viernes, 21 de enero de 2011

EL CABALLERO D´EON

Uno de estos días pasados, he acudido con unos buenos amigos a  ver la obra de teatro que Josep María Flotats representa en el Teatro Español de Madrid, sobre la vida de Baeaumarchais. Entre los muchos personajes históricos que conoció en su vida Beaumarchais, estaba un misterioso caballero d´Eon, ambiguo y divertido. No tenía yo noticia de este caballero, aunque alguna reminiscencia tenía yo en mi memoria, me sonaba de algo y no sabía de qué. Varias semanas he tardado en convertir la niebla de mi recuerdo en algo más tangible, pero al final lo he conseguido. Había leído un resumen de su vida en un artículo el primer ejemplar de la revista Manifiesto, del año 2004, que conservo entre los papeles que poco a poco me van sepultando. El artículo se titulaba La libertad de costumbres en el Antiguo Régimen, y su autor es  Rodolfo Vargas Rubio. Copia su biografía del artículo, a riesgo de que las maldiciones de la bruja AGS caigan sobre mí. En cualquier caso no dejen de echar un vistazo, libre y gratuito, a esa revista.

Charles-Geneviève-Louis d’Eon de Beaumont, conocido como el Chevalier d’Eon (1728-1810). Natural de Tonnerre, pertenecía a una antigua familia de la nobleza de provincias. Su fortuna se debió a un incidente fortuito, que parece sacado de las mejores comedias de enredos, de acuerdo con el gusto del siglo XVIII. Resulta que, hallándose el Chevalier de visita en casa de su amiga la condesa de Rochefort, ésta quiso que la acompañara a un baile de máscaras que se daba en Versalles. Como el gentilhombre era imberbe y de una belleza más bien andrógina, ocurriósele a la condesa vestirlo con sus ropas. El resultado fue tan impresionante que engañó al mismísimo Luis XV. Éste, viendo a la dama que acompañaba a la de Rochefort, se prendó de ella y se empeñó en seducirla. Acorralada en una de las antecámaras regias, intentó oponer resistencia al Rey, pero el ímpetu erótico de éste prevaleció y, al vencer a la «dama» tras un prolongado forcejeo, descubrió la superchería. El Chevalier, aterrorizado, se veía ya presa de la regia ira, cuando inopinadamente Luis XV estalló en una sonora carcajada y lo convocó a una audiencia privada en el célebre cabinet noir. El monarca le propuso enviarlo a una misión diplomática secreta, de la cual sólo estarían enterados él mismo, el príncipe Luis Francisco I de Conti y el Chevalier. Esto es lo que se llamó el Secret du Roi, diplomacia paralela a la oficial (llevada por Choiseul, criatura de la amante real Madame de Pompadour), en el cuadro del llamado renversement des alliances que precedió a la Guerra de los Siete Años (1756-1763). Lo especial de la misión consistía en que d’Éon debía adoptar la identidad femenina.

El caballero d´Eon travestido, en un combate de escrima

Se trataba de hacer llegar a manos de Isabel Petrovna, Emperatriz y Autócrata de Todas las Rusias, unas cartas de Luis XV ofreciéndole una alianza más ventajosa que la que la hija de Pedro el Grande tenía con Inglaterra. Todas las embajadas anteriores del Bienamado se habían estrellado contra el muro infranqueable que el todopoderoso ministro Bestucheff-Ryumin, anglófilo convencido, había levantado alrededor de la persona de la Emperatriz. Había, por consiguiente, que abordar a ésta por una vía indirecta e insospechable. El Chevalier d’Éon se convirtió, pues, en Mademoiselle Lia de Beaumont (nombre de su hermana) y partió en ruta para San Petersburgo con el propósito de hacerse asumir como lectora por la Emperatriz. Recibida en la corte imperial, gracias a los buenos oficios del príncipe Vorontzof, partidario de la alianza con Francia y Austria contra la peligrosa ascensión de Prusia, apadrinada por Inglaterra, Mademoiselle de Beaumont se granjeó inmediatamente la simpatía de Isabel Petrovna. Ésta, cuyo olfato sexual era muy agudo y desarrollado, acabó descubriendo la impostura, pero de buen grado recibió las propuestas de Luis XV… y al Chevalier en su lecho. El equívoco de la situación demuestra lo ancha que era la manga de la moral de entonces, no obstante y ser la Emperatriz una mujer cuya religiosidad rayaba en la superstición. Lo cierto de todo esto es que, al volver a Francia, la falsa lectora llevaba consigo, bien camuflado en su corsé, el ansiado tratado franco-ruso. Una vez firmado en Versalles, d’Éon volvió a Rusia, esta vez bajo su identidad masculina, diciendo ser el hermano de Mademoiselle de Beaumont. Isabel lo recibió de buen grado, quedando sellada la nueva amistad con Francia. La ruina del ministro Bestucheff-Ryumin y del partido favorable a Inglaterra y Prusia estaba cantada.

Tan contento quedó Luis XV del desempeño del Chevalier-Demoiselle, que no sólo lo nombró capitán de Dragones, sino que contó con él para otra delicada misión tiempo después: la aproximación a Inglaterra. La Guerra de los Siete Años (1756-1763) estaba siendo desastrosa para Francia, sobre todo por la liquidación de su imperio colonial en el Indostán y en América por obra de los ingleses. D’Éon llegó a la corte de Saint James, donde, aparte de exponer a Jorge III las razones del rey de Francia, se convirtió en amante de la reina Sofía Carlota, nacida princesa de Mecklemburgo-Strelitz. Se ha llegado a creer, dada la coincidencia de fechas, que el primogénito de la real pareja, el príncipe Jorge, futuro Príncipe-Regente, era el fruto de estos amores ilícitos. De hecho, hasta Jorge III llegó a sospecharlo, al sorprender una noche a la Reina con su amante en el lecho. Para salvar la situación, Cockrell, asistente de Sofía Carlota, dijo al Rey que d’Éon era en realidad una mujer. En Londres, a la sazón, el sexo del enviado de Luis XV era materia de controversia y hasta de apuestas. De Versalles llegaba el eco de los rumores que afirmaban que el Chevalier era un hermafrodita. Jorge III escribió, entonces, a Luis XV pidiéndole que le esclareciera la cuestión. La nueva amante de éste, la Condesa du Barry, convenció al Rey de la conveniencia de mentirle a Jorge III, no sólo para salvar la honra de la Reina, sino también las relaciones diplomáticas entre Francia e Inglaterra. Luis respondió a su real primo afirmando tajantemente y «probando» que el Chevalier d’Éon pertenecía, en realidad, al bello sexo. Esto tranquilizó de momento al Hannover, pero no impidió que continuaran las cábalas por cuenta del personaje, quien vivió holgadamente en Londres cambiando continuamente de atuendos y adoptando ora los masculinos, ora los femeninos.

Al morir Luis XV en 1774, la situación de d’Éon cambió radicalmente. Con el Rey moría no sólo su protector, sino el Secret du Roi. Cuando Luis XVI vino a conocimiento de la diplomacia paralela que llevaba su abuelo y de las andanzas del Chevalier, pacato como era, las desaprobó y ordenó liquidar todo el asunto. Pero el Chevalier estaba en posesión de importante documentación de Estado y el nuevo monarca entró en negociaciones, para lo cual envió a Londres al comediógrafo y funcionario Caron de Beaumarchais, que se hizo llamar Monsieur de Ronac. Su misión consistía en arrancar a d’Éon los papeles de Estado a cambio de una pensión y ciertas garantías de salvaguardia de su persona. Parece ser que el Chevalier se mostró exigente y obtuvo no sólo ventajas de orden material, sino incluso una noche de amor con el autor de El barbero de Sevilla. Una de las condiciones impuestas por Luis XVI fue que aquél no abandonara en adelante la identidad ni los ropajes femeninos. Tan inflexible se mostró sobre este punto el soberano que, cuando d’Éon regresó a Francia en 1777 y se presentó en Versalles vistiendo el uniforme de capitán de Dragones, la reina María Antonieta lo envió a su modista Rose Bertin para que le confeccionara todo un ajuar: desde entonces el Chevalier se convirtió en la Chevalière. Durante su estancia en París se presentó ante él la que fuera una amante ocasional suya: Nadiejda, dama de la emperatriz Isabel Petrovna, que había tenido un hijo de él. El niño había muerto en la infancia y ella no tenía adónde ir.

La Chevalière d’Éon volvió a Londres llevando consigo a Nadiejda, con quien se estableció en Inglaterra. Era un espectáculo curioso para los transeúntes ver a dos mujeres paseando por las calles con demostraciones evidentes de una ternura que trascendía el mero amor de hermanas (que era lo que pretendían ser en público). Habiendo estallado la Revolución y no siendo ya Luis XVI rey, el pacto entre éste y d’Éon no era ya válido, pero la Chevalière prefirió seguir apareciendo como mujer por respeto a la reina Sofía-Carlota. Charles-Geneviève-Louis d’Eon de Beaumont, Capitán de Dragones de Su Majestad el Rey Cristianísimo y Chevalière d’Éon, murió en la ciudad del Támesis en 1810, a los 83 años. Después de haber dado pábulo a toda clase de cábalas y de haber vivido por más de treinta y cinco años oficialmente como mujer, vino a descubrirse la verdad, al ser examinado el cadáver y encontrarse que el difunto estaba dotado con los viriles atributos. Al conocer el rey Jorge III —que se hallaba en uno de sus períodos de lucidez— el resultado del examen post mortem del presunto amante de su esposa, tuvo un nuevo ataque de locura, del que ya no se recuperó, tomando definitivamente las riendas del poder el Príncipe de Gales, el Regente, bajo cuyo gobierno lanzaría sus últimos destellos una sociedad alegre, corrupta, desenfadada y tolerante, cuyo rey iba a ser Beau Brummel, el postrer arbiter elegantiarum, favorito del presunto hijo del travestido más célebre de la Historia.

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