lunes, 1 de febrero de 2010

ODILON REDON

Estos días se aglomera a diario en Madrid una multitud para ver una exposición sobre los impresionistas, en la fundación Mapfre. Para mí tengo que aquel movimiento artístico es de lo más hermoso que nació de Francia en el siglo XIX. En París le dedicaron un hermoso museo, en una antigua estación, situada en el Quai d´Orsay, que le ha dado nombre. De este museo vienen la mayor parte de las obras que se exponen ahora en mi ciudad, que si es cierto lo que se dice de que es ciudad tan hospitalaria, debe ser la tuya también, querido lector, aunque no vivas aquí. Aquellos que tengan tiempo, para ir a deshoras cuando no haya gente, o paciencia y no les importe contemplar la belleza en medio del tumulto y empujones, acérquense a ver la exposición, está llena de joyas.

Yo no iré a la exposición, pues el exceso de masa me inhibe y las obras las tengo vistas en París varias veces. Quiero ahora recordar, precisamente, mi primera visita al Museo d´Orsay de París. Allí nos llevaron unos amigos hace años y quedamos apabullados a cada paso entre tantos pintores archifamosos, entre esas obras deslumbrantes, esos colores y formas, esa pintura en estado puro. Allí estaban viejos amigos que nos sonreían: Van Gogh y Degas, Courbet y Monet, Renoir y Manet, Rodin y Moreau, etc, etc,... Bartleby, que no quiere asomar por estas páginas, y a la que yo invoco a cada rato, tenía interés en ver a un pintor simbolista, para mí desconocido, que se llamaba Odilon Redon. Aquel interés me intrigaba. Contemplé sus misteriosas pinturas, me habló de un libro que ella poseía, de la biblioteca de su padre, que se llamaba “Sobre la vida, el arte y los artistas”..., y ahí quedó eso. Bartleby, que estudió Bellas Artes, no le gusta compartir sus vastos conocimientos de pintura, debe considerarlos algo íntimo. Es una pena, pues el conocimiento, como tantas cosas, se acrecienta y mejora cuando se comparte. Pero con todo ella me dejó abierta aquella rendija por la que asomaba algo de luz.

Con los años me enteré de que Odilon Redon (Burdeos, 1840 París, 1916) fue contemporáneo de algunos impresionistas y amigo de otros, y anticipó la concepción onírica del surrealismo. Fue un simbolista visionario que no se consideró nunca miembro de grupo alguno. Asiduo de las tertulias en casa de Mallarmé y figura aglutinadora de los nabis, pintaba, a diferencia de los impresionistas, "no sólo lo que veía, sino que reflejaba sus sueños y lo más profundo de su pensamiento. Sabía evocar tanto el mundo real como el irreal", apunta Ian Woodner, propietario de la colección privada más importante sobre Odilon Redon. En sus óleos y dibujos Redon tradujo temas clásicos a una imaginería onírica, estableciendo un puente entre el romanticismo decimonónico y el surrealismo del siglo XX. Redon va evolucionando. Al principio realiza dibujos en carboncillo (los negros), inspirados en la pintura negra de Goya, en los que renuncia al uso del color. Son imágenes de una humanidad dolida y sufriente, al tiempo que amenazadora, parecen extraídas de alucinantes herbolarios en los que conviven torturadas formas humanas, animales y vegetales (como su hombre cactus y su hombre esqueleto). Pero a partir de 1890 empezó a evolucionar hacia el color, primero utilizando pasteles teñidos como soporte de los negros, hasta llegar a un arte de composición libre, de un profundo lirismo, en el que el color lo invade todo: rojos que explotan junto a verdes inauditos, malvas brillantes y una infinita variedad de gamas para ilustrar una también notable variedad de temas: paisajes, plantas, árboles, flores y motivos mitológicos y místicos.

Desde muy pronto se vieron cautivados los máximos representantes de la estética y del movimiento simbolista por la extraña intemporalidad, el misticismo y la gradual sinfonía colorística de los dibujos y cuadros de Redon, no obstante su personal respuesta a las proclamas de los poetas simbolistas. «El arte verdadero está en la realidad sentida», con lo que expresaba el deseo de vestir la idea con una forma sensible, «no debiendo la idea —decía— dejarse privar de las suntuosas vestiduras de las analogías exteriores»; pues el carácter esencial del arte simbolista, ha escrito Jean Rudel, consiste en no ir nunca hasta la concepción de «la idea en sí». Teodor de Wyzewa y Hennequin, pero sobre todo Huysmans y Mallarmé, que habían reconocido otrora la inspiración de Baudelaire, lo aclamarían con entusiasmo, empezando así la fortuna crítica de que gozaría Redon en amplios círculos belgas y parisienses a partir de la última década del siglo, en especial entre los jóvenes nabis, cuyos miembros más significativos lo rodean admirativamente en el Homenaje a Cézanne (1901) de Maurice Denis. Redon falleció en el año 1916 en París, en la misma casa en donde residió, acompañado de su bella esposa la mulata Camille Falte, casi toda su vida.

De eso todo esto me enteré en mi segunda visita a París, cuando contemplé a solas de nuevo las salas dedicadas a él en el museo, y cuando compré una enorme monografía dedicada a él. Pero ha sido este año pasado, cuando he tenido ocasión de sentir que de verdad penetraba en aquella rendija dejada por mi amiga. Primero porque en la feria del libro cayó en mis manos “Colores”, libro de cuentos de Remy de Gourmont, otro simbolista, inspirados en los diferentes colores y sus significados. Cada cuento tiene imágenes de nuestro pintor misterioso. Después, incitando por aquel descubrimiento, busqué el libro “Sobre la vida, el arte y los artistas” (París 1922) en las librerías de viejo. Al fin encontré la edición de la traducción española (editorial Poseidón, Buenos Aires 1945). En esa obrita el autor anota en su diario sus reflexiones, recuerdos y sentimientos, y una variada gama de opiniones sobre los artistas de su época, y en concreto, sobre muchos impresionistas.
En esta última obra descubrimos un cálido recuerdo hacia las cuatro personas que de manera más sólida influirían en la definición y modelado de la personalidad y gustos de Redon: su padre, Bertrand Redon, espíritu aventurero que había emigrado siendo joven a Nueva Orleáns, en tiempo de las guerras del primer Imperio. Con frecuencia le mostraría, siendo niño Odilon, las «formas cambiantes» y la «aparición de seres extraños» que pueden verse entre las nubes del cielo; Stanislas Gorin, profesor de dibujo que le pusieron sus padres al cumplir quince años. Gorin, «distinguido acuarelista» según el propio Redon, no sólo le transmitiría una encendida y perdurable pasión por Delacroix, sino que, gracias a su papel de animador cultural en la ciudad natal del joven discípulo, Burdeos, pudo éste contemplar obras de la vanguardia del momento: Millet, Corot, Delacroix, y también de Gustave Moreau; Armand Clavaud, individuo dotado de una inteligencia y sensibilidad superiores, «tan sabio como artista». Clavaud, «botánico que más tarde realizó trabajos de fisiología vegetal», le introdujo en las ciencias naturales, le hizo amar «lo infinitamente pequeño» y le señaló las primeras importantes lecturas: los poetas hindúes, Flaubert, Shakespeare, Baudelaire, Poe, los filósofos alemanes; Rodolphe Bresdin, «probo artesano que era también uno de los más extraños visionarios», y que le inició en las técnicas del grabado y de la litografía. Por él supo Redon lo que era un arte verdaderamente libre y vivo, alejado del mundo oficial y del naturalismo entonces triunfante.
He aquí algunas otras impresiones suyas.

Creo deber mucho como pintor a lo que hice como aspirante a arquitecto, a las proyecciones de sombras que un profesor instruido me hizo realizar con atención minuciosa, insistiendo en la abstracción teórica y en demostraciones sobre cuerpos tangibles y planteándome, en los problemas a resolver, casos especiales de sombras proyectadas sobre esferas y otros cuerpos sólidos. Esto me sirvió más tarde: tuve más facilidad para aproximar lo inverosímil a lo verosímil y poder dar una lógica visual a los elementos imaginarios que entreveía.

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Cuando una figura humana no pueda dar la ilusión de que va, por así decirlo, a salirse del cuadro para andar, obrar o pensar, es que no se trata de un dibujo verdaderamente moderno. No se me puede negar el mérito de dar la ilusión de vida a mis más irreales creaciones. Toda mi originalidad consiste en hacer vivir humanamente a seres inverosímiles, conforme a las leyes de la verosimilitud, poniendo en lo posible la lógica de lo visible al servicio de lo invisible.
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Todos nacemos con otro hombre interior, en potencia, que la voluntad mantiene, cultiva y salva –o no salva. Nada se sabe ni jamás se sabrá lo que influye para que éste se convierta en un artista y el otro en un financiero o un funcionario, aunque hayan partido juntos, aureolados por las mismas virtudes. Se trata de un punto insondable, irreducible. La fortuna o la pobreza no constituyen obstáculos: en cualquier parte se tiene la propia alma, en cualquier parte se dispone de una materia...El fin de un destino se halla en uno mismo; recorre caminos ocultos que el mundo ignora; cubiertos de flores y de espinas.

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18 de agosto de 1869.- No nos desanimemos; fijémonos un poco en los demás y veremos que todos soportan una gran cantidad de tribulaciones y fastidios. No es con el oro que contamos sin cesar, sino con otros rigores. Contamos con la enfermedad, con el mundo, con el tiempo y los años; contamos con nuestras amistades que se alejan; contamos también con el corazón; ¿y no tiene por cierto sus razones misteriosas y su imperio que turba los más hermosos días? No nos quejemos entonces: el duro esfuerzo de la vida material no es más penoso. Os deseo el pan seco, el pan duro, pero un corazón contento.

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Cada día que se va lleva su pena consigo; alza un poco el velo de la verdad. Lo más duro es sentir entibiarse o apagarse las amistades; con frecuencia se pierden por las mismas naderías de la vida, que separan a los hombres en ideas, en ocupaciones, en costumbres, en trabajos diferentes; pero sólo las amistades de la infancia son seguras y en ellas es muy dulce apoyarse.

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Se vive tan sólo de los hábitos. Bajo los modales aceptados de la cortesía, que no es más que la apariencia de la amistad, de la bondad, se oculta un fondo miserable. Si tantas atenciones y maneras de obrar falsas son necesarias a la duración de la sociedad, a la conveniencia de los hombres, no hay nada más horrible que el aspecto exterior de la amistad disimulando el odio.

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Toda conducta que creer a alguien otra cosa que nuestro pensamiento, es una mentira. El mismo silencio, en ciertas circunstancias, puede dar lugar a equívocos. ¿Dónde están, pues, la lealtad, la sinceridad?

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He ganado algunas amistades que me son caras y, por consiguiente, un poco de apoyo a mi alrededor.
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¡Qué placer produce leer en un cuarto tranquilo, con la ventana abierta al bosque! He abierto el viejo Dante; no me abandona más. Vamos a ser amigos serios.

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Vosotros, cansados de la vida mundana; vosotros a quienes agobia el peso de los días; todos vosotros, los que trabajáis sin tregua ni descanso en el seno de vuestras miserias; todos, hombres del campo y gentes del pueblo: id a respirar la fuerza de la fe en la naturaleza fecunda, nuestra madre y amiga.

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La soledad da al amor una intensidad vehemente, obstinada. El aislamiento del objeto amado causa su brillo y su fuerza.

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1887, 6 de mayo.- Fue en mayo. Después de varios días de aprensión infinita, inquietud y perturbación incesantes, pues jamás había visto nacer a mi alrededor; novicio, en fin, en esta angustia, vi nacer en pleno día, un día húmedo y caluroso, a mi hijo Juan. Lo quise de golpe. En el mismo momento de su vida, que sentí frágil. ¡Qué poca cosa humana era! ¡Y qué ternura en mi corazón!

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1888.- Se me atribuye un excesivo espíritu analítico: al menos es lo que trasluce la curiosidad que siento en los escritos jóvenes que me visitan. Los veo asombrados por mí ¿Qué habré puesto en mis obras para sugerirles tantas sutilezas? Les puse una puertita abierta al misterio. Hice ficciones. A ellos toca ir más lejos.

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El artista sabe muy bien que entre todas sus obras, la que mejor lo refleja y revela ha sido hecha en soledad.
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El gran estilo de Rembradt, ese estilo brotado del corazón y de un espíritu capaz de extensión, se debe al sedentarismo de su vida tranquila. Jamás dejó Ámsterdam y no recomendaba los viajes a sus alumnos, ni siquiera el viaje a Italia.

7 comentarios:

  1. este sábado la cola que había en recoletos me impidió ver la exposición, pero aún habiendo visitado el museo d'orsay, yo pasearé entre los cuadros y mi pesamiento te llegará con fuerza como si tan sólo tu estuvieras con las obras que allí se exponen.

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  2. ...que descanso leerte hoy..... ha sido como un regalo en esta tarde ¡¡¡¡¡ Berta

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  3. El recuerdo de esas obras maravillosas que vi , hace 20 años en Paris, fue tan delicioso....¡que yo tampoco ire a la exposición de los impresionistas¡Esa primera vez ( aunque he vuelto en otras dos ocasiones ) fue tan especial : Paris estaba prácticamente desierto , por la guerra del golfo y el museo medio vacio, solo unos cuantos japoneses con sus camaras.

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  4. curioso pero yo también estaba en Paris hace 20 años cuando la guerra del golfo y no había nadie, claro que... era la primera vez que salia de España, me encontré con el arte, y cuando eso me ocurre siempre tengo la sensación de estar sola, que gusto leerte

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  5. Gracias por tu entrada. Nos ha venido muy bien para nuestro tercer viaje a París. Nosotros también nos quedamos fascinado por su color hace 4 años con sus obras expuestas en esa doble sala tan pequeña e íntima del Museo Orsay. Nos han comentado que existe una casa museo visitable en París, pero no somos capaces de encontrar referencias. ¿Sabes algo sobre esto? Gracias, de nuevo.
    Javier.

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  6. Me temo, Javier, que tampoco tengo noticias que darte sobre una casa museo en París. Sé que tiene mucha obra expuesta en Burdeos, en el Museo de Bellas Artes. Presumo que esa casa museo no existe, pero si consigues dar con ella no dejes de decírmelo.

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  7. Bueno, pues dos años después, aquí está en Madrid, en la Fundación Mapfre, la exposición temática con 170 cuadros hasta finales Abril. Acabamos de visitarla y nos hemos acordado de ti. Completa, gratuíta y bien iluminada. ¿Qué más pedir? Temperatura casi primaveral. La hay. Una delicia.
    Salu2.

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