaría estaba enfrente, por considerar aquellos desnudos inmorales. Modigliani preguntó al comisario qué era lo que le parecía tan grave de esos desnudos, a lo que respondió. “¡Esos desnudos tienen vello púbico!”.

Ese mismo año conoció a Jeanne Hébuterne, una estudiante de 18 años que había posado para Foujita. Cuando la familia burguesa de Jeanne se entera de esta relación con el que era considerado un depravado, le corta su asignación económica. Sus tormentosas relaciones se hicieron aún más famosas que sus borracheras.

Jeanne era, en palabras del escritor Charles-Albert Cingria, una joven amable, tímida, tranquila y delicada, y se convirtió en el tema principal de la pintura de Modigliani. En otoño de 1918, en el último año de la Primera Guerra Mundial se estrechaba el cerco sobre París, contienda a la que vivía ajeno el artista. Debido a sus problemas de salud, la pareja tuvo que mudarse a Niza, en la Riviera francesa, donde según el marchante de Modigliani residía una comunidad de ricos aficionados al arte que apreciarían su pintura. Jeanne Hébuterne, que había abandonado todo por estar con Amadeo, fue con él. Ella fue su gran amor, y pintó docenas de retratos de ella, de los que ahora muestro unos pocos.
Por sugerencia del marchante Guillaume, realiza una serie de desnudos (ahora sus obras más cotizadas), con la pretensión de venderlos a los millonarios que veranean en la Costa Azul, sin mayores éxitos.

El 29 de noviembre de 1918, en una clínica obstétrica de Niza, donde también trataban de superar la avanzada tuberculosis de Modigliani, Jeanne trajo al mundo a un niña, a la que daría su mismo nombre. La pequeña fue entregada al nacer a una institución, para asegurarle unos cuidados que sus padres no podían darle, pero no fue dada en adopción. Fue la única hija “reconocida” del pintor.

En mayo de 1919, volvieron a París, a la calle de la Grande Chaumière. Poco a poco consigue vender obras, pero su estado de salud no cesaba de agravarse. Tras un largo período en el que sus vecinos no sabían nada de él y después de una noche de excesos y de haber peleado con unos vándalos en la calle, consumido por la enfermedad, tras una semana de terrible agonía en que la pareja permanece recluida en su estudio, sin comida y sin solicitar ayuda a nadie, le encuentran en un estado lamentable delirando en la cama a la vez que sostenía la mano de Jeanne. Lo llevan al hospital. Lo único que puede hacer el médico es atestiguar que su estado es desesperado. Murió finalmente de meningitis tuberculosa, a los 35 años de edad, el 24 de enero de 1920.

Esa madrugada, cuando los padres y el hermano de Jeanne discutían sobre su futuro y el de sus hijos ilegítimos, y estando Jeanne en el noveno mes de su embarazo, saltó por la ventana del quinto piso de su antigua habitación en el apartamento de sus padres, 8 bis, rue Amyot, en el distrito V de París. Unos días antes Modigliani había pedido el permiso al gobierno francés para contraer matrimonio con Jeanne.

El 27 de enero Modigliani fue enterrado «como un príncipe» en el cementerio de Père-Lachaise después de que el cortejo fúnebre formado por toda la comunidad de artistas acompañó su cuerpo por las calles de París. Jeanne, en cambio, fue enterrada en secreto por sus padres en el cementerio de Bagneux. No fue hasta 10 años más tarde, cuando Emannuele Modigliani, el hermano mayor del pintor, convenció a la familia Hébuterne para trasladar los restos de Jeanne a una tumba junto a la de Amedeo. Desde 1930 reposan juntos, bajo el epitafio: "Compañera devota hasta el sacrificio extremo".

La hija de ambos permaneció en la institución hasta la muerte de sus padres, momento en que la hermana de Modigliani que vivía en Florencia acogió a la pequeña Jeanne y la crió. Ya mayor, Jeanne Hébuterne Modigliani, de casada Jeanne Nechtschein, escribió una importante biografía sobre su padre titulada: Modigliani: hombre y mito.

viernes, 15 de octubre de 2010

OVNIS MADRILEÑOS EN NUEVA YORK

Como ustedes saben, no suelo prodigarme sobre las noticias que aparecen en los periódicos y en la televisión. Hace tiempo que pienso que todos deberíamos leer más libros y menos periódicos, que los medios de comunicación no informan, sino que manipulan, y que la única manera de armarnos frente al bombardeo contaminante de esos medios es formar nuestra opinión hablando directamente con los demás, observando lo que pasa en la calle, y leyendo buena literatura e historia. Y precisamente de lo que ha pasado en la calle quiero hablarles hoy. La noticia que ha publicado la prensa es la siguiente:

Al parecer, el consistorio madrileño, para promocionar el turismo a nuestra ciudad, ha organizado el lanzamiento de globos amarillos en la plaza de Times Square, por el Centenario de la Gran Vía madrileña. Y varios ciudadanos de Nueva York, al contemplar aquellos globos que brillaban extrañamente, los confundieron con ovnis, según el New York Post y Fox TV. También la policía y las autoridades de aviación recibieron numerosas llamadas de gente "preocupada" que "decían haber visto ovnis volando por encima de Manhattan". Desbordante es, en verdad, la imaginación de los ciudadanos de Manhatan.

No quiero ni pensar, si el alcalde de Madrid, haciendo gala a su apellido “Gallardón”, hubiera él mismo ascendido gallardo a los cielos, como hizo Alejandro Magno. Según cuenta el poema épico medieval llamado El Libro de Alexandre, el rey mandó capturar dos aves fantásticas, dos grifos, a los que acostumbró a comer carne. Ordenó preparar luego una bolsa de cuero bien cosida, que se ató a los grifos mediante un arnés. En esa bolsa se metió, con cuidado de no cubrirse la cabeza, para ver mejor, después de tener a los grifos sin comer durante tres días, a fin de que estuvieran hambrientos. Una vez dispuesto así todo, puso pedazos de carne en el extremo de una larga pértiga, que levantaba o bajaba para dirigir el vuelo de los monstruos que le llevaban por los aires. Así subió a las nubes, cuenta el poeta. Y contempló valles y montañas, ríos y mares, puertos y ciudades, y la faz entera del mundo, incluyendo África. Así, nuestro Alberto el grande, apodado por sus enemigos como el faraón, hubiera sobrevolado las tierras americanas, y no solo la ciudad de Nueva York, contemplando las maravillas de tan admirable país, provocando el asombro de todos y, de paso, dando a conocer la ciudad de Madrid que le enviaba.

Esa imagen impactante, hubiera dado la vuelta al mundo. Pero quizá, el Pentágono de Washington, hubiera confundido semejante aparición con un artefacto hostil. Acaso hubiera cerrado todo el espacio aéreo del país y, con el ánimo belicoso que les da su poder militar y su miedo a terrorismos e invasiones, hubiera mandado sus aviones de combate para desintegrar con sus armas tamaño portento. E incluso, una vez identificado su origen, hubieran bombardeado la Gran Vía madrileña para escarmiento de todos.

En fin, no desvarío más. Alguien le tenía que haber dicho al alcalde madrileño, que el mundo real, la calle, no es el mejor sitio para promocionar nada, sino que sólo a través de los medios de comunicación se puede invadir la mente de los ciudadanos, perdón, quería decir de los consumidores. Pensándolo mejor, pienso que eso ya lo sabía, y tan modesta campaña se debe a que las arcas madrileñas se encuentran vacías, y decidieron hacer “algo”, aunque fuera tirando a cutre. En definitiva, lanzando unos globitos al cielo se consiguió llamar la atención, sin gastar un euro y sin que Madrid fuera bombardeada. A eso se llama hacer de la necesidad virtud. Lástima que nadie se haya enterado en Nueva York de a santo de qué se lanzaron los globitos, ni qué sea eso de la Gran Vía, ni dónde está Madrid. O quizá sí, y entonces tendremos que empezar a aprender a hablar inglés los madrileños, para atender a los millones de neoyorquinos que, después de tan magnífica campaña, invadirán nuestras calles mirando al cielo y buscando ovnis.

sábado, 9 de octubre de 2010

BÓSFORO


Robert Burton –sedentario y erudito rector de Oxford del siglo XVII– consagró muchísimo tiempo y estudio a demostrar que el viaje no era una maldición, como se creía en su tiempo, sino un remedio para la melancolía, o sea, para las depresiones que causaba la vida sedentaria. En su libro Anatomía de la melancolía, escribió: “Los mismos cielos giran continuamente, el sol se levanta y se pone, la luna crece, las estrellas y los planetas mantienen sus movimientos constantes, los vientos siguen removiendo el aire, las aguas refluyen, sin duda para conservarse, para enseñarnos que debemos estar permanentemente en movimiento. Para esta dolencia (la melancolía) no hay nada mejor que cambiar de aire, que vagabundear en una u otra dirección, como los nómadas que viven en grupos y que aprovechan la oportunidad de disfrutar de tiempos, lugares, estaciones”.

Y les cuento esto porque, huyendo de calamidades, aburrimientos y de nuestro sedentarismo de biblioteca y mesa camilla, estos días he estado en la ciudad de Estambul, que no conocía. El viaje ha sido un regalo de Abril en este otoño que acaba de comenzar, para celebrar los cincuenta cumpleaños que acabo de dejar atrás. Y doy fe de que el remedio funciona. La belleza de esa ciudad nos ha proporcionado gran alegría, el hotel descanso y lujo, y el viaje recuerdos que alimentarán el alma y los sueños.

Les cuento esto también, porque desde que leí el libro La caída de Constantinopla, de sir Steven Runciman (el libro que a mí me hubiera gustado escribir), yo sabía que cualquier viaje que hiciera a esta ciudad, sería irremediablemente un viaje al pasado.

A mediados del siglo XIX, Estambul era la fiel imagen de la decadencia del Imperio Otomano, que había atemorizado durante siglos al occidente europeo. La pobreza, la podredumbre, la sensación de derrota, el incremento explosivo de la población y las guerras perdidas una por una comenzaron a maltratar y aplastar de manera evidente el centro antiguo de la ciudad, la península histórica, así como los grandes edificios del alto funcionariado occidentalizado. Los más adinerados y los bajás crearon una cultura cerrada al exterior alrededor de los palacetes construidos a orillas del Bósforo, a los que huían para alejarse de la ciudad en verano. Aquellas mansiones, encerradas en sus jardines, no tenían acceso por caminos y, a pesar de los transbordadores de pasajeros y de los muelles, todavía no eran del todo una parte de Estambul. Constituían una cultura cerrada, que alguno de sus descendientes han rememorado con nostalgia, ya en el siglo XX. Allí, con la luna iluminando sus aguas, esos seres privilegiados organizaban fiestas amenizadas por música que sonaba desde alguna barca en el estrecho, vivían su lujo, sus amores y sus hábitos, pero también vivían los odios, los silencios, las debilidades humanas, los juegos de poder. Esa cultura otomana decadente acabó, y los palacios fueron abandonados y sustituidos muchos por casas modernas. Muchos otros se mantienen en pie. Orhan Pamuck en su libro Estambul, cuya lectura recomiendo, evoca la nostalgia de una cultura y un mundo irremediablemente perdidos. Su lectura me ha evocado estas ideas.

Y esto viene a cuento, porque en lugar de alojarnos en la ciudad vieja, a la santa sombra de la Mezquita Azul y Santa Sofía, nos aposentamos en el Bósforo y hemos podido contemplar, no sin nostalgia, los hermosos restos de aquella civilización otomana, creada en torno al estrecho en plena decadencia de la ciudad.

Sepan los que quieran seguir leyendo, que no voy a hablar de una ciudad sobre la que no tengo nada nuevo que decir. Sólo cómo nos encontramos el primer día del viaje. Amanecimos contemplando el mar. La mañana era soleada. Tras el desayuno al borde del estrecho, montamos en un bote en dirección a la ciudad vieja, entre Asia y Europa. Durante la travesía contemplamos maravillados, a un lado y a otro, cuanto había al borde del mar: casas, palacios, pueblos, mezquitas, embarcaderos, jardines, puentes, árboles, pueblecitos, fortalezas y paseos. Detrás, más arriba, estaba el marasmo de la urbe inmensa, con sus rascacielos, bloques y barrios, miles de coches atascados en sus autopistas, y millones de turcos afanados que se movían sin parar: la mundialmente conocida foule de Estambul.

A medida que avanzábamos, aumentaba la escala del palacio de Dolmabace, la torre Gálata, la muralla, Santa Sofía, Topcapi y sus jardines, la Mezquita Azul, el mercado de las especias, Suleimaniye Camii... Después pasamos bajo el puente Gálata y entramos al Cuerno de Oro, desembarcando en un muelle lleno de puestos de pescado. Tras esto, nos sumergimos en una ciudad viva, cutre y sublime, llena de mezquitas, de tranvías, de coches, gente, de puestos callejeros, de anuncios, de olores..., de vida. Yo ya estaba atrapado.

Hemos atravesado y recorrido el Bósforo una docena de veces estos días, en mar o por las carreteras que lo bordean, por los puentes o en barca. También en esos trasbordadores que recogen a la gente en Europa, deshaciendo el camino de la mañana, y los llevan agotados de vuelta a su casa en Asia al atardecer, mientras se escuchan los cantos de los muecines que, desde mil mezquitas, les llaman a la oración.

Como todos, estoy lleno de deseos de felicidad, de diversión y de comprender el mundo que nos rodea. Pero nada puede callar esa voz interior que me previene de que no debo exagerar la belleza de la ciudad, para no ocultarme las carencias de la vida que llevo. Pamuk dice en su libro “si una ciudad nos parece hermosa y mágica, así debe ser nuestra vida”. Ante los restos de las civilizaciones bizantina y otomana, viendo la ciudad vieja y descuidada de hoy, que crece sin parar, me sentía igual que cuando me veo envejecer cada mañana ante el espejo. Ahora este espejo es el Bósforo, cuya corriente profunda y poderosa no me deja apartar la mirada y me recuerda que los años (cincuenta o cinco mil) han pasado. Y definitivamente digo que sí, que mi vida, igual que Estambul, es hermosa, aunque no perfecta; es mágica, como las Mil y una noches, pues la he poblado de historias leídas e imaginadas, con las que me he explicado la realidad y me he divertido; entre los destrozos y ruinas del tiempo pasado, tengo recuerdos allá por donde paso, que me hacen amarla más; pero sobre todo, estamos juntos, como el Bósforo y Estambul, lo que me hace feliz y me ayuda a saber mejor quien soy. Gracias Abril.