domingo, 20 de marzo de 2011

ELOGIO DE LA MEMORIA

Cuando yo era un niño nos enseñaban en la escuela a memorizar las tablas de multiplicar, las capitales del mundo o algunos poemas clásicos. Mis padres opinaban que aquella educación había degenerado una barbaridad, que no aprendíamos nada. A ellos les obligaban a recitar “de carrerilla” –como se decía entonces– muchas más cosas, como los afluentes de los ríos o la lista de los reyes godos. Era cierto que las cosas estaban cambiando. En realidad, nunca dejan de hacerlo. Empezaba a hablarse entonces de que era mucho más importante el desarrollo de la capacidad de raciocinio y el acceso a los recursos de conocimiento disponibles, que saberse de memoria infinidad de datos, la mayoría inútiles. Era mejor saber consultar y buscar, que memorizar.

Una de las primeras elecciones que tuve que tomar en vida fue la de elegir un bachillerato de “ciencias” o de “letras –como se llamaba entonces–. Elegí letras. Así tuve que aprender el vocabulario, las declinaciones y los verbos del latín y del griego, el nombre de multitud de autores y obras literarias, de reyes y héroes, de batallas y lugares.... Los alumnos que se decidieron por estudiar ciencias, tampoco se libraron de aprenderse de memoria la tabla de los elementos y sus símbolos, las reglas de la formulación química, mil teoremas matemáticos y otras tantas leyes de la física.

Ya noté entonces que los alumnos de ciencias nos miraban con desprecio a los que cursábamos letras, alegando que sólo teníamos que aprender “de memoria” las cosas, sin aprender a razonar y a pensar. Me hubiera gustado verles traducir algunos textos latinos o griegos, y desentrañar su verdadero sentido, sin leyes de la lógica que les guiaran por ese proceloso piélago. En fin, aquello parecía otra crítica más al uso de la memoria, que consideraban contraria a la inteligencia o la razón.

Cuando elegí estudiar Derecho muchos consideraban aquello como aberración a la inteligencia, pues pensaban que sólo consistía en aprenderse de memoria artículos y leyes. Cmo si ellos solitos hubieran descubierto, sin necesidad de memorizarlas, las leyes de la física o de la lógica –éstas, por cierto, eran materia de la filosofía que se estudiaba en letras–. En fin..., ya ni les cuento lo que escuché sobre mi decisión de presentarme a unas oposiciones, en las que tuve que recitar un amplio temario en un tiempo cronometrado delante de un tribunal, para poder aprobar e iniciar una carrera como funcionario. Es evidente que he vivivo en un ambiente en que predominaba el descrédito de la memoria. Por ella quiero ahora romper una lanza.

Saber de memoria –en algunas lenguas se dice “saber de corazón”–, supone tomar posesión de algo, ser poseídos por el contenido del saber de que se trata, y así puede florecer en nuestro interior, enriqueciendo y modificando nuestro mundo y nuestra existencia. El gran arte mnemotécnico ha caído en el olvido. La educación moderna se asemeja cada vez más a una amnesia institucionalizada. Aligera el espíritu del niño de todo el peso de la referencia vivida. Sustituye el saber de memoria, “que es también un saber del corazón, por un caleidoscopio transitorio de saberes siempre efímeros. Yo pienso que todo lo que no aprendamos ni sepamos de memoria, dentro de los límites de nuestras facultades, siempre aproximadas, no lo amamos verdadramente. Los libros sólo ponen el sello.

Pero la memoria es mucho más. Es conocer con el recuerdo de nuestra biografía, quiénes somos y qué hacemos en este mundo. Cuando alguien nos pregunta ¿quién eres?, pregunta por lo que hemos hecho, lo que hemos gozado o sufrido, lo que hemos querido, lo que hemos logrado o perdido. Sólo desde la memoria, con nuestras propias palabras, podemos reinar sobre el imperio del olvido, y recobrar el presente con las armas de una existencia pasada que nos alienta hoy, y que nos permite saber quienes somos, lo que valemos y lo que podemos hacer. Las personas que conviven con quienes padecen amnesia, por mil causas (alzeimer, demencia senil, lesiones cerebrales...), saben bien de su tragedia.

Para la filosofía y la estética antiguas, la madre del conocimiento era la memoria. Platón nos cuenta, en Fedro, la siguiente leyenda: El dios egipcio Theuth era descubridor del número y el cálculo, la geometría y la astronomía, del juego de las damas y los datos y, sobre todo, de las letras. Un día el sabio mostró a Thamus, rey de Egipto, aquellas artes exponiendo minuciosamente su utilidad. El rey las aprobaba o desaprobaba, según le pareciesen bien o mal. Cuando llegaron a las letras, dijo Theuth: “Este conocimiento, oh rey, hará más sabios a los egipcios y más memoriosos, pues se ha inventado como un fármaco de la memoria y de la sabiduría”. Pero él le dijo: “¡Oh artificiosísimo Theuth! A unos les es dado crear arte, a otros juzgar qué daño o provecho aporta para los que pretenden hacer uso de él. Y ahora tú, precisamente, padre que eres de las letras, por apego a ellas, les atribuyes poderes
contrarios a los que tienen. Porque es olvido lo que producirán en las almas de quienes las aprendan, al descuidar la memoria, ya que, fiándose de lo escrito, llegarán al recuerdo desde fuera, a través de caracteres ajenos, no desde dentro, desde ellos mismos y por sí mismos. No es, pues, un fármaco de la memoria lo que has hallado, sino un simple recordatorio. Apariencia de sabiduría es lo que proporcionas a tus alumnos, que no verdad. Porque, habiendo oído muchas cosas sin aprenderlas, parecerá que tienen muchos conocimientos, siendo, al contrario, en la mayoría de los casos, totalmente ignorantes, y además difíciles de tratar, porque han acabado por convertirse en sabios aparentes en lugar de sabios de verdad”.

Platón concluye en su diálogo, que el recurso a la escritura merma la capacidad de memoria, que considera esencial, pues todo conocimiento es el recuerdo del mundo de las ideas en el que estuvieron nuestras almas, y que toda conciencia es reminiscencia. Yo no sé si el filósofo tenía razón, pero hay que reconocer que lo que está escrito, almacenado, en una agenda por ejemplo, no necesita ser confiado a la memoria. Parece ser, pues, que eso de las letras no siempre va unido a la defensa de la memoria.

En la antigüedad el mundo del conocimiento escrito era casi inexistente, toda la tradición de conocimiento y de arte no podía venir más que de su trasmisión oral. Los libros eran escasos y caros, y la mayoría de las personas eran analfabetas. Así, la tradición oral como método de trasmitir el conocimiento, no obstante el descubrimiento de las letras, se mantuvo en la cultura occidental durante siglos. Las mitologías, los textos sagrados, los cantos épicos, y la transmisión del conocimiento se producía de forma oral, lo aprendido se confiaba al potencial de la memoria. Todo sabio, artístico o científico, tenía sus discípulos a los que trasmitir su sabiduría, y vivían con él durante años en su estudio o en su taller. Para la filosofía y la estética antiguas, la madre de las musas era en verdad la memoria. En la Edad Media los escasos libros eran custodiados y copiados en monasterios y universidades.

Por eso, desde la antigüedad se desarrollaron técnicas nemotécnicas. Lo llamaban el arte de la memoria. Dialexis recomendaba para ello prestar atención, repetir lo que oyes o ves, y ordenar lo aprendido. Cicerón recomendaba crear lugares de la memoria. Y así se siguieron ingeniando todo tipo de artificios intelectuales para fomentarla: la imaginería medieval, los teatros de la memoria, y hasta fórmulas esotéricas que convirtieron el arte de la memoria en un conocimiento oculto..., y finalmente perdido.

Gutemberg había cambiado las cosas. El renacimiento y la ilustración las precipitaron. Los libros menudearon y empezó el declinar de la memoria como bandera de la sabiduría. Platón iba a tener razón. No siendo la memoria tan necesaria, aumentó su descrédito. Poco a poco dejó de utlizarse como método de aprendizaje. Hoy tenemos por seres faltos de inteligencia a quienes hacen alarde de saberse cosas de memoria. Hoy sabemos, gracias a los neurólogos y psicólogos, que el subjetivismo de nuestro conocimiento, tiende trampas y celadas a nuestros recuerdos, que inconscientemente manipulan la realidad vivida y no son de fiar. En los testimonios judiciales se da más crédito a una prueba de ADN o un documento gráfico, que a la palabra jurada de un testigo.

La revolución electrónica, el advenimiento planetario del tratamiento de textos, del cáculo electrónico de las computadoras, las inmensas bases de datos accesibles por Internet y mil artilugios más, están reemplazando los laberintos incontrolados de nuestras bibliotecas por un conjunto integrado de circuitos. La realidad virtual y los documentos multimedia reemplazarán más eficazmente el conocimiento de la realidad y también nuestros recuerdos. Entonces ¿para qué recurrir a la memoria? Eso piensan muchos desde hace años. Basta mirar en torno para descubrir, día a día y bajo sutiles formas, esta creciente invitación a la desmemoria.

Perdonen ustedes, pero para quien está levemente preocupado por eso que llaman ideas y que pretende ejercer, humildemente, el natural y estimulante sentido crítico, la cosa no está tan clara. ¿Dónde está el conocimiento que supuestamente facilita la acumulación de tantos recursos tecnológicos? Hay mucha información, es verdad. La proliferación de títulos publicados es tal que no caben en las librerías, y como consecuencia sólo encontramos en ellas un tipo muy determinado de literatura, que no fomenta precisamente la crítica y el conocimiento, sino distraer el aburrimiento. La historia está perfectamente manipulada, y se la cita constantemente como argumento para cualquier cosa, pero nadie invita a su estudio. Los medios de comunicación nos cuentan siempre las últimas noticias como si fueran las primeras, como si no tuvieran precedente; será que tiene mejor venta lo único y lo excepcional, aunque sea lo de siempre. Hoy, en esta aldea global, los aldeanos apenas tienen cosas que contarse, pues ya les cuentan otros más eficazmente su vida, convertida en la de espectadores desmemoriados. Con el descrédito de la memoria se produce, a la vez, el envilecimiento de la conciencia, se confunde la realidad con sus esperpentos, y se traslada la posible busca de la verdad, de la armonía y de la justicia al territorio de la utilidad avariciosa. La memoria estorba, porque para todo eso no hay que mirar atrás, sino olvidar de donde venimos, quiénes somos.

Para mí es muy importante la memoria. El recuerdo de los buenos momentos me ayuda a superar los malos. Ella me dice que superé muchas dificultades cuando otras nuevas se presentan, o que las superaron otros. Cuando no puedo disfrutar de los placeres pasados, disfruto volviéndolos a vivir en el recuerdo. Las catástrofes y los peligros que nos acechan, otros los sufrieron, y sobrevivieron. ¿Dónde está su ejemplo sino en la memoria colectiva? Eso que llaman memoria, no es ni más ni menos que la herramienta esencial de la conciencia y la cultura, individual y colectiva. No me gusta el interés que hay en despreciarla, en decir que es inútil ejercitarla, me parece sospechoso.

¿No han sentido nunca el placer inesperado de vivir un momento especialmente feliz, porque en un viaje, en un encuentro con alguien, en una lectura, viendo una película, contemplando un cuadro, disfrutando un paisaje, o saboreando una comida, la memoria les ha traído una cara, una historia, una anécdota, un lugar, un aroma o algo aprendido en la niñez, que les ha permitido enriquecer y revivir con más intensidad su presente? Yo por nada del mundo me perdería esa sensación.

Cada día alguien intenta olvidar alguna cosa, un mal recuerdo, una tristeza, un error... olvidamos continuamente pequeñas cosas cotidianas que nuestra memoria selectiva rechaza por no considerar  importantes, porque eran desagradables, olvidamos nombres, caras, a veces nos olvidamos de nosotros mismos. Mi memoria ha enterrado muchas de esas cosas que nunca recuperaré, algunas dolorosas. Ella misma se encarga de enterrar y deformar, no hace falta que nos anestesien más.

En el viaje de vuelta a Ítaca, los compañeros de Ulises fueron a parar a la tierra de los Lotófagos. Allí les dieron de comer loto, que era un dulce alimento que les provocaba el olvido, y con ello su deseo de regresar a casa. Ulises tuvo que rescatarlos por la fuerza, atándolos en su nave. Si no se hubiesen perdido para siempre en una tierra desconocida. No lo olviden.

3 comentarios:

  1. Un placer inesperado!!!, que razón para consolar esta vida que quiero y no quiero, así me sentí visitando una exposición en la Biblioteca Nacional, primero porque no iba a una exposición desde que no recuerdo...segundo porque me embargó una emoción como pocas veces he sentido,así fue otras veces que mi memoria recuerda: visitando los primitivos Flamencos en el Prado, Los tapices de la Dama del Unicornio en en Paris en el Museo Cluny, el Louvre y el Hermitage, y aunque nada comparable, mi corazón olvido sus penas, sus males y fui feliz, muy feliz recordando mi amor-pasión-cocina y una mañana a tu lado por la ciudad...

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  2. ¡Qué acierto tu entrada! la memoria bien gestionada es una herramienta muy válida.Se podría hablar de una memoria selectiva de lo positivo, aunque también es necesaria la memoria de los horrores que hemos comentido, si ello nos lleva a actuar cada día mejor.
    Me voy a permitir reenviar tu textos a algunas personas, me ha encantado.

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