
Ramón Gómez de la Serna conoció a Carmen de Burgos (Colombine) en 1908 a los veinte años. Carmen, maestra de profesión, ya era viuda y tenía cuarenta y un años –aunque Ramón la creía con treinta. Era una escritora reconocida profesionalmente y polémica por sus artículos en prensa, sus traducciones y por sus posiciones combativas en temas como el divorcio o el voto femenino. Llegó a ser corresponsal de guerra. Entablaron una intensa relación que no fue sólo sentimental, sino de colaboración literaria e intelectual. Viajaron y compartieron casa. Con altibajos, separaciones y apuros económicos se mantuvieron juntos durante veinte años. La ruptura se produjo en diciembre de 1929.
A la sazón, Ramón, como muchos otros autores y críticos de su tiempo, era consciente de la crisis que estaba viviendo el teatro español en comparación con el resto de Europa, sometido al juicio y el éxito de un público anquilosado y burgués. Pero, a pesar de la lúcida conciencia que tenía de ello, Ramón, no vaciló, ni siquiera un momento, cuando le propusieron estrenar en el teatro Alcázar un proyecto de farsa que ya tenía pensada y se llamaba: Los medios seres.
La noticia del debut teatral de Ramón, que en aquellos años conoce el auge de su popularidad como literato y gran humorista, ocupó las más amplias cabeceras periodísticas de Madrid ya una semana antes del estreno, dando lugar, además, a una gran cantidad de artículos y carteleras publicitarias que aumentaron la expectación, presagiándose como el gran evento de la temporada teatral o la obra que iba a cambiar radicalmente el teatro contemporáneo.


Los personajes iban vestidos y pintados de negro por la mitad. Y para que los espectadores supieran cómo descifrar la policroma descomposición cubista de los personajes, símbolo de la eterna búsqueda de la mitad que falta y en la que residía la clave innovadora e interpretativa de la obra, Ramón describió los seres de esta forma: «No son meros arlequines. Son seres en eclipse. Seres reales y hasta vulgares que sólo nosotros, en el secreto de su verdad, vemos mediados. Ellos se creen enterizos, aunque sufren precisamente por la mitad que falta en los seres que aman».

Al tiempo, los problemas económicos, el miedo ante el fracaso del público y la presión del empresario y de los actores hicieron que suprimiera del texto de la obra algunos personajes y muchas de sus greguerías, para hacerla más comercial. Precisamente lo que él consideraba que eran los granos de originalidad y poesía que salvaban la comedia. Traicionaba en parte su idea vanguardista inicial.
Ramón, que no había querido nunca estrenar por aborrecer el juicio del público, estrenaba. Ramón, que se había mantenido fiel a su amante durante veinte años, se lió con su hija. Ramón, que quería renovar la escena teatral, había hecho una obra de vanguardia a medias. Como él mismo dijo: «Quedé convertido en un hombre con doblez».

Tras el desaguisado, su vida estaba, si no rota, tergiversada. Cuando acabaron las representaciones huyó a París. No volvió sino pasado más de un año. Por debajo de aquella decisión había un secreto: la aventura con Maruja, que acabó rota. Pero el romance fue un espejismo, un contagio de los medios seres. Se sintió momentáneamente un hombre entero necesitado de dos medios seres (como Lucía y Pablo), y la experiencia había resultado estéril.
A pesar de la traición, la amistad con Carmen parece que se reanudó cuando Ramón regresó de un viaje a Buenos Aires, pero ya acompañado de su nueva pareja, la que luego sería su mujer, Luisa Sofovich. Según cuenta ésta, Ramón siguió visitando a Carmen cada domingo hasta su muerte el 9 de octubre 1932.
Carmen de Burgos, hoy casi olvidada del todo, fue evocada por Eduardo Zamacois en sus memorias Un hombre que se va (1964), y Rafael Cansinos-Assens le dedica bastantes páginas en La novela de un literato (1982), recordando las tertulias de los miércoles en su casa, la difícil relación entre madre e hija y, sobre todo, su personalidad vigorosa.

Ella dijo en una ocasión: «Soy independiente y libre... Jamás pensé en el ascenso personal a consta de mi libertad o de abjurar de mis condiciones». Sin duda debió costarle caro en aquella España de fin de siglo, pero esa es otra historia...
Querido Antipático : Me han encantado las pajaritas de papel...
ResponderEliminarPor cierto:¡Qué dura vida la de las mujeres del siglo pasado , cuya máxima aspiración intelectual era ser maestra o amante de un escritor...¡Cuanta inteligencia desaprovechada en las tareas del hogar...como escritora-ama de casa o enfermera-secretaria¡
Si , me llama la atención Colombine...y Zenobia...y tantas otras...¿Tienes una lista de mujeres relegadas culturalmente ?
Por cierto, acabo de recordar que en una de tus entradas, parafraseando a Virginia Woolf decias: "Dadle a una mujer una habitación propia y 500 libras de renta al año , y en unas pocas generaciones habrá tantas escritoras reconocidas como hombres "
ResponderEliminarPues otra vez te voy a dar las gracias por hacernos conocer (al menos a mí) lo leído.
ResponderEliminarPor cierto, conocí a alguien que llamaba cariñosamente a los niños "media persona" y creo que eso llevaba implícito un halago, pues presuponía que algún día se convertirían en seres completos o "enteros".
Quizá muchos siempre lleguen a echar de menos a la otra media (u otras partes) de su persona, y las busquen desaforadamente, y los más privilegiados puedan compartir intereses y compañía con otros enteros.
Unos individuos un tanto complejos estos humanos, ¿no?...
... Ya no se que pensar, no se si somos completos o incompletos, pienso que tal vez nacemos completos, aunque nos sentimos incompletos. Cuando crecemos buscamos desesperadamente la otra mitad y conforme nos hacemos mayores descubrimos que eramos y somos completos... Aunque claro, es mucho mas agradable compartir la vida con otra persona completa... que lio...
ResponderEliminarHola
ResponderEliminarHay un artículo en Internet:
Carmen de Burgos “Colombine”:
sufragista “anónima” y escritora “sin gracia”
Federico Utrera
Universidad Rey Juan Carlos (URJC). Madrid.
En el que se habla de la manía persecutoria que sufrió Ramón Gómez de la Serna, quien pensaba que Carmen de Burgos habría de vengarse por este idilio que mantuvo con su hija (aunque como bien explicas su relación terminara de manera cordial)